Los poseídos desposeídos

Por Carlos Labbé


También había sido un vendedor de autos en alguna localidad de Capital Federal, de Central Jersey o del Piamonte. Escuchaba grabaciones de cantantes con grandes orquestas, pagaba en una feria por una fotografía junto a alguien cuya cara se disuelve, en los ratos libres gustaba de dibujar retratos a lápiz de la madre, de la abuela, de las tías, de quién. Era dueño de siete pares de pantalones de tela, nueve camisas, dos trajes y tres pares de zapatos, más dos cajas de lápices, tres sobres de papelería. Y poco más. Usaba gomina. Quería creer que era capaz de entonar baladas a todo volumen al calor del verano hasta que la voz dura cedía y se me transformaba en un canto dulce que llenaba la tarde –ya cuando nadie estaba trabajando– de cierta emoción que volvería frágil esa casa; no era necesaria una sola certeza para que los pájaros a esta hora de la madrugada –cuando todavía está oscuro–, con los sonidos que me salían tan fuerte, llamaran a algo que solo yo era capaz de adivinar porque nadie más había despertado, algo inminente, decisivo, abrumador, cotidiano como la luz del amanecer que enmudece todo gorjeo. La gente de la casa a veces lloraba cuando oía eso, era tanta la juventud que no lograría entender por qué.

Tal vez había sido un vendedor de autos no en Central Jersey, sino en Los Olivos, no; a las afueras de Puerto Montt. Cuando me desperté de un salto pensé lo mismo: porque vivo acá en este momento me estoy inventando un sueño ahí, allá. Pero con el canto de los pájaros contra el cielo morado a la hora en que no es noche ni mañana se me fue yendo el terror de una certeza: es una vida más solamente, es que tuve que venir a vivir aquí para familiarizarme de nuevo con la arquitectura de esas casas, con tales gestos, con el amor por los autos que los cabros de esa edad se llevan a la tumba en las flamantes carreteras construidas con la plata de sus impuestos y no lo saben, de manera que no me extrañaba en el sueño que nuestro trabajo, el mío y el de quien me acompaña, el de un grupo de personas que ya no recuerdo –el cielo se va poniendo azul, empieza el tráfico–, consistiera en limpiar lo más rápido posible distintas habitaciones cochambrosas de un barrio obrero ahora abandonado. Nuestro servicio de limpieza disponía de solo unas horas para dejar todo en orden; mal podíamos ser unos expertos en aseo eficaz si toda la vida nos habíamos dedicado a escribir; en algún momento de nuestra conversación nos dábamos cuenta –premonitoriamente, se reían algunos– de que no debiera haber tanta diferencia entre ordenar una pieza patas parriba y sentarse en el suelo a anotarle al cuaderno un montón de frases que obstaculizaran el paso hacia la biblioteca. La habitación que le tocara a quien me estaba acompañando requería de más trabajo que esta; le escuchaba decir a través de los muros delgados que necesitaba guantes porque había sangre, caca y algo que ya no pude oír. Mi labor, en cambio, consistía principalmente en quitar el polvo y cambiar de lugar las pesadas cajas que entorpecían la disposición de los muebles, pasarle un paño húmedo a ese escritorio de adolescente con varias fotos en marcos de metal, recoger los lápices de colores, las gomas y sacapuntas, cuadernos, croqueras, automóviles de juguete, algún galvano deportivo escolar y el tarro de gomina pegado a una corta peineta de bolsillo que no me costó nada poner en remojo y devolver al cajón del velador. El problema era la cantidad de ropa en el suelo, el armario que no se podía cerrar y desde ahí un reguero de camisas blancas, pantalones con la raya de la plancha aún marcada, camisas celestes, el traje negro y el traje café, al fondo un chaleco beige con una tira blanca alrededor del cuello en V, junto a los mocasines. El desorden de la ropa trazaba en cierta manera un camino hasta esas cuatro o cinco cajas apiladas en medio de la pieza. Ahí alguien había guardado a la rápida cuadernos, archivadores gigantes cerrados con elástico, álbumes de fotos y decenas de discos de 45 prestados por la vecina. Era un muchacho sobrio, con poca plata; sin embargo, desde adolescente trabajaba para ayudar a pagar las cuentas, orgulloso de mantener el orden del espacio propio ante todo: hacía la cama, guardaba la ropa, desempolvaba y cerraba la ventana, iba a desayunar con las mujeres de la casa a la cocina antes de partir a la Compraventa. El desorden actual de las pilchas se debió a los nervios de no querer llegar tarde al casamiento, de no poder encontrar su mejor camisa, y de repente descubría que el cinturón nuevo estaba todavía en la tienda; el envoltorio plástico de la tintorería había quedado amuñado en una esquina detrás de la puerta. Lo más práctico sería doblar bien toda esa ropa para que cupiera en alguna de las cajas, luego mover estas al centro para desocupar el espacio y poder dejar hecha la cama. ¿Por qué a nadie se le había ocurrido agarrar el resto de las cosas y terminar de meterlas en esas cajas –que para eso estaban ahí–, ni cerrar la puerta del armario, ni meter la silla en el hueco del escritorio, ni enderezar las fotos de la pared? El proceso de ordenar me era más grato que la limpieza; se parecía a editar lo que ya está escrito, decíamos, y cada vez había que escuchar la música para saber qué hacer: cortar o puntuar, cambiar de párrafo o subir la velocidad con las comas, repetir una línea como si fuera una estrofa, a lo mejor un mantra. En medio de ese dormitorio bien pintado –el cuadro con el diploma escolar de nuevo sobre la repisa, junto a los modelos a escala de un Escarabajo y de un Lincoln– se oía una balada en voz baja. ¿Acaso faltaban fotos en esa pared? ¿Por qué el papel mural en algunas partes mantenía el color original –era tan evidente la silueta de otros cuadros ahora descolgados? Me preguntaba eso mientras seguía encajando zapatos, apretando objetos de un envoltorio a otro, arrugando papeles en la bolsa negra, tarareando cada vez menos distraído una canción cuya melodía me iba volviendo a la memoria con todas sus estrofas y me iba devolviendo un coro; no me acordaba de que mi voz –monótona, irregular, tensa– pudiera agravarse al mismo tiempo que se hacía suave, material, y de repente estaba entonando a todo pulmón que esa noche en el club de baile una pareja no quiere marcharse, aunque la mañana está llegando. Sabía que no solamente mis colegas del servicio de aseo me escucharían y que no lo estaba haciendo mal, por el silencio respetuoso que iba respondiéndome a cada verso; también porque nuestra jefa aún no había venido –disciplinada, sobria, impersonal como tendría que ser ella– a reconvenirme por el escándalo de mi actitud en el lugar de trabajo. La primera inspección se llevaría a cabo en este dormitorio que se me había asignado. De un momento a otro nuestra jefa ya estaba recorriendo el lugar conmigo: pasaba el dedo por la superficie de los muebles y movía la cabeza arriba abajo levemente, aprobaba mi orden para los objetos, la cama estirada como nos enseñara; con un pie fue a tocar apenas la caja de cartón más grande de entre el montón apilado en el centro, y al instante cayó de ahí una croquera al suelo, abierta hacia arriba. Uno de los retratos a lápiz había quedado expuesto hacia nosotros.

No quise cerrarla por si necesitaba guardar algo más, dije en mi defensa.

Recógelo.

Evité encontrarme con la mirada de nuestra jefa, sorprendido de que su voz no dejara escuchar inflexión alguna de enojo; preferí observar la cara en el retrato del suelo.

Era ella: esa persona que me acompaña y también nuestra jefa, además de mi mamá a los setenta años. Era igualmente una mujer joven a quien no conozco y a la que sin embargo quise hace mucho. Hacía tanto tiempo que no la veía que me sobrevino una puntada en la sien.

Tranquilo, sonrió nuestra jefa.

El muchacho que vivía acá –él dibujó el retrato, dijo– tuvo que salir ese día demasiado apurado en su auto. Nunca llegó a la ceremonia. La del retrato es tu tía, esa que vive al otro lado del pasillo.
Entonces dijo el nombre de ella, el de otra tía y uno más.

Luego: ¿no te acuerdas?

En ese momento desperté. No estaba llorando, no sudaba, no grité de pavor, no me había confundido. Afuera, nada más esos pájaros que acá cantan justo antes de que cambie por primera vez la noche a un color distinto de la madrugada. Y, junto a mí, un suspiro con una exhalación. Me quedé confirmando que respiraba profundamente, que dormía. Me pregunté –como quien empieza de nuevo su arenga– si realmente haber venido a vivir aquí me habría provisto del material para figurarme un sueño como ese o si, por el contrario, el material de ese sueño me habría guiado a tomar la decisión de trasladarme a esta localidad. Es la hora –ya terminan de callarse los pájaros– en que se vuelven chillones los cuestionamientos sobre otras piezas, otros accidentes, otras baladas y otros retratos. Hace algo de frío. Mejor cierro un poco los ojos de nuevo. A mi lado la respiración se acelera; la pesadilla debería cambiar cuando ante mi sacudida sobrevienen otros dedos a tocarme la espalda. Calma. Respira. El motor de un auto da inicio a la mañana. Trato de recordar dónde quedaba finalmente la Compraventa y en cuál idioma, desde qué momento habíamos decidido dejar de pagar y a cuánto asciende hoy la cuenta pendiente. Me duermo. Los trabajadores no tenemos nada nuestro que salvaguardar, aúllo; urge destruir todas las garantías, todas las seguridades privadas existentes. Un segundo después me sacude la alarma del reloj despertador


Carlos Labbé (Santiago de Chile, 1977). Escritor, crítico y músico. Ha publicado las novelas Libro de plumas (2004), Navidad y Matanza (2007), Locuela (2009) y Piezas secretas contra el mundo (2014), además del libro de relatos Caracteres blancos (2011).