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Abelardo Oquendo: «Aquí suele regalarse el adjetivo ‘gran’. Todo buen poeta es un ‘gran’ poeta. Y no es así»

Por Dante Trujillo


No es fácil convencer a Abelardo Oquendo (Lima, 1930) de aceptar una entrevista. Oquendo es una leyenda literaria nacional. Pero una leyenda discreta, pese a haber sido protagonista y testigo durante sesenta años del crecimiento y la multiplicación de nuestras letras. Tuvimos suerte, y nos habló durante más de dos horas. El resultado es esta entrevista, versión ampliada de la que publicamos en la versión impresa de Buensalvaje 12.  Los dejamos con estas perlas chispeantes del director de la mítica Hueso húmero.

Entre la aparición de Cuadernos de composición, que es de 1955, cuando usted tenía 25 años…
Sí, soy del año 30 del siglo pasado. Estoy viejísimo.

Han pasado 60 años. En ese tiempo, ¿cuáles, para usted, han sido los aspectos más relevantes de la evolución de la literatura peruana, desde entonces hasta hoy?
Creo que la internacionalización de la literatura peruana. El primer rasgo importante en este aspecto es la participación del Perú en el boom, con Vargas Llosa (MVLL). Él marca un hito en lo que se refiere a nuestra literatura, ha estado presente en un momento culminante, en que adquirió un interés nuevo en Occidente, y más allá de Occidente, incluso. Hubo un peruano entre los escritores más importantes de la época.

Pero esa internacionalización de alguna manera se cayó, ¿no?
No se mantuvo en el mismo nivel, pero hay una presencia constante, ¿no? El éxito de MVLL en la narrativa incentiva a los escritores peruanos, les da confianza. Entonces vemos que se proponen algo más que ser importantes en su país. Ya no se contentan con tener presencia dentro de los límites nacionales, ni de los latinoamericanos, sino dentro del ámbito de la lengua y más allá de esta. Ese es el norte. Y eso ha producido algunos resultados interesantes. Claro, no tenemos aún un nuevo narrador peruano realmente importante que juegue entre los internacionales, pero varios que sí se han internacionalizado. Que publican en editoriales con un mercado amplio, que venden en diversos países, que son conocidos. Tienen, además, traducciones; no eventuales, sino traducciones para el mercado del libro. Esto siempre es un indicador de que hay un público real y considerable, si bien no quita que algunos de ellos sean más bien ligeros.

¿Por qué cree que ha pasado eso? ¿Por qué cree que después de MVLL no haya aparecido un narrador tan icónico? ¿Por qué, por ejemplo, Julio Ramón Ribeyro no tuvo ese alcance?
Esa es una pregunta bastante difícil… bastante difícil para quien, como yo, aprecia mucho la literatura de Ribeyro. Pero si nos ponemos más bien fríos, imparciales, si olvidamos que Ribeyro es peruano, podemos ver que es un escritor de alto nivel, pero no un gran escritor.

Eso es polémico, eh…
(Risas) Bueno es que, por lo general, aquí suele regalarse el adjetivo «gran». Todo buen poeta es un «gran» poeta. Y no es así. Es más, si no se le dice a un poeta que es un gran poeta, no se siente muy bien. (Risas). Pero si hay muchos «grandes poetas» es porque ninguno es tan grande. Yo creo que, para nosotros, Ribeyro es un escritor importante; es, a nivel de la lengua, un estupendo narrador, y eso es ya decir bastante. No encuentro el adjetivo apropiado para él porque todos están desgastados por la prodigalidad. ¿Cómo calificarlo? No está al nivel de los de primera línea del boom, no está al nivel de los realmente grandes escritores… pienso en Borges, en Cortázar… En ese lugar, en verdad, no está. Me está poniendo en problemas, por eso es que prefiero no dar entrevistas. (Risas).

Estamos en problemas, entonces, y no solo en el Perú…
No… no saquemos conclusiones. ¿Por qué digo que no está a ese nivel? He mencionado dos nombres, nada más. Podría agregar a García Márquez para hablar solo de los más cercanos… porque los dos argentinos nombrados tienen una calidad de escritura, una personalidad en el estilo realmente extraordinaria. No abundan escritores en ningún idioma que tengan una personalidad en su prosa como Borges, Cortázar ni García Márquez. Y de ellos es también la creación de un universo propio, no solamente de un lenguaje propio, ¿no es cierto?

¿Quizá se ha descuidado el estilo en pro de la historia?
Para mí, un gran escritor debe ser un grande en su manejo de la lengua… debe crear un estilo, y debe crear un mundo o tener un mundo propio que es el que lo mueve a escribir, que es aquello que vuelca en sus creaciones. Esas dos son características –me parece– fundamentales y que muy pocos logran. Aparte de otra característica, pero que ya puede ser un poco más subjetiva: que tenga cosas realmente importantes que decir. Digo subjetiva porque lo realmente importante que diga un escritor puede tener distintas categorías o pesos, ¿no?, para un lector o para otro. Eso no se puede medir, salvo que se categorice a los lectores. Y aun así resultaría discutible. Todos tenemos poetas que nos han hablado muy íntimamente, y otros que reconocemos como grandes poetas, pero que no nos hablan de manera tan próxima, tan profunda, tan conmovedora como esos otros. Pero, claro, uno puede reconocer la grandeza de un poeta, y ese poeta no llegarnos al alma, para decirlo de una manera fácil. Pero esto que le estoy mencionando, para mí es algo que no puede faltar en aquellos a los que veo como «grandes poetas», «grandes escritores».

Muchos, por mucho tiempo le criticaban a Sabato haber escrito tan pocos libros, y era que él decía, precisamente, que no tenía nada más que decir…
En lo que a mí se refiere, esos pocos me dicen menos de lo que me dice la literatura de Onetti o la de Arguedas. Pero esto también es personal. En cuanto a MVLL, lo que lo hace –desde su primera novela– notable, es el impacto que provocó, fundamentalmente, por su virtuosismo técnico, su capacidad de usar recursos complejos, pero que no dificultan mayormente la lectura para alguien que tenga una cierta experiencia literaria, recursos que corresponden muy bien a lo que quiere transmitir. Hay un momento en la literatura latinoamericana en que –sobre todo, por la admiración que suscitó MVLL y por su éxito– una serie de narradores jóvenes trataron de incorporarse al «boom» y se pusieron a hacer piruetas técnicas, pero que estaban allí como mero exhibicionismo. Duró poco, felizmente.

Efectismos, está diciendo.
Claro, efectismos: pero en el caso de MVLL distó mucho de serlo. Él manejó de una manera realmente extraordinaria eso, y de ahí el gran impacto que produce su aparición en la narrativa de nuestra lengua. Y este virtuosismo narrativo llega, para mí, a una cúspide admirable en Los cachorros, que es un relato magistral… de una gran eficacia y belleza formal.

Es perfecto.
Cuando uno empieza a leerlo no se da cuenta casi de que en la primera oración hay dos narradores distintos, varios tiempos y personas verbales… ¡no en un párrafo, en solo una oración! Y uno lo asimila todo con facilidad, y ni cuenta se da de qué revoluciones están ocurriendo en esa oración, lo acepta como natural. Eso es magistral, realmente. Con la literatura no vamos solamente a enriquecernos interiormente, sino también a gozar de ella. Para mí esta es una función básica, esencial, del arte. Al fin y al cabo, es la estética la que define su naturaleza.

El gozo por el gozo, digamos.
El gozo por el gozo. Qué importa qué me está diciendo el objeto artístico, si me transforma o no. Hay logros formales ante los que uno se rinde.

Pero eso también podríamos decir de algunas historias, de algunos textos de Borges, ¿no? Digamos que son perfectos y no necesariamente nos están diciendo, nos están revelando alguna verdad urgente…
O lo estético como la inminencia de una revelación. El efecto estético es ese destello, no la revelación: su inminencia. Ese estremecimiento interior que anuncia que algo formidable, pleno, total, va a producirse. No se produce, claro. Por eso Borges –que no es ningún místico– pone énfasis en la inminencia.

No se resuelve, digamos.
No se resuelve. Porque, después de todo, ¿qué es la revelación? ¿Qué revelación puede dársenos? ¿Una verdad que nos transforme? Eso solo se da en los místicos, si creemos en ellos, que por lo demás, si han logrado recibir eso, no han logrado transmitirlo. San Juan de la Cruz puede llevarnos a ese punto, pero no va más allá. No creo en revelaciones místicas, pero me parece formidable creer que puede haberlas. Y es formidable sentir que está uno en las puertas de esa apertura. Es todo lo que podemos pedir. Y, además, me parece que eso es suficiente, porque si se produjera esa apertura, ya todo se acabaría, llegaríamos a otro plano y ya no seríamos más lo que somos, o estaríamos muy incómodos con lo que éramos.

Ahora que mencionaba al boom, pensaba que es ya una convención afirmar que se trató de una coincidencia de autores en determinado momento histórico y, a la vez, un producto más o menos creado desde las oficinas de Carmen Balcells…
Yo no lo creo… Me parece, más bien, que Carmen Balcells fue creada por el boom (Risas).

Es una manera de verlo. ¿Por qué, por ejemplo, Manuel Scorza no formó parte?
Porque Scorza no era realmente bueno. Simple y llanamente. Son los lectores los que crean los prestigios, las instituciones… La literatura no es tonta, no se equivoca tan fácilmente.

¿Donoso…?
Tampoco era tan bueno. Es decir, hay algunos grandes, posiblemente, que no son detectados a tiempo, y en eso se equivoca la institución, la creadora del canon, esa entidad múltiple y diversa. Pero no se equivoca cuando los señala con el dedo, o solo raramente.

Puede pecar por omisión, pero no por mala puntería…
Exacto. Yo creo eso… Pero me preguntaba por Scorza. Scorza hizo todo lo posible por meterse por la ventana del boom, y basta leer sus novelas. Basta la primera novela, que suena tan falsa. Después su saga va mejorando poco a poco. Me acuerdo que cuando salió Redoble por Rancas hubo un gran recibimiento porque, además, la circunstancia histórica se prestaba para esto. Grandes aplausos por todas partes. Y yo, por lo general, nunca he escrito en contra; si alguien me parece malo, allá él, ¿para qué voy a decírselo? Pero esa vez sí me molestó, me molestó porque leí Redoble por Rancas con gran expectativa y encontré que se le salía el fustán por todas partes; entonces escribí sobre la frivolidad del libro. Nadie me hizo caso, naturalmente, salvo Scorza, que se resintió. Scorza aprovechó todo lo que pudo de los otros, echaba mano de todo mundo, pero lo hacía bien, hacía un coctel bastante asimilable y engañoso.

¿O sea que nadie más además de MVLL? Mire que son un montón de años…
Bellatin y el primer Alfredo Bryce. Bellatin me parece un narrador importante, importante porque crea un estilo propio, un mundo propio; un mundo inconforme, que va modificándose de libro a libro. Algunos de ellos no están tan bien, otros sí. Pero yo valoro eso, valoro su creatividad, su audacia, su impavidez… Me parece que, en la línea de los escritores no convencionales de nuestra lengua, en este momento, él ocupa un alto lugar. En cambio, lo que sí se ha producido en nuestra narrativa es una superación de su antigua medianía promedio…

De su carácter de segunda división, digamos.
Sí, muy segundona. Me parece que hay una elevación en cantidad y calidad de la literatura peruana. Yo, que soy de la generación del 50, recuerdo que los narradores de esos años se contaban con los dedos de las manos: no pasaban de diez los buenos narradores y tal vez me exceda en el número. En realidad, los mejores no pasaban de cinco, ¿no es cierto? En cambio, ahora no; ahora podemos mencionar un número alto de autores respetables. En ese momento yo recuerdo que miraba la literatura argentina y decía: «Caramba, ahí hay un montón de narradores que no serán estupendos, pero forman una narrativa consistente, un equipo más bien sólido. Nosotros, en cambio, carecemos de eso». Aquí, muy de vez en cuando aparecía un Ciro Alegría, un Arguedas. Sorpresivamente se daba una cumbre en medio del páramo. Ahora no, ahora hay un grupo importante de narradores que pueden circular tranquilamente por cualquier parte. Eso es algo que ha cambiado mucho. Un poco en perjuicio, digamos, de la poesía, porque eso ocurría con la poesía en el Perú hasta los años 60. Había bastante poesía buena.

Hasta la poesía del 60, por ejemplo. A lo mejor no coincidimos, pero a mí me parece que el nivel general de esa poesía no ha vuelto.
Por eso digo hasta el 60. Después, ocurre un poco lo que pasaba en nuestra narrativa: de vez en cuando una cumbre. En el 60 surgen Hinostroza, Cisneros, Lauer…

¿Javier Heraud? ¿Luis Hernández?
No.

No para usted.
Así es. Me parece que Javier Heraud, por ejemplo, estaba estupendo para ser tan jovencito… Pero no podemos poner a ese jovencito al nivel de los maduros. Era una gran promesa, pero una promesa. Y lo digo despojándome de mi cercanía a Javier. Era sobrino de mi esposa. Iba a la casa, le prestaba libros cuando todavía nadie sabía quién era Heraud. Una vez apareció en la redacción de El Dominical con una página –porque semanalmente publicábamos una página de poesía…

Quién diría…
Sí… bueno, llegó con una página con poemas suyos, con dibujo y todo, lo había armado todo, la página completa para que la publicara. Y le dije que no, porque todavía no estaba como para aparecer en público.

Tremenda pérdida. Me parece que había muchísimo ahí.
Había mucho, mucho. Pero nunca se sabrá lo que habría pasado. Y la verdad es que si lo comparamos –aunque las comparaciones son odiosas– con otros precoces de la poesía peruana, como Sologuren o Eielson, que aparecieron totalmente formados, como Minerva de la cabeza de Zeus, ¿no es cierto? Madurísimos. Después cambian esa poesía suya inicial, la despojan de sus lujos, se hacen más personales, pero ahí estaban ya. Piense en la edad que tenía Martín Adán cuando escribió La casa de cartón, estaba saliendo del colegio.

Entonces, haciendo un balance con la poesía y la narrativa producida desde la época de Cuadernos de composición, no ha habido para usted otra obra que alcance los niveles de MVLL.
No.

Qué triste.
Hablando de Cuadernos de composición, hay quienes creen todavía que fue una revista. No fue ni nació como una revista. Fue una idea que se nos ocurrió a Luis Loayza y a mí —más a él que a mí— de hacer exactamente eso que dice su nombre, lo que se hace en los colegios, en las clases de castellano: una composición. El profesor da un tema y todos tienen que escribir sobre eso. Lo que queríamos nosotros era proponerle temas a los escritores. Pero hicimos un solo cuaderno, que tuvo como tema «la estatua». En el primer y único número escribimos Sebastián Salazar Bondy, Romualdo, Loayza y yo. Escribimos sobre ese tema y, cuando quisimos hacer el segundo Cuaderno, nadie aceptó. No se nos ocurrió pensar que nadie querría ser confrontado con otros.

¿Nunca ha pensado retomar la idea?
Yo creo que tampoco querrían ahora exponerse a que se vea que otro lo hizo mejor.

¿No? A mí se me ocurre que quizá sí.
Sería muy bonito que alguien la retome.

Literatura sí era una revista, ¿no? Que tuvo tres números, si no me equivoco.
Tres números… El encargado de la cuestión administrativa del tercer número fue justamente Javier Heraud.

¿De verdad?
Que fue un poco catastrófico. (Risas). Le di las revistas para que las distribuyese en las librerías, etc. Y se fue muy campante, las dejó, pero sin ningún papel, bajo palabra. La verdad es que tampoco teníamos papeles impresos para eso. Pero sin una constancia, después ¿cómo acordarse de cuántos había dejado dónde, y cómo cobrar?

Confirmando eso de que los poetas no sirven para los negocios.
En este caso, al menos.

Los directores de esa revista eran Loayza, usted y MVLL. ¿Quién apoda a este como «El sartrecillo valiente»? Un acierto de chapa.
Luis Loayza.

En una carta que MVLL le envía desde Madrid, en diciembre de 1958, le cuenta que ha empezado ya La ciudad y los perros, y enumera todos los males físicos que la escritura le acarrea. Es un pasaje muy divertido. Es cartas posteriores le habla sobre la evolución de la novela y, lo que realmente me llama la atención, es cuando, cuatro años después, semiterminada, se da este furor creado por Carlos Barral: lo persiguen editores de otras lenguas interesados en publicarla sin haberla leído. Está contra el tiempo, y MVLL les manda a usted y a Loayza el manuscrito para que le ayuden a editarlo. Es decir, intervienen, meten mano en su obra seminal, donde se haya concentrado todo lo que vendrá después.
Sí, sí, con Loayza. Él quería, exagerando un poco, que se rehiciera la novela (Risas). Mario recogió algunas pequeñas observaciones, atendió lo secundario. Hizo bien. A Lucho no le impactó mucho lo que constituye la naturaleza esencial de esa novela, que es su estructura, su virtuosa ingeniería.

MVLL habla de 700 páginas, y que se le estaba escapando de las manos, que tenía una fecha de cierre prevista. Había un poco de neurosis ahí.
Sí, un poco, ¿no?, porque estaba haciendo una cosa distinta, algo arriesgado.

¿Se imaginó que ganaría el Nobel?
Me sorprendió. A pesar de que sabía que desde hacía mucho tiempo estaba en las propuestas, me sorprendió.

¿Mantiene contacto con Luis Loayza?
Al menos una vez por semana. Desgraciadamente, la Internet ha venido a arruinar la correspondencia con los e-mails, porque sus cartas eran estupendas. En cambio, ahora él escribe cuatro líneas, yo contesto otras tantas. La cosa es así. Pero tengo más de 600 cartas de Loayza, de las que traía el cartero, que darían para una antología preciosa.

¿Y por qué no lo hace?
Porque no quiere.

¿Por qué es tan hermético?
Bueno, porque no le interesa la publicidad… nunca ha dado una entrevista. Le fastidia, todo eso le fastidia.

Pero él sabe que eso, de alguna manera, también lo mitifica, ¿no?
Pero a niveles micro. Le molestaría, por ejemplo, ganar un premio. Nunca se presentaría en público. Todo eso le da un carácter a su obra, una cierta pureza.

Hablando de su obra, ¿él sigue escribiendo?
No, hasta donde puede saberse.

¿Y tiene inéditos?
Pues no lo sé.

También hay una carta de José María Arguedas de 1960 en la que le pide ayuda apelando a que «Tú tienes una gran lucidez respecto a estos problemas y tu sensibilidad y tu cultura holística…». Arguedas que tenía 49 años y usted 30; él ya había publicado, entre otras novelas, Yawar Fiesta y Los ríos profundos. No era un novato, ni mucho menos, pero no es capaz de manejar el destino de El Sexto. ¿Recuerda qué hizo con el libro?
Sí, marqué una serie de cosas y las conversé con José María. Nada fundamental, cosas más bien menores.

La otra sociedad importante que mantiene es con Mirko Lauer: Mosca Azul cumple 40 años. Y Hueso húmero, que existe desde 1979, lleva 62 ediciones. También han tenido librerías… ¿cómo ha sido esa relación? Lauer tiene fama de hombre difícil.
No es precisamente fácil. Una vez nos hicieron esa pregunta, hace muchos años. Mirko dio una respuesta muy divertida. Dijo: «El secreto está en no casarse». (Risas). Es una sociedad muy extraña. Lauer comenzó a visitarme algunos años antes de que fundáramos Mosca Azul. Me caía siempre a la casa, conversábamos… me atraía su inteligencia. Era un muchacho –tiene 17 años menos que yo– con el que me gustaba charlar, me traía siempre novedades. Y un buen día me propuso fundar una editorial, para la que ya tenía los socios capitalistas. Y, efectivamente, me presentó a los socios, Eduardo Mazzini y Carlos Velaochaga, amigos suyos que yo no conocía. Y montamos la empresa, salió muy bien. Mazzini fue un apoyo importante porque su padre era importador de papel; entonces, incluso, nos prestó local para almacenar las cosas durante un tiempo. La propuesta era no sacar ninguna utilidad de la empresa, sino reinvertir todo. Después de un tiempo los socios se fueron y adquirimos sus acciones. También tomó parte de ellas Joselo García Belaunde.

Ah, ¿sí?
Tomó una parte pequeña y nos quedamos, prácticamente, Lauer y yo dueños de Mosca Azul. Hicimos bastantes libros, 500 títulos, más o menos, lo hicimos sin aportar nada más; o sea, con los ingresos. Nosotros no teníamos sueldos: éramos los altos ejecutivos y los mozos de cordel porque salíamos con los libros al hombro a dejarlos a las librerías; solo tiempo después tuvimos una empleada. En fin, trabajamos duro en esa empresa y, de vez en cuando, salíamos a comer con nuestras esposas con dinero de Mosca Azul, pero no invitábamos a nadie (Risas).

¿Por qué «Mosca Azul»?
Después de barajar muchos nombres, le pusimos así porque mosca azul es en alguna poesía quechua la mensajera de la muerte. Nos gustó la idea. Pensábamos que la muerte y la línea editorial peruana siempre estaban próximas.

Usted que ha producido incalculables estudios, críticas, prólogos…
No, nada de incalculables. Yo he escrito muy poco siempre. Y me he negado, es más, a reunir las cosas sueltas.

Lo que le quería preguntar es ¿nunca ha escrito ficción?
Sí, he escrito para mí. En la primera revista en la que participé, cuando estaba en segundo de Letras en la Católica, se llamó Gleba, publiqué un cuentito que, en realidad, fue un trabajo de composición que dio Luis Jaime Cisneros en clase, y publiqué también un poema en prosa. En fin, pecados de adolescente. Después no, no publiqué nada más de creación, salvo lo que aparece en Cuadernos de composición.

¿Por qué?
Porque nada me pareció suficientemente bueno.

¿Pero ha seguido intentándolo, ha seguido escribiendo pese a que no lo considere suficientemente bueno?
A veces…

¿Nunca ha dicho «y si arranco este proyecto…»?
No, no. Pero he publicado poesía con nombre ajeno

¿Con seudónimo, está diciendo?
Sí. Inventé un poeta. Una vez, cuando estaba todavía en El Dominical Inventé un poeta que era de la Guyana inglesa. Ese poeta se llamaba Abraham Phill, autor de un libro de poemas que acababa de aparecer en Nueva York y había llamado la atención, no solamente por su poesía, sino por tratarse de un libro póstumo y solitario. El señor Phill había sido mayordomo de un millonario en Georgetown. Cuando muere, su patrón encuentra tres libros en la habitación de Philll: uno de ellos era la Biblia, y dos, en realidad no eran libros, sino cuadernos empastados, con poemas que supone eran del mayordomo. Ese mayordomo había sido tan leal, tan perfecto, que en gratitud, él publica uno de los cuadernos. Yo informé sobre esto en una notita muy sucinta, y dije que las traducciones—para hacerlo más verosímil— las había hecho Luis Loayza, que, entonces, trabajaba en Naciones Unidas, en Nueva York. Después aparecen más poemas de Phill, con el prólogo de su patrón, en Creación y crítica. También, con Julio Ortega y Mirko Lauer inventamos un escritor peruano que se fue a combatir en las brigadas extranjeras de la Guerra Civil Española, se llamaba López Bárcena.

¿Y ese lo publicaron en Hueso húmero?
No, no. Pero en distintos sitios aparecieron cosas de este señor, incluso una fotografía en la revista Textual. Y voy a cometer otra infidencia: uno de los primeros libritos que hicimos en Mosca Azul fue la Antología del amor erótico. Ahí hay dos poetas inventados. Un uruguayo, que inventó Mirko, y una ecuatoriana, que inventé yo.

Ya puestos en esto… ¿Santiago del Prado existe?
Claro que existe, no es una creación nuestra. Es real y todo un personaje. Y ha publicado ya dos libros y varios textos en Hueso húmero. Ya quisiera haber inventado a Del Prado, que está por encima de los divertimentos que he hecho en el campo de la creación, ninguno de los cuales me ha parecido válido para incorporarme a un género o a otro. Ni siquiera me he incorporado a la crítica, porque tengo una visión un poco especial de estas cosas. Pienso que la literatura, como todo arte, es una tarea de orfebres, que puestos a producir, hay que producir cosas realmente especiales, realmente valiosas, joyas de verdad. Si esto no se logra, no vale la pena; la bisutería no es necesaria. En ninguno de los campos en que he intervenido he creado ninguna joya, y no voy a crear ninguna ya.

Lo suyo no es modestia, sino es honestidad, digamos.
Quizá sea soberbia. En todo caso, hay demasiados libros. Para qué agregar otros más, prescindibles. Esto suena muy radical, pero lo aplico solo para mí. Parte de lo que leo, a veces con placer o gratitud, es prescindible.

¿A qué autores peruanos considera que no se les ha hecho justicia?
El primero que se me viene a la mente es Eleodoro Vargas Vicuña, que es muy bueno en narrativa. Se han hecho algunos intentos de recuperación, pero han caído en el vacío. Y hay alguien que no ha caído, pero está cayendo en el olvido, a pesar de que tuvo relevancia y prestigio en su momento: Javier Sologuren. Es un poeta de primera línea, y ya pocos lo recuerdan.

Se acaban de cumplir diez años de su muerte.
Creo que la última reedición suya fue la que hizo Pre-textos en España, que no repercutió, cosa que sí pasó allá con Watanabe. Sologuren fue, además, un traductor notable. Lea sus traducciones de poemas, o esa versión suya, preciosa, de Elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki… ¡y Sologuren no sabía japonés!

¿Y… cómo?
Traducía con ayuda de lectores, de buenos lectores japoneses, que le decían cómo era la cosa. Entonces, reinventaba el estilo en español, reinventaba la poesía. Era muy intuitivo. Sospecho que el ensayo de Tanizaki es mejor en su traducción que en japonés.

¿Qué le gusta de hoy? ¿A quién le parece que hay que seguirle la pista?
Eh… no estoy tan al día. Carlos Yushimito me parece de lo mejor. Todavía no se ha encontrado del todo a sí mismo, pero hay ahí apuntes de cosas estupendas. Además, él no está siguiendo lo consabido. Ya no es la ruta que otros han abierto, él está abriendo su propio camino. Los cuentos de Daniel Alarcón también me parecen buenos.

No ha leído tanto a los recientes como para darse una opinión, digamos…
No. Es decir, me parecen bien dentro de la nueva narrativa nacional, pero ¿qué le diré? No tengo tiempo porque ya me voy a morir. El tiempo que me queda es precioso, por breve. Así, leo sobre seguro: releo. Ya no me interesa estar al día. Lo que no significa que no lea libros actuales. Por ejemplo, acabo de leer el de Julio Ortega sobre Vallejo, que es excelente. Ortega es muy buen crítico; a veces, un poco críptico. Una vez le dije: «Julio, escribe un poco más claro, porque estás pensando que todos han leído lo que tú leíste o tienen tu velocidad de pensamiento». Desde entonces, cuando se presta la ocasión conmigo, se refiere a su «crí(p)tica» literaria; pero no, no llega a ser críptico, tiene visiones estupendas y nítidas. Lo que pasa con Julio es que condensa una gran cantidad de ideas en muy poco espacio, y a veces lo satura. Entonces, hay que leerlo sin prisa, porque hay mucho implícito.