serendipia

Nadie está libre

Texto y Fotografías por Sandro Aguilar


 

«Estuve en la cárcel»
Lima, 2013
Serie de nueve fotos tomadas en el penal de Lurigancho


Maldito, ¡púdrete en la cárcel! Ojalá tus días tengan una sombra de la que nunca salgas… Algo extraño pasa cuando regreso a la cárcel y resuenan esas voces: mis músculos toman un vigor desesperado. Me gusta pelear, siempre lo he hecho desde niño. Por eso no oigo las voces. No recibo a nadie que me descamine. Antes, aclaremos algo: no soy yo quien está preso.

Estamos en Fiestas Patrias y el ensayo de cada pabellón consiste en alistar las coreografías de las marchas que competirán en el desfile del penal de Lurigancho. Todos parecen una tropa militar por el atuendo que llevan puesto: boinas, guantes, escarpines, botas, estandartes y pintas de guerra en la cara. Es como la inversión de lo que se anhela por patria. Sus tutores –policías que están a cargo del resguardo también– repasan entre filas la precisión de sus movimientos antes de ser evaluados. Avanzan a gritos ofreciendo más castigo. Los presos se ríen.

Distingo un grupo que lleva otro tipo de disfraz, inusual por los materiales y colores que destellan al margen de los premiados. Es el grupo Facetas, internos del pabellón 16. Les pregunto por qué desfilan con la mano sostenida en forma de cuenco. «Es un gesto de nobleza», responde altivo don José de San Martín izándome la mano como una bandera. Representan la usanza colonial del matrimonio entre la tapada limeña y un conde, el mismo que es celebrado por el cura y sus invitados de época: virrey, magistrado, pregonero… La sociedad civil de Pancho Fierro coloreada por otro deseo de independencia.

Cuando todo se acaba, se levanta el estrado y se da la orden de la limpieza. Todos vuelven a sus celdas. El aire de la libertad se va a otra parte. Tras unos barrotes me observa un chico encapuchado. Tiene la cara penetrada por cicatrices y su mirada es consejera de ruindad. «¿Cómo te llamas?», le pregunto. «Charlie», me responde. Es del Callao y ha robado, pero está arrepentido y quiere salir para ver crecer a su hija. Este puede ser un relato frecuente en la cárcel. Cuando no remedia el fondo de nuestra soledad, emergen las imágenes más puras que tenemos. Para algunos puede ser la madre, los hijos o Dios. Entonces siempre hay algo que ponerse delante para no volver a la miseria. Ya lo dije, me gusta pelear, por eso cuando los policías me rebuscan debajo de la ropa y piden una moneda para darme la ficha, mi sangre les ruge porque solo dentro de la cárcel puedo ser libre otra vez. Ahí he aprendido a oír, abrazar, perdonar la maldad que a veces llevo. «Tienes que hacerlo bien esta vez, Charlie, afuera las cosas no serán distintas… No te espera solo una hija, también ese restorán que quieres tener, ¿me oyes, Charlie?». «Nadie está libre», me dice y nos damos la mano.


Sandro Aguilar (Lima, 1975). Es fotógrafo y escritor. Ha presentado diversas exposiciones y su obra es parte de colecciones privadas en el Perú, Japón, Argentina, Brasil y Australia. En el 2006 publicó el libro Discromía.