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Reseñas

Las poseídas

Betina González (Buenos Aires, 1972) ■ Tusquets (2013) ■ 184 páginas ■ 73 soles


Novela. Las poseídas de Betina González obtuvo el VIII Premio Tusquets Editores de Novela. El colegio de monjas Santa Clara de Asís es el escenario; la post dictadura militar, el contexto. Y Felisa Wilmer, la nueva, quien acaba de perder a su madre en un accidente de tránsito donde ella manejaba, en Europa, es una de las protagonistas. Todo parece ajustarse a las contradicciones adolescentes («el demonio las prefiere creyentes», «lo natural es empecinarse en el instante»), al descubrimiento sexual (la santidad del cuerpo y la profanación del mismo, «el papel de Gran Misterio que no le correspondía», embarazos imprevistos, abortos y pedidos de consejo sobre el himen, la menstruación o el punto G), a los grupos de convivencia (las iniciadas, que tiene en Marisol Arguibel a la máxima representante, la más bella, la que muchas quieren imitar y seguir; y las católicas, las místicas, las acomplejadas, las putitas, las rebeldes, etcétera).

Sin embargo, Las poseídas tiene otro desarrollo, uno mucho más personal. La narradora es María de la Cruz López, una muchacha apasionada por los libros, silenciosa, un poco desubicada pues no pertenece al grupo de las chicas que buscan chicos o llaman la atención, quien se ha ganado el calificativo de «rara» por acostarse con un militar, también por su corte de cabello a lo garçon y su atracción por las chicas. Por esa razón, López, como le gusta llamarse a sí misma, siente un apego especial por Felisa, quien durante las primeras conversaciones le confiesa que quiere matarse.

Las poseídas deja de ser una novela sobre adolescentes en un colegio de monjas para extenderse en el suspenso, en los fantasmas que acechan a Felicia y a su familia, de donde ha heredado su carácter oscuro, consecuencia también de su tragedia. La aparición de un viejo pervertido, tío abuelo de Marisol, y la fuga de una de las hermanas clarisas, quien era la amante del padre de una alumna, entretejen una trama que desencadenará en la muerte casual de una niña de diez años. Betina González logra con gran éxito adentrarnos en dichos misterios. No los revela de inmediato ni tampoco los alarga. Su lenguaje claro, preciso, sin ambages, nos mantiene atentos a las complicidades de López, Felisa y Marisol, quienes, adolescentes aún, estarán poseídas por aquellos hechos para toda la vida. Por René Llatas


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