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Reseñas

En el corazón de la montaña. Crónica de una inmersión en Ayacucho

Miguel Gutiérrez Podestá (Lima, 1984) ■ Ediciones del Rabdomante (2013) ■ 260 páginas ■ 30 soles


Crónicas.Un senderista retirado cuenta su historia desde un escondite en el Vraem; un pisador de coca se confiesa parte de una mafia de narcotraficantes que crece –o creció– en la selva de un Ayacucho insospechado; y un muchacho aprende a ser corresponsal de guerra en la guerra misma. Miguel Gutiérrez Podestá se ha demorado más de cinco años en escribir las 50 crónicas y lograr las 50 fotografías que se contienen en En el corazón de la montaña. Crónica de una inmersión en Ayacucho. Un libro que supera la bitácora de viaje para convertirse en la descripción de una vida que traspasa muchas vidas ayacuchanas. Una existencia que ha tocado varios rincones de esa región, que desde los años ochenta fue duramente golpeada por el terrorismo y que, desde la mirada del autor, pugna por escapar de ese lastre.

En el libro se puede apreciar el hallazgo de una voz que marca distancia de la literatura juvenil promedio. Es una voz propia. Gutiérrez Podestá opera desde el escenario de lo fantástico, con la diferencia de que aquello que parece sacado del mundo de Asimov –uno de sus narradores favoritos– sucede en Huamanga y alrededores. El autor se supera en cada página y lo logra gracias a la profundidad de sus historias. A sus personajes les pasan cosas sobrenaturales casi siempre. Hay algo que escapa a lo físico y que tampoco tiene que ver con las emociones ni con el mundo interior de la gente. En su literatura, los demonios exteriores modifican el paisaje. Así, un grupo de corresponsales de guerra pernoctan aterrados al saber que los espíritus de la selva los vigilan. De pronto, un grupo de militares los atrapan y los someten. Y todo cambia.

Este es un libro que se cuenta desde la piel del escritor. Y en esa piel hay heridas que se curan lentamente. Hay un nuevo Ayacucho. Uno que suena mucho más interesante que el violento y siniestro del que siempre nos hablaron. Uno que tiene festivales internacionales de teatro, dulces ancestrales y guitarristas que, aun muertos, siguen sonando. Miguel Gutiérrez Podestá radica en Francia y fue en un pequeño cuarto de París donde logró acabar este libro que ha sido escrito, como dirían de Ribeyro, con el corazón al lado de la Remington. Por Alfredo Pomareda


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