Poesía

Tres poemas

Por Carlos López Degregori



Media hogaza de pan
Yo Quería algo de comer
y en la cocina solo había una hogaza de pan | y un cuchillo.
La corté como si fuera una cama de harina
a la que divides para que sea más estrecha y en ella te arropas
inadmisiblemente solo.
Yo Quería vino de beber o de increpar mientras viajaba en la cama de harina hasta un parque:
los árboles me envolvían como leñosos animales y aplastaban con sus pezuñas
países de leche y estiércol.
Yo No quería No las paredes penitenciales
ni el vórtice del techo de la habitación.
Yo No quería No las bancas del parque. Yo No aceptaba No
VermeEViejODormiR
en una banca rodeado de leñosos animales o en media hogaza de pan.
Yo solo Necesitaba algo de sosiego
como tu cuerpo blanco entre los árboles con los pechos enormes.
Yo solo Quería Todo de Amarte
Todo de Cubrirte con el semen de las estatuas y señalar inexorable el camino
con migas desprendidas de la hogaza de pan.
Yo solo Quería verte devorarlas
y repetir devoradas repetir
con tus labios de harina:
En EstEParquETodO es AlhajerO


Ama de todas mis almas
del Alambre de púas cuelgan las Horas: están muy juntas para acompañarse y suenan al unísono las puntas de sus gargantas
se pierde por huir, se dicen entre ellas
o porque nos sofocan unas manos suaves en la almohada
se pierde porque ya no tenemos adonde regresar y al final solo quedan vellones arran-
cados en la púas, cicatrices de tela descolorida agitadas por el viento que sube a estas montañas cargado de tierra
AH Tú, Ama de todas mis Almas, mira a las Horas entre los postes
parecen novias corderas que no desposaré
parecen gallinas atadas por las patas cloqueando aleteando mientras esperan el cuchillo
del sol.


Un hoyo como mis ojos
Pude nacer desertor. Habría sido suficiente la falta de una estrella o tu inquina durante el alumbramiento o, más atrás aún, el temblor de tu cuerpo en la humedad de las sábanas cuando te sostuvieron unos brazos que no eran los de mi padre.
Ahora tendría un manojo de pelo rojizo y pasaría los días incontables en la seguridad de una casa pequeña sin ventanillas y con un plato de latón como única música.
Los desertores somos torpes, nos rascamos durante horas y no sabemos reconocer los cu- biertos ni las manecillas del reloj. Amamos el frío nocturno que con una venda envuelve nuestros cuerpos desnudos. Siempre faltamos a la verdad. Mordemos insaciables las flores como si fuesen uñas y llenamos las tardes de actos inconfesables. Solo contigo hablaría, Madre, en un idioma privado. Solo tú serías el asentimiento y el olor de todos los hombres y mujeres. La extensión de tus brazos abiertos sería el mundo.
La luz sería mi nostalgia de la luz. No habría asistido al colegio para erizar mi alma en las clases de matemática. No entendería los secretos del catecismo ni la sintaxis. El fotógrafo nunca hubiera dicho la tarde que reunió a la promoción: vengan todos a posar: siéntense al lado del desertor para la foto que los guardará en el tiempo.
Al centro de la imagen que conservo solo hay un vacío rodeado de niños.
Cuando cumplí once años, no cumplí once años.
Donde debí estar, no estuve: y donde no estuve solo puede distinguirse un hoyo como mis ojos.


A mayor gloria del sol
La Niña abre los ojos que parecen dos dientes inmensos de maíz y dibuja con un corcho quemado sus labios encarnadamente oscurecidos.
Riendo se sube a sus zapatos rojos de afilados tacones que para ella son zancos y gira con esa música que solo suena en su cabeza.
Ahora se prueba todos los vestidos, se ciñe corpiños, arañas, faldas de vagos nudos, alambres.
Si tú crecieras, Niña, te ofrecería estas palomas que hago aparecer en mi sombrero de mago. Son rojas como tus zapatos que no dejan de bailar. Oh sí, muchas palomas porque solo ellas sabrían perdonarme. Pero tengo sesenta años y no puedo esperar. Entonces las coso a tus zapatos que sangran con tu danza y altero su mecanismo mortal.
Mira como aletean ansiosas en tus pies y A Mayor Gloria del Sol conjuran el tiempo que nos corresponde. Hay un punto en el que nos encontraremos bellos y sudorosos, pero solo durará un parpadeo.
Después nos alejaremos girando enardecidos por los dos extremos de un hueso musical, hasta caer encorvados y secos en la plaza como estos dientes de maíz que ahora picotean las palomas.


Carlos López Degregori (Lima, 1952) ha publicado, entre otros, los poemarios Las conversiones, Cielo forzado, Lejos de todas partes y Aquí descansa nadie. También es catedrático y ensayista.