Informe_interior_Auster_(Fangacio)
Reseñas

Memoria selectiva

Informe del interior ■ Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) ■ Anagrama (2013) ■ 336 páginas ■ 81 soles


Memorias. El primer párrafo, pequeño, sencillo, hermoso, de Informe del interior trajo a mi recuerdo de manera inmediata otro primer párrafo memorable (el de El amante, de Marguerite Duras). Es el Auster (o parte del Auster) más fascinante que conozco; el que hace, en este caso, del animismo el estado natural de la vida de la mente. Todo está vivo para el pequeño Paul. Todo habla. Intensidad enamorada del mundo, instinto libre de un niño que siente la vida, en esencia, no como dolor, sino como goce, maravilla, plenitud. Y todos conservamos esa vibración; jamás perdemos totalmente la mente de un niño. Está ahí. No es «superable» –por así decirlo–. Forma del ser que merece explorarse. Es el famoso primitivo, para quien la magia es clave de lo cotidiano. El primitivo reprimido en nombre de una idea de la civilización que ya está empezando a cavar nuestra tumba como especie… En ese párrafo somos acariciados y entrevemos un tesoro. Trasciende cualquier anécdota, lo individual nos hermana, en lugar de enfrentarnos. Considerado como una unidad en sí mismo, aquel párrafo es por supuesto un microtexto extraordinario. En el libro de Duras, la belleza de la vejez, de la verdad de la vida, que se muestra en lo que queda de un rostro que se ha hecho «verdadero» tras vivir, y que ha quedado devastado, siendo más bello que un rostro joven –yo diría «sin escritura en él»–, es un absoluto que se abre, así, a la narración de un primer amor, con sabor a algo más que a lo puramente iniciático, sino a lo definitivo e imborrable. Pero en el libro de Auster, no encuentro (excepto por momentos como el que acabo de mencionarles) rigor ni concisión ni trabajo de estilo suficientes ni cuidado en la selección de lo que va a contarse; Auster, por favor, no puedes olvidar ese abismo o matriz decisivo llamado elaboración literaria; cualquiera puede complacerse e impregnarse de ternura, terror, dolor, ante el recuento de los años perdidos, pero nuestro dulce corazón exaltado requerirá de la recia fuerza que hace a las grandes obras y no las autocomplacencias y blanduras que hacen que uno surfee o por lo menos desee hacerlo por varias de sus páginas. Ah, la vieja trampa de lo confesional. El interés de la anécdota en sí… una materia prima; recurso agotable. Por qué la vida de otro, sus minucias, tendrían que importarme. Como señalaba Adorno, la forma es crítica. El problema con este libro es ese, justamente: la forma deviene acrítica. Hay un desequilibrio entre las necesidades psicológicas del autor y las que exigen la forma literaria. Auster es suave cuando podría ser magníficamente cruel y cuando no tendría que tener piedad consigo mismo. Pasa de puntillas donde podría abrirse camino con un machete. No bastan comentarios de películas, cartas enviadas, álbum de fotos: había que encontrar el hilo que uniera todo eso con los estratos más profundos. No bastan ejercicios básicos de memoria, de reconocimiento para un mero almacenaje, no; si uno bucea en el resplandor y en la mugre de las historias personales del pasado, lo hace o debe hacerlo para crear, para que emerja una conciencia nueva. Auster, se nota que no quisiste meterte más, aunque podías hacerlo. En una frase. ¿Escribir para esconderse del fondo (patente o latente) que hay en lo que uno escribe? Sí, claro que sucede. Por Mario Castro Cobos


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