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Tres monólogos

Por Carmen Ollé


Sábado por la noche
(Cae la noche en la ciudad, algunos cerros iluminados, algunas estrellas, nunca fugaces)
Extraño las tormentas de las ciudades recias. Lima, eres ladina y pequeña sobre el desierto. Lo siento, pero no puedo decirte que te amo como quisiera decírtelo. Y no te voy a escribir un poema; dejo las poesías para los noctámbulos, para las grullas y los pámpanos. Jamás he escrito un poema y no serás tú quien lo inspire.

Aún soy joven para merecer la noche, lástima que no tenga amantes o que el amante potencial esté lejos, aunque no creo que una mujer deba arrepentirse de vivir la vida solo porque su fiancé se esfumó. Sé bien que las mujeres jóvenes necesitan hacer el amor. Pues bien, la noche limeña es lo más parecido a hacer el amor. Sientes la emoción de lo desconocido subiendo por la garganta hasta que al doblar una esquina o entrar a un bar desapareces en la bruma, como dice una aspirante a escritora moderna: en el éxtasis. O como diría una chica trans, con éxtasis, esa pastillita de 50 dólares que empieza a venderse en las discotecas exclusivas de los barrios pitucos.

Pero no frecuento los barrios pitucos. Intento ejercer la humildad, claro. Tratándose de una desempleada cuyos ahorros se extinguen, es casi una exigencia; pero no, siempre he esquivado los barrios exclusivos, el glamour que atrae a las divorciadas. Veamos, no está mal un bar en una avenida de San Borja o de Salamanca, pues en él recalan algunas actrices, bailarinas y agentes de policía vestidas de civil con sus parejas, ningún escritor premiado.

La barra de este bar me gusta, una mesa charolada, larga, como la de las películas americanas; arriba en la pared un televisor encendido le brinda al parroquiano lo que el bar no le da, el show de las shakiras, las madonnas, las gloria trevis. Al terminar tu trago necesitas irte a otra parte, harta de esos espectáculos. Buscas otro bar, quizá uno más íntimo, aunque estando sola, sin amante, no habrá una barra discreta para posar el pequeño y dejarlo ahí tranquilito hasta que tus neuronas terminen de procesar el alcohol.

Y sin embargo eso es lo que hago, peinar la noche limeña. Alguien llama a mi celular y me dice perra, perra alemana, ¿Alemana por qué? Vuelven a llamar, esta vez entiendo bien, me gritan perra, alimaña. Ah, era eso.

Alimaña por qué, me pregunto también.

Yo estaba en mi noche franca y adoptando la identidad de una antropóloga o una escritora, pero lo que quería era absorber la parodia nocturna, el baile que esquiva el hastío. Sábado por la noche y domingo por la mañana es el título de una novela inglesa. Autor: Alan Sillitoe, de origen obrero, casado con la poeta Ruth Fainlight, quien fue amiga de Sylvia Plath. En esa novela la clase obrera se divierte, expulsa la fatiga, ama, ríe, se juerguea, hay un aborto provocado, por una noche de amor…

Pero en este bar solo Madonna en la pantalla del televisor parece divertirse meneando las caderas dentro de una jaula como si fuera una pájara.

Sábado por la noche y domingo por la mañana es el tipo de novela que me gustaría escribir. Solo tienes que tomarle el pulso a la gente trabajadora cuando está en vena y quiere divertirse; es decir, cuando busca su propio elixir de la juventud. Sobre qué se escribe hoy, no lo sé, pero las novelas tienen menos diámetro, de eso estoy casi segura. Hoy se persigue el vellocino de oro a través de un tema medieval, un duelo de espadachines, Tailandia y el turismo sexual en una semana de vacaciones, ese tipo de cosas.

Nina Berbérova es ya una anciana cuando publica su obra. Siento hacia ella una gran simpatía. Quizá no me inspire la misma admiración y respeto que Patricia Highsmith, mujer ermitaña, digamos que un poco maldita; en cambio, Nina me parece una amiga y Patricia un Herr Professor, así, en alemán.

Adoro cómo Nina presenta la vida de los exiliados rusos en París, con cierto sentimentalismo, pero sin llegar nunca al melodrama gracias a la sutileza en la descripción de los estados de ánimo de sus personajes. A diferencia de Nabokov –tal vez más irónico que tierno–, Berbérova prefiere escribir sobre el exilio interior, aunque sin perder de vista al mezquino y perverso mundo de fuera.

«Margarita» y «Zoia Andréievna» son dos relatos incluidos en Las damas de San Petersburgo en los que se engarzan perfectamente la anécdota y la historia secreta –esa que según Ricardo Piglia aflora en los buenos cuentos al final–. En ambos, Berbérova nos narra la huida de tres mujeres de un San Petersburgo convulso en plena Revolución de Octubre. Junto a ellas viajan multitudes que se desplazan en vagones de mercancías o a pie a través del campo, moviéndose del Noroeste hacia el Sudeste a ciudades infectadas de tifus, desbordadas de gente, «lanzando al aire un desgarrador e inútil SOS» ante el avance de los bolcheviques.

Las protagonistas de estas dos historias han sido ricas burguesas que han perdido títulos y fortuna; se nota en sus vestidos de encaje, en los sombreros de pluma o en las medias de hilo que llevan puestos y tratan de ocultar a los militares en su recorrido, para no despertar sospechas. Precisamente, son esos detalles femeninos enfocados por Berbérova los que desencadenan la historia secreta en el segundo relato, al despertar la codicia y la envidia en la familia de aldeanas pobres que administra la pensión donde Zoia Andréievna se aloja.

En «Margarita», en cambio, una quinceañera y su madre tratan de buscar la paz en un pequeño pueblo y encuentran un desenlace fatal, que pone a prueba el espíritu frívolo de una de ellas.

Pocos son los escritores rusos como Nina Berbérova que han narrado en su vasta obra el día a día del exilio de las víctimas de la Revolución y la manera como reaccionaron los pobres en su fuero interno ante la imagen de aquellos fugitivos aristócratas, culpables ante sus ojos de su miseria y olvido.

En Las damas de San Petersburgo, la autora nos revela los sentimientos de venganza y la crueldad de las «mujeres que blandían agujas o espumaderas y que se encontraban presas de una sed de odio y destrucción».

Sábado por la noche y domingo por la mañana es diferente. En primer lugar, no estamos en guerra; sucede allá por los años sesenta en Londres. Los empleados y obreros son la mira de los escritores obreros como Alan Sillitoe.

Este mismo autor tiene un personaje fascinante por vagabundo. Supongo que eso de fascinante por vagabundo ahora no significa nada, pero para mí fue toda una revelación. Dejarlo todo, familia, trabajo, amor, para internarte en la nada; en este caso el personaje se sube a un camión que cruzará el Sahara. Punto final de la historia. Final abierto, totalmente incierto y a la vez misterioso. El lector se pregunta qué será de aquel fulano, si volverá a saber de él. Por supuesto que no volverá a verlo ni a saber de él; no obstante, la pregunta es válida solo porque es intensa, razón esta de corazón de lector, o de jirafa.

Pensando en los lectores, no he dicho en dónde estoy perdiendo el tiempo en reflexiones literarias. Ni qué hora es, si es de día o de noche. A las ideas eso no les importa, pero a la acción sí. La ficción es tendenciosa, parcial, subjetiva.

Estoy en el baño tomando una ducha y suena el teléfono. Desde hace un par de horas el teléfono timbra cada quince minutos.

Pienso: si tuviera una hija o un hijo caminando en la noche por esta ciudad, saldría despavorida a contestar el teléfono. ¿Por qué? Para darle gusto al miedo, a la desesperación, a la angustia, y puedo seguir enumerando más sensaciones típicas de un padre o madre limeños cuando sus hijos no están en casa durmiendo, protegidos del crimen organizado, aunque dentro, arropaditos, también suele sorprenderlos el ogro de la ansiedad. Esta sí que es la parca mayor.

En caso contrario, puedo darme el lujo de dejar sonar el timbre del teléfono y que el estúpido o estúpida que quiere hablar conmigo se pegue la patinada del siglo, porque me gusta llegar hasta el final, cuando ya no soportas más la profundidad del lodo en el que hundes la cabeza, porque sí, la vida se merece que te tomes tu tiempo para perderlo mansamente.

Perderlo, eso es, pienso en cuál sería la mejor manera de perderlo. Hace tiempo que me gustaría viajar a mi Tahití, así como Gauguin. Se trata de tomar un simple ómnibus hacia el sur, pasar el desierto de Atacama, llegar a Valdivia, visitar a una amiga poeta y seguir viaje a la Patagonia, y ¿después? Pensar en ti, mi pequeña Fischlein, que te fuiste sin despedirte o a quien yo no alcancé a decirle adiós, adiós a tu juventud de piel abrillantada, a tu olor a menta, a tus recuerdos balcánicos, pero de quién iba a despedirme, ya tú no eras ese salmón saltarín, yo no era tampoco la osa en el río… Pero pensaría en ti y en tu olor a menta y luego tomaría de vuelta la misma ruta quizá a pie, claro solo un tramo, el suficiente para creerme tan intensa como para componer un haiku a tu vestido verde. Dejemos que timbre el teléfono, será la llamada más importante de mi vida probablemente la que dejaré perderse en el silencio de la noche. Ay, qué alivio, no esperar nada importante ya, nunca más.

El malecón
Dispuesta a llenarme los ojos de plancton marítimo. El sunset le decía una chica a su enamorado en uno de los miradores.

¿Qué pensaría mi padre desde el más allá al verme sola? Mamá, en cambio, se volvió a casar con un médico paraguayo que falleció al poco tiempo y le dejó una renta en Asunción, donde vive tranquilamente.

Una parejita besándose sin ningún pudor a mi costado despertó en mí el deseo de correr a casa para continuar escribiendo. Finalmente las parejas de amantes no lograron erotizarme, si ese era el objetivo. Di unos pasos y me topé con la sonrisa sarcástica de una mujer bastante joven aún, con la cabellera revuelta y descuidada, pidiendo a gritos una larga sesión de peluquería. Era mi amiga escritora. Escuché un hola melifluo dicho con voz tenue.

–¿Cómo va la novela, se puede saber de qué trata? –me preguntó, dándome la espalda de inmediato para vigilar el mar. La música estridente de los parlantes en el centro comercial construido sobre las laderas del acantilado no permitía apreciar el murmullo de las olas.
–Eso no se pregunta, trae mala suerte.
–¡Tonterías! ¿De dónde sacaste esa idea?
–Tú siempre lo decías. Además, no creo que te importe de veras. Leíste mi primer libro muchos años después de su publicación.
–Pero lo leí de todos modos.
–Nunca me comentaste nada.
Se dio media vuelta y me encaró.
–¿Reproches a estas alturas? Por lo que sé, no te fue mal con los lectores. ¿Para qué querías una crítica mía? ¿Te hubiera servido de algo en ese momento?

Me quedé pensativa. Quizá una lectura suya habría significado mucho para mí, pero no se lo dije. Pude mentirle como hacemos con el primer amante y decirle que sí, que haber hecho el amor con él fue lo mejor que pudo pasarme en la vida. Esta vez preferí callar, era difícil volver al pasado; además, a mi amiga se le veía saludable, hasta un poco maligna, con ella no se justificaba una mentira piadosa.

–¿Significaba mucho para ti una crítica mía? Anda, dímelo.
Pensé que para ella podía ser vital una mentira.
–¿No te despertaba ninguna curiosidad el libro?
–¿Curiosidad? Claro que sí, toda la curiosidad del mundo. ¿Cómo sabes que no lo leí antes?

Sonrió con malicia, frotándose la mejilla.

–¿No me dirás cómo le va a nuestro sosias en tu novela?
–Si te preocupa el personaje de tu detective, te diré que resultó un fiasco.
–Entonces cuídate de la crítica, te lo va a refregar en la cara apenas la publiques.
–Cierta crítica ha caído en desgracia, ¿no lo sabías? Por ejemplo, Modesto Blas publica en una revista de promoción comercial. ¡Quién lo diría, de alguien que dominaba la escena cultural en el mejor diario, o el de más lectoría!

–Yo no hablaría así. ¿Desprecias a ese público, Carmen? Me refiero al de los establecimientos comerciales. No estás en condiciones de menospreciar a ningún lector. Algunos diarios sí han caído en desgracia, venden sus espacios sin descaro al mejor postor sin importarles la cultura. Además, desde donde esté apostado alguien como Andrés Blas te disparará, amiga. Dispara tú primero, pero no me preguntes cómo ni cuándo.

Hice adiós con la mano y me alejé. No era la crítica –intuí– sino ella la que me iba a defenestrar, no sé cómo ni cuándo. Volteé para verla, seguía mirándome con la misma sonrisa pérfida.

Había un bar cerca, en el malecón: el mar a la mano, aunque no precisamente del «dulce color de oriental zafiro», el verso del Purgatorio al que se refiere Borges en sus Nueve ensayos dantescos, entre celeste y azul; sino uno aplanctonado, verde sucio.

Me senté en la barra y pedí una copa de vino tinto seco para homenajearme por mi renuncia. De espaldas a la clientela no me sentía en vitrina, el local tampoco era el café de Flore en tiempos de Simone de Beauvoir. Imposible ponerme a escribir o a leer acá. Posiblemente en ciudades como París o Viena estar en un café literario significa ser escritora. En Lima también existen lugares donde se puede adquirir o alardear de esa identidad. Por ejemplo la de poeta maldito para chiquillos dark de mirada subte. Pero ese no era mi caso, mi identidad iba a entrar en crisis al considerarme una mujer desempleada.

«¡Si hubiéramos nacido en la ciudad indicada para ser escritoras!», se quejaba antes de morir una importante narradora, mi querida Pilar Dughi. Incluso en los años que siguieron a la Revolución rusa, durante la emigración de los intelectuales y potentados rusos, en París el ambiente era más favorable. Nina Berbérova cuenta en su biografía que, en esa época, abundaban las revistas de literatura, las editoriales, los salones de gente rica o culta, o rica y culta, que gustaba rodearse de artistas, políticos y otros compatriotas de renombre. En ese mundo vibrante, el París ruso, como lo llama Nina –refugiada ella misma, además de pobre e inédita–, conoció a Nabokov, a Ehrenburg, a Marina Tsvietáieva, a Prokófiev. Algunos regresaron a la Unión Soviética. Muchos de los que se quedaron en la URSS y algunos de los que volvieron fueron deportados o murieron asesinados durante las purgas masivas en los campos del Gulag, por Stalin: el poeta Ósip Mandelstam, el narrador Isaak Bábel, el poeta «rural» Nikolái Kliúyev, el novelista Serguéi Klychkov. En 1921 fue fusilado el poeta Nikolái Gumiliov, primer marido de Ajmátova, cabecilla de los acmeístas. Ajmátova fue acmeísta, su poesía es clara, llana, directa como la de Safo.

El vino sabía bien, tenía cuerpo, no soy una catadora experta pero me defiendo gracias a los años vividos junto a mi exmarido, gran bebedor; su afición por el vino tiene seguramente relación con su deseo de vestir los hábitos, a más devoción más vino o viceversa.

Mi ex fue un buen amante si lo comparo con otros, sé que no debería hacerlo, pero quién nos lo prohíbe cuando estamos solos; sin embargo, aun a solas escuchamos las prescripciones porque no hay manera de huir de ellas… Mi ex era un amante permisivo, tal vez nuestra larga intimidad y su carácter indiferente eludieron al tirano en la cama.

Lo que sucedió entre mi última conquista (el detective de mi amiga hecho realidad) y yo está aún fresco, demasiado fresco para recordar. La piel poco fina de sus manos y sus dedos nudosos rodeando mi cintura o apoderándose de uno de mis senos, detalles, detalles, detalles. El recuerdo está hecho de pequeños incidentes que perturban, enojan o fastidian, y la imagen de sus manos ahora me resulta insoportable, como a la mañana siguiente descubrir sus huellas en la cama: hebras de cabello regadas en las sábanas blancas, y el olor a semen en mi nariz…

Las barras de los bares de la ciudad no están hechas para mí. Estar mirando la cara compungida de los mozos mientras preparan los cócteles y darle las espaldas a la calle me pone ansiosa. Por eso, al escapar del bar sentí que recuperaba mi alma.

Una imagen / un ícono
Dice el poeta Joseph Brodsky que era alta, de pelo oscuro, morena, esbelta y ágil, y que su sola mirada cortaba el aliento. Habla de Anna Ajmátova (Odessa, 1889 – Moscú, 1966), una de las grandes poetas rusas del siglo XX, ídolo en su tiempo de los poetas jóvenes de San Petersburgo. Fue nieta de una princesa tártara, de quien toma el nombre para la posteridad.

Cómo me gustaría que se hablara de mí así, creo que a todas nos gustaría que hablaran así de una, como si la imagen lo fuera todo, como si el alma por la que han asesinado los del Santo Oficio no bastara, ni el alma ni el intelecto para seducir al lector. Ajmátova lo tenía todo, hasta el ser nieta de una princesa tártara, el dato romántico por excelencia.

¿Entiendes ahora, pedazo de tonta, por qué el nombre es lo de menos? Busca tu verdadera imagen para sentirte a gusto. Por esa misma razón una mujer tratará de ser flaca siendo gorda, una de pequeña estatura usará tacones altos, otra querrá ser rubia y no morena, tener la piel tostada y no color hueso, en fin.

Pero Ajmátova no fue feliz. Su poesía marcada por el dolor y la pérdida de sus seres queridos es, sin embargo, delicada y sutil. Su primer esposo, el poeta Nikolái Gumiliov, fue fusilado por su presunta participación en un complot antibolchevique; su hijo Lev pasó diecisiete años en prisión; y su segundo esposo, el historiador de arte Nikolái Punin, murió en un campo de trabajo, todo ello durante el gran terror estalinista en el que se reprimía la cultura y se cerraban revistas y editoriales. A Anna Ajmátova se le abrió incluso un dossier de novecientos folios de informes y denuncias, que hasta hoy se conserva en los archivos de la KGB. Por resolución del Comité Central se le acusó de escribir una poesía cargada de un erotismo místico religioso por lo que fue expulsada de la Unión de Escritores.

Ajmátova presenció el trágico fin de amigos entrañables como el poeta Ósip Mandelstam quien, igual que otros importantes escritores como Bábel y Pilniak, murió en un campo de concentración.
No obstante, los versos de Ajmátova fluyen tersos entre las agonizantes quejas de los moribundos, las botas ensangrentadas y el sereno paisaje a orillas del Don.

Ajmátova, Ajmátova, Ajmátova, me digo, quiero ser como ella, quiero que Modigliani resucite y me inmortalice en un retrato. ¿Por qué los escritores no tienen vida propia? ¿Qué hago metiendo las narices en la de mis vecinos para tratar de convertirlos en personajes de ficción, por ejemplo? ¿O por qué permito que sus narices se entrometan en mi vida? Ahora mismo debería dejar que siga sonando el teléfono:

–¡Por qué me lo cuentas a mí y no a tu madre! –pienso pero no lo digo tan alto.
–Porque sé que usted no hará nada para impedirlo.
–Están locos, cómo pretenden que me meta en algo como eso… oh Anna Ajmátova…
–¿De qué habla, quién es esa Anna?
–Una princesa rusa que escribía versos.
–¿Cómo se llama la princesa?
–Anna Ajmátova –deletreo.

El Comité Central del Partido Soviético decía de Anna que no se sabía si era una monja o una mujer de la vida. Qué puedo decir de mí misma. Oh, ¿eres una monja o una mujer de la vida?


Carmen Ollé (Lima, 1947). Poeta, narradora y crítica, miembro de la Generación del 70. Entre sus obras figuran Noches de adrenalina, Todo orgullo humea la noche y ¿Por qué hacen tanto ruido?