Ningun_lugar_(Fangacio)
Reseñas

Vislumbres de una ruta

Ningún lugar adonde ir ■ Jonas Mekas (Semeniškiai, 1922) ■ Caja Negra Editora (2014) ■ 440 páginas ■ 70 soles


Memorias. En una carta de 1977, el chileno Roberto Bolaño le pide al poeta peruano Jorge Pimentel que le envíe a España un cortometraje de Jonas Mekas. Es una referencia fascinante. No solo porque anticipa la fama del Perú como el paraíso informal donde se puede encontrar cualquier película del mundo, sino porque retrata perfectamente –pero casi sin querer, con esa despistada ternura bolañesca– a dos jóvenes escritores en plena efervescencia, hambrientos de versos, pero también de cine; del cine de Mekas, en este caso. Por esos años, el cineasta y poeta lituano ya era una presencia descollante en la vanguardia neoyorquina. Amigo de Andy Warhol, de Lennon y Yoko, de los chicos de la Velvet Underground, Mekas prefiguraba la frescura de un artista terriblemente auténtico y vital, que había encontrado en sus filmaciones caseras el medio ideal para expresar sus motivaciones y quimeras. La cámara como registro inmediato, cercano. La Bolex como pluma que llena un diario de recuerdos.

Pero la fijación de Mekas por el apunte cotidiano no nace en lo audiovisual. Nace en los diarios que recoge este estupendo libro editado en Argentina gracias a Caja Negra. Ningún lugar adonde ir abarca el período de 1944 a 1955, once años durante los cuales el periplo fue su marca característica. En ese derrotero de un desplazado de la posguerra se acumulan las más variadas experiencias y anécdotas, los altibajos de la memoria –o, en su defecto, la imaginación, que tantas veces la suple–, los contoneos emocionales de un hombre signado por la no pertenencia. Porque entre el exilio de su natal Lituania y su asentamiento definitivo en los Estados Unidos, la sensación más fuerte que dejan los diarios de Mekas es la del andar constante, la marcha continua hacia la incógnita, semejante al transitar errante –pero decidido– de los perros. No es casual que el artista confiese sentirse, por momentos, menos hombre que animal.

El prólogo de esta edición de Ningún lugar adonde ir también apunta un detalle importante: el fin de la redacción de este diario coincide con el inicio de la carrera fílmica del autor. Pero lo que podría parecer una renuncia a la escritura, en realidad es solo un pequeño giro, una transformación más sutil. Lo que hace Mekas es un simple cambio de registro, de soporte narrativo, lo cual es una constante en toda su obra: Mekas usa películas como diarios –ya se dijo–, convierte videos en cartas, escribe poemas y microrrelatos que son imágenes vivas, salta del celuloide al digital como un ejercicio natural. Es un cineasta-escritor que no se entrampa en las formas: las moldea a su gusto.

Pero más allá de estas proezas de la técnica, quizá lo más asombroso de estos diarios de juventud sea la actitud que muestra Mekas de cara al mundo. Sorprende, por ejemplo, que de la rabia impotente que encontramos desde el primer capítulo del libro («No quiero tomar parte en esta guerra. No es mi guerra»), pasemos a un estado de esperanza conmovedora. Porque en él hay un rechazo a cualquier tipo de política, pero enarbolado desde el abrazo compasivo al mundo. Conforme avanzan las páginas, observamos cómo Mekas sale reconvertido de la tragedia y redimido gracias a su arte. Y en ese camino claroscuro, la escritura (la creación en general) prueba ser no solo un faro de belleza prístina, sino la referencia más pura y humana para finalmente hallar nuestro lugar. Por Juan Carlos Fangacio


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