El_loro_(Fangacio)
Reseñas

El trabajo y otros monstruos

El loro que podía adivinar el futuro ■ Luciano Lamberti (Córdoba, 1978) ■ Editorial Nudista (2013) ■ 101 páginas


Cuentos. La opción natural sería reseñar libros fáciles de conseguir en librerías limeñas. Pero también podemos seguir el camino utópico y escribir sobre libros imposibles de encontrar con la esperanza de que la demanda se adelante a la oferta, gesto casi revolucionario en una época en que nada parece necesario hasta que nos acostumbramos a utilizarlo. El más reciente libro del argentino Luciano Lamberti me ha empujado hacia la segunda alternativa por una razón simple y contundente: hace mucho tiempo que la literatura latinoamericana no me enfrentaba a una colección de relatos tan potente, estimulante y original como El loro que podía adivinar el futuro. Seis relatos que sumergen al lector en un universo del cual regresa golpeado, perturbado y confundido, pero también lleno de gozo y, sobre todo, de fe: en la palabra, en la literatura e incluso en la vida (o en la inagotable capacidad de asombrarnos que, al menos en este libro, las tres manifiestan).

A pesar de que la crítica ha acertado al vincular este libro a productos audiovisuales de la cultura popular (por ejemplo, series de televisión) y a géneros antiguamente considerados menores (como el terror y la ciencia ficción), yo prefiero leer los cuentos de Lamberti sin considerar dichas conexiones genealógicas y, en cambio, concentrarme en el significado de los elementos genéricos que incorpora. De esta manera recordaremos más fácilmente que en la sociedad contemporánea el terror, por ejemplo, es menos una característica de un género popular que una condición esencialmente realista: miedo a la delincuencia y al terrorismo, pánico ante la enfermedad, paranoia ante la alimentación, fobia a la pobreza y a no ser capaz de pagar las deudas que temporalmente la disfrazan: un bombardeo cotidiano de terror, a través de los medios de comunicación, que todo el tiempo nos recuerda que algo terrible puede ocurrir en cualquier momento. Y eso es precisamente lo que producen los cuentos de Lamberti: al asumir que el miedo es parte constitutiva de la vida («algo está por pasar», dice el abuelo del protagonista en «La Feria Integral de Oklahoma»), se pone en evidencia que en el universo narrativo que plantea este libro, como en el mundo real, la inminencia de la tragedia sobrevuela permanentemente las vidas de los personajes. Y por eso la mirada del narrador es fría, distante, desafectada, lo que parece evidenciar cierta cínica indiferencia con el entorno y con el propio devenir, pero que en realidad implica el reconocimiento de que las sombras del futuro se acercan con tal contundencia y tal inevitabilidad que es como si las tragedias ya hubieran ocurrido.

A pesar de todo lo mencionado, en El loro que podía adivinar el futuro no es la irrupción de lo monstruoso (gigantes, extraterrestres, un loro que predice el futuro) lo que produce sorpresa y perplejidad. Sin embargo, eso no significa que la convivencia con lo anormal sea armónica: aunque los elementos extraños se encuentran aparentemente integrados al paisaje cotidiano, es difícil regular su correcto funcionamiento dentro de la vida social y sobre todo de la productividad: los extraterrestres que trabajan de obreros se han deprimido y ya no son eficientes, el oso de circo no quiere seguir siendo parte del espectáculo, los gigantes aniquilan a los humanos que pretenden estudiarlos, el loro que adivina el futuro termina dominando a su supuesto amo. Pero en ninguno de los casos, y esto es lo más importante, la existencia misma de lo anormal es un problema, lo que aleja al universo de Lamberti de la discusión sobre la identidad (deleite mayor de la crítica literaria tradicional) y lo traslada hacia un plano que es actualmente, a mi juicio, mucho más relevante: la cuestión económica. De esa manera, la existencia del «otro» no resulta traumática por sí misma, pero sí lo es su integración a los mecanismos de producción. Y aunque podría fácilmente leerse algunos de estos relatos como comentarios sobre el viejo colonialismo, me parece que apuntan hacia una realidad contemporánea que podría resumirse en la siguiente pregunta: ¿cómo acercarse al «otro» (que puede ser un migrante o una persona de diferente origen social o cultural, pero también cualquier trabajador asalariado, cualquiera que produzca para que las ganancias de su trabajo sean almacenadas en las cuentas bancarias de otra persona), cómo acercarse a él para dominarlo, qué ofrecerle para que continúe produciendo? Los dos relatos gemelos que están a la mitad del libro («Algunas notas sobre el país de los gigantes» y «La vida es buena bajo el mar») plantean esta idea de manera más evidente que los demás. Por un lado están los humanos y por el otro quienes no lo son (gigantes y extraterrestres, respectivamente), lo que ocasiona la lucha por incorporarlos al sistema de producción. En el primer caso, discursiva: describirlos para aprehenderlos, lo que parece una sátira de los textos de viaje decimonónicos, e incluso de un clásico latinoamericano como Facundo, del que retoma la idea de la «barbarie» de quien es diferente («no alcanzaron a desarrollar un lenguaje, una forma mínima de comunidad, una memoria individual o colectiva»), pero también la idea de que el conocimiento positivista será el paso previo a la dominación. El otro relato apunta más directamente a la productividad: ¿cómo hacer para que los extraterrestres deprimidos, uno de los cuales se suicidó porque su mujer lo engañó con un humano, continúen produciendo? Y aunque ocurre exactamente lo mismo con el oso que no quiere trabajar en «La Feria…», en ninguno de los casos, ni siquiera con el loro que adivina el futuro, la existencia misma de lo anormal resulta problemática.

Monstruos, extraterrestres, hombres que hablan con animales, animales que hablan como si fueran personas, pueblan con naturalidad el vasto universo que con sorprendente precisión construye este libro. Pero siempre hay un error que impide su adecuada incorporación al sistema productivo creado por los seres humanos, y entonces se desata el caos o la inversión de roles que lo ejemplifica (el loro domina a su amo, el dueño del circo le prepara una suculenta cena al oso que no quiere trabajar, los supuestamente poderosos extraterrestres han sido fácilmente esclavizados por los humanos). Incluso cuando la anormalidad es cuestionable como tal («La canción que cantábamos todos los días», tal vez el cuento más deslumbrante de la colección), una falla termina siempre estropeando los planes: el hermano del narrador es dominado por algo que tomó control de su cuerpo, lo que demuestra que ni siquiera al interior de las familias es posible mantener cierto orden, y por eso todo se termina desbaratando en la locura, el crimen, el fracaso o la muerte. Y mientras tanto, en el suspenso que antecede a la destrucción, el universo continúa en una tensión irresoluble. Quizá es esa certeza lo que le permite a los cuentos de Lamberti mantener intensidad en cada una de sus páginas. Y por eso, también, el lector peruano haría bien en acudir a Kindle en vez de esperar la posibilidad de que este libro llegue a las librerías nacionales. Estoy seguro de que agradecerá la recomendación. Por Francisco Ángeles


¿Escribes reseñas y quieres compartirlas en nuestra web? Escríbenos a libros@buensalvaje.com contándonos en dos líneas quién eres, y sobre qué libros quisieras escribir 350 palabras. Sé específico y, si tienes un blog, indícanoslo.