Aportes

Llueve

Por Gastón Caglia


Llueve, llueve disparejo. Los relámpagos iluminan el interior de la casa. El silencio interior es solo interrumpido por el golpeteo incesante de una gotera que comienza en el techo con una chapa mal clavada y que se desliza, por la fuerza de la gravedad, hasta una taza de café que la recibe.

La letra de una canción o poema con el título «No existes» transcrita con una correcta letra imprenta minúscula se encuentra sobre la mesa del comedor.

Llueve. Llueve. La lluvia me viene a la mente porque estoy empapado y tiritando, ¿de frío? Es el primer trabajito que hago enteramente solo. Solo como un boxeador que cuando suena la campana hasta del banquito en que se sienta lo despojan.

Lo que daría por un café y las piernas de “la Romi”. Pero estoy acá, asustado de mi propia sombra que se proyecta contra las paredes cada vez que un maldito relámpago inunda la casa.

No se porqué ni para qué me dieron el plano. Nunca los supe interpretar. Camino a tientas por una casa que nunca antes pisé. A la mierda con todas las precauciones, prendo la luz del celular y con eso creo que me alcanzará para llegar a mi objetivo.

¿Cómo llegué acá? El Rúben me dejó cerca del club y desde allí caminé hasta la casa. Pero me pregunto nuevamente, ¿cómo llegué acá? La Romi me lo presentó al Rúben. Qué casualidad, R-R. Las R serán mi perdición. Ahora voy a estar jodido si regreso con las manos vacías.

Lueve. Lueve. No quiero estar acá. Aún recuerdo esos días calurosos como todos los días de enero. Un raro aroma a grasa humana y transpiración dominaba el ambiente. Las verdes hojas de los árboles caían de sus ramas en evidente signo de agotamiento por el calor. De vez en cuando una tenue brisa del norte sacudía lastimosamente las copas de los árboles del la avenida 12 de Octubre de mi Yapeyú natal. Todas las siestas la misma historia: no salgas porque viene el viejo de la bolsa o el cuco. Nosotros aguardábamos a que se durmiera nuestra madre para así ganar la libertad, ganar la calle era sinónimo de trepar los frondozos árboles de la avenida. La Romi vivía en una casilla que daba al mismo pasillo en el que se encontraba mi casa.

Ya no tengo deseos de hacer esto. Dudo. Ya sé, regreso y digo que no había gente en la casa, que lo hacemos otro día, que yo me ofrezco a intentarlo nuevamente en otra oportunidad, que me borro por un tiempo al Chaco, no sé.

Maldito sea el día que Sanabria mató al Juanchi, que era el mejor amigo del Rúben. Maldita la Romi que me lo presentó. Maldita sea que hoy tenga que morir Sanabria por arma blanca. Soy un cobarde de mierda, un cagón y Sanabria un alto gato que se planta frente a cualquiera.

Ya estoy en la puerta de lo que debe ser un dormitorio, acerco la oreja a la madera de la puerta. No oigo ruidos, abro, el picaporte cruje como en las películas de misterio y suspenso. Soy un tonto que se enorgullece de captar esas obviedades. Las paredes me dicen: regresa por donde viniste.

Un tueno me sobresalta y el relámpago que le acompaña ilumina la habitación, la veo toda. Placard de tres puertas, una sola mesa de luz con dos cajones a mi derecha, un velador y una botella de ginebra sobre ella, papeles en el piso de parquet. Una cama de dos plazas, sábanas revueltas, olor a humedad y cigarrillos negros, pero no se porqué siento ese raro sabor a grasa humana y transpiración que reinaba en enero en el pasillo de mi casa cuando era pequeño.

Un ardor en el estómago me hace soltar el cuchillo que llevo en la mano izquierda. Un sudor espeso siento en mi camisa a la altura del abdomen. Ahora alcanzo a ver todo, el pasillo, las hojas de los árboles que caen en la vereda donde jugaba, Sanabria sentado contra el respaldo de la cama…