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E-books o ese objeto antes llamado libro

Tal como ocurrió con la música hace algunos años, la industria editorial, tal como la conocemos hoy, se encuentra frente a un sendero que se bifurca entre la permanencia del modelo tradicional o la conversión al mundo virtual. La reciente Feria del Libro de Buenos Aires trajo luces y sombras sobre el futuro del libro.

Por Luis Pacora


Hubo un tiempo en que bastaba tomar un libro del estante para sentir un pequeño vórtice que nos conduciría, finalmente, a la experiencia inefable de la lectura. Los más apasionados los acariciaban, olían, perfumaban o protegían con aerosoles contra sus principales enemigas: las polillas. El cambio de paradigmas, en los albores del nuevo siglo, trajo consigo una serie de avances tecnológicos que se encaminan a cambiar nuestra experiencia lectora. Ni mejor ni peor, simplemente distinta y acorde con las exigencias de la era Google.

Ante este panorama, un nuevo horizonte se empezó a vislumbrar: la aparición del libro digital, que ha ocasionado tanto recelo como interés. Su sostenido desarrollo en los países de las grandes industrias editoriales es el indicio de un futuro inminente, en el que las nuevas tecnologías crearán nuevas formas de entender la literatura. La reciente edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, por ejemplo, dedicó largas jornadas al análisis de sus posibilidades. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de e-books?

Digital y electrónico
«Una cosa son los formatos, otra son los software de lectura y otra las aplicaciones que conocemos como apps», explica Victoria Villalba, directora de la editorial argentina Mhuksha, quien hace nueve años abandonó la empresa editorial donde laboraba, para emprender su viaje hacia el mundo digital. Y continúa: «Formatos pueden ser el PDF o el ePub. Esto tiene que ver con la forma en que fue exportado el libro y cómo es el contenido. Después están los software, que dependen del tipo de dispositivo de lectura; es decir, una notebook, una computadora de escritorio, una tablet o un teléfono celular. Entonces, mi posición es que si uno va a editar un libro digital, tiene que pensar en función del formato y el dispositivo, porque estos determinan los hábitos de lectura».

Las cifras parecen darle la razón: actualmente, la penetración del libro digital en el mercado estadounidense ha alcanzado la cifra del 27%, es decir, 27 de cada 100 libros vendidos son digitales. Lo propio ocurre en España, México y Brasil. Si bien el resto de Latinoamérica aún se encuentra rezagada en este tema, el contexto es muy favorable para su desarrollo. «Aquí en Argentina hay un gran consumo de dispositivos electrónicos. De hecho, somos uno de los países con más teléfonos celulares per capita a nivel mundial y en todos los niveles sociales. Esa es una manera muy directa de acercarse a la lectura», añade Villalba.

Modelos para armar
Un producto cultural como el libro requiere un sistema de producción y comercialización que, en el caso de los e-books, demanda nuevas competencias, al tiempo que ofrece interesantes posibilidades para autores y editores. «Crear un libro digital implica ir a los archivos del libro impreso y someterlo a un proceso de rediseño, dándole una serie de características que se acomoden a la experiencia del lector y cumplan con los estándares de las librerías virtuales. A nosotros nos tomó buen tiempo encontrar nuestra línea de conversión y digitalización de contenidos», indica Eugenia Mont, quien luego de ejercer como directora editorial de Planeta, se unió al equipo de Download Perú, una plataforma virtual de distribución y comercialización de libros de autores peruanos, así como de música, películas y fotos. «Cuando empiezas a involucrarte con el mundo digital te das cuenta de que todo aquello que en la realidad está separado, en lo virtual se une. Un libro con imágenes te remite a la fotografía; uno con audio, a la música. Creo que es necesario darle otras dimensiones al libro», concluye.

Si bien la edición digital reduce ostensiblemente los gastos de impresión y logística, la mayor parte de la inversión se orienta actualmente hacia su comercialización: «Los costos son parecidos al del libro impreso: se paga al equipo de editores, correctores, traductores y diseñadores, a veces incluso más, porque no todos poseen el conocimiento necesario para elaborar un libro electrónico», señala Villalba. Por otro lado, las comisiones que se pagan a librerías virtuales son similares en las librerías tradicionales, un promedio de 40% sobre el precio de la compra. Amazon (que concentra cerca del 80% de ventas por internet a nivel mundial) posee un sistema de pago de regalías para los autores que oscila entre un 70% (para los que cuestan menos de 10 dólares) y un 35% de las ventas (para los que superan los 10 dólares).

«Hoy todavía no se tiene en cuenta todo lo relacionado con el marketing y la comercialización en el mundo digital. Si invierto 1 peso en la producción, tengo que invertir 100 en la campaña de marketing de esa obra. Esto es algo que no hacen los editores en papel, pero para el mundo digital esa es la proporción. Es lo que te va a permitir una mayor visibilidad dentro del océano de información que es internet», señala Daniel Benchimol, director de Proyecto451, una de las más importantes compañías argentinas de desarrollo de publicaciones electrónicas.

E-books en Latinoamérica
El panorama del libro digital en nuestra región se muestra aún en fase embrionaria, en comparación con Europa o Norteamérica. Son los países con mayor industria editorial quienes comandan, no sin escollos en el camino, este avance. El caso de los países económicamente emergentes como Perú o Chile resulta paradójico, ya que su crecimiento monetario no se refleja en un crecimiento del capital cultural. Sin embargo, a pesar de que, en el caso de Perú, una editorial no publica más de 30 títulos por año, la cantidad de títulos registrados en formato electrónico en la región ha crecido del 8,6% al 16,9% en los últimos años, de acuerdo con datos del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlarc). «Sin duda, la cuestión con el libro digital es que en algunos casos, cuando la logística local no existe, es una solución muy potente», afirma Luis González, director general de la fundación española Germán Sánchez Ruipérez, quien añade: «La edición del libro digital en un lugar como el Perú requiere una nueva forma de plantear la organización empresarial, que, actualmente, consiste en una integración entre el desarrollo de software, que está más democratizado de lo que muchos piensan, y el know how de las editoriales. A partir de esas premisas, se deberá realizar una adecuada selección de obras, que sean atractivas para los lectores, acompañada de un control absoluto de los costos con el fin de ofrecer precios razonables a sus consumidores».

Si bien la brecha tecnológica es aún considerable, la progresión apunta a que cada vez más personas en nuestro continente tienen acceso a las nuevas tecnologías, situación que González constata en la plataforma Lectyo.com, cuyos usuarios son en su mayoría latinoamericanos. Para Eugenia Mont, la clave también podría estar en otros mercados: «Perú no es un país de grandes lectores, el índice de lectoría es menos de un ejemplar por persona, si bien existe un importante acceso a la tecnología, el uso que se les da a las tablets o smartphones no es para la lectura».

El Spotify de los libros
Si alguna industria ha sabido aprovechar las ventajas de las redes virtuales y los avances tecnológicos, esa es la música. La crisis de las grandes disqueras permitió el desarrollo de modelos independientes de producción, a lo que las majors respondieron con innovadoras plataformas de distribución. ¿Podrán los escritores hacer lo mismo? «Creo que la mediación editorial es fundamental. No existe la posibilidad de la desintermediación absoluta, hace falta la figura de un editor que busque, seleccione y distribuya el talento que no está en todas partes», sostiene González. Pero Benchimol opina lo contrario: «Hoy más que nunca el autor tiene la posibilidad de autopublicarse y desarrollarse sin necesidad del editor. De hecho, más de la mitad de los best seller del año pasado son autopublicaciones».

A lo que nos enfrentamos es a dos modelos antitéticos: el modelo cerrado (Amazon, Google Books, iStore, etcétera) y el modelo abierto de plataformas como la española 24Symbols, autodenominada el «Spotify de los libros», puesto que permite leer e-books a través de una suscripción (trimestral o anual) cuyo costo fluctúa entre 20 y 60 euros. «El problema aquí recae nuevamente en el editor. Si el costo que se ofrece al público es muy bajo, el sostenimiento de este modelo correrá muchos riesgos a futuro. No es lo mismo vender una canción que un libro», agrega González.

Sin duda, los libros electrónicos plantean nuevos retos a los escritores, pero también ofrecen un sistema más transparente en la comercialización de su obra. Las regalías en las librerías virtuales están reguladas y estandarizadas de tal forma que, a un clic de distancia, se puede acceder a las estadísticas de venta o los comentarios de sus lectores. «La perspectiva aún tiene claroscuros. Yo creo que tomará tres o cuatro años lograr un desarrollo sostenido. Aun así me parece que es un momento apasionante e ideal para que los editores, las empresas, los autores y todos los que estamos involucrados en la industria empecemos a experimentar, a probar, a entender cómo es este nuevo modelo de distribución de contenidos», puntualiza Benchimol.

Gutenberg, el primer pirata
Más allá de los soportes tecnológicos, otra de las polémicas que surge en el mundo editorial es la aparente amenaza que las redes sociales perpetran contra el lenguaje escrito: ¿estaremos condenados a escribir y leer en tuits? Para González, este fenómeno no es nuevo. Ya Platón había impugnado en el Fedro la validez de la escritura argumentando que suprimía la memoria. El libro, originalmente escrito en rollos de papiro, es transferido luego al códice, transformando la experiencia lectora. A decir del especialista, Johannes Gutenberg fue el primer pirata de los libros puesto que su interés era primordialmente comerciar las copias impresas haciéndolas pasar por manuscritos: «Gutenberg no cambia la experiencia, se va modificando a lo largo de los siglos, sobre todo a partir del siglo XIX en Inglaterra, Francia e Italia. Lo que ocurre actualmente con las redes sociales es la progresión natural de ese fenómeno».

Las estadísticas respecto al uso de redes sociales en nuestra región evidencian un contexto favorable para quienes sepan aprovechar la oportunidad. Al respecto, Benchimol señala que en Latinoamérica tenemos un uso de redes sociales que supera la media de cualquier país del mundo. Esto ofrece la posibilidad de que el editor tenga un contacto directo con las personas que pueden estar interesadas en las obras que publica.

Para Alienor Mauvignier, representante de la prestigiosa librería francesa Ombres Blanches, es necesario establecer a priori la diferencia entre información y contenido. Si bien las redes aglomeran un público fundamentalmente juvenil, su uso está restringido a la transferencia de información cotidiana, mas no de literatura. «Existe mucha preocupación en los libreros por lo que pasa allí, pero no creo que Twitter se vaya a convertir en un modelo de publicación literaria. Dudo mucho que un tuit logre trasmitir lo mismo que un cuento», afirma.

Asistimos, entonces, a la creación de nuevos ecosistemas de consumidores, de lectores interactivos y de bibliotecas multimedia que preservarán el legado histórico ante cualquier catástrofe natural o voluntariamente humana. Y en medio de todo ello, ¿dónde quedan nuestros viejos libros?

El medio es el mensaje
«No creo que lo digital acabe con el papel, más bien mejorará el nivel de lo que se edita. Schopenhauer decía que cualquier traducción de una lengua a otra era una falacia porque ambas poseían denotaciones diferentes. Eso mismo ocurre con el libro digital: genera una experiencia completamente diferente. Pero sí vamos a ver la desaparición de muchas editoriales y librerías que no aporten valor», afirma González. ¿Será el momento del libro-objeto? ¿Cuántas personas de las nuevas generaciones elegirán las ediciones en papel? «No hay que pensarlo como dos productos que compiten, sino como dos productos que se potencian», dice Victoria Villalba, mientras el editor español cuenta que, meses atrás, comenzó a seguir por internet la serie True Detective: «Había algo allí que me resultaba familiar. Al prestarle más atención a los diálogos me di cuenta de que eran citas de Nietzsche o Schopenhauer en la boca de un policía texano, mucha de su iconografía estaba influenciada por Lovecraft y demás. Curiosamente, semanas después, mientras compartía una mesa en el Club del Lector, un autor le ofrecía a una editora la idea de un libro impreso que completara la experiencia del televidente al involucrarlo en el mundo literario que se encuentra detrás de dicha serie. Esas ideas rápidas son las que van a vencer a la piratería. Si tú no ofreces más que un PDF, la gente lo va a piratear en tres segundos».

Tal vez uno de los géneros literarios que también tenga su gran oportunidad es la poesía. Más allá de la exponencial reducción en la tasa de analfabetismo a nivel mundial (7,1% en el caso de Perú) y de la aparición de nuevos lectores, la inmediatez de los actuales sistemas de comunicación podrían servir como aliado para una mayor difusión. «La poesía es muy actual. Me parece que la vida cotidiana, tal como la conocemos hoy, es perfecta para que este tipo de géneros literarios capture la atención de los lectores», dice el editor español.

«Hay que dejar el debate de que leer libros digitales es leer un libro en pantalla y que toda la ecuación pasa por si me gusta más leer en pantalla o en papel. Yo le recomendaría a los no nativos digitales que traten de leer un libro completo en alguna de las plataformas. Verán que tendrán una experiencia superior al del libro impreso. Lo que fue hecho en digital se podrá reproducir indefinidamente en la red y eso habla de un cambio cultural mucho más fuerte que pasar de un soporte a otro», sentencia Luis Benchimol.

E-books y educación pública
Uno de los mercados potenciales para el consumo de publicaciones electrónicas es el educativo. En nuestro país, la experiencia con el programa Una Laptop por Niño, realizada durante el último gobierno de Alan García, fue lamentable. El informe oficial del BID señala que la implementación no alcanzó para resolver las dificultades de un diseño que pone su confianza en el papel de las tecnologías por sí mismas, como si fueran una solución mágica y rápida. Esto nos devuelve a la premisa de que sin contenido ni una adecuada preparación, las tecnologías solo serán un obstáculo.

«¿Por qué cuando pensamos en libros o lecturas escolares el proceso es tan restrictivo?», se pregunta Luis González. «Cuando colocamos las computadoras o dispositivos electrónicos en las escuelas, renunciamos a ese control; sin embargo, también renunciamos a insertar la lectura digital en el proceso educativo. En España, por ejemplo, se han hecho inversiones enormes de compra de equipamiento informático que han empezado y acabado en el momento de la compra. Desde nuestra Fundación, creemos que lo primero que se debe hacer es otorgarle el liderazgo al docente, que sepa para qué sirve la tecnología y recién allí dotar de equipos a la escuela».

Para Mauvignier, el cambio de paradigma implica también enfocarse en las necesidades individuales de los escolares: «Yo tengo un hijo de cuatro años, cuya madre es librera y cuyo padre es escritor; probablemente, en vez de leer libros prefiera jugar con la Playstation y está bien que lo haga. Lo que debemos es buscar formas más interesantes de llegar a ese público y no cometer el error de subestimarlos».

Cerrando sesión
Si bien actualmente se ha ampliado la base lectora, el nivel de exigencia de los nuevos consumidores es menos riguroso, aunque no por ello menos válido. «Creo que vamos a asistir a un cambio en el tipo de literatura que se consume. Caminamos hacia un modelo de historias cortas. Hace unos días conversaba con la responsable de una empresa china que posee millones de lectores y me contaba que su gran éxito fue comercializar novelas por entregas a través de teléfonos móviles. La más larga duró ocho años», recuerda González.

Sin duda, la mejor forma de acercarse al libro digital es a través del consumo, de la propia experiencia, de encontrar el formato y los contenidos que más nos acomoden. Es la era de los hipertextos, de las multiplataformas, de las pantallas táctiles. El fin de los grandes relatos trajo consigo un nuevo auge de los formatos breves, que, tal como ocurre con la música, podrá cambiar de forma, empaque o soporte; sin embargo, solo una buena historia cruzará el portal de lo evidente para conducirnos hacia formas más elevadas de la experiencia humana. Queda aún mucho por descubrir.


Luis Pacora (Lima, 1981). Es crítico y periodista cultural.