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El viejo tío Lou

Por Johann Page


Había estado con Jimmy a orillas de alguna playa del Sur, un oasis alejado de la carretera, drogándonos a los pies de un enorme cerro con una antena clavada en su lomo, alta y siniestra como una espada del futuro. Bajo su luz roja nos habíamos bañado desnudos, donde el desagüe tibio que provenía de Pachacamac se unía con la resaca. Recuerdo el cielo negro, sin estrellas. Cualquier ser vivo podría haberse sentido único allí. Yo junté mis manos dentro del agua y me dije soy única y luego las olas espesas me cubrieron. El mundo parecía hecho solo para nosotros, o así lo sentí yo al menos, mientras sosteníamos nuestra botella y acabábamos con todos los sobres blancos de Jimmy, el polvo resplandeciente, toda la droga, y con el cerebro inflamado como una esponja en la marea nos tambaleamos y besamos, aspiramos todo lo que pudimos uno del otro, vomitamos, nos golpeamos y lloramos a gritos, nos reímos hasta caer en la arena. Luego vimos el amanecer y cómo el fuego que habíamos iniciado cerca al Volkswagen se apagaba, y mientras Jimmy se montaba sobre mí como un animal y palidecía comprendí que así debía ser el mundo, que nada malo podía sucedernos.
Pero me equivocaba.

Pasado el mediodía, el calor nos había levantado. El interior del Volkswagen crepitaba como un horno y mientras empujábamos la carrocería fuera de la trampa de arena sentí la tensión en la carretera, mi voz en el oído de Jimmy gritándole que se detuviera, las luces de la camioneta policial, el estallido… Jimmy no me creyó cuando se lo conté. Solo le preocupaba poder sacar la estúpida llanta de la arena y que no se nos saliera el corazón. Pero así es él, estúpido y violento. No me creyó que yo había previsto el accidente: su visión me taladraba las sienes y la cabeza me latía como si un pequeño niño fuera a brotar por mis fosas nasales.

Minutos antes de que ocurriera, la música del equipo del auto me distrajo. Me hundió en un profundo trance de hiper-atención. Por eso ahora sé que en realidad yo no había visto nada hasta ese instante. Solo sentía. Aquella tarde, camuflada en el asiento del copiloto, podía sentir cada grano de arena en mi piel, cada vibración en el viento, como si unos labios gruesos me soplaran las claves de un examen incomprensible en el cuello. Con las ventanillas bajas, Jimmy intentaba continuar aspirando de un papel que amenazaba con irse volando. Se lo dije. O quizá no. Él repetía: se está acabando, se está acabando. Solo recuerdo mi movimiento automático hacia su mano y el ardor en mi nariz y mi alma, nuevamente catapultada a ese túnel de gusano que era la carretera del Sur aquella tarde. Se está acabando, repetía Jimmy. No queda nada, nada, le gritaba yo. Y él me miraba: todo se está acabando. Cuando cruzamos a una velocidad absurda un puente cercano a San Bartolo recuerdo haber pensado que estábamos a punto de elevarnos, como John Travolta y Olivia Newton John en aquella película que yo de niña había visto hasta el embrutecimiento.

Pero no fue así. No fuimos nosotros quienes nos desprendimos del suelo. De pronto, las imágenes se volvían reales y reclamaban su lugar, como orugas salvajes y hambrientas dejando el capullo. Para mí, todo aquello fue como si me ocurriera en viajes distintos. Un día había ido al mar con Jimmy, y nos habíamos drogado y bebido, y años después yo continuaba con él, yendo hacia el Sur en su auto, quizá más enganchada, intoxicada de miedo y amor hacia él, pero ahora con una ansiedad irresistible por saber cuándo y cómo podríamos conseguir más y más droga. Eran muchos viajes entonces, miles, no sabría decir cuántos. Y aquella mañana, en uno de esos viajes en los que resultaría todo muy mal para muchos de los pasajeros que volvían junto a sus hijos y esposas del Sur, fue cuando lo encontramos: yo lo había visto antes, cuando cruzábamos cerca a la patrulla, hileras de autos, niños durmiendo en sus asientos de seguridad, yo estiraba mis miles de manos, mis miles de dedos hacia ellos. Casi podía sentirlos, decirles: seré madre un día, y los protegeré. Pero ellos seguían dormidos. Allí lo había encontrado: el Viejo Tío Lou me miraba quieto desde su ventana, sin temor, y pensé en él como en otro niño, ignorante de lo que habría de suceder. Quizá por ello sentí pena por él cuando dejamos atrás el auto azul en el que iba. Y aunque seguí pensando en él cuando Jimmy escapaba de la camioneta policial, de pronto se me ocurrió que nada iba a su- cederle, pues yo había encontrado amor y paciencia en sus ojos.

Horas después, Jimmy me diría que había sido mi culpa, que mis gritos lo habían distraído. Pero si nada aún había sucedido, ¿cómo podía haber gritado? Gritos del futuro, pensé. Pero, oh, Jimmy, mi amor, el control lo habíamos perdido hacía mucho, ya no sé dónde. En nuestro carril, otro auto, un pequeño Swift, al ver que nos dirigíamos hacia él como un puñal amarillo solo atinó a dar un leve giro hacia la izquierda, donde un bus interprovincial transcurría desbocado. Nuestro auto dejó atrás a la policía y dio una curva sobre toda la carretera, pero Jimmy logró enderezarlo justo a tiempo. El tintineo de las botellas vacías en el fondo de la parte trasera nos comunicó que aún estábamos vivos. Yo volteé rápidamente sobre el asiento y me sujeté al respaldo, presa del espectáculo imposible que nunca más habría de percibir tan vivo y descomunal: vehículos de varios colores entrechocando y esparciendo a sus miembros sobre el asfalto y la berma central, pequeñas llamaradas que empezaban a buscar su alimento, como niños de fuego recién nacidos, gritos apagados, cristales que reflejaban los rayos de sol, la camioneta policial surcando el cielo celeste y neumáticos que se iban alejando de la escena, rebotando remolonamente, como si todo aquello no fuera nada más que un juego.

Recuerdo haber respirado profundo. Tratar de asimilar toda la experiencia. Pero el miedo no me dejó expulsar el aire que mis pulmones y mi corazón retenían.
Jimmy, ¿qué ha pasado?

Pero él no respondió a mi pregunta, quizá por ser demasiado tonta. Solo frenó con los dos pies y el Volkswagen se detuvo haciendo una S a un lado del camino. Pocos autos continuaron circulando, esquivando indiferentes toda la chatarra y los gritos.

En ese instante, Jimmy golpeó el volante, todo todo se acaba, y antes de que pudiera preguntarle qué intentaba hacer ya había bajado del auto. Yo me sorprendí de verlo actuar tan rápido, y me quedé allí, abrazada del asiento, mientras lo observaba recorrer los metros que nos separaban del accidente. Miré a mi alrededor: autos veloces circulaban en sentido contrario. Frente a nosotros, un carro negro se detuvo varios cientos de metros adelante, se estacionó a un lado y pude ver al conductor, diminuto, arrodillarse frente a una de las llantas. Su acompañante permaneció dentro. Han sobrevivido, pen- sé: pero no lo saben. Cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos Jimmy arrojaba en el asiento trasero dos maletas grandes y un par de bolsos y luego se acomodó en el asiento, junto a mí. En la mano tenía una cadena larga cuyo final se agitaba y yo no podía ver. Entonces Jimmy encendió el auto, y me lanzó una sonrisa cómplice. Me alcanzó la cadena que llevaba en la mano y ambos tiramos de ella, hasta que el pequeño cocker spaniel subió de un brinco a mi regazo, donde continuó temblando, casi tanto como yo.

Te lo he traído, me dijo. Para ti.

Lo apreté con fuerza contra mi pecho, como si sostuviera un milagro.

¿Vas a cuidarlo?
Sí, respondí.
¿Segura que vas a cuidarlo?, su dedo temblaba como una rama. ¡Sí! ¡Sí!
Y entonces Jimmy pisó el acelerador. Atrás quedó el accidente, las llamas y el humo que empezaba a lamer el cielo. Fue así como el Viejo Tío Lou llegó a nuestras vidas.

***

Por lo que recuerdo de mí, he amado a Jimmy sobre todas las cosas. Pero jamás como en aquellos días. Esa tarde volvimos al departamento y llamamos de inmediato al Ludópata. Le dijimos: no prendas la televisión, solo ven. Y mientras Jimmy abría las maletas y revisaba su contenido, yo busqué entre la ropa sucia y en el baño un peine con el cual cepillar el pelo marrón del Viejo Tío Lou. Solo encontré un cepillo de ropa, pero a él pareció agradarle. Luego de un rato de masajearle el lomo y las orejas enormes, caminó tranquilo por su nuevo hogar (yo hasta entonces soñaba) y al llegar al jardín elevó la nariz aspirando la brisa de los pantanos de Chorrillos. Es tu pasado, pequeño, le decía, siempre va a estar allí.

Jimmy encontró toallas verdes y azules en las maletas más grandes. También ropa de niños, con dibujos de dinosaurios en el pecho. Ropas de baño pequeñas, pistolas
de agua. Recordé a aquellos niños que dor-
mían en sus asientos de seguridad en la parte
trasera de los autos. ¿Habrían soñado sus
padres con verlos volar por los aires, como
muñecos? Hurgamos buen rato entre todas
las prendas, tratando de darles un valor, pero
después de un rato perdimos la cuenta y nos
pusimos a tomar. Había medicinas y ampo-
llas. Seleccionamos algunas para vender o
mezclar. También hallamos algunos jugue-
tes de plástico. Nada que fueran a necesitar más. Al terminar de vaciar el contenido de casi todas las maletas, el Viejo Tío Lou, que había estado inquieto, orinando sobre las plantas muertas del jardín, husmeándolo todo, se acercó a mí y se sentó a mi lado, como si me preguntara si ya habíamos terminado de destripar las intimidades de sus antiguos dueños. Me dije entonces que debía cuidarlo bien. Se lo había prometido a Jimmy. Cuando lo acaricié, él se echó sobre la ropa desperdigada y resopló, como si no le quedara más que aceptar el cambio. Acá vas a ser feliz, le dije, subiéndole una de sus orejotas. Luego la dejé caer como una tortilla de pelo. Pero yo sabía que él sabía que ninguno de los tres estaríamos bien allí.

Por último, resguardada en una caja, una máquina cuadra- da de la cual pendía un tubo de plástico brotó del fondo de la maleta más grande.

¿Y esto qué mierda es?
¿Qué crees, tonto?
Yo cogí el tubo y hundí la mano en los bolsillos de la maleta, buscando. Entonces encontré la pieza faltante.
Esto se pone así… (Y ya está).
Escuché mi propia voz ensordecida por la mascarilla, lejana: es un nebulizador. Para el asma.
Mierda, dijo Jimmy, mientras asentía con evidente asombro. Entonces supimos que allí estaba toda la droga que necesitábamos.
Horas después, el Ludópata llegó y nos hizo una oferta sensata. Se sentó en medio de la sala y lo observamos ordenar su nueva mercancía con sus ojillos negros, vidriosos por la droga. Nos dio por la ropa y las maletas casi diez gramos, pero se quedó observando el nebulizador, como si sopesara qué demonios podía hacer con él, dónde podría encajarlo. Decía que tendría que buscar a un público objetivo muy preciso, y que eso sería complicado. Le gustaba ponerse técnico, a pesar de que sabíamos que podría vender aire en bolsas a cualquiera. No estaba convencido y Jimmy y yo empezamos a dudar de si había sido buena idea mostrárselo. Le debíamos mucho dinero, era cierto. Pero tampoco se trataba de que nos estafe. Mientras se frotaba la barbilla observó al Viejo Tío Lou, quieto y silencioso, como si fuera un animal de peluche confundido entre la ropa.

No sé cuánto costará esta huevada de aparato. Pero te puedo dar 50 soles por ese bicho.

¡Jimmy!
Tranquila. El perro es de ella, Ludópata. No sale.
Esa vaina se va a morir en tres días, ya vas a ver.
¡Cállate, idiota!, le dije. Pero es cierto que cuando lo escuché tuve miedo.
Lo cierto es que el Viejo Tío Lou también pareció atemorizarse, pues se escondió entre mis piernas.
Danos cinco más y llévate el atomizador…
Nebulizador.
¡Eso!, dijo Jimmy. No importa. Pero lo de las tarjetas hay que hacerlo al toque.

Ok, muchachos. Ahora lo que toca.

Entonces el Ludópata y yo entramos a la habitación y yo aguanté la respiración, mientras él se movía como una serpiente de metal por mi cuerpo.
Cuando salimos, Jimmy jugaba a quitarle una pantufla al Viejo Tío Lou: va siendo menos, dijo.
Va siendo menos.

Yo fui al baño y me lavé la cara, la boca. Cuando volví el Ludópata envolvía en su caja el aparato.

Tú, ¿ves esto?, me preguntó el Ludópata. Su mirada parecía congelada.

Sí, veo.

Tomó la mascarilla entre sus manos y luego se la colocó en la boca. Su voz parecía provenir de otro mundo: Esto va a salvar una vida.

Aquella noche y los días siguientes tuvimos toda la droga que quisimos. Jimmy y el Ludópata metieron la ropa en el Volskwagen junto con el nebulizador y demoraron un buen rato, pero sacaron buen dinero por todo; también de las tarjetas que encontramos en uno de los bolsos. Entonces pudimos comprar más coca y revenderla y reducir además buena parte de nuestra deuda con el Ludópata. Quedamos en que el dinero de la venta lo dividiríamos. Y todos contentos. No tuvimos que salir del departamento salvo en las noches, para ir a encontrarnos con algunos amigos de Jimmy o para comprar algo de comer. De vez en cuando venían a tocar nuestra puerta a comprarnos un poco, y así pudimos estirar esos días, lejos de todos.

Ninguno de los tres tenía más obligación que estar uno al lado del otro. Jimmy se emborrachaba por las noches y yo aspiraba durante el día todo lo que podía. El Viejo Tío Lou nos acompañaba. Eso era todo. No había más. Muchos meses atrás habíamos dejado la universidad, y entonces difícilmente podríamos decir siquiera en qué calle se encontraba o si una bomba la había destruido. Tampoco nos importaba. Después de todo, nosotros no teníamos por qué preocuparnos del alquiler ni del trabajo. El departamento de Chorrillos lo pagaba el papá de Jimmy, un General retirado acusado de no sé cuántos crímenes y que buscaba de esa forma esconder al hijo que ocasionaba su vergüenza. La única condición era que Jimmy no volviera a casa, y procurara no hacer escándalos. Ni siquiera el día en que entramos a su casa en La Molina (es cierto, íbamos a robar, pero él no lo sabía) y encontramos a la madre de Jimmy atiborrada de pastillas y vómito en el suelo del baño, ni siquiera esa vez él le dirigió la palabra. Cuando la ambulancia se llevó a su es- posa, el General cerró la puerta en silencio, y Jimmy y yo nos marchamos, abrazados, apenas con un reloj de oro.

Yo lo golpeaba y él me golpeaba, y así nos entendíamos. A Jimmy no le gustaba recordar a su padre. Me lo había dejado en claro las pocas veces que habíamos discutido al respecto.

En esos días, incluso el Viejo Tío Lou parecía haber encontrado su espacio. Ya no se sentaba en el jardín, cerca de la puerta del departamento a escarbar entre la tierra de las plantas secas. Al principio no comía mucho, aullaba débilmente por las noches, como un lobito, pero luego pareció ceder y darse por vencido y aceptar querernos. A veces, cuando regresábamos tarde a casa y algo se rompía o nos gritábamos o nos tirábamos en los muebles a dormir, él se acostaba sobre mis piernas buscando algo de calor. Por la mañana sentía cómo me lamía la cara y yo le servía papas fritas o lo que hubiera en su plato especial, luego algo de agua o gaseosa y así la pasamos bien varios días. En la televisión algunas familias todavía aparecían en programas nocturnos exigiendo prudencia y penas más severas para los culpables del accidente múltiple. Pero como todo lo que ocurre en esta ciudad, aquello duró pocos días.
Una tarde, a finales de abril, cuando ya nadie recordaba nada, Jimmy, el Viejo Tío Lou y yo volvimos a esa playa en el Sur, todos juntos en el Volkswagen amarillo. Nosotros nos tiramos en la arena y él se revolcó a nuestro lado, húmedo por la brisa, iluminado por la antena roja. Y de regreso, mientras aspirábamos Jimmy y yo de su mano los restos de la coca que en realidad debíamos haber vendido, reconocimos el lugar del accidente, los arreglos florales y las cruces que algunas personas habían colocado, y el Viejo Tío Lou sacó la cabeza por la ventana, sus orejas al viento, y sintió en su hocico que todo había cambiado. Yo se lo decía: Todo ha cambiado, Viejo Tío Lou, estese tranquilo. Es cierto. Es cierto. Se está acabando. Entonces supe que si había algo parecido a la felicidad, no está- bamos tan lejos de ella. Así lo sentí aquel día volviendo del Sur.

Sin embargo, en ocasiones Jimmy parecía volverse loco. Perdiendo la razón, despertando a mitad de la noche dando alaridos. Los vecinos del edificio ya nos habían advertido mu- chas veces que debíamos mudarnos. Pero entonces Jimmy les recordaba quién era su padre y les enrostraba su carnet de hijo de militar, lo único que conservaba de aquella relación, un papel enmicado y vencido hace mucho, con una foto de Jimmy peque ño y con paz en sus ojos, cuando aún no nos conocíamos. Más de una vez yo tuve miedo también. Tomaba al Viejo Tío Lou entre mis brazos y me escondía con él en el baño. Escuchaba cómo se rompían las cosas, vasos, botellas, las pocas cosas que aún no habíamos vendido para comprar coca. Sácame, gritaba Jimmy, ¡Sácame!. Y a mí me hubiera gustado ayudarlo, pero no sabía cómo.
Los días siguientes, casi siempre Jimmy estaba callado. Solo fumaba y se echaba en el jardín. Pero ese día en que volvió a ocurrir, el accidente en la carretera ya había quedado atrás, y el Viejo Tío Lou se acercó a la tumbona donde Jimmy descansaba. El sol caía sobre su cara y cuando me acerqué llevándole una cerveza recuerdo que sentí que nunca podría dejar de quererlo. Él tomó la cerveza y acarició la cabeza del Viejo Tío Lou. Estuvo mucho rato en silencio. Luego juntó sus patas como si ambos rezaran. Vamos a tener que bajarle, le decía. Y el perro se dejaba hacer, su lengua colgante. Nos abrazamos. Entonces, con ellos dos cerca de mí, quise mirar atrás, adueñarme de mi nostalgia, pero simplemente hace mucho no recordaba cuándo todo esto para nosotros había dejado de ser divertido.

***

Un día llegó el Ludópata con un periódico en la mano, y ese fue el fin de todo. Estábamos desnudos tirados sobre el colchón y recién nos despertábamos. Dijo: Tápate, pareces una muerta. Y yo me cubrí con el polo de Jimmy, preguntándome si era verdad que aún estaba viva. No se encontraba bien, era obvio. Temblaba y su cara parecía esculpida, dura como una cabeza clava. Tenía la nariz roja y sudaba. No pestañeaba. No era un buen día para él. Se sentó en el único mueble que nos quedaba e hizo a un lado la caja de pizza que el Viejo Tío Lou resguardaba. Quita, bestia, y se acomodó con los brazos extendidos.

Mira, le dijo a Jimmy. Para que puedan pagarme. No veo nada.
Despiértate, huevas. Mira bien. Abajo. Al final. Juntamos los dos el periódico y las letras parecían desmayarse unas sobre otras. Pero el dedo de Jimmy señaló un amasijo de colores. Demoré unos segundos en encontrarle la forma.
Eres tú, le dije. Y el Viejo Tío Lou continuó lamiendo su caja de pizza.
No es, dijo Jimmy.
No, no es. Pero es igualito, ¿no?
Sí es, eres tú, le dije, y lo abracé. Me gruñó un poco, pero luego se calmó.
No es ni cagando. Pero he llamado a ese teléfono. El tío está podrido, porque el perro se les ha perdido a los hijos. No dejan de llorar y joder. Tiene plata. 300 cocos.
Pero no es él.

El tío dice que qué chucha. Se le parece y punto. La jato queda en Surco. Ahí está la dirección. Habla.

Jimmy, bota a esta mierda de aquí. Bótalo, por favor.
Él ni siquiera me miró: Sabes que igual tienes que pagar. ¡Lárgate!, grité.
El vaso se rompió en la pared. El Viejo Tío Lou salió aullando hacia el cuarto.
Cuando el Ludópata se había ido vi en la cara de Jimmy esa expresión. Le dije: Jimmy, no. Y él no me respondió. Se quedó callado varios minutos, luego encendió un cigarro y se metió en el baño. Después de un par de horas abrí la puerta y lo encontré en el suelo, dormido. No lo vamos a entregar, ¿no, Jimmy? Ese chico tomó mi rostro en sus manos. Nada ni nadie nunca me había mirado con tanta verdad en los ojos. Me dijo: Tranquila, China. Tengo un plan. Y yo le creí.

Jimmy nunca había sido muy inteligente, pero incluso yo tuve que reconocer que no era tan mala idea después de todo. Parecía simple. Bañé al Viejo Tío Lou con la manguera, lo cepi- llé y le dimos una hamburguesa de la refri. Estuvo feliz todo el viaje. Lo abracé y le dije: Confía. Él se dedicó a masticar una de las mascarillas del nebulizador que Jimmy y el Ludópata habían olvidado. Las calles aparecían y desaparecían tras la ventanilla del Volkswagen, y pensé que todos nos observaban, que todos sabían qué tramábamos. Pero no les importaba.
Llegamos a la casa en Surco y Jimmy se metió un tiro, me dio un poco a mí también y luego bajó del carro. Yo lo acom- pañé hasta la puerta. Para que no se ponga nervioso, le dije. Y el Viejo Tío Lou puso su mejor cara. Era verdaderamente una casa hermosa, y a pesar de tenerla frente a mí, de poder tocarla y sentirla, me parecía increíble y lejana.
Fue rápido. El tipo salió, nos vio e inmediatamente se dio cuenta de que no había sido buena idea. Lo único que nos salvó fue que sus dos hijos pequeños salieron con él y el Viejo Tío Lou se encargó de lo demás.

Está un poco flaco, susurró el tipo. ¿Qué le han estado dando? Lo mejor, dijo Jimmy. Y continuó contando el dinero.
Yo abracé a los niños, pero después de un rato se sintieron incómodos y el padre los metió a la casa. Jalaban la correa del Viejo Tío Lou con fuerza, pero él se negaba a marcharse. Le levanté la oreja: Tienes que confiar. Vas a estar bien. Él se dejó llevar por los niños.
Después de eso solo había que esperar unas horas, hasta que oscureciera.
En el asiento del auto, traté de dormir un poco, pero no podía. El corazón me latía muy rápido. Sabía que algo estaba mal, pero no quería molestar a Jimmy, que ya iba por sabe Dios qué número de cigarro. También él estaba nervioso.

Viejo-Tío-Lou… ¿no podías ponerle otro nombre?
Es el Viejo Tío Lou. Sí, así se llama.
Así se llama, asintió Jimmy, es cierto. Y continuó fumando.

Esperando.
Para la medianoche, Jimmy y yo nos habíamos acabado ya el globo de coca. Yo no me sentía nada bien. Solo quería volver a casa con él y con nuestro perro. Ya no quería esperar más para entrar en esa casa y llevárnoslo. Incluso habría devuelto el dinero. No me importaba. Pensé que había sido un error, y se lo dije: ¡Cállate!, me gritó. Ya falta poco. Pero a mí me dieron náuseas y sentí que mi lengua cobraba vida y quería asfixiarme. ¿Qué vas a hacer, Tío Lou? Tienes que esperarnos. Ya se acaba…

Bajé del carro y vomité la nada que llevaba en el estómago. Luego oriné en uno de los arbustos y fue con el culo al aire que escuché el aullido. Fue rápido y agudo y me partió en dos como un cuchillo. Corrí hacia el auto subiéndome el pantalón, mojándome con mi propio orín, y Jimmy salió disparado hacia la puerta de la casa.
¡Ha sido él!
Espera.
¡Ha sido él, estoy segura!
Entonces la puerta del garaje de la casa se abrió y sin pensarlo entramos por ella mirando en todas direcciones, sin saber bien a dónde ir. El padre salió llevando un bulto en los brazos y por un segundo me pareció que éramos invisibles, pues continuó corriendo hacia su auto sin prestarnos atención. Entonces Jimmy lo sujetó del brazo y pude ver la sangre en su pecho, la cara del pequeño oculta en una pelí- cula negruzca, el jirón de carne que colgaba de su mejilla.

¿Qué hacen ustedes acá?
Calla, viejo de mierda. ¡Cállate!
Pendejos de mierda. Lárguense. Y llévense a ese perro asqueroso. Miren lo que ha hecho, ¡miren!
Pero no lo escuchábamos. Nosotros solo atinamos a correr hacia la puerta, Jimmy la pateó y el otro niño se puso a llorar más y más fuerte, mientras observaba por la ventana cómo su padre se llevaba a su hermano.

¿Dónde está?, le pregunté. Dime dónde.

Y el niño continuó llorando, pero señaló hacia el fondo de la casa. Yo corrí tras Jimmy sin importarme nada, no me importaba el viejo estúpido, ni su hijo, ni que ambos se hubiesen detenido en la calle para llamar al vigilante de la cuadra; solo corríamos por los cuartos, cayéndonos con las sillas y los muebles, tratan- do de encontrar al Viejo Tío Lou, lo que quedaba de él. Y allí estaba, en el jardín, al lado de una maceta. A su lado el palo de escoba con el que le habían partido la cabeza. Yo lo tomé entre mis brazos. ¡Qué hiciste, Tío Lou! Grité y grité como nunca he gritado. Jimmy daba vueltas y pateaba las cosas. Tomó la maceta y la arrojó contra una de las ventanas. Me tomó de los hombros, pero yo no me calmaba. En ese instante oí las voces, los vecinos que intentaban entrar para botarnos. Entonces Jimmy levantó al Viejo Tío Lou, Sí, levántalo, lo apretó contra su pecho y salió a la noche y yo lo seguí. Me pegué a su espalda, mi cabeza explota- ba, pero sabía que esa era la única forma. Nada más importaba.

Vamos a salvarlo, repetía Jimmy, mientras se abría paso empujando a los vecinos curiosos y al guardián que lo golpeaba. Yo daba patadas y puñetes hacia cualquier lugar. La cabeza del Viejo Tío Lou bailaba descolgada entre los brazos de Jimmy, al ritmo de nuestra huida, como un buen perro. Su lengua colgaba larga y rosada, como nunca antes la había visto. Sus orejas enormes, cubiertas de sangre, estaban duras, apelmazadas. Mi cerebro entonces pareció disminuirse, elevarse y volar como un globo. Todo se detenía. La calle, los gritos. Recordé la tarde del accidente, la playa, la voz de Jimmy al despertar: ¡Sácame!, gritabas, pero yo no sabía de dónde, Jimmy, de dónde tenía que sacarte. Solo sabía que el Viejo Tío Lou había muerto, pero un lugar dentro de mí, alguien, aún deseaba salvarlo. Y mientras corríamos hacia el Volskwagen esa noche comprendí que había una forma de verdad para todos, pero nunca sabría cómo reco- nocer la mía. Nunca estaría lista.
Jimmy abrió la puerta del auto y antes de que lo atraparan me gritó: ¡Arranca! Arrojó el cuerpo sobre mí, como ese día en la carretera hace semanas, ese día en que yo había sentido un milagro entre mis manos. Pero el auto no encendía, y yo gemí o alguien allí dentro que no era yo. Puños golpeaban las ventanas, parecía que iban a devorarme. Entonces te dije: Confía, Viejo Tío Lou, perdónanos, y recogí la mascarilla del nebulizador, te la puse, y soplé, soplé, soplé en tu nariz húmeda. Tu cerebro blanco calentaba mis dedos. Todo se estaba acabando. Y tú confiabas. Hasta que las luces del auto de pronto se encendieron: se iluminaron la calle, la pelea, Jimmy y el guardián inmóviles, como dos ciervos deslumbrados en una carretera, resplandecía el futuro, todo aquello que habíamos soñado.
Entonces escuché las palabras del Viejo Tío Lou. Y apreté el acelerador con los ojos cerrados.



Johann Page (Lima, 1979) ha sido editor en el Fondo editorial de la PUCP y director editorial del Grupo Planeta en el Perú. Escribió el libro de cuentos Los puertos extremos.