Canon que va, canon que viene

Por Alonso Rabí do Carmo


Nota del editor: Hace exactamente veinte años, los periodistas y críticos Alonso Rabí do Carmo y Jorge Coaguila tuvieron la ocurrencia de consultar a un grupo nutrido de escritores, periodistas culturales y editores en búsqueda de las diez mejores novelas peruanas. En tiempos pre Internet tardaron cerca de seis meses en cerrar la convocatoria, y el resultado salió publicado el año siguiente en la desaparecida pero recordada revista Debate. La novela más votada fue Un mundo para Julius (1970), de Alfredo Bryce Echenique. A esta siguieron Los ríos profundos (1958), de José María Arguedas; El mundo es ancho y ajeno (1961), de Ciro Alegría; Conversación en La Catedral (1969) y La guerra del fin del mundo (1981), de Mario Vargas Llosa; La casa de cartón (1928), de Martín Adán; La casa verde (1966) y La ciudad y los perros (1963), nuevamente de Mario Vargas Llosa; Canto de sirena (1977), de Gregorio Martínez; y La violencia del tiempo (1991), de Miguel Gutiérrez.

Dos décadas es tiempo más que suficiente para cuestionarse la vigencia de aquel canon local. Por eso, les propusimos a los autores del trabajo original revisarlo. Jorge Coaguia declinó la invitación por motivos personales, y con Alonso Rabí decidimos que la nueva versión se concentraría en el período 1990-2010: creímos que un margen más estrecho de tiempo nos permitiría ser más acuciosos con los resultados, además de tratarse de un lapso-bisagra especialmente fértil; asimismo, consideramos pertinente alejarnos algunos años del tope superior para poder tener una mínima distancia respecto a los libros considerados.

En la encuesta de Debate participaron 93 personas. En esta, lo hicieron 97, aun cuando fueron convocadas muchas más. Por diversos motivos, todos muy respetables, varias se abstuvieron de participar. (Dante Trujillo).

Creo que en consultas de esta naturaleza hay un aspecto previsible: la dispersión del voto. Con casi cien participantes elaborando listas de cinco novelas y cinco libros de relatos, es más o menos natural que las preferencias muestren un rango variado, sea por diferencias generacionales, o bien porque se ciñen honestamente, asumo, a lo que cada quien conoce y ha leído del período abarcado, de acuerdo a la pregunta que sirvió de eje a la encuesta. Junto a esta predictibilidad está también una expectativa invisible, que tiene que ver por un lado con cierta subjetividad y por otro con la recepción de ciertos libros que forman parte del corpus narrativo peruano de entre 1990 y 2010.

Las novelas
Para muchos –y me incluyo en ese grupo, por cierto–, sería realmente muy difícil que grandes novelas como La fiesta del chivo (2000), de Mario Vargas Llosa; País de Jauja (1993), de Edgardo Rivera Martínez; o La violencia del tiempo (1991), de Miguel Gutiérrez, no ocuparan un lugar destacado en el recuento de menciones, como de hecho ocurrió: un significativo porcentaje de encuestados mencionó al menos una de estas tres novelas, dos o las tres juntas en su respuesta (un rango que está entre el 50 y el 40%, para ser más precisos). Cabe señalar que la de Gutiérrez es la única novela que integra tanto la lista de 1994 como la que ahora presentamos.

El canon, bueno es recordarlo, no es inmóvil, ni está grabado eternamente en piedra. Pero tampoco es que se mueva con la agilidad de una liebre. Si resultaba más o me- nos lógico que estas tres novelas figuraran en el resultado final (de hecho son las tres primeras) no había en cambio ninguna certeza (al menos yo no la tenía) sobre los títulos que vendrían después. Y allí encuentro que hay textos que han cobrado valor con el tiempo y que quizá en su momento no gozaron de una valoración tan específica (me refiero a situarlos o considerarlos ahora como «los más importantes» de un período de dos décadas).

Sin embargo, su presencia explica una dinámica de cambio en varios sentidos. El principal, acaso, sea advertir una tensión –positiva, desde luego– entre tres autores consagra- dos en la tradición del realismo (y con una fuerte inclinación a combinar la peripecia íntima con el retrato social) y otros que comenzaron a experimentar más allá de estos límites, como Mario Bellatin, quien ocupa el cuarto lugar con la novela breve Salón de Belleza (1994). Con esta, Bellatin (motivo ya de polémica: se trata, en realidad, de un escritor mexicano; ciertamente, la novela fue escrita en Perú y cuando el autor era considerado, incluso por sí mismo, peruano) se aproximó a un universo de carácter lúdico que pone a prueba las relaciones entre texto, realidad y ficción, apelando a una estética híbrida que combina con eficiencia rasgos de humor negro y fantasía grotesca.

El quinto lugar –es interesante notarlo– lo ocupa Rosa cuchillo (1997), de Óscar Colchado, una novela que mezcla elementos mágicos propios del mundo andino y otros realistas –que responden con solidez a la demanda de la acción central–, teniendo como telón de fondo la terrible experiencia del enfrentamiento interno entre el Estado peruano y el terrorismo. Una novela que yo dejaría de llamar «neoindigenista» o «andina» porque esas etiquetas no solo no alcanzan a definirla o perfilarla apropiadamente, sino porque denotan también un cierto ánimo de menosprecio*.

Ximena de dos caminos (1994), de Laura Riesco, alcanza el mismo número de menciones que La iluminación de Katzuo Nakamatsu (2008), de Augusto Higa y La hora azul (2005), de Alonso Cueto. Tres novelas radicalmente distintas. La primera, inscrita en la tradición del bildungsroman o «novela de formación», nos introduce, a partir de la perspectiva de una niña, Ximena, a las profundas escisiones y heridas que marcan la existencia de los distintos mundos sociales que conviven en el Perú, con acento particular en la relación ambigua y asimétrica que se da entre el de las ciudades costeñas y el de los pueblos andinos.

La novela de Higa, en cambio, basada en una epifanía experimentada por su protagonista, el viejo profesor Nakamatsu (con ayuda de un narrador adicional), nos coloca en el límite mismo de la vida. Una revelación cuyo final no se escribe, pero se intuye: el inicio de una agonía es lo que da sentido a una existencia. La hora azul, en cambio, propone una estructura que la acerca al thriller, basada en el secreto que va descubriendo paulatinamente su personaje central, Adrián Ormache. Tres novelas que privilegian la intimidad de la conciencia, pero no descuidan su capacidad de remitirnos al mundo que sirve de escenario a su escritura.

Completan los doce primeros lugares las novelas Al final de la calle (1994), de Óscar Malca; No me esperen en abril (1995), de Alfredo Bryce Echenique; Los eunucos inmortales (1995), de Oswaldo Reynoso; y Casa (2004), de Enrique Prochazka. Un cuarteto que confirma una tendencia marcada por la diversidad discursiva y temática, desde la experiencia de unos jóvenes marginales en el distrito de Magdalena, en el caso de Malca; una narración que cierra un mundo existente ya solo en la nostalgia del narrador y que de alguna manera ya agonizaba en Un mundo para Julius –no en vano muchos parecen ver en No me esperen en abril la continuación de ese universo hacia su inevitable final–; una novela que transcurre en China y narra con un lenguaje que desconoce con frecuencia las fronteras entre ficción y realidad las vicisitudes de un intelectual latinoamericano en ese país, a quien le toca ser testigo, entre otros sucesos, de la terrible matanza de estudiantes en la plaza de Tiananmen; y Casa, de Enrique Prochazka, que nos propone un enigma identitario, una fantasía en la que la memoria y la perturbadora experiencia de lo extraño juegan un papel fundamental.

Los libros de relatos
Lo mismo, en cuanto a diversidad discursiva y temática, podría decirse de los doce libros de relatos que obtuvieron la mayor cantidad de menciones, pero añadiría que la tensión entre autores que uno juzgaría más «canónicos« o «consagrados» y autores emergentes, con una obra que se inaugura precisamente en los años que abarca la consulta, es mucho mayor. Además, resulta muy significativo que la mitad de los doce conjuntos de relatos más mencionados sean libros que marcaron el debut literario de sus autores: Las islas (2006), de Carlos Yushimito; Guerra a la luz de las velas (2006, original en inglés, War By Candlelight; 2007 en español), de Daniel Alarcón; Punto de fuga (2007), de Jeremías Gamboa; El inventario de las naves (2008), de Alexis Iparraguirre; Un único desierto (1997), de Enrique Prochazka (nótese, el único autor en ambas listas); y Matacabros (1996), de Sergio Galarza. Muchos de ellos no solo han seguido produciendo nuevos títulos, sino además han logrado consolidar una posición de innegable importancia en el espectro de la narrativa nacional de las dos últimas décadas.

Completando esta docena encontramos dos libros de Guillermo Niño de Guzmán (Una mujer no hace un verano, de 1995; y Algo que nunca serás, de 2007); Malos modales (1994), de Fernando Ampuero; Ave de la noche (1996), de Pilar Dughi; Playas (2010), de Carlos Calderón Fajardo; y el conjunto titulado Relatos santacrucinos, de Julio Ramón Ribeyro, incluido en el volumen IV de La palabra del mudo (1992).

El listado reúne, coincidentemente, tres vertientes importantes de la narrativa peruana última: el primero, que consiste en el cierre de la tradición realista más convencional (y no lo digo peyorativamente) representado por el texto de Ribeyro; el segundo, con autores que desde la década de 1980 han explorado persistentemente nuevas formas narrativas e insistido en una dicción más moderna y con influencias que van más allá de lo estrictamente literario, como en los casos de Ampuero, Niño de Guzmán, Dughi o Calderón Fajardo (cuya obra viene siendo materia de rescate en los últimos años); y una tercera que, sin duda, radicaliza de alguna manera estas opciones y continúa por una senda de innovación.

Por supuesto, en ambas listas se puede constatar la presencia de muchos otros textos valiosos e importantes. La utilidad de esta consulta quizá sea dar a los lectores, sobre todo los más jóvenes, un panorama, aunque parcial e incompleto (seguramente y con razón habrá quienes lamenten ausencias), de la producción narrativa aparecida entre 1990 y 2010.

*Recuérdese la penosa polémica entre escritores «criollos» y «andinos» que ocupó por un tiempo a algunos medios. Para una mejor comprensión de esta discusión, protagonizada por varios autores nacionales, recomiendo leer el post «Más allá de andinos y criollos», de Gustavo Faverón Patriau, aparecido en su antiguo blog Puente Aéreo: http://goo.gl/VXAFrf


Las doce novelas peruanas más importantes del período 1990-2010
1. La fiesta del Chivo (Mario Vargas Llosa)
2. La violencia del tiempo (Miguel Gutiérrez)
3. País de Jauja (Edgardo Rivera Martínez)
4. Salón de belleza (Mario Bellatin)
5. Rosa Cuchillo (Óscar Colchado Lucio)
6. Ximena de dos caminos (Laura Riesco)
7. La iluminación de Katzuo Nakamatsu (Augusto Higa)
8. La hora azul (Alonso Cueto)
9. Al final de la calle (Óscar Malca)
10. No me esperen en abril (Alfredo Bryce Echenique)
11. Los eunucos inmortales (Oswaldo Reynoso)
12. El mundo sin Xochitl (Miguel Gutiérrez)
Los doce libros de relatos peruanos más importantes del período 1990-2010
1. Las islas (2006), de Carlos Yushimito
2. Guerra a la luz de las velas (2007), de Daniel Alarcón
3. Punto de fuga (2007), de Jeremías Gamboa
4. El inventario de las naves (2008), de Alexis Iparraguirre
5. Un único desierto (1997), de Enrique Prochazka
6. Matacabros (1996), de Sergio Galarza
7. Una mujer no hace un verano (1995),
 de Guillermo Niño de Guzmán
8. Algo que nunca serás (2007), de Guillermo Niño de Guzmán
9. Malos modales (1994), de Fernando Ampuero
10. Ave de la noche (1996), de Pilar Dughi
11. Playas (2010), de Carlos Calderón Fajardo
12. Relatos santacrucinos (1992), de Julio Ramón Ribeyro



Alonso Rabí do Carmo (Lima, 1964) es periodista cultural, editor, catedrático y poeta. Es autor, entre otros, del libro de entrevistas a escritores Animales literarios y de la antología Poemas (1992-2005).