Aportes

Un padre literario

Por Giovanni Anticona


Durante algunas noches de mi primera infancia, mi padre me leía cuentos de Óscar Wilde para arrullarme y guiarme hacia el sueño. Arrebujado en la colcha, oía esa voz rasposa y sosegada que construía mundos mágicos, frase a frase, y llenaba el silencio redimido por la luz ambarina de la lámpara. Las palabras flotaban en el aire, en las porciones de tinieblas, y entraban en mis oídos, en mis fosas nasales, hasta descender al centro del pecho y remecer de emoción mi cuerpecito, todavía libre de los tormentos del sexo y la soledad.

Mientras las lecturas en voz alta seguían su curso, yo imaginaba que los personajes aparecían en la habitación, que mis sábanas se convertían en ese mar nocturno que era el hogar de una sirena y mis pies tocaban la suavidad húmeda de la playa. Un cuchillo dibujaba el contorno de mis pies sobre la arena y mi alma se desprendía de mi cuerpo. Qué palabras tan hermosas construían esos relatos. Quedaba admirado de la belleza de ese lenguaje extraño, pero edificado sobre las palabras que yo conocía, mi propio idioma, ese que, ya instalado en la adultez temprana, trato de domar como si se tratase de un potro endemoniado, caballo que, paradójicamente, me llevará hacia cumbres hasta hoy solo soñadas, rumbo al cielo de una escritura que me satisfaga, al fin y para siempre. Una buena novela que me permita morir en paz. Ahora me encuentro a mitad de ese camino. Lo siento así.

En los ratos en que la soledad se torna densa y la madrugada me envuelve como un cristiano sudario, admito que mi inicio como artista estuvo en esas ocasiones en que mi padre me leía los cuentos de Wilde, su escritor favorito. En ellas se reveló la palabra literaria y me inyectó de sueños. Aún sigo así, poseído por esa bendita desgracia llamada literatura. Desde ese momento, el papel y la pluma se convirtieron en destino, en una misión que debía cumplir hasta que se apague mi conciencia. Vivo esa tarea segundo a segundo, despierto, en sueños, en duermevela. La literatura es la única fuerza que jamás se va de mí.

En los momentos en que el incómodo tema de los afectos familiares brota de la voz de mi madre, ella siempre me recuerda que el sueño máximo de mi padre era tener un hijo que se llamara Giovanni y que este llegara a ser un escritor. Me mira con la tranquilidad sabia del que observa un sueño realizado, como si su mirada reemplazara a la de mi padre.

-Que se llame Giovanni como Giovanni Papini, uno de mis escritores favoritos.

Una frase así le habría dicho mi padrea mi madre cuando aún no estaban casados, mientras andaban de la mano por las calles limeñas, o por algún paraje de la sierra o la ceja de selva donde trabajaron como médicos antes de que sus hijos naciéramos. Henchido de anhelos, tal vez ya notaba que el destino que deseaba para su hijo era el mismo destino que él, durante un tiempo, pensó para sí mismo. ¿Cuál era? El sueño que cobijan tantas personas: ser escritor. Nunca me deja de sorprender la fascinación que despierta el oficio literario en la gente. Cuando busco una razón para ello, pienso en las posibilidades que otorga la literatura para contar las propias vivencias y reflexionar sobre ellas. Porque creo que esa es la clave: la capacidad del texto literario de cobijar los miedos, deseos, tragedias y pesares del ser humano. La felicidad, si bien es parte esencial de la experiencia del hombre, nunca es productiva para la literatura si no está matizada por los sentimientos de oscuridad que marcan el eterno contrapunto del vivir.

Pues bien, mi padre también fue conquistado por la magia literaria cuando tenía diecinueve años. Pese a su hermetismo para hablar sobre su mundo interior, jamás tuvo ambages para referirse a ese tramo de su vida. No sé bien qué libro fue el que despertó su sueño o si fue otra circunstanciala que lo motivó, pero sé que ese momento surgió cuando estaba en España.

Había trabajado desde los catorce años en oficios diversos, con el fin de juntar dinero para su viaje. La posibilidad surgió gracias a una beca ofrecida por una transnacional, donde trabajaba mi abuelo paterno, para estudiar Medicina en la Universidad de Santiago de Compostela. Me lo imagino imberbe y enjuto, vacilante y entusiasmado, despidiéndose de mi abuelo y mis tíos en el aeropuerto, y subiendo al avión de Iberia que lo llevaría al lugar que despertaría su sueño literario.

Una vez en España, recorrió el país y cruzó las fronteras: visitó Portugal y vivió un tiempo en Burdeos, Francia. No sé bien el orden de ese itinerario ni cómo le fue en la Universidad de Santiago de Compostela. Encuentro muchos vacíos de información mientras escribo y eso se debe al carácter puntual de las narraciones paternas, carentes de detalles y de cambios en el tono de voz. Sus palabras siempre parecen estar cubiertas por una túnica gris que lo amengua todo. Es una suerte de bruma que vuelve imprecisos los bordes de las frases y enrarece el pasado, mucho más de lo que ya lo borronea la distancia temporal y las grietas que deja el olvido.

El momento clave debe haber ocurrido allá, mientras la soledad de ser un extranjero, un sudaca, abría nuevas sensaciones en su espíritu y se iba acostumbrando a los rigores del silencio. Sé que leyó Los ríos profundos, pero ignoro cómo llegó la estupenda novela arguediana a sus manos. ¿La habría comprado allá? ¿La compró en Lima y la llevó en su maleta? Jamás lo sabré porque jamás se lo preguntaré. Siempre he pensado que hay ciertos temas que es preferible mantener mudos, que su esencia innombrable los vuelve mágicos y les proporciona un aura mítica. Sé, eso sí, que esa novela le brindó consuelo en su condición de paria; sé que le enseñó a pensar en el Perú con un amor y una calidez que nunca antes había experimentado.

Sé que, en esa travesía europea, compró el libro que contenía la obra completa de Óscar Wilde, ese volumen rojo con bordes dorados y papel biblia que guardaba esos relatos que despertaron mi vocación en mi primera infancia. También compró varias obras de Nietzsche, de las que El anticristo le insufló una sensación de pesimismo que, lo percibió así, enturbiaba su alma. Compró también Servidumbre humana de Somerset Maughany, por supuesto, adquirió varios libros del italiano Giovanni Papini, un escritor que en el Perú es casi un desconocido, pero que, asegura mi padre, era bien valorado en España por ese entonces. Pienso que a Papini le sucede en el presente lo que también ha sucedido con otros autores que una época fueron muy alabados y luego fueron quedando relegados para el consumo de los bibliófilos y fetichistas de las letras.

Recuerdo que, cuando me enteré de que mi nombre era el de un escritor italiano, sentí una extraña responsabilidad pese a que era un niño. Era como si se me estuviera exigiendo que me convirtiera en un gran hombre para pagar ese privilegio. A veces, al quedarme solo en casa, abría el armario donde mis padres guardaban sus libros y cogía El libro negro de Giovanni Papini, en cuya portada aparecían Miguel de Cervantes, Adolf Hitler, Salvador Dalí y otros rostros que ignoraba. En ese momento no sabía el nombre de ninguno de ellos, pero asumía que eran personas importantes. Recién en la adolescencia, cerca del fin de mi vida escolar, decidí leer el libro y me enteré de que se trataba de entrevistas ficticias que realizaba un personaje norteamericano llamado Gog a esos hombres cruciales que aparecían en la portada.

-Carlos, siempre quisiste tener un hijo que se llamara Giovanni y fuera escritor. Ahí lo tienes.

Cuando mi madre dice frases como esa, mi padre y yo nos sumergimos en la incomodidad, y evitamos mirarnos. Siento que mi madre busca que nos acerquemos, que hablemos cara a cara del vínculo literario que ha marcado a fuego nuestra relación.Ella siempre dice que mi padre y yo carecemos de confianza, que nunca hablamos con franqueza y sinceridad. Estoy de acuerdo con ella y pienso que esa situación ha sido propiciada por la conducta de mi padre.

Cuando mi padre volvió de España, se incorporó a San Marcos para seguir sus estudios de Medicina. Fue en esa época cuando conoció a mi madre, una estudiante sanmarquina de Medicina con quien tuvo una relación de cinco años hasta que se casaron en mayo de 1982. De esa época, sé que mi madre quedó embelesada por la afición literaria de mi padre. En medio de tantos estudiantes con intenciones mercantilistas y desligados de la reflexión, un tipo como él llamó la atención de esa jovencita virginal. Juntos recorrerían poblados de la sierra y la ceja de selva antes de convertirse en marido y mujer.

En diciembre de 1983, mi madre dio a luz a su primogénita en el Hogar de la Madre. Casi un año después, en diciembre de 1984, nací yo en la clínica Italiana de San Isidro. Mientras sus dos primeros hijos crecíamos, mi padre no dejó de leer. Al tiempo que se sumergía de lleno en los libros de psiquiatría- su especialidad-, salpicaba su rutina con lecturas literarias que ignoro. Nunca sabré qué libros leyó en esa etapa- tal vez Balzac, Flaubert, Goethe- y es mejor que sea así. Lo que sucedió fue que su labor como padre relegó aún más sus sueños de ser escritor y, una vez que entró a trabajar en el Larco Herrera, la psiquiatría fue el núcleo de su vida. No obstante, siempre trata de asociar su disciplina con la literatura. Le encanta que por esos pasillos y jardines que él ha recorrido durante más de veinte años haya trajinado su rutina el psiquiatra Honorio Delgado, alumno de Sigmund Freud y médico de Martín Adán, poeta barranquino que vivió en el nosocomio durante un tiempo.

-Con un par de buenas tetas y un buen culo serías una buena hembra- me contó mi padre que Martín Adán le dijo a Honorio Delgado la primera vez que lo vio.

Ahora, a sus sesenta años, mi padre continúa leyendo literatura y, lo sospecho, casi lo afirmo, está orgulloso de que yo me haya convertido en un joven escritor. Cuando publiqué mi primera novela, él no quiso leerla porque mi madre le dijo que trataba sobre mariconadas y había mucho sexo. Ese hecho me causó extrañeza y amargura, puesto que, suponía yo, mi padre sería el primer interesado en leerme. Se suponía que su sueño se había realizado con la publicación de mi primer libro, pero de él solo recibí parquedad, casi indiferencia. Creo que, así como su sueño era ser escritor por medio de su hijo, el tema alimenticio lo atormentaba en demasía. Le preocupaba que yo fuera un artista del hambre, un sujeto sin trabajo que solo se dedicase a fantasear y escribir libros que casi nadie leería.

Pero, conforme yo iba adentrándome cada vez más en la labor docente y aparecían comentarios sobre mis novelas en los diarios, esa preocupación suya amenguó y se desacostumbró a pensar que mis novelas representaban una tendencia a la precariedad económica y la inmadurez soñadora. Lo que sí noto es una gran preocupación por la opinión externa. A veces siento que él recién me valorará como se debe cuando note un reconocimiento rotundo por parte de un grupo hipotético de lectores que, en realidad, no existe. Creo que ignora que el ejercicio literario en el Perú no está relacionado con la ganancia de dinero, sino a una actividad paralela a los quehaceres laborales que tiene más que ver con un acto de fe. Por más que he tratado de explicárselo, no llega a asimilar que, como escribió Paul Auster en su primera novela, del arte no se debe hacer un negocio rentable porque le quitaría todo el placer. Él desea ver que la valoración hacia mi obra se concretice en algo, pero la literatura no está destinada al éxito material, sino a la belleza del fracaso. Es difícil que la gente pueda entender eso y mi padre no es la excepción.

Desde hace poco, percibo que él se ha vuelto más reposado, lo que podría estar camuflando un carácter más escéptico, una pasividad que me preocupa y me sorprende a la vez. Ha leído mis dos novelas siguientes y ha dado opiniones bien fundamentadas, tanto en aspectos positivos como en negativos. Me parece que mi novela más reciente es su preferida porque le dijo a mi madre, en la intimidad de la habitación matrimonial, que la novela le había parecido “una belleza”. Pero él jamás me lo dirá a la cara, así como jamás le diré que sin él tal vez yo no sería escritor. Solo una vez le confesé parte de la verdad. Tenía diecinueve años y él cincuenta y dos. Era un amanecer sabatino y yo había pasado toda la noche en vigilia, luego de haber regresado de una borrachera que me quitó el sueño por completo. Las horas pasaron al ritmo de mis cavilaciones mientras leíaDon Quijote, otro de los libros predilectos de mi padre.Cuando comenzó a aclarar, miré mi reflejo dibujado en la mesa de vidrio y me encontré con una versión joven de él. Vi en mi rostro la faz de mi padre, una versión de mi padre que se atrevía a cumplir su sueño literario. Era la misma piel canela, los mismos ojos grandes, los mismos rulos negros que adensaban la cabeza henchida de sueños y lecturas.

Yo estaba en la sala, atormentado por el peso de mi vocación y el resabio del alcohol, y vi aparecer a mi padre en pijama. Él me miró sin emoción. Yo le clavé mis ojos cansados y le hablé:

-Tú me has diseñado.

Él continuó imperturbable, como si yo no hubiera hablado o como si él no me hubiera escuchado. Entonces me quedé mudo, arrepentido de mi frase, y me prometí a mí mismo jamás volver a tocarle el tema. Me quedé mudo como cuando lo escuchaba leerme los cuentos de Óscar Wilde en esas noches indelebles que definieron mi vida de artista imperfecto. Porque siempre he creído que lo más valioso de la vida no está destinado a la palabra hablada, sino al silencio de la página.