Aportes

Los vencidos

Por Fabrizio Tealdo Zazzali


Desde que los derrotaron en aquella tarde de solsticio, Lucimar Da Silva espera la necesaria venganza. Dos años pasan hasta que vuelve al campo de la vergüenza.

El destino ha reunido a las dos tribus nuevamente. Al sur, el tótem rojinegro muestra las fauces de la revancha, los devotos aclaman la llegada de su elegido, del veterano que volvió para salvarlos. Al norte, los enemigos flamean orgullosas banderas de perfil al sol.

Lucimar es el primero en llegar al campo de batalla, como buen líder. Preserva el uniforme que usó en la sonada derrota, del que no ha limpiado la sangre. Recuerda que, avalado por su trajín en los campos del centro de Europa e Italia, lo repatriaron para la batalla, la cual comandó con el único objetivo de no ser vencidos, pero no tuvo éxito. Por ello, rechazó las cómodas ofertas, los palacios del zar que visitó en sus jornadas europeas, la corte del imperio que ya conocía, porque ningún capitán que se respete abandonaría a los suyos antes de recuperar el orgullo perdido.

Aguarda la llegada de sus hombres bajo una cruz atada a una lanza. Reza en silencio. Golpeándose el pecho le reclama a Dios que los toque con su dedo; pide por sus vidas y porque esta vez el destino los favorezca; recuerda a Dos Santos y su prematura caída, la cual terminó perjudicándolos aquella tarde hace dos años; le reclama a Dios por su alma, por sus hijos.

Antes de que sus soldados lleguen, camina por el campo de batalla; no lo ha visto desde el desolador solsticio. De la tierra lodosa se eleva el fragor de su última lucha. Lucimar Da Silva cruza las hierbas frescas, pero las siente yermas, desgarradas: preservan las cicatrices del contacto y del movimiento, de los golpes y de la muerte, de la huida y del acecho. Observa las áreas determinantes donde tanto los golpearon, y confía en que hoy será distinto. Hoy, cuando se enfrenten, será de noche y otro será su destino.

Sabe que su rival es superior, pues por lustros se preparó para superarlos, y ahora que domina el territorio quiere eternizar su liderazgo. A pesar de sus ansias de revancha, Lucio no se engaña. No son los mismos que derrotó cuando era joven, cuando el tótem rojinegro prevalecía. Reconoce que su rival está mejor incluso que hace dos años, incluso mejor que la tarde del desolador solsticio, porque el propósito del enemigo es marcar una era incuestionable. Pero ellos son sus rivales desde siempre, y para retarlos y superarlos han nacido.

El Alto Mando lo repatrió para acabar con la amenaza del inferior que venía creciendo, recordando que con él en el campo siempre prevalecieron. Sin embargo, su presencia no bastó aquella tarde de solsticio, ni en los siguientes dos años, pues no llegaron a encontrarse tras ser derrotados; los colorados dejaron de ser rival para el nuevo líder, y los líderes sólo se enfrentan a quien representa una amenaza: para las afrentas menores envían emisarios que negocian el yugo.

Convencido de que si han llegado a la lucha de esta noche es porque ahora sí son dignos, Lucimar ingresa al recinto donde los guerreros se congregan antes de la batalla. Ve que tres compañeros ya arribaron. Bajo un temor que los mantiene en silencio perfilan el filo de sus armas, las que acomodan en sus brazos, piernas y torsos. Son pocos los que sobreviven a la derrota, pero quienes lo hicieron, deslizan sobre su pecho el uniforme marcado por la vergüenza, porque regresar al mismo campo para enfrentar al mismo enemigo vistiendo el mismo uniforme, borrará el pasado.

—Vencerlos limpiará la sangre derramada —les dijo Lucimar la noche anterior—. Doblegarlos curará las llagas que aún nos duelen.

Fue Lucio quien ordenó a los veteranos traer el uniforme de hace dos años, pues hoy vivirían un rito opuesto: el paso de la oscuridad al fuego del que escribe la historia.
Luces y bombardas rodean el campo de batalla; al fondo, una luz los aguarda. La mirada fija en la salida del túnel, en el novato invadido por los nervios, en el compañero ansioso o en el veterano que sabe que afuera está su última oportunidad. Con gritos desde los flancos los relegados de la lucha esperan a los elegidos.

Lucio coge su lanza, abre sus fauces, y abrazado a sus hombres aclama el honor, la revancha siempre otorgada y la necesidad de afrontarla para cambiar la historia. Menciona el destino, que esta noche será comentada por sus hijos, y que en la mañana despertarán con un sosiego como aquellos que no vivimos desde la infancia. Les habla de la inmortalidad, recordándoles que la memoria mantiene al héroe por siempre vivo. Abrazados, gritan con el orgullo enaltecido.

Caminan en fila india, con Lucio adelante, su uniforme apretado, con sangre en los extremos, la cinta de capitán en su brazo izquierdo. Cuando la cancha tiembla y aparecen ante ellos los primeros espectadores, el 9 se le acerca para decirle:

—Hoy no te pasan y yo meto al menos dos.
Lucio le responde:
—Hoy no me pasan, yo meto el primero, tú otros tres, ¡y los hacemos tanto mierda que por un mes sólo van a pensar en retirarse!

El césped los recibe: un solo de fuegos y luces y gritos que los aclama desde la tribuna al sur, con banderolas flameando y el rostro del fanatismo más devoto tras el tótem rojinegro. Ni una gota de sudor frío cae por la piel de Lucimar Da Silva cuando el árbitro pita el inicio del partido.
Con la 3 en la espalda busca el arco rival como un conquistador. Con la sangre en el ojo ve a sus rivales como los vencidos.