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Reseñas

El fracaso de existir

Austin, Texas 1979 ■ Francisco Ángeles (Lima, 1977) ■ Animal de Invierno (2014) ■ 141 páginas ■ 30 soles


Novela. En esta novela todo está perdido. Está perdido Pablo, un hombre con un matrimonio arruinado. Está perdida Adriana, una mujer oscura, una hija retorcida, una máquina de sexo. Está perdido el padre de Pablo, racionalmente infeliz. Está perdido el padre de Adriana, irracionalmente feliz. Está perdido el amor. El odio. La venganza. Y estamos perdidos todos nosotros, desde el inicio. Si el fracaso es la forma más trágica de la derrota, este libro insiste en la pesimista idea de que no tenemos manera de huir: hagamos lo que hagamos, fracasaremos siempre.

Dividida en tres partes, la novela de Francisco Ángeles, Austin, Texas 1979, es la suma de varios relatos que, en su conjunto, narran una misma historia: la anatomía del desengaño. Pablo, el narrador, un hombre de veintisiete años, acaba de separarse de su mujer y está desesperado. En nuestro elemental sentido de la depresión, un psiquiatra es la persona que nos rescata del hoyo y nos devuelve a la vida, y Pablo decide acudir a uno para salvarse. Nada extraordinario ocurre en terapia, salvo el tedio y el aburrimiento, hasta que conoce a Adriana, la hija del psiquiatra, y todo se desencadena: confundido y en estado de crisis, Pablo se mete con ella, una mujer que lo somete a un sexo oscuro y maquinalmente placentero. Como intentando encontrar un sentido a su propia existencia, Adriana le cuenta su historia, que es en el fondo la historia de su padre. De cómo el psiquiatra decidió romper con su perfecta vida y abandonar a su mujer. De cómo diseñó un plan siniestro cuyo fin era lastimar a todos, excepto a sí mismo. De cómo y por qué Adriana existe. Pablo entonces se convierte en un depósito de relatos: después de escucharla, visita a su propio padre, un hombre con un matrimonio estable, y este le cuenta una historia que le ocurrió en Austin, Texas, en 1979. Una historia de amor trunco que, sin embargo, define el origen de la vida de Pablo. En medio de esto, como una silenciosa presencia que todo lo sabe, hay un extraño y por ratos absurdo conejo, un animal que, en su adormecida figura, parece esconder un significado mayor que cruza todas las historias.

Si algo hacen los buenos libros, es hacerte sentir que te hablan, o que hablan de ti. Esta novela consigue lo que muchos libros quieren lograr y no pueden: que te identifiques y seas cómplice. Como dice Alberto Fuguet en el cintillo del libro, lo sientes 100 por ciento real porque en realidad te ha pasado a ti, o nos ha pasado a todos. En el fondo, si de algo trata esta novela es del origen de todas las cosas, de ese punto crucial en la vida de las personas a partir del cual surge o nace algo esencial, y de sus irremediables consecuencias. La novela nos sacude porque nos obliga a ver lo que preferimos evitar: la idea de que el fracaso lo consume todo. Esa suerte de fatalidad sobre lo ridículo e inútil que a veces resulta asumir una esperanza. Ese sentido de lo absurdo que se nos presenta desde el punto de partida, desde el inicio de la batalla. Lo que sea que venga después para nosotros será solo el eco de aquello que lo germinó, como una onda expansiva del fracaso a la que, inevitablemente, estamos condenados a sobrevivir. Bajo esta mirada puede leerse el pasaje sobre Hannah Arendt, la filósofa alemana para quien el ser humano realiza tres tipos distintos de actividades: labor, trabajo y acción. Labor, en términos de Arendt, se refiere a los procesos biológicos básicos como respirar o digerir. Trabajo incluye todo lo que nos permite ganar dinero. Y la acción es la creación de lo nuevo, de algo que no estaba en el mundo y que nosotros traemos a él. Este último es el más importante para Arendt y es lo que, de algún modo, explica y da sentido a todos los personajes de la novela: existe un momento en nuestras vidas en que podemos crear algo separado de lo que conocemos, algo nuevo y distinto y quizá renovador, y frente a esto tenemos solo dos opciones: decidirnos a crearlo o dejarlo pasar y seguir con nuestras vidas, que es lo que decide hacer el padre de Pablo en la historia de Austin, Texas. Lo anterior, sin embargo, pierde significado cuando comprendemos que al final siempre se acabará en el mismo punto: en ese estado omnipresente en el que todos caemos y que es la desgracia.

Todo relato personal es también un relato de los otros. Un incidente del pasado en la vida del padre puede determinar el presente del hijo, y ser también lo que lo arruina. La novela parece sugerir un concepto del origen como una creación negativa: la vida de Adriana es infeliz por culpa del padre; la vida de Pablo también es infeliz, si bien no directamente por el padre, sí por una decisión que él tomó en un momento específico de su biografía, y cuya consecuencia fue desencadenar una vida frustrada. Y tal vez es la frustración heredada del padre que se transmite al hijo, porque el padre optó por una decisión racional y no por un impulso, que también lo llevaría a la absoluta catástrofe y que habría imposibilitado la vida de Pablo, el narrador. En este sentido, el libro propone una idea de lo racional: mientras que el padre de Pablo encarna la absoluta racionalidad o, en todo caso, una racionalidad socialmente aceptada, el padre de Adriana es extremadamente racional… al punto de volverse irracional. Como una mente brillante, pero a la vez –y por eso mismo– completamente depravada.

Austin, Texas 1979 no te deja respirar. Con un lenguaje como una avalancha, uno de los aspectos más valiosos, donde podemos encontrar el sentido total de las cosas, es lo que no se dice o lo que prefieren no contarnos. Aquello que se omite representa la verdad que nadie quiere enfrentar y que sobre el final adquiere un significado en mayúsculas: lo que no se dice o lo que no ocurre en la novela, frente a nosotros, es lo que realmente somos. Nuestra esencia más oscura e inaprensible. Por todo lo anterior, no es una exageración decir que Austin, Texas 1979 es un libro escrito desde la emoción y la honestidad. Sin duda, una de las mejores novelas peruanas de este siglo. Por Juan Francisco Ugarte


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