Poesía

Poemas de Tulio Mora

Del poemario inédito Bajo el cielo haragán


Tratado del rabdomante / (Poética I)

Llamamos un rabdomante a quien con una horqueta de palo cruza desiertos en un afán inútil que dura lo que una vida situada entre una agónica estrella y el relámpago asombrado de una luciérnaga. Podríamos calificarlo también como un rastreador del agua, un sabueso de la humedad o un detective de la irredenta sed.

Una biografía no empieza por el principio –eso lo sabía Viktor Shklovsky–, sino por donde gana (mana) la memoria: un ojo de agua en la arena, una cicatriz en la peña precipitando la soga blanca de una cascada reclaman también su competencia en el orden que da inicio a vidas y cosas, a testimonios y delaciones del tiempo, a la obsesión de un rabdomante.

Su vida puede empezar entonces con una catástrofe, el derrumbe del cielo que arrastra los elementos de una historia discontinua y que a los sufridores de su geografía nos obliga a reescribir la misma pena por hastío y/o ausencia del agua.

El poema de la piedra y del lodo, la estrofa herida del huaico, el maretazo impío o el río refranero por descaminado («cuando suena es porque piedras trae») ya aluden al rabdomante en lo que tiene de suerte mojada.

Y es que deserción o exceso describen tan bien nuestro pendular destino de borde y desborde que nuestras huellas tutelares pasan de la abundancia a la privación en apenas una onza de sueño.

Por eso un rabdomante confía en el presentimiento más que en el sentimiento, más en el instinto que en la palabra.

Se le ve solo como un zorro del desierto de afilado hocico y pelaje de plata lamiendo jubiloso el escaso rocío en las hojas de un esquivo maguey. Es un buscador de lo ya encontrado, un inútil, un lunático social que indaga en la página web de la humedad el leve rumor que da inicio al diluvio.

No hay avisos clasificados en un diario para solicitar su trabajo, no instala tubos de agua potable, tampoco vende agua en las regiones sedientas del arenal.

Es un olisquero advirtiéndonos lo que todos sabemos, que al agua nos debemos y que por esa deuda escribiremos el mismo epitafio en las orillas del despreciable silencio:

cuídense, hombres resecos,
por la aridez de su avidez,
ya llegan los jinetes del agua a trajearlos
con la piel de una desesperada venganza.

.

.

.

.


De bueyes jalando los siglos / (Poética II)

Para Jorge Pimentel y Carlos Alberto Ostolaza

Si la realidad no es completa ya no depende de ti, has hecho bastante con explicarte –y sobrevivir– al inacabamiento como fracaso.

Así envejecía un ingeniero contemplando una fotografía del puente que las apetencias del poder lo habían detenido al pie de un precipicio.

Si reescribimos la historia de un tren aquí ya tenemos la desventura de una proyección zigzagueando entre congresistas y decretos supremamente desconcertantes. Y nadie lograría que la grandeza de su jadeo se extendiese más allá de las pasiones retóricas. Los políticos anudaban el progreso que solo pretendía reocupar el espacio con la simple honradez de los bueyes jalando los siglos.

Hijos y nietos no habían consolado al predicador del progreso temerario, la esposa que le fue fiel en sus ratos más avezados e insomnes, el tumulto de inmigrantes que en sus grandes planes no eran más que piezas del nuevo orden, rieles, listones de madera, remaches y todas las tribus del clima alzando campamentos para la única gran epopeya.

¿Él hubiera sido grande construyendo el puente más abismado en un mundo fallido de ingenio y de dispendiosos perdedores? Pero una foto del puente inconcluso le recordaba que habían desfigurado su gloria con una estúpida discordia perennizada en las paredes de su amplia sala. Allí colgaban otras imágenes de innumerables homenajes e hipócritas discursos que precedieron a su jubilación. Y esa frustración era el himno triste de una locomotora fantasma trepando montañas antes de ingresar en los túneles del olvido.

Así envejecía. Así se remordía. Así empeoraba las cosas.

Hasta que encontró a un pintor que a trazos y brochazos perennizó una mentira donde políticos, guerras y presupuestos jamás restarían la gesta de alterar el vacío, prolongando el puente como se había imaginado en los planos. Sobre él marchaba el coloso desconcertando a las aves en el cielo desconsolado de las alturas.

Y como toda bella mentira, el cuadro prescindía del tiempo, de taladros y dinamitazos, de epidemias y muertes, de motines de chinos e indios, de políticos y banqueros, incluso del puente, para dejar solo constancia del tren que echaba humo en medio del precipicio.

¿Es justo que el sueño reivindique nuestros postergados alardes, magníficos solo en el deseo y el despecho? ¿Importa acaso que el arte reproduzca una historia no sucedida?

Ahora muérete bien,
pero primero diles
que te llevas una torcida satisfacción


Tulio Mora (Huancayo, 1948). Publicó los poemarios Mitología, Oración frente a un plato de col, Cementerio general, entre otros. En 2009 editó la antología Hora Zero: los broches mayores del sonido.