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Reseñas

El camino mexicano

La fila india ■ Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976) ■ Océano (2013) ■ 228 páginas


Novela.Debo confesar que, a pesar del membrete engañoso, esta no es exactamente una reseña sobre la última novela del mexicano Antonio Ortuño. Tomando en cuenta que una rápida búsqueda de Google pondría a disposición de cualquier lector interesado una docena de reseñas, prefiero que este comentario sea algo más específico y ojalá más útil: una lectura peruana de dicha novela; o, mejor, el intento de hacerla intervenir dentro del panorama literario nacional. Por lo tanto, no pretendo reseñar a Ortuño desde cierta ilusoria transparencia, y mucho menos dentro de su propia tradición, lo que excedería mis posibilidades (no he leído más de siete u ocho autores mexicanos menores de, digamos, cincuenta años). A cambio, prefiero preguntarme sobre la importancia que podría tener La fila india si la ponemos en contacto con nuestra tradición nacional (concepto que puede ser altamente cuestionable, pero que existe en el discurso crítico, en las clases universitarias, en el imaginario de los lectores, en la prensa cultural y en prácticas específicas como la reciente participación peruana en la Feria del Libro de Bogotá, donde los escritores invitados «representaban» al Perú, entiendo que como una metonimia para significar la representación de su literatura, pero ese desplazamiento no resulta menos cuestionable).

¿Por qué escribir sobre un libro que probablemente sea difícil de encontrar en el país donde la reseña será publicada? En la respuesta quiero señalar dos aspectos que permitirían pensar que cierta recepción peruana de la novela de Ortuño resulta pertinente. En primer lugar, una compartida violencia histórica como alimento de ambas literaturas nacionales. En el caso mexicano, repasemos lo ya conocido: violencia prehispánica, violencia de la conquista, guerra de independencia, revolución mexicana, guerra del narcotráfico, revolución zapatista, feminicidios en Ciudad Juárez, muertes en la frontera con Estados Unidos, todo lo cual ha producido clásicos de la literatura latinoamericana como Los de abajo o Pedro Páramo, novelas contemporáneas de relevancia como Trabajos del reino de Yuri Herrera e intensas crónicas como Huesos en el desierto de Sergio González Rodríguez. Pero también libros de extranjeros que vivieron en México (2666 de Bolaño sería el caso paradigmático) e incluso de escritores que no tuvieron con ese país sino una relación tangencial (por ejemplo, el célebre cuento de Cortázar «La noche boca arriba»).

En el caso peruano, muy a grandes rasgos podríamos identificar dos corrientes de violencia que han funcionado como paradigmas favoritos para producir escritura literaria: uno, lo que podríamos llamar violencia del desencuentro cultural, cuyo origen se remonta como mínimo hasta el Inca Garcilaso y cuyo paradigma sería José María Arguedas (pero que incluiría también los intentos de superación de la diferencia, como en País de Jauja de Edgardo Rivera Martínez o Ximena de dos caminos de Laura Riesco). Dos, la novela del conflicto armado interno, que adquirió mayor visibilidad durante la última década, sobre todo por el reconocimiento internacional alcanzado por algunos de los escritores que publicaron bajo este paradigma. Habría que preguntarse si estas dos corrientes constituyen posibilidades distintas, o si más bien la primera se transformó en la segunda, o encontró en ella una forma específica, como parecen sugerir novelas como Lituma en los Andes de Vargas Llosa o Abril rojo de Roncagliolo, en las que el conflicto armado interno queda reducido a diferencia cultural. Lo más importante, sin embargo, es preguntarse si el discurso de la memoria bajo el cual muchas de estas novelas se producen (leer/escribir para no olvidar, no olvidar para no repetir la historia, etcétera) nos coloca en una posición externa a una realidad que sigue siendo violenta; es decir, si la defensa de la memoria sugiere implícitamente que la violencia fuera un fenómeno clausurado o en todo caso reducido a Sendero Luminoso y a sus reencarnaciones con pretensiones de legalidad.

La novela de Ortuño entra a nuestra tradición en este punto. Si las temáticas que parecen más relevantes y deseables para el caso mexicano son la literatura del narco y de la migración hacia Estados Unidos, Ortuño se mueve hacia una cuestión igual de cotidiana, pero menos visible; un problema al margen de las noticas destacadas y de los discursos más atendidos: las condiciones infrahumanas en las que miles de centroamericanos cruzan el territorio mexicano en su camino hacia Estados Unidos. Miles de hondureños, salvadoreños y guatemaltecos son cotidianamente asesinados, torturados, explotados; masacres y violaciones ocurren diariamente contra los centroamericanos en el sur de México, muy lejos de la última frontera que quieren trasponer. Ante esta situación, la ley no parece capaz de ofrecer más que «versiones oficiales» condenando las masacres, pura escritura sin efecto, que acaso pueda entenderse como una interpelación a la misma práctica literaria y sus supuestos intentos de comprensión que finalmente no pasan de lo retórico y de la experiencia meramente lingüística (con claridad puede verse en esa novela imprescindible de la literatura latinoamericana del siglo XXI que es Insensatez de Horacio Castellanos Moya, en cierto sentido hermana de la que aquí comento).

¿Cómo es posible que esta criminalidad, en la cual los mexicanos no son víctimas sino victimarios, pase desapercibida? La novela ofrece una respuesta muy directa: «Los centroamericanos interesan ligeramente menos que las mascotas de los futbolistas y mil veces menos que los muertos verdaderos, los muertos nacionales» (196, énfasis mío). Y este es el segundo punto en el que quiero detenerme: la construcción de identidad nacional como origen del crimen. Los mexicanos desprecian a los centroamericanos, los torturan y masacran en medio de un clima de corrupción e impunidad del que solo cierto gesto caritativo surge como insatisfactoria respuesta (ese es precisamente el trabajo de La Negra, la protagonista de la novela, quien llega a la localidad de Santa Rita con el objetivo de ofrecer apoyo moral a sobrevivientes y deudos). Sin embargo, los mismos mexicanos no pueden reconocerse diferentes de la gente que atacan: «Qué puta suerte tenerles tanto asco, despreciarlos de tal modo y ser tan putamente parecido, tan indistinguible, tan totalmente indiferenciable de ellos» (54).

La búsqueda de identidad nacional, como ha sido extensamente estudiado, tiene una larga tradición en la práctica literaria. Por tanto, la construcción de esa supuesta unidad (la idea misma de mexicanidad) termina en esta novela convertida en el soporte que permite el despliegue de una máquina criminal, el límite que separa a quienes están protegidos de quienes no, como si de esa manera quedara confirmada la antigua idea de que la identidad es diferencia, y esa diferencia es el punto de partida para una violencia que termina resultando inevitable. Ortuño muestra cómo la construcción de identidad (y sus efectos) no serían el final de la violencia, sino como mínimo su desplazamiento hacia el espacio donde se ejerce contra quienes no la comparten. ¿Sería posible que a partir de este reconocimiento pueda pensarse en una literatura distinta, una literatura no-identitaria (en otros palabras, una literatura que cuestione las bondades de la construcción nacional)? ¿Sería ese el inicio de un cambio de paradigma en las ideas que sostienen el «canon» literario peruano, lo que podría alterar profundamente los elementos que lo componen y lo sostienen? Esas son las preguntas que la novela de Ortuño indirectamente nos plantea. Hacia ellas habría que avanzar. Por Francisco Ángeles


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