Prohibido_entrar_Bonilla_(Fangacio)
Reseñas

Montaña rusa

Prohibido entrar sin pantalones ■ Juan Bonilla (Cádiz, 1966) ■ Seix Barral (2013) ■ 384 páginas ■ 69 soles


Novela. Prohibido entrar sin pantalones es la crónica de una montaña rusa: la subida lenta y la caída vertiginosa de un poeta que se enfrentó a su presente para imponer el futuro. Fue derrotado, claro, pero las grandes derrotas sobreviven porque poseen arco dramático, variedad anecdótica y personajes en crisis: ingredientes que hacen salivar a cualquier narrador.

La novela de Juan Bonilla tiene un aroma a Los detectives salvajes porque sus personajes ofrendan su vida a la poesía, a su magia, a su locura, a sus envidias y a sus traiciones. Los poetas también son humanos, es hora de aceptarlo.

La gran diferencia con la novela de Bolaño es el contexto: Maiakovski empieza a gritar sus versos en plena revolución rusa, cuando Kerénski, Trotski y Lenin le meten una patada en el culo a la monarquía zarista.

Pero esta novela no profundiza en el hecho social. Elige, más bien, concentrarse en el individuo, en este caso un delirante y diletante Vladimir Maiakovski, quien, contagiado y alentado por su circunstancia pretende meterle una patada no solo en el culo a toda la poesía rusa.

En paralelo, el poeta cabalga sobre el lomo de un amour fou, un amor loco. Las varias aventuras sexuales del gigante con rostro de piedra siempre lo devuelven a los brazos (y a las piernas) de Lily, la esposa de Osip Brik, su benefactor y lector más apasionado, con quienes forma un triángulo amoroso/económico/editorial.

Maiakovski es un animal político. Expresa con intensidad los exabruptos de su ego colosal pero sabe que, salvo el poder, todo es ilusión. Escribe, recita, insulta, golpea, reta y vuelve a escribir. Pero también transa, se acomoda, traiciona, delata, informa y vuelve a transar. Maiakovski quiere ser Rusia. Quiere ser una geografía, una época y una multitud. Para ello necesita ser temido por sus pares, pero a la vez resultarle útil al gran hermano. Y ya se sabe que ese doble juego viene siempre con fecha de caducidad. Porque mientras Maiakovski se distrae con las inevitables idas y embestidas del triángulo amoroso, la vida política se mueve en zigzag y, de pronto, el poeta futurista ya es pasado.

370 páginas antes del final, el protagonista es presentado de la siguiente manera: «Maiakovski tenía dieciocho años, dieciséis dientes podridos, dos hermanas y un solo lector» (pág. 9). Ese perfil se construye con una de las herramientas que más usará el narrador (la creatura que cuenta la historia, no el escritor) para dinamizar el relato: la enumeración y repetición de datos.

Un ejemplo similar se encuentra en la página 21: «Los simbolistas, con sus buenas maneras, sus elegancias, sus cánticos evanescentes, sus pianos de pared, sus meriendas con té y sonetos, eran los enemigos principales».

Otra herramienta es el salto de la tercera persona a la primera sin marcar textualmente ese cambio: «Kamenski y Burliuk se volvieron a Moscú, Maiakovski se quedó en Petersburgo, alquiló una habitación en el Royal. Compuso un poema donde yo, mago de todas las fiestas, blasfemo y digo que dios no existe y que a ti, mujer que me has convertido en perro, te ha inventado un Hoffman, soy una tempestad de alegría y las calles se estrechan a mi paso, ahora mismo sería capaz de tirarme de cabeza sobre el empedrado de la avenida Nevski y los adoquines se ablandarían como agua…» (pág. 60).

Este paso de la tercera a la primera persona no solo se realiza con el protagonista: «Osip también le escribía a diario a su mujer, cartas meramente informativas casi siempre aunque de vez en cuando algún efugio romántico las coloreaba, (…) tu perrito gigante escribe un poema excepcional sobre nuestra Revolución, cada día me trae unas cuantas páginas y me deja sin aliento, con ganas de gemir, como si me hubiera penetrado un puño» (pág. 161).

Otra herramienta son los diálogos que se yuxtaponen sin necesidad de insertar guiones o comillas para marcar su función: «Sí, lo que nos faltaba, insistía Osip, poemitas religiosos, para que digan que tratamos de resucitar a Blok como tiene mandado el camarada Trotski o cosas peores, poemas de amor, seguro que tienes, tenemos que empezar con fuerza, lo primero que publiquemos tiene que ser potente, tienes que tener. No, de veras, ni un verso, me habré secado, necesito que pasen cosas para escribir poemas y últimamente no pasa nada…» (pág. 214).

Además de estas herramientas retóricas o marcas de estilo, el texto exuda humor, a veces absurdo, a veces escatológico, lo que se agradece con una sonrisa o incluso una carcajada: «Boris Pasternak se enamoró de ella, el pobre tonto, hay que entenderlo, a Ajmátova se le daba bien coquetear, era una calientapollas, es alta, de pelo oscuro, mirada gélida de ojos verdes, todo el mundo le dedica poemas y seguro que ha inspirado pajas a toda la poesía rusa contemporánea…» (pág. 137).

La novela tiene, sin embargo, algunas estaciones demasiado largas, donde la excentricidad del personaje es un lugar común, lo que adormece el ritmo de la lectura.

Por ser una obra biográfica que sigue la evolución de su protagonista, los antagonistas son o muy pequeños (algún pálido poeta) o demasiado grandes (toda la poesía rusa contemporánea, la sociedad en su conjunto), lo que impide un enfrentamiento con una fuerza similar a Maiakovski. El poeta siempre vence, hasta que es aplastado. El enfrentamiento entre fuerzas similares habría enriquecido dramáticamente la novela y el personaje, pues al menos en la ficción pocas cosas son más importantes que tener un gran enemigo.

En una época en que la máxima preocupación de ciertos escritores es el lugar que ocupará su sonrisa en un selfie junto al poderoso, Prohibido entrar sin pantalones recuerda una época en que la literatura era fuego. Hay un ardor en Maiakovski, una fe ciega en el huracán de la palabra que lo bendice como un maldito. Precisamente, hay un reclamo que la novela repite constantemente –tanto que raspa– contra la convencional vida burguesa, repleta de tranquilizadoras rutinas; contra el hombre máquina que se despierta, trabaja y muere; contra el amor castrante y la pasión incinerada por la costumbre; y contra el poder omnívoro de los imbéciles. La de Bonilla es una novela que no se conforma y eso merece más que un premio. Por Juan Carlos Méndez


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