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Niños de la cárcel

Texto de Iñigo Maneiro, Fotografías de Marina García Burgos


Ese día hacía muchísimo calor. Tras pasar por distintos controles y puertas metálicas, me encontré rodeado de cientos de personas que me miraban fijamente. Me agarraban, me tocaban, me decían que por 20 centavos me ayudarían a encontrar al amigo que buscaba.

Así fue las tres veces que estuve de visita. Durante las horas que pasé allí me ofrecieron marihuana, cocaína, sexo. Me pidieron hacer un pase de droga a Europa. Me enseñaron los lugares donde dormían, muchas veces una tabla de madera que, a modo de cama, se coloca en cualquier espacio disponible. En el baño, en un pasillo o en el patio. Y es que una celda es un lujo subastable cuyo precio de partida eran 400 dólares.

Al salir, respiré hondo. Miré el cielo azul. Sentí el calor del sol más que nunca. Lloré. Y deseé estar muerto antes que acabar en una cárcel. Estaba en Sarita Colonia.

En el Perú, según datos del INPE, hay unos 70 mil presos. Una población carcelaria que supera en 38 mil personas la capacidad de los 67 penales que hay en el país. De todos ellos, 4,338 son mujeres. Solo el 45% de ellas tiene una sentencia firme, mientras el resto espera, en una especie de limbo judicial que puede durar años, la condena o la libertad. Y entre esa población también hay niños. 203 pequeños que viven con sus madres presas hasta que cumplan los tres años de edad.

Fotografiando mundos paralelos
Tres años es también el tiempo que dedicó la fotógrafa Marina García Burgos a registrar cómo es la vida de los niños de la cárcel. A entender ella y a mostrar al resto cómo es la relación madre–hijo en un espacio cerrado y hacinado. Las relaciones solidarias con otras presas. Los encuentros en los que los hijos conocen a los padres, muchas veces presos en otros penales. Y el momento en que el niño debe abandonar el único hogar que conoce: la cárcel.

Durante ese tiempo visitó los centros penitenciarios de Tarapoto, Ayacucho, y Santa Mónica y Anexo Mujeres en Lima. Acompañó a las funcionarias del INPE, recorrió las cunas y los talleres donde las mujeres, con su trabajo en peluquería, confeccionando zapatos o en el mismo nido, redimen años de condena. Involucró en el camino a artistas, sicólogos y médicos para intentar diversificar la oferta de esos talleres y mejorar unas condiciones, la de los penales con cunas, que el escaso presupuesto del INPE no logra cubrir. Atención sanitaria, sicológica y alimenticia especial que por ley deben tener los pequeños.

Un mundo paralelo. En el que no hay perros, ni payasos, ni océanos, ni ríos, ni mariposas, ni nubes. Salvo los que se ven en los dibujos que adornan paredes y barrotes de los nidos donde los niños imaginan el mundo de fuera. Un universo invertido. En el que el espacio doméstico es una celda de cuatro metros cuadrados en la que viven dos internas con sus hijos. Donde los hombres no existen. Donde los parques y jardines son los pasillos.

De la celda al patio central en el que las mujeres caminan como flotando en la nada, con sus cuerpos tatuados y sus miradas achoradas. Del patio a los nidos limpios, lindos y decorados que desean ser espacios de libertad. Y al final la mirada perdida del niño preso que se siente acompañado por su madre.

El trabajo carcelario realizado por Marina sigue la línea social que ha desarrollado estos años con el Equipo Peruano de Antropología Forense en el registro de identificación por las familias de sus desaparecidos en el conflicto interno. Documentar la labor de los estibadores en los mercados populares de los conos que rodean Lima. O la iniciativa de la Chalina de la Esperanza, elegida por el Comité Internacional de la Cruz Roja en Ginebra como campaña emblemática para la conmemoración del Día de los Desaparecidos, celebrado este último 30 de agosto. Una chalina de varios cientos de metros, tejida por mujeres, hombres y niños que recuerda el sufrimiento vivido durante los años de violencia que azotó Perú.


Iñigo Maneiro (Donostia, 1968). Periodista de viajes, fotógrafo y consultor en turismo. Ha trabajado siete años con los grupos aguaruna y huambisa de la Amazonía peruana y colabora en diferentes medios de comunicación.
Marina García Burgos (Lima, 1968). Fotógrafa. Ha realizado campañas para Amnistía Internacional, WWF y PNUD. Actualmente colabora con el Equipo Peruano de Antropología Forense y ha formado el Colectivo Desvela, asociación civil sin fines de lucro.