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En torno a Jose Emilio Pacheco

Ocho lecturas como brevísimo homenaje

Por Ernesto Lumbreras


José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939-2014) fue uno de los escritores mexicanos más reconocidos, comentados, traducidos y premiados en el extranjero; especialmente, en su faceta de poeta su obra ha suscitado interés desde sus primeros libros y figura en los estudios y antologías poéticas de lengua española más respetadas. También fue narrador y ensayista excepcional, con libros que en poco tiempo se ha convirtieron en clásicos precoces; tal es el caso de su novela la Batallas en el desierto (1981). Ese mismo rango merece su columna «Inventario», escrita en varios momentos en la revista Proceso. En 2009, con motivo de la concesión del Premio de Poesía Reina Sofía y de sus 70 años, consulté a ocho escritores de varias latitudes de la lengua española sobre sus lecturas y valoraciones del legado de Pacheco. A pocas semanas de su partida, en febrero último, encuentro actuales las consideraciones y lecturas de los ocho autores aquí reunidos.

El enigma del tiempo (Óscar Hahn)
Por muchos años José Emilio Pacheco ha tratado de descifrar un enigma que Borges plantea así: «El tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica». Recordemos que el título de su tercer libro es justamente No me preguntes cómo pasa el tiempo y que una antología de sus poemas se llama Tarde o temprano. «El tiempo no es de nadie: somos suyos. Somos del tiempo que nos da un segundo/ en donde cabe nuestra extensa vida», dice en La arena errante. Pero para José Emilio Pacheco el devenir no es un problema metafísico, sino una experiencia presente, viva y perturbadora. La suya es una poesía filosófica, no en el sentido libresco del término, sino en el de asombro, curiosidad y reflexión ante los enigmas de la existencia, el tiempo entre ellos. Y ahora nuestro querido poeta y amigo cumple 70 años. José Emilio, no me preguntes cómo pasa el tiempo.

La poesía intacta (Antonio Cisneros)
Si parece mentira. Jamás imaginé que alguno de los muchachos de mis tiempos iba a llegar a ser, así como si nada, un buen señor septuagenario. Es verdad que, con el pretexto de esa proterva edad, se paga la mitad del boleto en los cinemas y se evita la cola de los bancos. Por lo demás, ha llegado el momento de aceptar, preferentemente emocionado, los reconocimientos a la obra literaria.
José Emilio, qué duda cabe, merece todos los homenajes y arrumacos que en los últimos años le prodigan. Extraordinario poeta, notable narrador y hombre de letras. Sin embargo, me resulta (no sé si penoso) tan desconcertante que haya dejado de ser (o tal vez no, ¿quién sabe?) el joven profesor, nervioso y erudito, que conocí en el delirante Londres de los sixties, o el sabio cincuentón que deambulaba por los campos repletos de serpientes en la Universidad de Maryland.
En cualquier caso, para el bien del planeta y la felicidad de mi alma, seguro estoy que su maravillosa poesía ha de seguir intacta para siempre jamás.

Le reunión de los opuestos (Jorge Emilio Sttrittmater)
La semilla del árbol de Heráclito prendió con fuerza en la poética de Pacheco para resurgir en más de treinta poemas consonantes al «Don de Heráclito» (El reposo del fuego, 1963- 1964), y revelar la singular atención del poeta a la extensa cosmogonía del gran pensador griego. La obra de José Emilio Pacheco, sin embargo, ha compaginado los opuestos de Heráclito en la integrada premisa de un observador cautivo del devenir de las cosas anima- das e inanimadas, el nacimiento, crecimiento, reproducción, muerte, y la relación entre los elementos, aire, agua, fuego, y tierra, destacando el tema de la permanencia de los ríos (No me preguntes cómo pasa el tiempo, 1964-1968) en la relación tiempo-hombre-naturaleza, mas aunando la idea crucial de la eternización del detrito. La integración de la neurálgica metáfora ha hecho parte del compromiso de Pacheco con el Otro y consigo: ese mundo compartido que ha observado detenidamente con el análisis crítico del filósofo o el erudito, y el asombro del poeta que consigna su reinvención.

El moderno clasicismo de JEP (Luis Antonio de Villena)
No acertó Paz en Poesía en movimiento (1966) al suponer que Aridjis y Montes de Oca harían una poesía más moderna, más renovadora que José Emilio Pacheco, pues ha resultado al revés. Paz olvidó en aquel momento (raro en él) que hay una poesía cuya no- vedad nace de la tradición y de la claridad: tal ha sido el caso de Pacheco. Ha tomado del clasicismo la difícil facilidad, al tiempo que renovaba aspectos de dos géneros difíciles: la fábula de animales, o el hablar de animales para referir al hombre, y singularmente la sátira. José Emilio es el gran satírico contemporáneo, pero sabe usar (o se le cuela de pasada) la benevolencia. Por ello puede hacer también poemas de amor y caridad, esplendentes en su sencillez. Y una cosa más: el surrealismo fue positivo pero el tardosurrealismo de hojarasca de cierta poesía latinoamericana ha sido tedioso y malo. Pacheco cortó esa liana, y no es el menor de sus muchos méritos.

La historia en la poesía (Eduardo Chirinos)
Quiso la suerte que empezara a leer a Pacheco en la primera edición de Tarde o temprano en Madrid, a mediados de los años ochenta. Digo la suerte, porque ese libro –haciendo modesta gala de su título– cayó en mis manos en el momento en que lo necesitaba: ávido de descubrimientos, esos poemas me abrieron un universo compartido por muy contados poetas que con el tiempo he llegado a querer personalmente, como Juan Gelman y Antonio Cisneros. En ellos las conflictivas y oblicuas relaciones entre poesía e historia alcanzan puntos axiales y definitorios de nuestra poesía. Pero los tiempos cambian (no me pregunten cómo) y las preocupaciones cuarenta años después ya son otras: muchos de los jóvenes que hoy escriben poemas ven la «literatura» como una impostación. Lo literario está tan venido a menos, que muchos poetas tuercen la boca para pronunciarla como antes torcíamos la boca para decir «poesía». No hay nada que hacer, el mal está hecho y solo nos queda a la mano dos opciones: la de escribir fuera de la literatura (el paso siguiente es escribir fuera del lenguaje), y la de escribir literatura asumiendo obscenamente su impostura. Ambas son igualmente subversivas y complementarias, pero si la negación de la «literatura» termina convirtiéndose, a su vez, en una forma –tal vez la más refinada– de impostura, su asunción deliberada termina convirtiéndose en un acto subversivo de inmolación y entrega. En esta opción se inscribe la admirable obra de José Emilio Pacheco. Salud por su dulce, eterna, luminosa poesía.

El silencio de la Luna (Edwin Madrid)
En 1996, con ocasión de la entrega de un premio al mejor libro de poesía en español, la poeta colombiana María Mercedes Carranza me presentó al maestro José Emilio Pacheco, pues un libro suyo había sido el triunfador. El mexicano me autografío El silencio de la luna y yo corrí a leerlo encerrado en el hotel. Ya me había emocionado con Pacheco, en la mítica antología mexicana Poesía en movimiento y también había leído su antología Tarde o temprano, que recogía su poesía de 1958 a 1978. Pero El silencio de la luna significa para mí el descubrimiento de la calidad humana de un gran poeta. No puedo dejar de asociar la lectura de ese libro con la humildad, sencillez, sabiduría y generosidad que entraña la persona de José Emilio Pacheco, una revelación que, para mí, se ha ido convirtiendo en definitiva a la hora de estrechar la mano a un poeta, porque es como si sus poemas se mostraran de cuerpo entero. Larga vida al maestro mexicano, «El viejo capitán que sale cubierta y dice adiós./ Es la última tormenta./ Se hundirá con su barco». Para ejemplo de las nuevas generaciones de poetas hispanoamericanos.



Ernesto Lumbreras (Jalisco, 1966). Es poeta (El cielo, Encaminador de almas, Veintisiete árboles amarillos) y ensayista (Del verbo dar. Emboscadas a la poesía).