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Reseñas

Contra la memoria

David Rieff (Boston, 1952) ■ Debate (2012) ■ 120 páginas ■ 73 soles


Ensayo. David Rieff cree que la memoria histórica es una de las peores marcas que pueden tener las naciones. Muchas veces distorsionada, casi siempre está al servicio de los más poderosos. Y es que recordar los momentos más dolorosos del pasado, lleva al hombre a vivir con resentimientos, al punto que puede provocar algún tipo de conflicto bélico. Por ello, en su libro –polémico y lúcido– propone, entre otros postulados, que el olvido es la mejor herramienta para tentar la paz y el progreso de los países.

Para Rieff, una cosa es afirmar que la historia no tiene sentido intrínseco, sino que su sentido deriva del modo en que los seres humanos la ordenan y le infunden un sentido real. Además refiere que es muy distinto asignarle una duración –incluso a esos sentidos construidos– y aceptar el hecho de que, a muy largo plazo, todo lo que hacemos y somos está destinado al olvido.

En términos prácticos, Rieff sostiene que la memoria histórica se reduce exactamente a la identificación y a la proximidad psicológica, en lugar de la precisión histórica, y menos hacia una hondura política. Una de sus dualidades más controvertidas radica en la pregunta sobre si la memoria histórica se construye o se imagina; por ello, postula que el nacionalismo es tan solo una emoción.

Sobre la relación entre la memoria colectiva, la rememoración histórica y el análisis de los hechos más importantes del pasado de las naciones, Rieff recuerda a Nietzsche y coincide con él al considerar que no hay hechos, solo interpretaciones: la interpretación que prevalezca es una función del poder y no de la verdad.

En Contra la memoria se subraya que la memoria histórica no puede ser lo que recuerdan los individuos. Aquellas personas que no presenciaron un acontecimiento que define la identidad de su nación fueron instruidas por narraciones familiares, por su educación o por las ceremonias conmemorativas. Estos recuerdos para el autor no solo son imprecisos, sino también imposibles.

En conclusión, la memoria histórica casi nunca es tan receptiva a la paz y a la reconciliación como lo es al rencor. Por eso, hay poderosos argumentos para sostener que lo que garantiza la salud de sociedades e individuos no es su capacidad de recordar, sino de olvidar. Por Raúl Ortiz Mory


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