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Reseñas

Solo un punto

Julio Meza Díaz (Lima, 1981) ■ Cinosargo (2014) ■ 136 páginas


Novela. Reeditada en Arica, la novela de Meza Díaz engrana bien con lo que podría suponerse el zeitgeist sociopolítico y acaso literario del Chile actual: aquella protesta clamorosa contra el modelo educativo heredado de las violencias ochenteras y consagrado luego por la posdictadura. El escenario, sin embargo, no es el Santiago de Pinochet ni el de Camila Vallejo, sino una Lima donde el horror de los coches bomba acaba impregnando las rutinas de un colegio perverso, filonazi y panóptico. En el San Agusto –cuya insignia llega a ser cierto cóndor de rasgos franquistas–, la vigilancia coexiste con un ejercicio nada furtivo de la crueldad: correazos, puntapiés y bofetadas de profesores contra alumnos, pero que también se reproducen entre unos condiscípulos unidos por el odio hacia el otro y el correlativo desprecio hacia sí mismos. El afán de transformar a los cholos más cholos en «puré de mierda».

Solo un punto cuestiona tanto las identidades de sus personajes como la del país que estos habitan. Por una parte, prima la pesadilla de un mundo en el que triunfa el apodo insultante y desaparece por entero el nombre civil. Las prácticas de bullying las aplican o padecen sujetos como «El Idiota Muy Idiota», «El Loco Degenerado» y «El Andino Profundo», mientras que el protagonismo del relato recae en un héroe no menos ambiguo, al que se designa con un escueto, aunque enigmático, «Él». La estrategia se suma al modo sarcástico con que suele remitirse a lo nacional (loros que se aprenden el himno patrio, por ejemplo) y específicamente al Perú, esa «república catastrófica y purulenta», tan distinta de nosotros.

Con una forma de estructuración que recuerda mucho al cómic y al cartoon televisivo, la novela va encadenando las viñetas de un humor adolescente y a la vez grave e incómodo, una bildungsroman invertida que de seguro traerá ecos del canon narrativo peruano, además de conectar con otros títulos recientes aparecidos en Chile, en especial Piel de gallina, de Claudio Maldonado, y La hora del quiltro, de Cristian Geisse. Si en estos dos títulos la escuela se ha vuelto –sin remedio posible– una planta faenadora de pollos o un gueto para animales callejeros, Julio Meza tiende a reafirmar los poderes redentores de la letra y, junto con ello, la posibilidad de que los malos se lleven por fin su merecido. Por Mario Verdugo


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