Escribo, luego existo

Una lectura en pared de Esto no es una novela de David Markson y La casa de cartón de Martín Adán.

Por Juan Carlos Fangacio


Pensémoslo así: una noche –intuyo que fue una noche– de diciembre de 1927, en Nueva York, nacía David Markson, novelista de culto estadounidense. Esa misma noche –porque seguramente era de noche–, en el melancólico y bohemio balneario limeño de Barranco, el jovencísimo Martín Adán escribía y corregía La casa de cartón. Tenía apenas 19 años pero la había comenzado a los 16. Era, pues, una revolución prematura, una primera obra desconcertante que se publicaría unos meses después.

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Lo que une a los dos personajes de estas escenas paralelas es básicamente la extrañeza y audacia de dos trabajos. Dos libros escritos con casi 75 años de separación, pero que comparten una forma de ver la literatura y la vida. La lectura de Esto no es una novela (2001) de David Markson –recién traducida al español el año pasado por la editorial La Bestia Equilátera– permite replantearse algunos cánones de lo que puede llegar a ser una novela o de cómo se supone que debe diseñarse la construcción novelística. En ese punto es posible usar la obra de Markson como lente para mirar a la otra: La casa de cartón de Adán, que en su momento socavó algunas estructuras y componentes que parecían fundamentales en la novela. De hecho, el propio Adán se resistía a calificarla como tal.

El libro de Markson tiene las características de su antecesora, La soledad del lector (1996), en cuanto se compone de retazos de anécdotas, citas y referencias sobre el arte y la cultura, y entre las que intercala el aparente relato sobre un Escritor (¿él mismo?) deseoso de escribir una novela sin personajes y sin argumento. «Escribir acerca de Nada», reza el epígrafe del libro, que cita al siempre ácido Jonathan Swift.

«Esto es incluso una especie de mural, si el Escritor lo dice», se lee en uno de los fragmentos del libro. Y de hecho, Esto no es una novela funciona como un mural en el que se van inscribiendo curiosidades sobre otros escritores y artistas, y en el que el propio lector empieza a jugar un rol preponderante para la comprensión de la obra. Markson emplea un tono ameno y hasta sarcástico para contarnos esas anécdotas ajenas, pero apuesta por un lenguaje mucho más hermético para insertar los detalles del proceso creativo de su Escritor. «Una obra de arte sin tema siquiera». «Sin sucesión de eventos». «¿El Escritor existe siquiera?».

Por eso es llamativo que muchas de las características del libro «ideal» que intenta construir Markson (o el Escritor) puedan rastrearse en La casa de cartón: la ausencia de una trama argumental clara; la presencia de unos pocos personajes y además escasamente definidos; la postura ambivalente del escritor, a ratos partícipe del relato, a ratos como un gran ojo que desde fuera todo lo ve.

Existe otro rasgo interesantísimo en ambas obras: la creación de un hombre, su formación ficticia a medida que se lo define. Escribir al hombre –escribirlo– para que exista. En Esto no es una novela, el Escritor parece carecer de sustancia mientras no concrete su proyecto («Nadie es mi nombre y Nadie me llaman»). Es un ente en formación, una figura que se crea a sí misma y que, por ende, puede destruirse a sí misma también. Scribo ergo sum.

En La casa de cartón pasa algo similar. Los dos protagonistas centrales son el narrador (que habla en primera persona) y su amigo Ramón. Este último comparte el nombre real de Martín Adán (Ramón Rafael de la Fuente), un detalle que no debería pasarse por alto. Se trata de una identidad duplicada, un «inventar al otro» para pronunciarse también en tercera persona. Desdoblarse en cuerpo, en mente, en alma. Y en voz. Renunciar a ser uno para mirarse desde el otro lado del espejo. En un pasaje del libro esto se hace más explícito: «¿Habrá existido alguna vez aquel hombre? ¿Habremos soñado Ramón y yo? ¿Lo habremos creado Ramón y yo con facciones ajenas, con gestos propios? ¿Nos habrá llevado el aburrimiento a hacer un hombre? ¿Tenía aquel hombre memoria, entendimiento y voluntad».

Estamos ante hombres que no son, sino que se van haciendo. Y su única posibilidad de creación es la escritura.

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Hay un tema más que cruza transversalmente Esto no es una novela: la muerte y la enfermedad. Junto a la misteriosa historia del Escritor, Markson menciona innumerables casos de figuras históricas enfrentadas a padecimientos y decesos, desde los más graves hasta los más insólitos. Así se nos recuerda, por ejemplo, que Tennessee Williams murió atragantado con la tapa de un medicamento mientras intentaba abrirlo, y que Kierkegaard recibía frecuentes golpizas de sus compañeros de escuela. Las descritas son situaciones que de alguna manera colocan a los artistas en posiciones más mundanas y vulnerables.

Martín Adán no es mencionado en el libro de Markson, pero tranquilamente pudo haberlo hecho. El escritor peruano fue un alcohólico sin remedio durante casi toda su vida, tocó la miseria y entró y salió de hospitales psiquiátricos en sus últimos 20 años de existencia. En La casa de cartón, la muerte del personaje Ramón –especie de álter ego del autor, ya se dijo–, ocurre «un día hondo y vacío», entre vicios y costumbres rastreras. Es un padecer patético, sobre todo porque quien lo observa y describe es su propio amigo, el narrador; es decir, quien sería el otro Adán, su segunda mitad. Es el escritor anticipando su triste final.

Esa pulsión tanática que se mueve como una espesa bruma en las dos obras en cuestión parece heredar directamente el llamamiento a la nada de la literatura Bartleby. En el caso de Esto no es una novela, se deja en claro que «el Escritor está bastante tentado de dejar de escribir (…), mortalmente aburrido de inventar historias». Y ya sabemos que dejar de escribir significaría el fin de su propia existencia. La pluma como raíz y a la vez como guillotina, el funesto destino del letraherido.

Similar es lo ocurrido con Martín Adán, por más de un aspecto. Primero, porque nos encontramos ante un autor que decide omitir su identidad: apuesta por un seudónimo para escribir su primera obra y se coloca desdoblado, como protagonista y narrador de la misma. La desaparición del ser a través de la máscara y la dispersión. El gran Luis Loayza lo dijo mucho mejor en su famoso análisis del libro: «Los personajes de La casa de cartón son voluntades móviles (…) aspiran a ser pura conciencia; son testigos del mundo pero se niegan a actuar sobre él para aprovecharlo o transformarlo».

Y tampoco hay que dejar de observar que para Adán La casa de cartón representa su debut y despedida de la prosa. Tras esta primera novela (o antinovela, si se quiere), el autor renuncia al género para dedicarse solo a la poesía y emprender una profusa carrera que lo llevaría (si no al éxito ni a la fama) a una valoración que sigue creciendo con los años. Estamos ante una obra iniciática y obituaria al mismo tiempo.

Si David Markson titula su libro jugando con la famosa pipa de Magritte, es porque –al igual que en el caso de Adán– encuentra un espacio de creación en lo liminal, en la indeterminación del género, en la ambigüedad. Desde luego, la agudeza experimental de ambos libros no es nueva (toda obra pionera tendrá siempre una antecesora), pero sí sorprende que se encuentren y se toquen en puntos específicos y fascinantemente similares. «¿Qué soy, qué quiero? Soy un hombre y no quiero nada», dice el narrador en los Poemas Underwood de La casa de cartón. Una sentencia que solo tiene sentido porque está escrita y que resume la no-voluntad como única potencia creadora. Bendita sea la maldita.


Juan Carlos Fangacio (Lima, 1988). Periodista. Ha sido editor de la revista de cine Godard! y es subeditor de Buensalvaje.