Extranjero
Reseñas

Extranjero de dos tierras

Por Víctor Ruiz Velazco, fotografía por Nadia Cruz


Luego de más de 35 años luchando con la literatura y sus circunstancias, los alucinantes universos literarios de Augusto Higa Oshiro comienzan a recibir el reconocimiento que se merecen.


Augusto Higa Oshiro (Lima, 1946) publicó en 1978 su primer conjunto de cuentos, Que te coma el tigre, conformado por seis historias que transitan las claves ya señaladas. De estas, «La toma del colegio» dialoga con el cuento «Los jefes» de Vargas Llosa aunque, a diferencia de este, en que la huelga estudiantil cesa porque tanto los alumnos de primaria como los de los primeros años de secundaria, temerosos por las represalias, se niegan a seguir adelante, en el cuento de Higa Oshiro son los «agentes del orden» quienes aparentemente optan por dejar de considerar subversiva dicha rebelión. Atrincherados en el colegio los cabecillas, ninguno se percata de que nadie intenta ingresar para recuperar el control. Es esa idea de intrascendencia una visión de la vida que recorre la literatura de Higa Oshiro desde esos, sus primeros relatos. Otra muestra de esto es el que abre el conjunto, «El equipito de Mogollón», en que el narrador va relatando el devenir del equipo al que también perteneció. Se trata también de una historia de derrota: en el momento de la verdad, a un paso de la gloria y tras haber recorrido un camino lleno de alegrías, todo se echa a perder. Este cuento es un ejercicio de estilo notable. En el tejido del mismo aparece la figura de la mujer como un elemento que trastoca el milimétrico equilibro que impera en el grupo. Cada uno de los jugadores tiene una posición y una característica que le sirve para ser útil al equipo, pero en ningún caso dicha individualidad ha de ser más importante que el conjunto. Quien no entienda esta regla, esta dinámica gremial, es alejado, y ese castigo es una muerte simbólica pero también real, como revela el relato hacia el final. El resto de cuentos desarrolla la temática urbana, siempre de jóvenes criollos que hablan en jerga, beben licor y se comportan como verdaderos truhanes. En este libro no existen elementos, salvo el nombre con que firma el autor, que den cuenta de la diferencia o particularidad, si alguna es posible, que conlleva el hecho de que Higa Oshiro sea nisei, hijo de inmigrantes okinawenses. El narrador que Higa Oshiro utiliza para contar estas historias parece perderse en el anonimato de una voz criolla.

La casa de Albaceleste (1987) incorpora algunos elementos que no se encontraban presentes en el primer libro de Higa Oshiro, como la sensualidad. Las historias, a pesar de que siguen desarrollándose en espacios marginales, dan cuenta esencialmente de personajes que no pertenecen al entorno que se describe o que retornan tras un largo viaje, y por esa razón tampoco logran volver del todo. Ese movimiento describe un proceso de desarraigo que literalmente deja sin piso a los protagonistas, como en el cuento «Corazón sencillo», en que el personaje principal, un provinciano que ha llegado a la capital para trabajar día y noche, aparentemente sin ningún otro propósito, termina volviéndose loco. En otros casos el sexo es el elemento mágico-misterioso que cura (no puedo dejar de pensar en el inicio de El zorro de arriba y el zorro de abajo de José María Arguedas, en que el autor del diario menciona que curó su depresión tras acostarse con una mujer de raza negra), resitúa, dota de un territorio al sujeto, como en el cuento «Sueños de oro». En este libro Higa Oshiro va un paso más allá y en vez de arroparse con las palabras decide utilizarlas para empezar a mostrarse en los distintos alteregos de estos hombres finalmente extranjeros. «Sueños de oro», como el cuento que da título al conjunto, tiene como fijación el escenario de un prostíbulo; mientras que en el primer cuento es donde el tacneño de 32 años, Matute, que sueña con ganarse la lotería para salir de pobre, encuentra su añorado tesoro en una prostituta de nombre María Monteza (que aparece en otros relatos, como «Garrotillo»), en «La casa de Albaceleste» un extranjero llega a un pueblo ubicado en los Andes (acaso un guiño a la idea de emprender un viaje a la semilla) y decide hacer felices a los miembros de la localidad repartiendo caramelos entre los niños, peleando todos los sábados, casándose, incluso, con una solterona. Como acto magnánimo final abre un burdel que no cobra peaje a sus parroquianos.

La imagen del extranjero, que había sido el narrador constante de Higa Oshiro en La casa de Albaceleste, es potenciada por un viaje real del autor a Okinawa, lo que lo lleva a cambiar de registro al momento de emprender sus nuevos proyectos literarios. Si en su primera etapa de escritura eran reconocibles los diálogos y préstamos de escritores fundacionales del cuento urbano peruano, la experiencia de Higa Oshiro en la tierra de sus mayores (de la cual da cuenta en el desgarrador Japón no da dos oportunidades, de 1994) nos traerá a un autor no solo diestro en el manejo de los recursos narrativos, con un oído privilegiado para dotar de voz a sus personajes marginales –sin perder el aliento poético en ningún momento, lo que en sí mismo bastaría para que se inscriba entre los más importantes representantes del cuento peruano del siglo XX–, sino único en su compleja búsqueda de identidad que llevará consigo el reconocimiento de sí mismo como extranjero y, sin embargo (y es que nada seríamos sin las contradicciones), profundamente peruano.

Algunos de los tópicos que desarrolla Higa Oshiro en La casa de Albaceleste, especialmente el de la locura, que se relaciona con la pérdida de la identidad, será retomado en su estupenda novela La iluminación de Katzuo Nakamatsu (2008), en que el personaje decide seguir los pasos del poeta Martín Adán (otro personaje que se encontraba en el límite poroso entre la genialidad y la locura) como una suerte de apropiación de una identidad fallida, una máscara que no cubre sino revela la vaciedad del sujeto.

Okinawa existe (Premio Asociación Peruano Japonesa, 2013) y Gaijin (2014), libro de cuentos y novela breve respectivamente, siguen el camino trazado por La iluminación de Katzuo Nakamatsu y de hecho se adentran en el complejo trabajo de hallar respuestas válidas en torno de la identidad de los protagonistas de estas historias. El primero habla expresamente de los descendientes de Okinawa afincados en Perú, que fueron migrando hacia Lima desde el norte entre los años cuarenta y cincuenta, en plena Segunda Guerra Mundial; es un testimonio del desarraigo y del maltrato de que fueron víctimas. Un conjunto de cuentos sobre el fracaso y la desesperanza. En Gaijin (cuya traducción literal es «extranjero»), en cambio, Higa Oshiro desarrolla una variante de la historia bíblica de Job, un hombre al que le son retirados los favores y se mantiene inquebrantable en su fe. Sentei Nakandakari es un personaje que por no poseer nada está decidido a tenerlo todo: «(…) permanecía impasible, sin nada que decir, inexpresivas las manos, inexpugnable el cuerpo, ausente, vacío, mirando el aire, esbozaba una sonrisa, y pensaba para sí: “oh los nihonjin, enjambre de bárbaros, emperrados y facinerosos”. Y no fueron una o dos noches, tal vez diez o quince, en esas reuniones con los paisanos, para recordarles que se llamaba Sentei Nakandakari, y que jamás se rendiría, pues su propia tragedia consistía en seguir existiendo, a rato como perro, a rato como árbol, sin gracia, sin consuelo, y sin pudo» (p. 21). A pesar de que Nakandakari logra cada uno de sus cometidos sigue siendo en esencia un huérfano, un paria, un hombre que por más dinero que acumule nunca llegará a ser respetado. Aquí el prostíbulo que describe Higa Oshiro, a diferencia del de «La casa de Albaceleste», es sinónimo de sordidez, de podredumbre moral: la sensualidad se ha perdido; en realidad se ha dejado de lado, el sexo no redime más (de hecho Sentei Nakandakari no logra mantener relaciones con su esposa criolla y no le importa que su socio ocupe su lecho, ella solo le ha servido en su propósito de ascenso), no existe alma: «pues no tenía designio, ni ninguna resolución, ni dirección alguna, y era como una piedra cansada, sin que nada importara, en la terrible inutilidad de las cosas» (p. 52).

Este, sin dudas, es el año de Augusto Higa Oshiro: la reunión de sus relatos en Todos los cuentos (CampoLetrado), la publicación de Gaijin (Animal de Invierno) y haberse erigido ganador, además del premio por Okinawa existe, del de Novela Breve organizado por la Cámara Peruana del Libro (la novela será publicada en octubre) ayudarán a que los lectores que no conocían del talento de este escritor peruano puedan acceder a su obra en ediciones muy bien cuidadas y al alcance de todos los bolsillos. La obra de Higa Oshiro ha de tener muchos más años como este. Su lectura es imprescindible pues se trata de uno de nuestros escritores más importantes y, a diferencia de otros, se encuentra en plena vigencia de sus facultades


Víctor Ruiz Velazco (Lima, 1982) es autor de cinco poemarios previos a Barlovento, la suma de su obra poética 2001-2011. También es editor, y autor del libro de relatos La felicidad es un arma caliente.


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