Reseñas

Cada uno con su infierno

Ronald Arquíñigo Vidal (Lima, 1982) ■ Summa (2013) ■ 100 páginas ■ 15 soles


Cuentos. Son once historias que componen este libro de cuentos, cuyos protagonistas son seres que luchan con el desamor o se han dejado arrastrar por él hasta caer en las garras de la muerte como víctimas o victimarios. Seres comunes, pero también artistas: escritores, músicos, pintores, que terminan inmersos en mundos desolados y melancólicos. Son relatos sumergidos en las pasiones, las traiciones y el crimen, contados de una forma tan expectante que el lector no en vano busca terminarlos cuanto antes.

Un narrador omnisciente nos conduce por cada relato. El uso de esta técnica parecería ir contra lo propuesto –excitarnos tanto que no podamos esperar al desenlace–; pero, por el contrario, nos adentra más en el mundo de desasosiego de los personajes, que, como bien dice el título del libro, viven su propio infierno en la Tierra. Un infierno que puede ser Lima o Buenos Aires, una habitación o un baño, pero que le huye a los espacios abiertos y le rinde un tributo a una soledad llena de miedos y dudas.

El desamor, la traición, la venganza, el miedo y la muerte son elementos que envuelven la trama de cada relato, escrito de una forma tajante, con tal detalle que mantiene en vilo al lector: «Ahora se iba acercando a su destino, caminando con prisa, mordiéndose los labios. Mientras miraba a ambos lados de la calle procurando la soledad de su acto, imaginaba el cañón de su pistola escupiendo el fogonazo. Una muerte súbita, la oscuridad sin contemplación, luego el despacho del cadáver a la morgue, la incursión de cuchillos de carnicero entre sus tripas mórbidas, un manojo de carne descompuesta y, peor aún maloliente» (cuento «Muerte Súbita»).

Historias plagadas de hermetismo con sensaciones y olores que navegan por lo nauseabundo y que a fin de cuentas nos hace construir una visión particular de nuestro propio infierno, como en este fragmento de «La sensación del miedo»: «Hasta ese momento había conservado la esperanza de abrir los ojos abruptamente, como después de un sueño pesado, para encontrarse desnuda en la cama acompañada de un amante (no importara quien fuera) para sentir el calor de otro cuerpo y tener constancia de su existencia. Un calor junto al suyo. Eso era finalmente la vida. A eso se reducía la realidad». Por Carlos Omar Amorós


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