¿Para qué sirve la crítica?

Luces y sombras de la labor de un crítico en el Perú.

Por Daniel Salas


En el mundo de las letras, que es mundano como cualquier otro, el crítico es uno de los personajes más vapuleados por todos los bandos de la lucha literaria porque rara vez complace a todos. Cuando su comentario es elogioso, se sospecha soborno o arreglo con la editorial. Cuando su comentario es lapidario, se conjetura que es la herramienta de alguna oscura venganza.

Muchos imaginan al crítico como juez resentido, como un dictaminador o como un simple actor secundario. En la cabeza de varios escritores, el crítico es un cuchillero que lo espera en la esquina para quitarle en unos minutos lo que le tomó años de trabajo. Para la mayoría de lectores, me temo, la crítica a la que tiene acceso no posee mayor relevancia y acaso es algún referente para decidir una que otra compra. Difícilmente una crítica mala puede reducir las ventas de un libro, pero sí está probado que una conspiración publicitaria puede poner en primera plana libros menores. Yo no soy propiamente un crítico por la sencilla razón de que no tengo una columna en un periódico ni me dedico al comentario de novedades. Pero sí puedo reconocer de qué va el trabajo de muchos críticos: algunos creen que hacer crítica es carecer de contemplaciones; otros son tan frecuentemente elogiosos que es difícil darles algún crédito. Las enormes nubes publicitarias se confunden con la crítica honesta. La crítica seria queda entreverada con la crítica no profesional, intuitiva y con frecuencia adolescente. Al menos eso es lo que ocurre en el Perú, así que sí les doy algo de crédito a mis pocos amigos escritores: muchos críticos se parecen a esas caricaturas de vampiros chupasangre o de aduladores palaciegos. No merecen, de verdad, mucha atención.

Pero la crítica profesional sí vale la pena y no es una actividad secundaria. De hecho, la crítica es la actividad misma de la literatura. En el inicio de Presencias reales, George Steiner nos propone imaginar una sociedad en donde no hay ninguna forma de crítica literaria, en la que todo lo que los lectores tengan a disposición sean catálogos y descripciones de los libros, sin ningún comentario. Steiner se pregunta si acaso en tal sociedad dejaría de haber crítica y su respuesta es clara: de ninguna manera.

La crítica está ya en la literatura misma. Toda obra dialoga, sea en oposición o en consonancia, con la tradición. La escritura no es más que una manera sofisticada de leer y muchas veces de corregir, recrear, homenajear, injuriar o censurar la obra de los otros. Si los críticos literarios pueden ser exageradamente agresivos con los autores, los escritores no lo son menos. Quevedo usaba su exorbitante habilidad verbal para burlarse de sus contemporáneos y, muy conspicuamente, de Góngora. Cervantes aprovechó la segunda parte del Quijote para atacar sin piedad a su imitador Avellaneda. Borges se burla de sus amigos vanguardistas en varias partes de Ficciones. Y Vallejo es conocido por haber sentenciado sobre los artistas de su tiempo este verso lapidario: «Estáis muertos». Rayuela no es, como muchos creen, un ingenuo y sentimental elogio del exilio parisino. Es una completa burla de los escritores periféricos que llegan tarde al París de la vanguardia y que no son más que fantasmas verbosos y epigonales. Mucho más serio y trágico, el indigenismo de Arguedas es una estocada moral al indigenismo criollo del novecientos.

Los escritores no pueden entonces decir que ellos no hacen crítica. Y si no la hacen, en realidad están haciendo muy mala literatura. Por otra parte, la crítica profesional bien puede alcanzar un alto nivel literario. Críticos como Terry Eagleton, George Steiner o Ángel Rama escriben mucho más que comentarios. Describen los universos ficcionales y su relación con el mundo. Para un buen crítico, la literatura no es un asunto apartado de la vida misma. Es, por el contrario, un escenario de ilusiones en sucesión o en conflicto.

Así que vale la pena reivindicar el papel del crítico pues si hay alguien que ama sinceramente la literatura es quien no solo la lee, sino que además la interpreta y le encuentra un espacio en el universo de la ficción. Que haya críticos mal formados o que se presten a maniobras publicitarias no elimina el hecho de que la crítica posee un valor en sí misma. Examinaré algunos aspectos que le dan sentido a la buena crítica.
En primer lugar, la buena crítica es mucho más que una guía de lectura. Es un intermediario entre la obra y el lector. El crítico es un lector experto que abre las puertas de la lectura, ayuda a señalar las claves del texto, lo sitúa en una tradición; esto es, en una corriente de diálogo.

En segundo lugar, la buena crítica señala la apertura del texto al mundo. Se propone observar la realidad a través de la crítica misma que la ficción ejerce. Apunta también sus límites, es decir, explica cómo muchas veces la ficción es una estructura restrictiva que cierra el mundo en lugar de abrirlo. Este es uno de los más importantes aportes de la crítica marxista. No todo es color de rosa en el mundo de la ficción. O más bien, si todo es color de rosa, hay que sospechar.

Tercero: la crítica es una actitud ante las cosas, no solamente ante los textos literarios. El buen crítico nos enseña a observar los límites de nuestro mundo, las restricciones de nuestras categorías. La ficción puede ser un ejercicio para salir de las constricciones, para despertar la imaginación. Es importante, además, anotar que la imaginación es un componente necesario para la ética pues es de donde parte la empatía.
Un mundo sin críticos no sería un mundo mejor. Sería un mundo más gris. Pero, por supuesto, en el Perú nos faltan críticos en el sentido que estoy proponiendo. Tal vez en buena parte a eso se deba la mediocridad de nuestra prensa, de nuestra política. En general, de la vida social. En el Perú está mal visto ser crítico. Es un baldón mostrarse disconforme. Es un estigma el promover la imaginación y la liberación de las ataduras ideológicas.

La ausencia de crítica nos condena a vivir en el presente y a permanecer en sus restricciones. Más crítica, tanto en la forma de literatura como en la forma de ensayo, nos prevendría contra este encierro. Por eso no resulta estimulante asistir al triunfo comercial de obras literarias sin raíces y sin problemas, carentes de imaginación y de un mínimo o nulo conocimiento del lenguaje. Ante dicho panorama, tal vez lo que convenga no sea tanto dedicarse a las novedades, sino volver a los libros que estimulan la inteligencia


Daniel Salas (Lima, 1967). Doctor en literatura hispánica en la Universidad de Colorado. Ha ejercido la docencia en diferentes instituciones peruanas y extranjeras.