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Marco García Falcón: «Lo más valioso de la literatura no está en las palabras, sino entre ellas»

Por Alexis Iparraguirre


Una de las buenas noticias que trajo la Feria Internacional del Libro de Lima 2014 fue el retorno de Marco García Falcón (Lima, 1970) –uno de los narradores en quien con más frecuencia recaen, simultáneamente, las preferencias de la crítica, de los lectores y de muchos escritores nóveles y consagrados– mediante una nueva publicación. Aquí responde sobre su novela recién lanzada, sobre las peculiaridades de su proyecto narrativo y sobre las constantes que articulan su trabajo.

El renovado Fondo de Cultura Económica de Lima publica Un olvidado asombro, tu nueva novela. Con ella añades un libro de más largo aliento a otros dos de formato más bien breve. ¿Qué intereses se han mantenido constantes desde tu primer libro?
Publiqué París personal, un libro de cuentos, en el 2002, en un momento de mucha efervescencia narrativa. Cinco años después salió El cielo de Capri, una novela breve. Este tercer libro, Un olvidado asombro, aparece luego de siete años. No es que me haya demorado tanto tiempo en escribir cada libro. Pero sí he tratado que, al menos para mí, representen exploraciones nuevas. En el primer libro me interesaba la idea del joven escritor que quiere cumplir su sueño de realizarse como tal en París. Hay mucho entusiasmo, mucho idealismo en esos cuentos, pero al final es un sueño que se desbarata. En El cielo de Capri volví al tema del viaje, pero allí se trató de una persona muy mayor que llega con su mujer a la isla de Capri impulsado por el recuerdo de un viaje anterior. Es un libro más melancólico, lleno de culpa y desesperanza. En este último creo que hay una especie de turbación ante los misterios del pasado, la memoria y la muerte, aunque al final surge una brizna de esperanza. Ahora, si hay algo que une a todos, es que los personajes principales se hallan muy ligados al mundo de las letras y hacen un ejercicio reflexivo que no puede prescindir de ese mundo.

En tus dos primeros libros destacan claramente el estilo literario y los referentes artísticos. En una literatura local que representaba la realidad social dentro de patrones casi petrificados, París personal destaca como un cambio de coordenadas narrativas muy logrado. Pero en Un olvidado asombro, por encima del lenguaje, la novela se lee como una ventana casi inmediata a la experiencia. ¿Qué motiva este cambio?
Me ha interesado siempre trabajar el lenguaje; escribir bien, por así decirlo. Pero también existe ese deseo por explorar la experiencia. Ricardo González Vigil ha señalado que mis libros muestran un marcado diálogo con la tradición literaria, pero siempre con una mirada hacia la vida. Quizás por la edad, o por las experiencias que me ha tocado vivir, en Un olvidado asombro he querido acentuar lo segundo, incluso corriendo el riesgo de que el trabajo con el lenguaje pase desapercibido. Cada vez me convenzo más de que la literatura es, en efecto, un trabajo con las palabras, pero lo que esta tiene de valioso y perdurable no está en las palabras, sino entre ellas. En el corazón de toda buena literatura, siempre existe un sustrato de vida, de emoción, hasta de sabiduría, que el autor deja entre las palabras y que nace de una urgencia muy concreta. Cuando un libro ha sido concebido de esta manera, se nota, incluso cuando parezca «mal escrito»; mal escrito, claro, en términos de gramática, de léxico o de eufonía. Creo que la presencia de una pulsión de vida, de un fondo de verdad que va más allá del lenguaje, es más decisivo en literatura que alcanzar el esplendor verbal.

Me llamó la atención que, en el libro, la memoria no fuese un camino de vuelta hacia lo dejado atrás, sino la recuperación de la conciencia de que el pasado está íntegro en cada momento del presente. ¿Ello fue parte del libro desde su origen o fue un hallazgo durante su escritura?
Esa idea estuvo presente desde el principio, pero también fue haciéndose más consistente conforme escribía el libro. La recuperación del pasado es uno de los temas que atraviesa la novela. El protagonista, Joaquín Bolarte, intenta reinventarse, olvidarse de que tuvo una vida de aspirante a escritor, de bohemia. Deja la incertidumbre de la vocación artística para volverse un profesor de literatura y un burócrata universitario que va adquiriendo poder. Adopta una vida muy sedentaria, pero muy cómoda. Y entonces, el pasado vuelve a través del hijo de su amigo, un poeta muerto, y de lo que ocurre con su propio padre. El pasado le explota en la cara. Julian Barnes tiene una metáfora que me parece brillante para describir eso. Dice que el pasado es como la caja negra de un avión. Solo cuando el avión explota tomamos conciencia de que esa caja existe y que tiene un mensaje importante para entender lo que ocurrió. Yo creo que esa es la experiencia por la que pasa Bolarte. Una experiencia límite y, al mismo tiempo, transformadora.

Bolarte es un intelectual, pero no lo enfocas necesariamente en su desempeño profesional, sino en sus rutinas domésticas.
La figura del intelectual me parece interesante no solo porque la siento cercana, sino porque reúne ciertas paradojas. Los intelectuales son personas con muchas capacidades para entender el mundo, para analizarlo; pero, por lo general, no tienen las mismas habilidades emocionales. Muchas veces muestran una gran torpeza o fragilidad cuando la experiencia cotidiana les pone una dificultad. Creo que eso se vincula con una excesiva confianza en la teoría. Y a veces terminan teniendo conductas muy extrañas.

Y que en tu novela se desenvuelven, contextualmente, en el nuevo panorama de la Lima del siglo XXI…
Al menos como yo lo veo, cada vez es más difícil encontrar intelectuales que vivan en una cueva. Se integran a la vida del consumo e incluso lo hacen con entusiasmo. Además, siempre he creído que el intelectual no quiere ser asumido como un ser ajeno al mundo, a pesar de que su labor suponga una suerte de sustracción para poder pensar la sociedad en la que vive. Esto se ve en mi novela y los contrastes creo que resultan interesantes. Bolarte viene de un mundo donde lo más importante es el cultivo de la inteligencia, del discurso, pero se siente atraído por la belleza y la juventud, valores muy apreciados en el gimnasio al que va, por ejemplo. Más adelante se encuentra con otro espacio diferente, el de los hospitales, que también se vincula con el cuerpo, pero por el lado de la enfermedad y la muerte. Ahora, todos esos espacios se integran en la experiencia del personaje. Bolarte busca mejorar su estatus y su apariencia porque quiere acercarse a la imagen de su padre, o a la imagen ideal de su padre, que este deseó para sí mismo y también para él. Acaso de manera inconsciente anhela su aprobación y la universidad le sirve para alcanzar poder y el gimnasio para mantenerse en buena forma. Su vida responde en muchas dimensiones a ese mensaje que su padre le instaló desde la infancia y que fue haciéndose más poderoso en la juventud.

Precisamente, la paternidad es otro de los temas centrales de la novela. ¿Cómo así llegaste a él?
Lo que he escrito ha estado siempre ligado a las circunstancias que he vivido. Hace unos años mi padre sufrió un grave accidente y, casi al mismo tiempo, me enteré de yo que iba a ser padre. Sentí la necesidad de escribir sobre eso y, cuando lo hice, fueron surgiendo estas nuevas exploraciones de las que hemos hablado: un lenguaje más trasparente, espacios no intelectualizados y, también, una galería de personajes de diferentes estratos sociales que continuamente dialogaban. Auster tiene una idea relacionada con esto que me parece muy cierta: la paternidad te descentra, te saca del egocentrismo y eso es muy favorable para la creación de novelas, que por lo general te exigen una pluralidad de miradas y de voces. Por otra parte, descubrí que había una producción literaria contemporánea muy rica sobre este tema, lo que ocurría en menor grado con la madre. Tengo la impresión de que la relación con el padre siempre es más quebradiza, más proclive a conflictuarse o a fracasar. ¿Por qué? Porque el vínculo cel padre es menos inmediato y por eso le es más fácil desligarse. Ser un buen padre es, a fin de cuentas, una decisión; una decisión que, sin esfuerzo y constancia, igual puede naufragar.

Estéticamente, ¿qué te interesa de la literatura actual? Aún se frecuentan etiquetas como la de literatura urbana, literatura andina, literatura fantástica, literatura intimista. ¿Sientes a alguna más activa o en la que te sitúas con mayor comodidad?
Cuando publiqué París personal, se hablaba de literatura vitalista, una forma muy descarnada del realismo, y de metaliteratura, una más trabajada en el estilo y con referentes más librescos. Ahora lo que veo es una literatura muy introspectiva, enunciada en primera persona, con fuertes elementos autobiográficos, y una literatura muy imaginativa, fantástica, de ciencia ficción, «de la imaginación». Estos dos polos, por llamarlos así, se trabajan mucho. No creo que sea gratuito porque la literatura suele ir en consonancia con las circunstancias reales. David Grossman recordaba en un ensayo que, cuando se atraviesa un periodo de estabilidad, personal o social, la literatura se vuelca hacia las posibilidades del futuro y la fantasía. Pero cuando la escritura ocurre en medio de una inestabilidad asociada a una tensión con el pasado, se produce una literatura de la introspección, de la reflexión. Es curioso que se estén dando estas dos formas en el Perú. Quizá el mensaje sea que nuestra sociedad avanza, que tiene cierta estabilidad, pero que ha dejado zonas cruciales de su pasado sin examinar. Ahora, el registro de la memoria se está volviendo más amplio. Durante un par de décadas hemos tenido libros que apuntaban especialmente hacia una memoria social, colectiva, muy vinculada con la política en términos muy estrictos y a lo que sucedió durante los años del terrorismo. Últimamente aflora una memoria más individual e íntima, que nos permite ver lo social desde otro ángulo, mucho más cotidiano. Son las voces de otros personajes que también tienen algo que decir. Es un poco lo que llaman la micropolítica. Creo que desde allí también puede ser leída mi novela. Tú mismo, por ejemplo, lo has subrayado en otro lado: es la primera vez que se le da voz a un burócrata universitario, a alguien que asume una vida rutinaria en la academia para ganarse un nombre, un prestigio, a pesar de que eso signifique traicionarse, negarse a sí mismo. Y, claro, todo ese proyecto se ve amenazado y se derrumba en marcos que son muy cotidianos, en los márgenes de la vida privada.

Javier Ágreda, justamente, ha señalado que le llama la atención la multiplicación de tantos libros autoficcionales o autobiográficos. ¿Crees que el fenómeno se vincule con los procesos que se dan en el mundo de hoy?
El mundo de ahora es sin duda diferente. Es más individualista que nunca y ahí están sus manifestaciones en las redes sociales, en la cultura selfie, en la posibilidad de que cualquier persona, sin nada realmente especial que mostrar o decir, pueda acaparar la atención del mundo, aunque sea de manera fugaz y precaria. Por otra parte, se han acentuado fuertemente la multiplicidad, la simultaneidad y la fragmentación. Quizá por eso abunden los géneros híbridos: las novelas ensayísticas o de reportaje, la nueva crónica, o lo que Javier Cercas llama los «relatos reales». Allí también tienen su espacio la autoficción o las autobiografías ficticias, que se mueven en el terreno de la ambigüedad. Ahora, estas formas, si de verdad alcanzan la condición de literatura, no reproducen mecánicamente este mundo individualista, muchas veces impúdico y banal. Muestran y se centran en la subjetividad, es cierto, pero echando sus raíces en la indagación por los grandes problemas humanos, que siguen siendo los mismos. Lo que diferencia a la literatura de otras formas de expresión actuales es la profundidad y la complejidad con que trata los temas. Eso es algo que no podemos perder de vista. De lo contrario se cae en el mero juego con el yo o en la autocomplacencia.

Para terminar, junto con la dimensión reflexiva, la proliferación de historias que remiten a un mismo núcleo parece ser también un sello de tu escritura.
Es verdad. Y en este libro se justifica plenamente. Bolarte es alguien que ha escrito relatos en su juventud y que luego, en su madurez, renuncia a esa vocación. Sin embargo, siempre está buscando a su alrededor personajes e historias que contar, las llega a escribir incluso y eso se recoge en la novela. Nunca pierde la mirada del escritor. De otro lado, su actitud es permanentemente reflexiva, de búsqueda de sentido. Y eso se vincula con la naturaleza misma del narrar, como bien lo ilustra Barnes en El sentido de un final basándose en ideas de Kermode: se trata de darle un orden, una coherencia a una realidad que, en verdad, puede ser informe. Uno de los elementos que más nos atraen de los relatos, de las historias con principio y con final, es darnos la sensación de que la vida tiene un sentido.


Alexis Iparraguirre (Lima, 1974) es escritor y crítico literario. Ha publicado el libro de cuentos El inventario de las naves.