Con_los_perdedores_(Fangacio)
Reseñas

El reportero camaleónico

Con los perdedores del mejor de los mundos ■ Günter Wallraff (Burscheid, 1942) ■ Anagrama (2010) ■ 360 páginas ■ 98 soles


Crónica. Cuando en 1985 Günter Wallraff publicó Cabeza de turco, buena parte de la sociedad alemana volvió una mirada escrutadora hacia algunos de los lastres que la humanidad, de vez en cuando, piensa que ha superado, sobre todo en los países europeos de «primer orden». Aspectos como la xenofobia, la discriminación hacia los menos favorecidos y la explotación laboral marcaron la temática del libro más famoso del periodista germano.

Su manera de realizar el trabajo de campo –laborando en empresas privadas e instituciones públicas con una identidad falsa– inauguró lo que ahora se conoce como periodismo de infiltración. La suplantación de nombre estuvo acompañada de una caracterización que Wallraff trabajó a fondo, tanto a nivel físico como psicológico. En aquel libro hizo de Alí, un inmigrante turco al que le agregó lentes de contacto, cabello oscuro y una pronunciación del idioma alemán bastante torpe.

Casi 25 años después, el reportero publicó Con los perdedores del mejor de los mundos, un libro que refuerza, con otros matices, las ideas expuestas en Cabeza de turco. No obstante, las variantes están regidas por la situación económica que atraviesa Europa en tiempos recientes. La intención de Wallraff es demostrar que Alemania no es la panacea ni el lugar más adecuado que tienen los inmigrantes o los pobres para aspirar a un sueño de progreso. Por el contrario, presenta a un sector de la sociedad que es hostil e intolerante, lleno de prejuicios, que se esconde en la hipocresía con tal de parecer civilizado.

En esta publicación, Wallraff vuelve a trabajar encubierto, pero asume riesgos más grandes: es un afroalemán incómodo que saca la cara más racista de sus compatriotas blancos valiéndose tan solo de una peluca rizada y del maquillaje negro que unta en su cuerpo; hace de indigente y llega a probar que los albergues municipales se parecen más a centros carcelarios que a instituciones de ayuda; personifica a un operador que, presionado por una empresa de marketing telefónico, no tiene otra que estafar al momento de vender productos insustanciales; asume el rol de un obrero que trabaja arriesgando su vida en una empresa panificadora subcontratada por otra que privilegia la fórmula costo beneficio; y, además, recoge diversas denuncias de exempleados oprimidos por jefes con complejo de capataces.

Entre las reflexiones que deja el trabajo de Wallraff está la variante moderna del racismo. Escudándose en la frase «no tengo nada contra ellos, pero aquí no encajan», muchos alemanes blancos demuestran su doble discurso, una continuación asolapada del racismo rancio que les niega a los afrodescendientes la dignidad humana y el derecho a la existencia.
También merece atención el perfil que devela el periodista sobre el empleado promedio de nuestros tiempos: un ejemplo grosero de la sumisión voluntaria a cambios de sueldos miserables, que funciona sin sindicatos o que le saca la vuelta a la protección legal. Wallraff demuestra que el principio de defensa solidaria de los intereses comunes e independientes es inexistente y está al margen de las novedosas exigencias empresariales que tienen como guía inquebrantable la competitividad.

De la mano de la desprotección llega la desvergüenza con la que se enriquecen los grandes directivos, amañados por algunas autoridades políticas, ambos grupos a los que solo les interesa su propio bienestar, la mejor colocación social posible, los ingresos de dinero y los privilegios fiscales. Y mientras esta sociedad paralela se proclama abiertamente ganadora, millones de desclasados creen que su pobreza, de la que no son culpables, es motivo de vergüenza. Por Raúl Ortiz Mory


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