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Javier Cercas: La historia sin fin

Con siete novelas entre las que destacan Anatomía de un instante, Las leyes de la frontera y la inmensa Soldados de Salamina, más tres libros de artículos y dos de ensayos, además de misceláneas y traducciones, la obra de Javier Cercas (Cáceres, 1962) es, desde hace más de dos décadas, una de las más potentes, valiosas y personales de nuestra lengua. El español vuelve a Lima, como una de las presencias más atractivas de la 19 Feria Internacional del Libro.

Por Dante Trujillo


Javier Cercas es un inconforme para el que la literatura es siempre un ajuste de cuentas, un acercamiento a la verdad, pero solo eso, una aproximación: el encuentro definitivo con los hechos no se da –no puede darse–. El motor de su obra es la incomodidad, esa falta de paz cuando una pregunta, casi siempre referida al pasado, se le presenta primero como una simple curiosidad –¿por qué el soldado, de pronto, le salva la vida al enemigo prófugo? ¿Por qué ese tipo se quedó de pie cuando comenzaron los tiros y todos se tiraron al piso? ¿Quién delató al maleante legendario?– y, con el paso del tiempo, se convierte para él en una presencia incómoda de la que no logra librarse. Entonces comienza a hacerse y a hacer más preguntas, a investigar. Y luego, a escribir unas novelas cautivantes, inteligentes, que partiendo de lo que convenimos en llamar realidad histórica se instalan plenamente en la ficción. Pero que nunca responden a las preguntas iniciales, pues según su credo particular el verdadero valor de la escritura es su esfuerzo por echar nuevas luces sobre lo ambiguo. En el mejor de los casos, para él, sus dudas terminan trasladadas al lector, así como el reconocimiento de algo que de tan obvio a veces olvidamos: el pasado nos perseguirá siempre, venimos de lo que alguna vez fuimos.

En la siguiente entrevista responde como escribe: directo, irónico, osado, en limpio.

Citas una frase de Pavese: «La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida». ¿Contra qué ofensas te escuda leer? ¿Contra cuáles escribir?
Son casi las mismas, solo que escribir defiende mejor que leer; o quizá no: quizá escribir es solo una forma más intensa que leer. ¿Ofensas? Montones. La primera –y, luego de las sumas y las restas, quizá la más importante– el hecho de que a los cuatro años mi familia se trasladara desde un pequeño pueblo de Extremadura, donde lo éramos todo y estábamos totalmente protegidos, hasta una ciudad de Cataluña, en el norte de España, donde no éramos nada y estábamos solos. De ese primer desarraigo creo que me he protegido siempre, o de él he intentado aliviarme, con la literatura. Naturalmente, no he conseguido vencerlo, así que sigo siendo un desarraigado. A lo mejor, cada uno a su modo, todo escritor lo es.

¿Y no crees que esa sensación de desarraigo sea imprescindible para escribir?
Probablemente, porque la felicidad no suele ser muy productiva; si uno es feliz, para qué va a escribir.

¿Y contra qué otro tipo de ofensas te defiendes hoy?
Contra infinidad de ellas, empezando por las que yo mismo me inflijo a diario, incapaz como soy de hacer todo lo que yo creo que hay que hacer y de la forma en que hay que hacerlo.

Siempre has dicho que escribes tras y por plantearte una pregunta, para la que no necesariamente hallarás una respuesta distinta a la mismísima pregunta. Me suena a otra forma de decir «Un viaje es un viaje y no la llegada a destino».
Quizá es algo parecido, sí. Lo que quiero decir es que, para mí, el escritor, el novelista, no es quien da respuestas, sino quien formula preguntas, y de la forma más compleja posible. O si lo prefieres: no da respuestas claras, nítidas, taxativas, como las que da o puede dar el periodismo o la historia, sino complejas, contradictorias, ambiguas, esencialmente irónicas, porque esas respuestas son las únicas que puede permitirse la literatura.

¿Cuál era la pregunta, por ejemplo, tras Las leyes de la frontera?
La pregunta concreta es casi policíaca –yo a veces creo que escribo novelas antipolicíacas, lo que al fin y al cabo no es más que una forma de escribir novelas policíacas–: ¿quién delató a la banda del Zarco? Detrás de esa pregunta hay una pregunta previa, personal: ¿qué habría ocurrido si, en vez de haber sido yo quien fui –un adolescente tímido, pedante y timorato–, un día, por una serie de circunstancias, me hubiera unido a una de las muchas bandas de delincuentes que pululaban en mi adolescencia más allá de la frontera de la ciudad, que estaba marcada por un río? Ninguna de las dos preguntas –ni de las preguntas que hay detrás de esas preguntas– se contestan en la novela salvo de una forma novelesca.

¿Qué tan importante es el rigor en las investigaciones históricas para tus novelas? ¿Cuánto esfuerzo le pones a intentar reproducir lo que realmente ha sucedido?
Todo depende del libro, porque cada libro es un juego distinto con unas reglas distintas; de lo contrario, es un mal libro. Por supuesto, para empezar a escribir siempre tienes que saber de lo que hablas: hay que mentir con la verdad, como diría Vargas Llosa; hay que mentir con conocimiento de causa. Eso cuando las novelas son, digamos, novelas con ficción, como, digamos, Soldados de Salamina o Las leyes de la frontera; en cambio, cuando las novelas son novelas sin ficción, como Anatomía de un instante o como la novela que publicaré este otoño –que es todavía más novelística que Anatomía, pero no menos no ficción–, entonces hay que documentarse igualmente, pero no para mentir, sino para decir la verdad: no para crear una novela que parezca verdad, sino para crear una novela que, además de parecer verdad, lo sea.

Cambiando de tema, tengo la impresión de que no te acomodas en el traje del escritor «complejo», «sufriente». Tu narrativa es llana –y acaso por eso mismo tan poderosa–, incluso con toques de buen humor, algo casi mal visto para algunos emperifollados…
Yo trabajo mucho para que no se note todo lo que he trabajado. Mi lema es el clásico «Vera ars velat artem»; o sea: «El arte verdadero oculta el artificio». En cuanto a la escritura, para mí es una mezcla de placer y dolor, de goce y sufrimiento: un goce intensísimo y un sufrimiento… en fin, el sufrimiento siempre es sufrimiento, ¿no? O sea: es una pasión, y la pasión que de vez en cuanto no te hace sufrir no es una pasión. No sé si hace falta añadir que, al menos en mi caso, el placer es siempre muy superior al dolor, y por eso lo justifica.

¿Piensas en el lector a la hora de escribir?
Por supuesto: pienso en mí, el único lector al que conozco de verdad. Los demás son una fantasmagoría, o un misterio (o ambas cosas a la vez): cada uno es distinto, y es una estupidez escribir como si todos fuesen iguales (a menos que se trate de igualarlos, lo que no es una estupidez sino un crimen). Eso que suelen llamar el público no existe, o yo no lo conozco, y por tanto no podría escribir para él.

Supongo que tampoco piensas en la crítica. Pero ¿qué piensas sobre ella?
Que es totalmente indispensable. Pero que es cada día más irrelevante, sobre todo el ámbito del español. Que la culpa de que cada día sea más irrelevante la tienen los propios críticos. Que todos somos críticos, empezando por los propios escritores, aunque casi siempre intentemos disimularlo.

También creo que haces distingos claros entre tu rol como autor que como opinador social.
¿Soy un opinador social? ¡Qué espanto! Pero puede que lleves razón: al fin y al cabo escribo dos veces al mes en el diario El País y, aunque escribo de lo que me da la gana (o precisamente por eso), a veces lo hago de cuestiones políticas, porque a mí, como a casi todo el mundo, me interesa la política, lo colectivo, que es solo una dimensión de lo individual, sin la que lo individual no se entiende, o no existe. Y sí, es posible que mis opiniones políticas perjudiquen a mis libros, si es a eso a lo que te refieres, porque no todo el mundo está de acuerdo con ellas, pero qué le vamos a hacer: si uno no puede decir lo que piensa, no merece la pena escribir.

A propósito, ¿cuál es hoy para ti, con la coyuntura que nos sabemos de sobra, el rol del escritor?
El de siempre: decir la verdad; la verdad literaria, que es distinta de la verdad histórica o la periodística, aunque puede participar de ellas. Y también (o quizá es la misma cosa): cambiar el mundo; es decir: cambiar la percepción del mundo del lector, que es la única forma en que la literatura puede cambiar el mundo.

¿Tanto poder puede llegar a tener realmente la literatura? ¿No será solo algo en lo que creen los escritores? Por no hablar de poesía, ¿no es posible una narrativa de calidad desconectada a la realidad?
La literatura tiene un poder descomunal, mucho mayor que los tanques; esto no es una ilusión: es una evidencia cotidiana. Lo que ocurre es que es un poder que se puede usar bien y se puede usar mal. De hecho, de eso hablan algunos de mis libros, por ejemplo Soldados de Salamina, una de cuyas ideas centrales la expresó tiempo después Slavoj Žižek cuando dijo: «Detrás de cada genocidio hay un poeta». En cuanto a que pueda haber buena literatura desconectada de la realidad, lo dudo mucho, al menos en el ámbito de la narrativa (y en el fondo, también de la poesía). ¿Kafka? Dios santo, no existe un escritor más anclado en la realidad y en la historia, como el siglo XX se encargó de demostrar. Lo mismo puede decirse de Borges, por ejemplo: algunos de sus relatos más aparentemente irreales o fantásticos son en realidad relatos profundamente políticos, como «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius».

Siempre según tu opinión, y no refiriéndonos ya a la de estilo decimonónico, con estructura y linealidad convencionales, ¿podemos hablar de una crisis de la novela como género?
Por supuesto: la novela siempre está en crisis, desde que nació, porque crisis significa cambio, y lo que no está cambiando está muerto. Pero, si te refieres a la llamada muerte de la novela, esta se anuncia casi desde que la novela nació, y no es más que una muestra de la impotencia (o la ignorancia) de quienes la proclaman. Es posible que determinados modelos de la novela ya no sean muy fructíferos, pero lo que define a la novela desde Cervantes es su ductilidad, su infinita maleabilidad; lo que tenemos que hacer es aprovechar ese rasgo fundamental para buscar nuevas formas de la novela, nuevas maneras de decir la verdad y de intentar cambiar el mundo. Es lo que intenta hacer cualquier escritor medianamente ambicioso o responsable, en vez de andar por ahí disfrazando su propia impotencia de sociología barata.

¿Qué tanto te importa la realidad real?
Muchísimo. ¿Cómo no va a importarme? Al fin y al cabo es el lugar donde vivo, como todo el mundo. Por lo demás, la ficción pura no existe –y si existiese no tendría el menor interés–; la ficción siempre está contaminada de realidad, porque la realidad es el carburante de la ficción: esta tiene interés porque parte de la realidad, porque es una reelaboración de la realidad que, en el mejor de los casos, acaba dotándola de sentido.

¿Qué piensas de los nuevos medios? ¿Estos y el mercado y el libro electrónico vienen a envilecer la literatura?
No lo creo: a estas alturas, la literatura ya ni se crea ni se destruye, sino que solo se transforma. Es evidente que Madame Bovary es Madame Bovary, así se lea en libro de papel o en libro electrónico. Por lo demás, cada revolución cultural –la aparición de la escritura, la aparición de la imprenta, etc.– provoca el sonido de las trompetas del Apocalipsis; pero lo cierto es que, a menudo sin saberlo o sin ser muy conscientes de ello, los viejos hablan mal del futuro para consolarse por el hecho de que no van a poder vivirlo. Como la cultura en general, la literatura cambiará profundamente –ya lo está haciendo–, pero está en nuestras manos que cambie para bien y no para mal.

A diez años de la muerte de Bolaño, ¿qué sensación te deja esta eclosión internacional de su obra? ¿Crees que su influencia es real, que se le lee correctamente?
Como es natural, me alegra que se reconozca a Bolaño como lo que era, un gran escritor, aunque me apena que haya tenido que morirse para que esto ocurra. No sé si se le lee bien o mal, pero me preocupa que el bolañismo acabe con Bolaño, del mismo modo que el cortazarismo casi acabó con Cortázar y hoy día parezca casi un sacrilegio decir que Cortázar era un gran escritor –cosa que evidentemente era–. Han sido los cortazaritos de los setenta y ochenta los que ahora dicen que Cortázar era muy malo, porque en los setenta y ochenta lo idolatraron y lo imitaron hasta la saciedad (o hasta el ridículo) y decían de él tonterías, como por ejemplo que era mejor que Borges. Ojalá no pase lo mismo con Bolaño y dentro de poco no tengamos que defenderlo de los bolañitos. Pero, en fin, en el fondo todo esto da igual: de Cortázar, igual que de Bolaño, quedará lo que tenga que quedar, digan lo que digan los cortazaritos y los bolañitos.

¿No te preocupa que el mito le esté ganando al autor, que se le lea como leyenda?
Eso sería preocupante, sí, porque un mito es una mezcla de mentiras y verdades; es decir: una mentira. En fin: cada cual es libre de leer como le plazca, pero Bolaño no era una mentira.

¿Qué opinas de eso que dice Volpi, que Bolaño fue el último escritor latinoamericano?
Pues que no estoy seguro de entenderlo. ¿Volpi no es un escritor latinoamericano? Yo diría que sí.

Cito a Volpi: «Lo anterior podría sonar como una típica boutade de Bolaño, y podría serlo: murió Bolaño y con él murió esa tradición, bastante rica y bastante frágil, que conocemos como literatura latinoamericana».
Sigo sin entenderlo: la gran tradición de la literatura latinoamericana es muy reciente –mucho más que la europea–, y para mí ahora está empezando, no acabando. Pero puedo estar equivocado, claro.

Han pasado cuatro meses desde la muerte de Adolfo Suárez, un personaje que te ha obsesionado (acaso como a miles de españoles), con la diferencia de que tú lo has investigado hasta llegar a un tocho inolvidable de casi 500 páginas. ¿Quién era realmente Suárez?
Un tipo bastante normal que hizo una cosa bastante extraordinaria; o, mejor dicho, una cosa que hasta entonces nadie había hecho y que era teóricamente imposible: pasar de una dictadura a una democracia sin guerra, o sin violencia, o al menos sin una explosión de violencia incontrolable.

Eso que parece lo coherente y lo valiente, sin embargo, no es común. ¿Por qué te da tanta bronca el reconocimiento que está recibiendo de pronto?
No me da bronca: me parece muy bien. Lo que me parece mal es que se digan mentiras sobre él, que tanta gente trate de aprovecharse vilmente de lo que hizo, tergiversándolo por completo, que sean los mismos que, en vida, le humillaron hasta límites brutales quienes ahora lo ensalcen como si fuera un santo –cosa que no era–, y sobre todo que lo hagan sin siquiera pedir disculpas. «En España enterramos muy bien», acaba de decir el secretario general del Partido Socialista viendo las muestras de aprecio que ha recibido al retirarse de la política.

¿Qué futuro le ves a la monarquía?
No lo sé. Lo que sí sé es que, en España, el debate sobre la monarquía y la república es un falso debate, como tantos otros (es un instinto al parecer irreprimible: esconder los problemas verdaderos detrás de problemas ficticios): el dilema real en España no es el que obligaría a elegir entre monarquía y república, sino el que obliga a elegir entre mejor o peor democracia. Yo no soy monárquico, pero prefiero un millón de veces una monarquía como la británica o la sueca que una república como la siria.

Se suele escuchar desde España –y no solo desde España– de un profundo desprecio por parte de sus gobernantes hacia la cultura. ¿Cómo ves esta situación?
Pues no lo sé; lo que sí sé es que los literatos quedamos muy bien cuando decimos ese tipo de cosas. Lo cual me las vuelve sumamente sospechosas. Por lo demás, sí es evidente que para algunos gobernantes idiotas –pero no solo españoles, me temo– la cultura en general y la literatura en particular es una especie de adorno superfluo, que es exactamente lo que no es la literatura. Aunque también es lo que practican muchos literatos que suelen hablar del desprecio de los gobernantes por la cultura, como si quisiesen darles motivos para decirlo y así poder quejarse de ellos.

Además del hecho de poder dedicarte más a la escritura, ¿cómo cambió tu vida el éxito de Soldados de Salamina?
De muchas maneras: ahora me gano la vida escribiendo, cosa con la que nunca soñé; ahora tengo lectores distintos de mi madre y de algunos amigos; ahora viajo mucho y hablo con mucha gente de muchos países, cosa que antes tampoco hacía. No todo es bueno, por supuesto: antes de Soldados de Salamina yo no sabía lo que era tener un enemigo; después, algunos se empeñaron en enseñármelo. Espero no haberlo aprendido.

¿Qué tipo de enemigos?
No merece la pena hacerle perder al lector un minuto más de su precioso tiempo hablando de gente sin importancia, salvo para recordar la advertencia de Michael Corleone: «Nunca odies a tus enemigos; no te permite juzgarlos».

¿Qué estás leyendo? ¿Quiénes de tus contemporáneos te interesan más?
Acabo de terminar un nuevo libro y estoy leyendo libros que ya he leído (algunos varias veces), para preparar unas conferencias que tengo que dar en Amsterdam (una) y en Oxford (cuatro) y que quizá se conviertan en un libro que quiero escribir desde hace tiempo: cosas de Melville, de James, de Conrad, de Kafka, de Lampedusa. Me gustan bastantes escritores de mi generación que escriben en mi lengua, pero pocos españoles. Me gustan algunos escritores franceses, como Carrère, Echenoz o Deville. Me gustan muchos escritores en inglés, británicos y norteamericanos sobre todo. Me gustan mucho un par de amigos catalanes a los que he traducido al español: Sergi Pàmies y Quim Monzó.