Serendipia_2

Lameoro

Pinturas de Moico Yaker. Texto de Gustavo Buntinx


El arte, cierto arte, iconiza el deseo de una era. Y sus ambivalencias: no solo lo sublime, sino también la perversión de los tiempos. Sin necesariamente quererlo y, a veces, en un mismo gesto.

Esas tensiones, asociables a las que para Freud definen el malestar de la cultura, energizan con una belleza impura la producción artística más intensa. En sus estados de excepción, claro. En su estado de gracia.

Es notable la frecuencia con que tales epifanías se manifiestan en la obra amplia de Moico Yaker. Una presencia siempre renovada, marcante siempre, desde sus primeras irrupciones en la escena local durante la década de 1980, cuando se constituye como referente fundacional para el gran (neo)barroco peruano. Y luego redefine esos mismos términos en cada giro de su vida personal y la nuestra colectiva. En el camino va dejando una secuencia mutable de imágenes que con el tiempo devendrían históricas. Tal vez por la inquietada mezcla de erudición plástica e intuición vital con que su talento toma constantemente el pulso a las pulsiones más soterradas de una sociedad convulsa.

El resultado es un excepcional registro sensible de algunas de las extremidades más agudas de nuestra experiencia compartida. Incluyendo la guerra incivil y la dictadura, pero también las respuestas lúbricas a todo ello por parte de la libido artística. Y los desbordes hedónicos más recientes de un país ahora trastornado por la opulencia.

El siglo XXI derrama sobre el Perú todos los goces de una revolución capitalista. También sus trances y compulsiones. La codicia se eleva como un horizonte general. La cultura deviene espectáculo. El arte amenaza convertirse en una feria voluptuosa de vanidades. Lujo y lujuria.

Con la serie Metálica, iniciada en 2008, Yaker le da a todo ello implacable imagen y materialidad literal, trocando en rutilancias incluso a los míticos Meones y las micciones orgánicas de sus comienzos pictóricos. Hasta derivar en la figura culminante del Lameoro: una secuencia retorcida de hombrecillos turbios en desproporcionados trajes de negocios, tal vez asociables a las grotescas caricaturas antisemitas de otrora (Moico es semita), pero ahora contorsionados por la sed obscena de sus rojas lenguas punzantes. Apéndices casi protráctiles en la curvatura con que arrastran sus carnes sobre superficies abstractas, pero sugestivamente recubiertas de pan de bronce. E incluso de pan de oro, allí donde restriega su fruición el músculo viscoso.

Hay una fijación anal en la oralidad desbocada de ese sustituto fálico, confirmando todas las asociaciones psicoanalíticas entre heces y riquezas. Un efecto exaltado por el contrapunto plástico esencial, mediado por insinuaciones sanguinolentas. A un lado, la austeridad gráfica del modesto carboncillo que describe la porción inferior de los cuerpos sobre la tela cruda. Hacia el otro, el lujo fatuo de las espesas manchas áureas en las que los lenguaraces sumergen sus ansias.

Sus avideces: atención a la agitación incitante que desprende a los pies de sus zapatos, en una metáfora coital perturbada por la procacidad de los calcetines punteados como en una erupción cutánea. Fetichismos que tornan tangibles lo ideal y lo vulgar de las fantasías de la época. Hasta configurar un ícono mayor de nuestros fenicios tiempos.

A ser redimidos.


Moico Yaker (Lima, 1949). Artista plástico. Estudió Arquitectura en Miami; Literatura, Filosofía e Historia en Jerusalén; y Bellas Artes en Londres y París. Sus obras individuales y colectivas han sido expuestas en numerosos países.
Gustavo Buntinx (1957). Es historiador, crítico y curador de arte, egresado de la Universidad de Harvard. En 1983 fundó en Lima el Museo Alternativo que a partir de 1998 pasó a llamarse Micromuseo, del cual es «chofer».