Quemar_los_días_Salter_(Fangacio)
Reseñas

Saberse escrito

Quemar los días ■ James Salter (Nueva York, 1925) ■ Salamandra (2013) ■ 448 páginas ■ 77 soles


Memorias. «Mi ambición era escribir una obra ‘lúbrica y pura’, un libro inmaculado lleno de imágenes de un mundo más deseable que el nuestro, un libro que se aferrase a uno y que ya no se dejase apartar». De esta forma James Salter concibe la literatura. La frase la toma (él, lector universal) de «Romance de la luna» de Federico García Lorca. Sobre la guerra (porque fue piloto de caza) refiere a la muerte del granadino y dice: «Él no pudo exclamar: ¡Soy poeta! Lo suben a un camión y él va (…), en la guerra nada dura y los poetas caen junto a los labriegos, un festín de moscas en sus caras».

James Horowitz se cambió oficialmente el nombre a James Salter. Trabó amistad con Polanski, Fellini, Redford; vio a Kerouac jugar al fútbol y fue amante de la amante de John Huston, de quien se decía recibía jovencitas en el Grand Hotel de Roma a la última hora de la tarde. Así lo prefería.
Es imprescindible por lo citado y porque detrás de ese extracto hay un cuerpo de obra colmado de iluminaciones. Quemar los días es el libro de memorias de Salter y sería una novela si en sus páginas reemplazara su nombre por el de un personaje. La vida de un escritor puede equipararse a su gran obra: escriben, se escriben.

La explicación de por qué se le menciona en voz baja cuando se habla de los mejores escritores norteamericanos puede verse en su trabajo. Hay algo en él de lateral, de libertad objetiva sin reparos, de incómoda honestidad. Sus temas son lo que el dolor es a la vida: síntoma de la verdad. Juego y distracción, Años luz, La última noche, entre otras, son obras que dan muestra de su especialidad: la demolición para dar con la belleza de lo irreparable y, sobre ella, levantarse uno mismo, sus lectores.

Salter es el escritor de la posguerra, del momento pródigo de la reconstrucción, de una generación legendaria en éxito y tragedia. Entre esos contrapuestos es que renuncia a su carrera militar por la literatura. Mientras Buzz Aldrin, su compañero en West Point, pisaba la Luna, él, rendido bajo una exótica italiana galopante, era la desolación. Habría de entrar a la historia como un avión que la viese desde arriba lanzando personajes en paracaídas, diciendo «acéptame, eres tú».

Pilotos escritores, extraño fenómeno al que Saint-Exupéry no sobrevivió. En ellos puede intuirse la sabiduría del observador supremo que se sabe insignificante y se reconoce en la tierra que atraviesa, en forma de cabra, monte o río. La experiencia singular de artistas parientes de los pájaros también es un privilegio del lector.

Hay agudeza y poesía en sus observaciones y retratos, desde Nabokov e Irwin Shaw, hasta D.W. Griffith, Mankiewicz y Nureyev. Como guionista y director de cine, su pluma también bebe de las cámaras y los azares de la producción. Para la literatura también hay momentos y circunstancias propicias. La voluntad, aunque esencial, no es suficiente. En sus memorias, son las ciudades, las mujeres y la literatura los ejes de reflexiones sobre como aprender a vivir y escribir enfrentados al deseo, la futilidad y las oportunidades perdidas.

«Un escritor no puede formarse idea de la dimensión de su escritura. No puede verse íntegramente. Es solo una especie de humo capturado y estampado en una página». Y de quemar esos días es que brota este humo impecablemente capturado. Por Renzo Rodríguez


Recomendados:
Tejiendo sueños (Patti Smith)

¿Escribes reseñas y quieres compartirlas en nuestra web? Escríbenos a libros@buensalvaje.com contándonos en dos líneas quién eres, y sobre qué libros quisieras escribir 350 palabras. Sé específico y, si tienes un blog, indícanoslo.