Ahora que nos asfixia Bizancio

Por Fernando Iwasaki


Texto leído en la Biblioteca Álvaro Mutis de la ciudad de Estambul, Turquía, en junio de 2012.


El título que he elegido para este encuentro en Estambul no es arbitrario, ya que lo he tomado de un poema de César Vallejo, el poeta más importante de la literatura peruana y uno de los nombres esenciales de la poesía en lengua española. Ignoro si la obra de Vallejo se encuentra totalmente traducida al turco, mas estoy persuadido de que a los hispanistas locales les habrá llamado la atención toparse con Bizancio en «Idilio muerto», uno de los poemas del libro Los heraldos negros (1918):

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita
de junco y capulí,
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir,
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando: “Qué frío hay… Jesús!”.
Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.



En Los heraldos negros, César Vallejo cita lugares de resonancias bíblicas como Babel, Belén, Babilonia o Egipto; topónimos peruanos como Lima, Tayanga, Mansiche, Santiago y Menocucho; y dos ciudades de clásica prosapia: Bizancio en «Idilio muerto» y Atenas en el poema «En las tiendas griegas» –en alusión a la Ilíada– donde el undécimo verso habla de «los ocasos que llegan desde Atenas».

Cuando escribió Los heraldos negros, Vallejo no había viajado a París todavía y sus trajines se limitaban a los posibles itinerarios entre Santiago de Chuco, Trujillo y Lima. Por lo tanto, ya que a Vallejo no podemos presumirle el cosmopolitismo de modernistas como Rubén Darío y Enrique Gómez Carrillo, tenemos que asumir que sus conocimientos de historia sagrada e historia universal fueron las fuentes de sus referencias orientales y europeas. Sin embargo, la eufónica presencia de Bizancio en «Idilio muerto» requiere una reflexión más profunda.

En uno de los bellos ensayos literarios reunidos en Sobre el 900, el escritor Luis Loayza analizó el poema y su alhaja bizantina:

Me gusta el ritmo de esos versos, que es un poco el de los valses peruanos, la vitalidad juvenil que se advierte a pesar de la melancolía, el «esta hora» coloquial, el capulí tan cerca del cognac y, después de la alusión a la sierra, la aparición súbita y sorprendente de Bizancio. ¿Qué viene a hacer Bizancio en el poema? ¿Por qué, justamente, Bizancio? Muchas veces me he respondido que en ese nombre que suena tan suavemente hay una sílaba larga que luego se repite en la palabra «sangre», y que para el poeta ese eco leve debió ser una razón suficiente, si acaso no bastara la presencia de una ciudad antigua y misteriosa, convocada por la magia del nombre. Bizancio, por lo demás, fue casi un lugar común en la literatura europea de fines de siglo y aparece de cuando en cuando en los modernistas hispanoamericanos. Tiene gracia ese preciosismo en medio de un poema íntimo y mi única duda era saber si Vallejo había querido llamar Bizancio a Trujillo o a Lima. Pienso que quiso referirse a Lima, y no hace mucho confirmé mi impresión, pues releyendo La historia en el Perú de José de la Riva Agüero encontré lo que parece ser la fuente de la imagen: «Con sus fastuosos virreyes, su turba de pretendientes y palaciegos, sus frailes analistas, sus letrados, panegiristas y retóricos, Lima era como una nueva Bizancio: -una Bizancio pálida y quieta, sin herejías ni revoluciones militares» (1).


Luis Loayza sugiere que Bizancio aparece en el poema con una finalidad poética, precisamente para marcar diferencias con toda la tradición colonial y romántica que recurría a las referencias europeas para sumarse a la cultura universal. Así, en «Idilio muerto» el nombre de Bizancio «no sirve para darle mayor solidez sino, por el contrario, para procurar una sensación de irrealidad, la irrealidad de un joven provinciano un poco perdido en el invierno de la ciudad» (2). Bizancio vendría a ser, por lo tanto, la metáfora de una metrópoli que en aquel poema quizá era Lima, como podría haber sido Buenos Aires, Madrid, Nueva York o París para otros lectores de mediados del siglo XX: «La evocación de Bizancio es vaga, pero cuanto más vaga mejor; no define a la ciudad sino al poeta, lector de libros, y sirve para distanciarlo de la dulce Rita, que se quedó en la sierra y debía ignorar lo que significaba ese nombre perfumado» (3).

No obstante, casi un siglo más tarde de la publicación de Los heraldos negros, ninguna ciudad del mundo podría abrumarnos ya tanto ni creo que exista alguien tan aprensivo como para sentirse así de asfixiado en una gran metrópoli, pero «Idilio muerto» sigue siendo un poema hermoso y eficaz porque la dulce Rita continúa planchando en su pueblo remoto mientras Bizancio asfixia al poeta. Me pregunto entonces si el «Bizancio» que Vallejo versificó en 1918 y que Loayza dilucidó años más tarde, podría seguir siendo todavía Lima. Es más, me pregunto qué podría ser Bizancio para un lector contemporáneo español, mexicano, francés y –por supuesto– turco.

Leyendo a Orhan Pamuk, descubrí un caso parecido al que nos ocupa:

Los endemoniados, la mejor novela política que jamás se haya escrito, hoy no se lee como a Dostoievski le habría gustado, como una novela polémica escrita contra los occidentalistas y los nihilistas rusos, sino como un libro que nos revela un gran secreto sobre el alma eslava, sobre la realidad rusa (4).


Conocer las obsesiones que poseyeron a Dostoievski durante la escritura de Los endemoniados en 1871 es una deliciosa golosina para nuestra erudición, pero lo esencial es que Los endemoniados siga siendo un festín literario para los lectores de los siglos venideros, aunque el alma eslava y la realidad rusa cedan su protagonismo presente a otros temas y otras futuras digresiones. Tal es el punto de partida de la hipótesis que deseo enunciar: ¿por qué Bizancio nos asfixia ahora mismo?

Para mí, la elección de una palabra dentro de una obra literaria nunca es arbitraria y mucho menos tratándose de un poema. A partir de Trilce (1922) –que ya era una voz inventada– y desde entonces hasta el final de sus días, César Vallejo nunca dejó de crear palabras, jugar con ellas y construir imágenes que nacían al leer esas palabras en alta voz. Así, incluso en «La paz, la avispa, el taco, las vertientes» del poemario póstumo Poemas humanos (1939), Vallejo reunió palabras incongruentes entre sí, pero les impuso un orden. A saber, primero los sustantivos, luego los adjetivos, después los gerundios y los participios para terminar –otra vez– con los sustantivos:

La paz, la avispa, el taco, las vertientes,
el muerto, los decilitros, el búho,
los lugares, la tiña, los sarcófagos, el vaso, las morenas,
el desconocimiento, la olla, el monaguillo,
las gotas, el olvido,
la potestad, los primos, los arcángeles, la aguja,
los párrocos, el ébano, el desaire,
la parte, el tipo, el estupor, el alma…

Dúctil, azafranado, eterno, nítido,
portátil, viejo, trece, ensangrentado,
fotografiadas, listas, tumefactas,
conexas, largas, encintadas, pérfidas…

Ardiendo, comparando,
viviendo, enfureciéndose,
golpeando, analizando, oyendo, estremeciéndose,
muriéndose, sosteniéndose, situándose, llorando…

Después, éstos, aquí,
después, encima,
quizá, mientras, detrás, tanto, tan nunca,
debajo, acaso, lejos,
siempre, aquello, mañana, cuánto,
cuánto!…

Lo horrible, lo suntuario, lo lentísimo,
lo augusto, lo infructuoso,
lo aciago, lo crispante, lo mojado, lo fatal,
lo todo, lo purísimo, lo lóbrego,
lo acerbo, lo satánico, lo táctil, lo profundo…


El orden supone la elección y la elección un criterio, una inteligencia. En suma, un poeta. Y añado: un clásico de la poesía. Si César Vallejo es un clásico, su poesía perdurará tal y como lo advirtió Coetzee:

Lo clásico es aquello que sobrevive a la peor barbarie, aquello que sobrevive porque hay generaciones de personas que no se pueden permitir ignorarlo […] El clásico se define en sí mismo por la supervivencia. Por tanto, la interrogación al clásico, por hostil que sea, forma parte de la historia del clásico, porque mientras un clásico necesite ser protegido del ataque no podrá probar que es un clásico (5).


Bizancio es la entraña de mi interrogatorio. Por una parte representa la cifra de la cultura grecolatina. Por otro lado, como intuyó Luis Loayza, Bizancio aparece en el poema para sugerir el asombro ante la ciudad y luego la asfixia de la ciudad. Una ciudad con sus palacios y catedrales, emperadores y cortesanos, escribas y exégetas, santos y herejes, enemigos e invasores, monumentos retóricos y discusiones ciclópeas. Bizancio no era una ciudad cualquiera, sino la «Reina de las Ciudades» y la «Encrucijada del Mundo». Sin duda, Vallejo eligió Bizancio porque sabía que convocaba todos esos significados. Bizancio era la «ciudad mundo» y aquel peso era lo que asfixiaba a César Vallejo.

Sin embargo, casi cien años después de la publicación de Los heraldos negros, el arquetipo clásico de la «ciudad mundo» ha sido reemplazado por el del «mundo ciudad», donde gracias a Internet, las redes sociales, las telecomunicaciones, las descargas de contenidos y la hegemonía global de los medios digitales y audiovisuales, todos los habitantes del planeta podemos tener la persuasión de vivir online; es decir, localizados, disponibles e interconectados. Ese mundo virtual, donde cada terminal supone un ciudadano, también podría llamarse Bizancio: el mundo como ciudad, con sus bazares y catedrales, emperadores y seguidores, bloggers y exégetas, gurús y herejes, apocalípticos e integrados, foros retóricos y acólitos anónimos.

Algunos de los grandes relatos del mundo contemporáneo tienen la ambición de narrar desde aquella totalidad: desde la borgeana contemplación del Aleph o desde el universo paralelo de Mátrix. Solo en lengua española podría citar novelas como Sueños digitales (2000) del boliviano Edmundo Paz Soldán, La vida en las ventanas (2002) del argentino Andrés Neuman, Aire nuestro (2009) del aragonés Manuel Vilas o la trilogía Nocilla Dream (2006), Nocilla Experience (2008) y Nocilla Lab (2009) del gallego Agustín Fernández Mallo. Por otro lado, las reflexiones acerca de ese nuevo espacio –múltiple y simultáneo– desde donde hoy es posible narrar, han alumbrado ensayos brillantes como Mentiras contagiosas (2008) del mexicano Jorge Volpi o El lectoespectador (2012) y Pangea: internet, blogs y comunicación en un nuevo mundo (2006) del andaluz Vicente Luis Mora, donde la imagen romántica del escritor encerrado en una torre de marfil ha sido reemplazada por la del misántropo hikikomori conectado a internet.

En efecto, la figura del hikikomori –término japonés que define a los jóvenes que se encierran en sus habitaciones y que solo se relacionan con el mundo exterior a través de internet– ha hechizado a numerosos escritores de todo el planeta, aunque para no salirnos de los límites del habla hispana me bastaría con acreditar la fascinación que estos personajes han despertado en el escritor catalán Enrique Vila-Matas, quien se identifica con ellos en novelas como Dublinesca (6) y hasta en su diario personal:

Paso mis últimas horas de hikikomori como si estuviera en plena despedida de soltero […] Desde mi individualismo extremo, que trataré de atenuar mañana sin falta, observo ahora aterrado en la pantalla los movimientos de un joven triste que emprende un viaje a un lugar desconocido. Otro vuelve a casa. Se oye un blues lejano. Un tercer hikikomori llega a una ciudad sin nombre. Un soltero escribe cartas desde ningún sitio, desde el espacio blanco abierto en su mente. Un quinto joven emprende un viaje en busca de aquel primer solitario, que ya hace tiempo que se perdió. Un sexto hikikomori va vagando por el espacio infinito de la pantalla. Y me digo que haré muy bien mañana pisando la calle, viendo las nubes y los árboles y tocando todas las cosas que hay por ahí, aunque sepa que están aquí mismo, en la ventana obsesiva y fantasmal de mi pantalla siempre, siempre iluminada (7).


Me interesa cómo Vila-Matas alude a una «ciudad sin nombre» y de la sencillez de escribir cartas «desde ningún sitio», pero también de la necesidad de salir a la calle para ver las nubes y los árboles, aunque todas esas cosas también existan en la «ventana obsesiva y fantasmal» de la pantalla del ordenador. ¿Hace falta que precise que el escritor hikikomori contemporáneo también vive asfixiado en el mundo global de la hipercomunicación? Esa realidad paralela es tan vasta y diversa, que una simple vida no sería capaz de abarcarla y aprehenderla.
Me seduce la idea de imaginar que el mapa virtual del mundo ya es tan grande como el mundo, pesadilla fantaseada por Borges en la fábula «Museo»:

…En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas las Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas (8).


En realidad, la fábula borgeana es una hermosa variación de la maldición bíblica que cayó sobre la Torre de Babel, aunque a mí se me antoje una metáfora del mapa virtual del mundo fraguado por Internet. ¿Qué diferencia existiría entre el escritor encerrado en la biblioteca de una torre de marfil y el escritor hikikomori enganchado a Internet en la soledad de su dormitorio? Como el proceso de creación seguiría siendo individual, introspectivo e incluso gozosamente doloroso, pienso –como Orhan Pamuk– que no habría ninguna diferencia:

…en los momentos en que el autor se siente más solo, en que más duda del valor de sus esfuerzos, de su imaginación y de lo que escribe, o sea, cuando cree que la historia que está contando es solo su propia historia, parece como si le ofreciera de repente los relatos, las imágenes y los sueños que unen el mundo del que procede con el universo que quiere crear (9).


Como gracias a Internet y a las tabletas lectoras de libros electrónicos las bibliotecas contemporáneas son portátiles, todos los escritores podemos escribir desde la misma «ciudad sin nombre» de la que hablaba Enrique Vila-Matas, y yo quiero creer que esa «ciudad sin nombre» podría ser aquella Bizancio que asfixiaba a Vallejo, aunque ya convertida en el «mundo ciudad» y en la encrucijada de todas sus redes.

Por lo tanto, si ahora nos afixia Bizancio es porque el mapa del imperio ha alcanzado el tamaño del imperio y resulta del todo imposible procesar tanta información y conocimiento en el transcurso de una sola vida, lapso que por desgracia siempre será menor que el tiempo útil para escribir nuestras propias obras, porque simultáneamente atendemos el teléfono móvil, recibimos cientos de correos electrónicos, respondemos los comentarios de los lectores de nuestros blogs, escribimos tuits para que nuestros seguidores no deserten, mandamos mensajes por WhatsApp y actualizamos nuestros perfiles en las redes sociales.

Pienso en ese pobre César Vallejo del siglo XXI asfixiado por Bizancio y también por –¡horror! – su “andina y dulce Rita», quien le exige e-mails más largos, que le demanda conectarse al Skype y que quiere saber por qué carajo no le comenta las fotos de los capulíes que acaba de colgar en su Muro. ¿Habrá algo más bizantino en el siglo XXI que las trifulcas y discusiones por Facebook?

Vengo de Andalucía –“de Algeciras a Estambul” – para compartir una imagen peruana de Bizancio a través de la poesía de Vallejo, las fábulas de Borges, las conferencias de Pamuk, los ensayos de Coetzee y las novelas de Vila-Matas, porque vivimos en un «mundo ciudad» y su literatura nos concierne a todos los ciudadanos de Bizancio


(1) Luis LOAYZA: «Bizancio sobre el Rímac» en Sobre el 900, Hueso húmero ediciones (Lima, 1990), pp. 111-112. La cita de Riva Agüero la glosó Loayza del comienzo del capítulo dedicado a Pedro de Peralta y Barnuevo en José de la RIVA AGÜERO: La historia en el Perú, Imprenta y Editorial Maestre (Madrid, 1952), p. 281.
(2) LOAYZA: Op.cit., p. 113.
(3) Ibid, p. 114.
(4) Orhan PAMUK: «En Kars y en Frankfurt», en La maleta de mi padre, Mondadori (Barcelona, 2007), p. 79-80.
(5) J.M. COETZEE: «¿Qué es un clásico?», en Costas extrañas, Debate (Barcelona, 2004), p. 28-29.
(6) Enrique VILA-MATAS: Dublinesca, Seix Barral (Barcelona, 2010), p. 37.
(7) Enrique VILA-MATAS: «Hikikomori blues” en Dietario voluble Anagrama (Barcelona, 2008), p. 120.
(8) Jorge Luis BORGES: «Museo», en El Hacedor, Alianza Bolsillo (Madrid, 1979), pp. 143-144.
(9) Orhan PAMUK: «La maleta de mi padre», en La maleta de mi padre, pp. 17


Fernando Iwasaki (Lima, 1961) Narrador, ensayista, crítico e historiador. Es autor de las novelas Neguijón y Libro de mal amor, y de siete libros de cuentos. Desde 1989 reside en Sevilla.