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Reseñas

De noche andamos en círculos

Daniel Alarcón (Lima, 1977) ■ Seix Barral (2014) ■ 566 páginas ■ 49 soles


Novela. De entre los autores de su generación, Daniel Alarcón es quien se acerca con mayor sensibilidad al tiempo de la violencia en el Perú. No solo eso. Es también quien entiende mejor los desencuentros que se dan en nuestro país entre las personas de distintas regiones, razas, orientaciones, credos. De hecho, es quien (d)escribe mejor al Perú.

Quizás sea porque en su ficción Alarcón trata de no mencionar al Perú, disolviendo así cualquier sesgo chauvinista y universalizando todo lo que sucede de manera que se vuelva aun más evidente para aquellos que lo leemos desde el Perú.

O quizás porque el inglés –o mejor: la agudeza del idioma inglés, ajeno al circunloquio y más asertivo que el español– le permite a Alarcón revelar aquellos matices culturales y sociales que otros peruanos no alcanzan a (d)escribir. (Nota: quizá por esto las traducciones al español de Alarcón pierdan mucho de la fuerza narrativa que se encuentra en el original).

La explicación lógica es que Alarcón es un peruano que ha vivido desde los tres años en los Estados Unidos, percibiendo con una distancia que no es ni olvido ni añoranza esa imagen del Perú a veces esquiva para los narradores locales, pero que se trasluce a los peruanos en la diáspora; aquellos que sufren al Perú y lo subliman tomando Inca Kola, comiendo pollo a la brasa y endulzándose con chocolates Sublime. Esto hace a Alarcón, quizás y después de todo, el más peruano de todos los escritores peruanos, con su doble nacionalidad y casi hasta una doble identidad, que aparece en otros relatos «norteamericanos» –pienso, sobre todo, en El rey siempre está por encima del pueblo– de gran calidad.

Así, De noche andamos en círculos, al igual que la mayoría de relatos de Alarcón, tampoco transcurre en el Perú. Las ciudades por las que caminan sus personajes son anónimas, igual que el innombrable país que vive una falaz bonanza luego de haber pasado por una época de guerra interna en que los terroristas casi han terminado por destruir una nación de gente que no llega a comprenderse ni comprender cómo ha llegado a esta nueva situación. El narrador, una especie de periodista, investigador e ingenuo cicerone –todo por el mismo precio–, tampoco entiende bien todo lo que ha pasado, pero es fiel a su recuerdo y a la memoria de Nelson, el compañero actor cuya vida es el círculo interior sobre el cual se multiplican –concéntricas y descentradas– las historias de esta novela: la de un actor, la de un enamorado, la de un joven que busca encontrar algo en los ojos ajenos de sus paisanos, la de un presidiario, ¿la de un asesino?

Aquellos no son círculos infernales ni siquiera en la cárcel –que el Alarcón de carne y hueso conoce y ha visitado y retratado bien– ni cuando los personajes se acercan, cuando no se enfrentan, a la muerte. Se trata de los círculos que el narrador atraviesa, llevándonos de lo íntimo de la relación entre Nelson y su (ex)novia a la constante lucha entre los absurdos actores Henry y Patalarga que desean reponer «El presidente idiota» y volver a un pasado idílico en el que los actores del grupo Diciembre buscaban llevar el teatro al pueblo. O mejor, a los pueblos de lo más profundo de ese país desconocido. Una obra dentro de otra obra es así otro de los círculos, como el propio círculo familiar de Nelson (nota aparte: Nelson y su padre aparecen en la buena nouvelle Los provincianos, que se editara en 2013 en Lima y que amplía el círculo de la obra alarconiana).

Ya en Radio Ciudad Perdida, y en ese ya clásico relato que es «Ciudad de payasos», Alarcón había demostrado una visión muy aguda para ver más allá de lo que resulta evidente para los autores locales, y por tanto silenciado o mal representado. La sensibilidad de Alarcón, valga una digresión literaria, se parece a aquella hipersensible obsesión arguediana por tratar de comprender y expresar ese mundo indígena que siente propio y ajeno a la vez (Alarcón ha confesado en diversas ocasiones que muchas veces se ha preguntado qué hubiera sucedido si su familia se hubiera quedado en el Perú). Pero la sensibilidad de Alarcón es menos grave y su oficio gana con ello. Sabe que su contradicción interna es insoluble y no se hace problemas por escribir en inglés ni por estar lejos, o por el hecho de que algunas escenas puedan parecer inverosímiles (esto es, no peruanas). Después de todo, el país que recrea no es el Perú y lo que describe no es esa historia que, sin haberla vivido, parece entender mejor que nadie. Lo suyo, lo sabe bien, es la ficción, sin objetividad y sin nombres reales, sin traumas ni complicaciones. Y con ese desparpajo necesario para escribir, entendiendo que la verosimilitud se logra en el interior de la novela y no fuera de ella. El mundo que recrea De noche andamos en círculos es, por todo eso, redondo, un círculo perfecto en el que sus personajes caminan libremente, pero con firmeza.

Algunas curiosidades para aquellos que quieran engañarse con la verdad de esta ficción son el hecho de que el novelesco «Diciembre» haya existido de verdad y se haya llamado «Setiembre» o que «El presidente idiota» haya sido representado en un lugar tan lejano como el Perú de 1988 bajo el nombre «El mariscal idiota» –que habría que emparentar a su vez con una de las obras de teatro más recordadas de los años ochenta y que no estaría de más reponer pronto: «Ubú Presidente», de Juan «Cancho» Larco (que, valga la aclaración, tampoco ocurre en el Perú, sino en la bananera Chipaltenango y que retrata a la manera de Jarry, una republiqueta centrosudamericana)–. Pero todas estas no son sino curiosidades. Lo importante está en encontrar no la cuadratura, sino el centro de este círculo en el que confluye lo más importante de la narración.

Ha habido una notable evolución entre Radio Ciudad Perdida y De noche andamos en círculos. No hablamos de la ficción breve porque es suficientemente amplia y de una calidad más que notable, suficientemente merecedora de una entrevista como para extendernos aquí. Entre ambas novelas, que transcurren en ambientes similares, queda claro que Alarcón ha elegido y trabajado mejor la estructura de esta novela, pero sobre todo ha profundizado en los personajes haciéndolos casi reales. El hecho que haya trabajado a Nelson y su familia también en Los provincianos evidencia la obsesión que existe por trabajar con constancia en la historia de esos personajes que cuentan sus historias de manera natural, concreta y directa. Todos ellos son capaces de presentar su vida de manera cabal, recordando episodios que los marcan, al igual que sus querencias y temores. Son seres perfectamente delineados que van dejando entrever sus penas y glorias, que se van consumiendo lentamente por el fuego de los que andan en círculos.

De noche… es no solamente lo mejor de Alarcón hasta hoy. Está claramente entre lo mejor de la literatura peruana contemporánea, acercándose peligrosamente a la sombra de ese demiurgo que seguirá siendo, para cualquier joven novelista, nuestro Nobel. Por Alejandro Neyra


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