pipa-de-melon

Pipa de melón

Por Lara Moreno


Un día en el campo: fiesta de cumpleaños
Es 27 de agosto. El verano es corto y ya refresca en las puntas de los días. Al atardecer, al amanecer, se nota el aire frío de los lagos. La pradera se conserva verde y mullida, con un reflejo fosforescente. Como es un domingo especial, no se han limitado a llevar grandes manteles y extenderlos en el suelo, sino que han traído sillas y mesas plegables, y de las cestas han sacado bandejas con comida: pollo frito, judías hervidas, puré de patata y una tarta larga y amorfa, bizcocho embadurnado en chocolate con adornos de clara de huevo batida. La pasta blanca y espumosa ya está desvaída, apenas un reguero de flujo vaginal sobre la superficie marrón.
Unos cuantos adultos de la familia comen alrededor de las mesas con ahínco, bebiendo vino con refresco o cerveza floja. Los hombres mastican con la boca manchada, de vez en cuando alguno gruñe y otro grita, su felicidad es comedida. Las mujeres cloquean, dando mordisquitos, con cuidado de no ensuciarse los dedos con el aceite de los muslos de pollo. En sus vasos hay más gaseosa que vino, para que no les dé miedo beberlos a gañote. Uno de los adultos, un tanto autista, ha traído un transistor por el que sale música de Mendelssohn. El transistor está apoyado en la hierba, enterrado entre diminutas margaritas; el piano se desliza por el prado a un discreto volumen.

Los niños son tan silenciosos que no parecen niños. Están adiestrados y el estómago lleno los hace tambalearse alrededor de las mesas, distanciarse de los mayores, agruparse en racimos y a veces caerse encima del campo, refregar sus caritas por el césped y estornudar cuando los insectos se les cuelan por los huecos de la nariz. Todos los niños son iguales. Tienen las mismas facciones, exactamente la misma altura, el mismo pelo un poco rubiáceo por las puntas y en la coronilla. Los niños tienen unos ojos anodinos y oscuros, esos ojos típicos que de mayores serán impenetrables. Más tarde empezarán con sus juegos de infancia, pero ahora se mantienen a una distancia prudencial de los adultos mientras estos comen, como esperando la sirena que los libere. Todos los niños son idénticos por fuera, llevan la misma ropa raída de estar en el campo que les queda un poco pequeña y por eso pueden destrozarla sin miedo, los mismos zapatones correctores de pies planos. Genéticamente tendrán sus diferencias, en la profundidad. Allá donde no sea perceptible.

—¡Venga, Ed, a soplar las velas!

Ha hablado una de las mujeres. Tiene el cuerpo rechoncho bajo la tela de flores, pero su cara es de reptil seco. No es demasiado mayor aunque lo parezca. De lejos, es hermosa. De cerca, es hermosa. Agria. Suena Mendelssohn y ella no lo oye, porque achica los ojos y arruga la nariz para disimular la ansiedad: de todos los Ed, ha perdido de vista a su favorito. ¿Cómo ha podido pasarle? Mientras las demás mujeres le hablaban de las cosas de las que suelen hablarse los domingos con la boca llena de pequeños hilitos de pollo, ella no ha prestado atención, a veces la aburren. Ellas con su aliento a codorniz y sus sandeces, ellos con su aliento a ginebra pasada y su bravuconería. Pero la mujer cara reptil tiene que encubrir su falta de interés y no se separa en ningún momento del grupo de los adultos, solo mueve los globos oculares a un lado y a otro para vigilar a Ed. De vez en cuando suelta un discurso para seguir la farsa y las demás asienten porque siempre están de acuerdo los domingos en el campo, aunque luego, a la vuelta, en sus coches respectivos, se escandalicen de las costumbres de las otras. Ella no se escandalizará de nada. Su marido es un autista que no abrirá la boca en todo el recorrido y solo moverá el dedo pulgar sobre el volante a ritmo de Mendelssohn. Cuando estén regresando a casa, ya aislados dentro de la protección del coche familiar, Ed dormitará en el asiento de atrás y ella girará la cabeza para observar sus piernecitas de rodillas cuadradas, sucias de verdín, su cara cerrada, igual que las de los demás niños, copia exacta, que ella sabe distinguir tan bien. Mientras las teclas del piano le angustien el cerebro, de puro aburridas e insulsas, ella podrá observar, con dolor en el cuello, la profundidad de los genes de su Ed, allá al fondo, donde la distinción. Pero todavía no ha llegado ese momento de plenitud: ahora no encuentra a su hijo y empieza a ponerse colorada, en breve no podrá evitar soltar un espasmo. Todos los niños Ed se arremolinan alrededor de la mesa, mirando con ojos saltones la tarta, cada vez más aplastada por el calor, ya sin rastro de la clara de huevo. El suyo no está.

—¡¡¡Ed!!! ¿¡Dónde estás!?

Al gritar, por fin, resuelve un poco su furia, aunque los adultos la miran como a una loca y se apartan imperceptiblemente. Ella está en completa tensión. El prado es una explanada infinita y verde, solo abultada a lo lejos por el skyline de unas fábricas. No hay donde ocultarse. De pronto siente un latigazo desde las nalgas que la recorre entera: Ed está escondido tras ella y le ha dado un mordisco en el culo tan fuerte que casi se marea. ¿Cuánto tiempo lleva agachado detrás de su silla, agazapado tras sus faldones? La marca de los dientecitos atravesando la tela del vestido quedará todavía en su carne cuando se haga de noche. Hiperventila y reprime el grito, el guantazo, el empujón. En realidad, nada más quiere acurrucarlo en su regazo, para que nadie lo vea.
Una de las mujeres parte la tarta con una espátula en trozos demasiado pequeños, mientras dice que ha vuelto a calcular mal las cantidades de harina. Reparte a cada niño, que con idéntica expresión recoge su plato de papel, nervioso. Luego reparte a los adultos, un poco más grandes los trozos de los hombres. Ya han soplado las velas y han cantado cumpleaños feliz. Ahora toca atiborrarse de bizcocho, ayudándose a tragar con sorbos de café de termo. La mujer reptil observa apenada que Ed no se ha sentado a su lado, sino junto al niño más tímido. Todos esperan a que la otra acabe de repartir, para comer al unísono. Ed no está nervioso, balancea las piernas huesudas en la silla de plástico y mira al otro Ed que tiene al lado, tan callado siempre, tan lento, con esa expresión vacuna en la cara. Su madre se pregunta en silencio por qué se habrá sentado precisamente junto a ese Ed, con el que nunca quiere jugar, el Ed que no destaca en nada frente al resto, pero piensa que tendrá una buena razón. Todos están preparados como buitres para deglutir los trozos de tarta de chocolate derretido, pero la mujer reptil insiste en que deben rezar una oración como agradecimiento por ese año más, por la pradera solitaria y por la salvación. Lo hacen, algunos a regañadientes; como ella cierra los ojos para orar, no puede ver que su hijo, sin abrir la boca, no aparta la mirada burlona de su compañero de mesa, que reza obediente y espiritual. En el amén, justo en el segundo en el que todos se disponen a hundir sus tenedores en la masa del bizcocho, Ed da un manotazo certero al plato del otro Ed: su mano, ya un poco robusta a pesar de la infancia, callosa en el final de los dedos, se abre y se cierra sobre el pequeño trozo de pastel ajeno, estrujándolo como a un pájaro caído del nido, refregando los restos incomibles en la superficie del plato; la tarta de su compañero se derrama ahora por el mantel, sale bochornosa de entre los dedos. Al otro Ed no le da tiempo a reaccionar, algún niño se ríe, otro suelta un gemido, los adultos murmullan a punto de la reprimenda, pero aún Ed hace un movimiento más: lleva la mano del delito a la cara estupefacta del otro, con brutalidad extiende lo que queda de tarta por sus rasgos, el hueco de los ojos, las cejas, la frente.

Todo sucede tan rápido como siempre. Hay un niño que se queda sin tarta y esta vez no puede ser Ed porque es su cumpleaños. Los niños que celebran su cumpleaños han de comer tarta, en eso todos están de acuerdo. La tarde se desvanece con complacencia, como si nada hubiera pasado, recogen los bultos, los montan en los coches, distribuyen a los niños y los motores arrancan. La caravana del domingo se aleja, cumplidos los requisitos familiares. Queda un peso de tristeza en el aire de la pradera. Desde el asiento del copiloto, la mujer tuerce el cuello sin importarle la molestia en los músculos: dulce duerme su niño, con la barriga llena, como los gatos envenenados.

Fiesta de cumpleaños: pipa de melón
Es 27 de agosto. Faltan cuatro días para que se termine este mes de lentitud. Me gusta. No porque sea el día de mi aniversario sino porque las calles están vacías. El vecindario queda hueco, puedo poner música de Shostakóvich tan alta como quiera, nadie vendrá a tocar mi puerta con los huesos de sus nudillos. De todos modos, nadie viene nunca a quejarse, solo esa vieja sin cerebro de la casa de enfrente que piensa que aún estamos en la guerra de la independencia. Esa vieja esquizofrénica culminará con mi aguante, pronto, si no se muere enseguida. Las calles están vacías. Pero algunos días hay gente que pasea, solitaria, arrastrando los pies frente a mi ventana.

Me llamo Norman. De vez en cuando he de revisar mi certificado de nacimiento por necesidad burocrática. No me gusta. En el certificado de nacimiento ponen el nombre de mi padre, el nombre de mi madre, y un nombre que ya no me pertenece: Ed Gein. ¿Quién es ese? Ed Gein es el hijo de mi madre con el apellido de mi padre, aquella lejanía, la no existencia. Yo no soy. Soy otra cosa mejor y libre. Nor-man. Como si dijéramos: el hombre del norte. El hombre de la cabeza en su sitio. Las cabezas no tienen que estar en las falditas de las madres o apoyadas contra los reclinatorios, sino sobre los hombros, erguidas. Mis ojos están a la altura de la gente solitaria que pasea en los últimos días del mes de agosto. A veces, las cabezas están bien colocadas encima de una superficie, por ejemplo sobre la mesita del teléfono. Norman es un nombre rotundo, un nombre solitario que pasará a la historia: Nor-man. Como si dijéramos: el no hombre. Norman Bates.

Es mi cumpleaños y mientras pienso escucho a Shostakóvich. Su ligereza y su precisión me recuerdan a mí. Subo el volumen para pensar mejor. Introduzco mis pensamientos en su música, es una actividad magnética que hace que los instrumentos se agiten al ritmo de mi mente, no al revés. Tengo que celebrarlo. Mientras pienso, voy hacia la cocina. No importa si me muevo, la música sigue sonando en la misma intensidad porque ya no es música sino fluir de conciencia, está dentro de mí. Abro el frigorífico. Entre otras cosas, hay un melón.

La superficie fría y rugosa de la fruta me agrada. Pesa, no carece de gravedad; cuando lo cojo con ambas manos y lo levanto en el aire los músculos de mis brazos se tensan y siento mi fortaleza sobre todas las cosas de este mundo. Antes no era libre porque todos nacemos encerrados en la corpulencia de alguna divinidad, pero solo la destreza nos convertirá en seres auténticos e individuales. Mientras llevo el melón hacia la mesa de la sala paso por uno de los espejos del pasillo y me observo: hola, Norman Bates, estás radiante. Rudo y radiante. Me sienta bien el uniforme de los 27 de agosto. Cuarteado, punteado y abrillantado en las costuras con un barniz especial. Alguien podría venir a celebrar mi cumpleaños conmigo, solo para que pudiera admirar mi obra maestra. Sí, debería traer a alguien aunque fuera por un rato; aunque la soledad no es algo intermitente sino continuo, hacen falta picos de compañía y confusión. Apoyo el melón amarillo sobre la mesa, justo en el centro; lo muevo parcialmente con mi dedo pulgar: ahora balanceo a Shostakóvich. No hay que ser codicioso, ayer no estuve solo. Ayer fue un día grande.

En mi mano derecha, el cuchillo de hoja ancha pesa tanto como el melón. Calibro la materia en el aire. Estoy sentado en una silla antigua que se estremece con mi sola respiración, a veces con mi sola presencia. Los objetos que me rodean, que yo he colocado en lugares significativos, tienen cierta importancia para la conversión de la nada al todo: de Ed a Norman. Así está controlado: no más Ed, no más uniformidad. La vaguedad de la existencia ajena enaltece mis arterias, cuando la noto roer el tiempo, se activa la maquinaria que duerme bajo mi piel.

Acaricio por última vez la rugosidad fresca del melón. Lo escogí entre todos los demás porque prácticamente era del mismo tamaño que lo otro, aunque ambas cosas tienen tantas variedades. En la variedad está la virtud. Vigilo la ventana al mismo tiempo que le doy una última oportunidad: en mi mano derecha el cuchillo se posa sobre la corteza con un suspiro. Es mi cumpleaños y nadie pasa frente a mi casa. Sí, ayer fue un día grande. Pero repetir hoy sería un estupendo regalo. Aún quedan horas para que anochezca y no hace mucho calor; hay posibilidades de ver una silueta acercarse por el principio de la calle ancha, una silueta cualquiera: la existencia ajena es la misma masa informe que se concentra en diferentes cuerpos imperfectos. Por fuera tiene un pase, la utilidad. Por dentro es pura roña.

El disco de Shostakóvich termina antes de lo esperado y me hace romper el ritual. Miro hacia atrás: la aguja del tocadiscos ha vuelto a su lugar original y desde la pared ya no reverbera la música. La pared. Las visitas que tienen tiempo de hablar me preguntan: ¿por qué está sellada esa puerta, qué hay ahí adentro? Esperan una respuesta fácil: el cadáver de un familiar, por ejemplo. Más impactante: el cadáver de mi madre, todavía meciéndose en su silla. Nunca les digo la verdad, es demasiado complicado para ellos: ahí está Ed. Ahora tengo dudas: puedo levantarme y volver a poner el disco en marcha, pero esto acarreará problemas: ¿y si pasa alguien frente a mi casa, justo en ese momento, un corredor de footing, quizá, y no lo veo? ¿Una mujer con prisas? ¿Gordota y con los huesos bien colocados, con la cara sudorosa y la mirada perdida, desorientada? No, destrozaría mi fiesta de cumpleaños si me perdiera algo así, si se me escapara. Prefiero hacer un esfuerzo, aún la música está grabada en mi interior. No he de perder más tiempo.

Tengo el pulso firme de un verdadero jugador de póker. El cuchillo está afilado, cada día le paso la piedra mientras sube el café del desayuno. Cada día le paso la piedra de afilar, aunque no vaya a utilizarlo, porque nunca se sabe. La hoja se hunde con una perfección que me sobrecoge, atraviesa el diámetro de la corteza del melón de parte a parte: es como si cortara un pudín, una gelatina, nada se resiste a la hoja de mi cuchillo. Está hecho: el sonido, el tacto del caos entran en mi vida y en mi tarde de cumpleaños con una alevosía inocente que me embarga. Ahora tengo dos partes idénticas, abiertas, chorreando jugo sobre la mesa, como si estuvieran vivas: el reguero de pipas doradas diseminadas en círculos en el corazón destrozado de la fruta me ilumina los ojos. Es este momento el decisivo, en el que descubro la vida como un solo segundo antes de la muerte, nada más que eso, el instante, único y previo, en el que la materia se revela brillante, jugosa y agresiva ante la putrefacción de la inmateria. Me demoro en el examen del agua dulzona que supura la carne del melón, el agua que convierte cada pipa en un tesoro.

Pero todo está controlado, todo está ordenado en secuencias que han de sucederse. Del resto del mundo, lo único importante es la utilidad, así que el segundo acaba y yo empiezo: hundo otra vez el cuchillo, ahora en el interior de una de las partes, y con movimientos circulares de muñeca y algunas presiones en las falanges voy haciendo incisiones profundas que separan la carne de la piel y cortan la diadema de pipas doradas, pincho y me llevo los trozos a la boca, ya seca de ansia: trago y trago y trago porque no hace falta masticar cuando has abierto un melón en su punto justo de madurez. La cavidad bucal se me encharca de almíbar, no pierdo ni por un momento, mientras celebro mi aniversario, la visión de la ventana; afuera se han encendido las farolas, con luz anaranjada, y la vieja sin cerebro también ha encendido la luz de su porche. Pero no pasa nadie por las aceras. No hoy.

Mi estómago está hinchado. Sobre la mesa quedan los restos de la fruta, los dos semicírculos vacíos, completamente vacíos. Afuera de ellos, una montaña de pipas que ya han perdido su brillo y pringan. Hoy ya no vendrá nadie y no saldré a buscar a nadie; dentro de mí el líquido del melón recorre los caminos trazados. Pronto me iré a la cama. Tendré que quitarme mi hermoso uniforme de los 27 de agosto, mi rígido chaleco-epidermis. Ahora siento el asco posterior a las cosas externas, a la manufactura: fue tan intensa ayer la velada que hoy basta con un pequeño melón.

Ella fue dócil como la fruta pero más maloliente. Bajo los pliegues de su carne flácida encontré restos de algodón oscuro. Su cuero cabelludo, ya arrancado ese pelo teñido de las mujeres de su edad, estaba lleno de círculos casposos de dermatitis. Los dedos retorcidos de los pies, las rodillas un poco metidas hacia adentro, la requemada nariz aguileña: fea. El dorso de sus manos lleno de manchas oscuras y la piel de los antebrazos fina y caliente como la piel de unos testículos. Fea. A veces no es fácil. Pero luego, allí dentro de su cuerpo, en la profundidad, después de mis certeros movimientos de muñeca, después de las incisiones perfectas con mi pulso de jugador de póker, estuvo ese segundo de la vida justo antes de la muerte: la distinción, la víscera negra tan brillante.

Me miro en el espejo del pasillo antes de irme a la cama. Será por el efecto de la luz: ¿rudo y radiante? Norman, Norman, ha sido un día largo. Oh, ¿qué es eso junto a mi boca? Me acerco al cristal para examinarme: llevo pegada en la cara una pipa de melón.


Lara Moreno (Sevilla, 1978). Ha escrito los libros de relatos Casi todas las tijeras y Cuatro veces fuego, el poemario La herida costumbre y la novela Por si se va la luz. También publica en su blog Guarda tu amor humano.