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Reseñas

El ángel esmeralda

Don DeLillo (Nueva York, 1936) ■ Austral (2014) ■ 235 páginas ■ 44 soles


Cuentos. «Si aislamos el pensamiento perdido, el pensamiento pasajero, de origen indiscernible, entonces empezamos a comprender que estamos desquiciados por el sistema, que la locura es cotidiana». Tan solo nueve son los cuentos completos de Don DeLillo, nueve relatos de locura que parecen más reales que ir a comprar el pan por la mañana. La locura es cotidiana. Y también lo es la ficción que se superpone a la realidad y que el autor sabe atrapar como cazador de lo invisible.

Entre 1971 y 2011, DeLillo ha publicado novelas capitales de la literatura estadounidense: Ruido de fondo, Underworld, Cosmópolis, solo por mencionar algunas. Y El ángel esmeralda debe inscribirse en esa lista de imprescindibles de la narrativa americana. Momentos cotidianos imbuidos de terror, la certeza de una amenaza entre cada minuto del reloj. No es que este fenómeno no suceda todo el tiempo, pero en estos relatos es síntoma de algo mayor y siniestro, sin forma ni sentido.

Hay verdadero terror en sus cuentos, un dolor ancestral y primitivo que acecha entre los pliegues de la ropa, en una lamparilla, en un vaso de agua que se vuelca. «Momentos humanos de la Tercera Guerra Mundial» se halla entre los relatos más notables, donde entre incendios cuánticos una sudadera de basquetbol logra imprimir un horror más allá de la muerte: el horror de la vida y la futilidad de sus momentos.

Personajes vivos pero fantasmales, delusiones que se funden con la realidad, la vida interior opuesta a la generalidad, y piadosos autoengaños componen los ejes de relatos en los que sus personajes construyen mundos propios a través de símbolos y conjeturas. Físicamente no sucede demasiado, pero empiezan a erguirse frágiles e invisibles estructuras que son el mundo vivo de los personajes en una Tierra que gira para nadie.

El orden cronológico de los relatos confirma la lucidez y vigencia del autor, la transformación de las sociedades que, sin embargo, viven el mismo terror, algo incrustado entre los dos hemisferios del cerebro humano. Hay que decirlo: «nadie escribe mejor que Don DeLillo». Palabras de Paul Auster que se repetirán en los años por venir y seguramente no perderán sentido. Por Renzo Rodríguez


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