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Reseñas

Los manuscritos no arden

El maestro y Margarita ■ Mijaíl Bulgákov (Kiev, 1891 – Moscú, 1940) ■ Alianza Editorial (2012) ■ 528 páginas ■ 81 soles


Novela. Vladimir Nabokov enseñaba que las grandes ideas en literatura son idioteces. Las novelas no son una vía adecuada para aprender de historia o conocer una realidad social. «Las grandes novelas son grandes cuentos de hadas», repetía desde su cátedra en Ithaca. Podemos encontrar en estas lecciones un punto de partida para descubrir lo que Mijaíl Bulgákov viene a contarnos con El maestro y Margarita. Eso sí, haciendo la salvedad de que si bien la realidad desde la que se desarrolla una novela no es útil para su compresión, sí que puede ser un excelente pretexto para que su trama comience a alzar vuelo: el Diablo, encarnado en Voland, un profesor de apariencia extranjera y acento alemán, visita Moscú junto con un séquito de extravagantes demonios, entre los que se encuentran Asaselo y el gato Popota. Voland se presenta ante Berlioz y Biezdomny, escritores «oficiales» y agnósticos, a quienes les relata la verdadera historia de Poncio Pilatos. Berlioz muere aplastado y decapitado por un tranvía y Biezdomny terminará encerrado dentro de un sanatorio para enfermos mentales, en el que conocerá al Maestro, un loco que es el autor de una novela sobre la vida de Jesucristo y cuyo héroe es Poncio Pilatos. El Maestro, que había lanzado su manuscrito al fuego, sobrevive en aquel sanatorio bajo el signo de la desesperanza. Corren los años treinta. Estamos a inicios de la era estalinista y se busca consumar la destrucción de todo atisbo de cultura burguesa surgida a la sombra de la Nueva Política Económica, implementada por Lenin, y defendida por Bujarin durante los años en que los discípulos del líder máximo seguían teniendo relevancia, antes de ser purgados por Stalin. Para nuestras mentes contemporáneas, habituadas a que la libertad de creencia sea irrestricta, resulta difícil concebir que el ateísmo, en tanto política de Estado, cumpla la función de religión oficial. La gente está «extasiada», como siempre pasa en las revoluciones. La maquinaria propagandística funciona perfectamente. La conmoción que Voland causa al aparecer en escena, relatando el encuentro entre Jesucristo y Poncio Pilatos —del que asegura haber sido testigo—, tenía que ser mayor. Y también los desencuentros que provocará su séquito de demonios, cuyos poderes mágicos alborotarán la monotonía moscovita bajo una atmósfera carnavalesca. Voland es un extranjero, y los extranjeros generan desconfianza en una sociedad que busca aislarse del resto del mundo. Sus trucos y acciones, sin embargo, lograrán con facilidad hacer patente la supervivencia de las aspiraciones burguesas de los súbditos del estado totalitario. A través de la intervención del diablo Asaselo, Margarita, la nostálgica amante del Maestro, se transforma en una bruja que recorre los cielos de Moscú. Voland le permitirá reencontrarse con el Maestro y recuperar el manuscrito de la novela salvado de las llamas.

Mijaíl Bulgákov escribe El maestro y Margarita por un periodo que se prolonga por casi doce años y que concluye con su muerte. La novela, que en palabras de Sergio Pitol acredita por sí misma la grandeza literaria del siglo XX, no es publicada sino hasta 1970. Se sabe que por algún tiempo el autor mantuvo una correspondencia más o menos fluida con el propio Stalin, y que incluso se atrevió a pedirle permiso para salir de la URSS temporalmente. Martin Amis recuerda que Stalin, quien solía observar de cerca a los literatos, no dejó de amenazarlo, aunque hasta cierto punto toleró a Bulgákov e incluso fue a ver la puesta en escena de Los días de los Turbin quince veces. Por Octavio Vinces


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