Aportes

El Mar

Por Jairo Morales


― ¿Cómo era? ―preguntaba el muchacho por quinta o sexta vez. Yo estaba a punto de perder la paciencia. ―Es que hace mucho que no salimos a verlo ―continuó.
Detuve mi enojo creciente y miré sus ojos marrones, su rostro sucio y su cabello desordenado y seco que solo significa que no se ha lavado en días, o quizás semanas.

―Está bien, chico ―me senté y encendí un cigarrillo, era el penúltimo que tenía, ―el mar es salado y solía ocupar las tres cuartas partes de esta tierra que conoces.
― ¡Waaau! ―exclamaba por quinta o sexta vez al escuchar lo mismo que ya le había dicho.

Suspiré y pensé que quizás el vivir bajo tierra y el andar asustado por las bombas hicieran que alguna parte de su cerebro se mal formara. Qué sé yo. Probablemente mi cerebro esté igual de estúpido y no me dé cuenta.

―Así es, chico ―continué: ―El mar solía ser azul o celeste, dependiendo del lugar en el que estabas. No esa ola de basura y barro con aguas verdes que lo domina ahora. Pásame la taza ―le dije. La recibí y puse las cenizas del cigarro ahí. Aún tenía algo de café. ―Tuviste suerte. La playa que viste… ese mar era quizás el último que quedaba.

―Pero dicen que hay más. La vieja Nora dice que sí ―exclamaba el muchacho.
―La vieja Nora está muy vieja. Por eso no sabe lo que dice ―comenté. Tosí esa tos que solo las personas que ya fumaron demasiado tosen. El dolor en el pecho se hacía cada vez más insoportable.
―Deberías dejar de fumar ―dijo mientras me pasaba un pequeño trapo para que me limpiara las comisuras de los labios.
―Gracias.
―Una vez la vieja Nora me contó que bajo tierra había cuevas donde el agua aún era pura y cristalina. Muy fría, pero pura al fin. Lista para tomar―. Dijo con tanta esperanza.

Después de mucho tiempo había visto en sus ojos algo que yo ya había perdido en los míos, era la esperanza. Y el intenso calor de querer sobrevivir y seguir buscando vida en esta tierra que cada vez se iba hacia el olvido.
―Está bien, chico ―terminaba el cigarrillo y tiraba la colilla a un lado y dejaba la taza en el suelo.

Las lámparas que colgaban del techo se estaban apagando gradualmente y tenía que cambiar las mechas. Ya estaban muy desgastadas y no permitían un mejor alumbrado de la improvisada casa bajo la tierra.
La noche era fría, o creo que era de noche, pero al menos sí estaba seguro del frío. El chico me miraba desde el otro lado de la pequeña… cueva. Recostado contra la pared. Detrás de él habían dibujos rupestres hechos por gente de nuestra raza hacía millones de años. Cosa que me parecía totalmente irónica: Estábamos en uno de los lugares donde el ser humano había empezado los primero pasos de su evolución, y ahora estábamos acá sentados, probablemente los dos últimos humanos en esta tierra.

―Oye ―dijo el muchacho.
― ¿Qué pasa?
― ¿Me cuentas cómo era el mar? ―volvió a preguntar por séptima u octava vez. No estaba tan seguro.

Lo miré. Di un largo suspiro como resignándome de la idea de que él iba a ser una de las pocas personas que usaría la razón y acompañado de la valentía y la esperanza, emprendería la búsqueda de esas cuevas bajo tierra con agua pura que la vieja Nora tanto nos había contado.
En ese largo suspiro también me di cuenta que la humanidad había terminado hace mucho tiempo, junto a las primeras bombas que marcaban la tercera guerra mundial y junto al grito desgarrador de mi esposa e hijos antes de morir. Mi humanidad se había acabado hace mucho tiempo.

―Claro, chico ―dije al fin. Encendí mi último cigarro, mire sus ojos marrones y su cara sucia, iluminada por las lámparas que ya se apagaban.―Déjame contarte sobre el mar.