Aportes

El alcohol despeja la mente

Por Fernando Morote


No volví triunfante ni resuelto, más bien amargo y nublado por las dudas.

—No hay excusa que valga —dijo mi padre—. Es sólo desidia.

Estaba en lo correcto. El mío ha sido siempre un patético caso de buscarle la razón a la sinrazón por la sencilla razón de que he perdido la razón. Pero ¿qué utilidad práctica podía sacarle a la experiencia? Ignorarla por completo, según mi punto de vista, sería lo más justo y apropiado. Desde que se inventaron los títulos profesionales existen más motivos para que los hombres se sientan frustrados.

—Estoy harto de que me pongan etiquetas —refuté.
En verdad lo estaba. Nunca he sabido cómo tratar a las personas que lo hacen. Quizás la solución sea dispararles un tiro.

—Eres un tramitador de lujo —insistió mi padre—. Pero tramitador, al fin y al cabo —aclaró.

Después de ese comentario, no supe si creerle o aumentar mi desconfianza hacia él. A fin de vencer el efecto paralizador del miedo –casa matriz de mis defectos más autodestructivos-, decidí ponerme en acción. Atacado el síntoma, las implacables preguntas cesaron y empezaron a llegar las respuestas.

Una serena noche de primavera soñé conmigo mismo ejerciendo la profesión. “¿Por qué no?”, me dije. Comencé entonces usando un sobre de papel Manila. Pasé luego a llevar una carterita de nylon. De allí vino la bolsa de cuero. Más tarde apareció el maletín semi-deportivo. Y finalmente se estableció el portafolio formal. El cambio de la imagen exterior obedeció en todo momento a las modificaciones que ocurrieron en mi interior.

En el proceso descubrí que trabajar con plazos y metas hace las cosas más sencillas, aunque no necesariamente menos duras. El primer paso consistió en desempolvar mis antiguos documentos oficiales (fichas de matrícula, boletas de notas, certificados de estudios). Recordé lo incómodo que me había sentido en la ceremonia de despedida, tan ajeno en la clase del recuerdo y extraño en la posterior develación de la placa de bronce con mi nombre grabado junto al de otros 50 ó 60 condiscípulos. Haber obtenido el grado de bachiller y recogido el diploma que lo representaba, salvando las distancias, fue para mí como recibir una medalla al mérito o un reconocimiento de valor.

Acto seguido me inscribí en un curso de actualización jurídica. Una de mis profesoras resultó ser una ex compañera de promoción en el colegio. Sobria, inteligente, elegante, como siempre. Se desenvolvía con solvencia. Dominaba su materia. Nunca hubo entre nosotros una referencia al pasado. “¿Cómo estás? ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! ¡Gusto de verte después de tanto tiempo! ¿Qué ha sido de tu vida?”, fue un diálogo que jamás efectuamos. Sólo intercambiamos silenciosas miradas de identificación mutua.
Con mi vecina de carpeta sucedió lo opuesto. Nunca supe lo que ella quería. Desde el primer día se mostró tan simpática, amable y disponible que me sentí confundido. No estaba seguro de qué era en realidad lo que me atraía de ella. La generosidad de su busto soslayaba ampliamente la fealdad de sus pies.

El profesor de derecho comercial era experto en su especialidad y autor de varios libros sobre la materia. De porte atlético, su impecable atuendo -acorde con las reglas de la civilización- no lograba ocultar sus innegables rasgos ashaninkas. Ampuloso al hablar, hacía gala de una extremada sorna. Yo lideraba el grupo de estudiantes que le temía. Una noche llegó conmovido a la clase. Estaba abordando un tópico relacionado al cheque y sus características. Durante una pausa a su explicación comentó que su fidelidad al espíritu de las normas legales podía competir, superar incluso, al que le honraba a su esposa. Luego relató un episodio con su secretaria. Todo el mundo estaba consternado, esperando una insospechada confesión íntima. Pero un desencanto colectivo sobrevino cuando extrajo del bolsillo interior de su saco una chequera y un lapicero Parker de color dorado. Los ojos se le llenaron de lágrimas al hacer el ademán de firmar el título-valor.

—No saben ustedes, queridos amigos, la emoción que me embarga cada vez que ejecuto un acto jurídico de esta envergadura.

Nadie quería ser pescado con los pantalones abajo, por lo que el aula entera reprimió una carcajada explosiva. Un compañero osó levantar la mano para formular una pregunta. La respuesta que obtuvo lo ridiculizó a tal extremo que fue necesario sacarlo en hombros, pero no como a quien se rinde una ovación eufórica sino como al pobre finado que se carga dentro de un apolillado ataúd de madera.
Finalizado el curso, me dirigí al Palacio de Justicia para averiguar sobre la famosa práctica forense. Me sentí perdido en medio de los exasperantes pasillos, tragado por la enormidad del añoso edificio. Me quedé dormido en una banca de mármol, esperando que me atendieran. Convencido terminé una vez más de que el estado permanente del hombre debe ser la embriaguez. La supuesta lucidez responsable es la que crea las tensiones, las distancias, y engendra la dudosa brillantez en los juicios y el comportamiento humano.

—Si no estamos preparados para defender una causa —proclamó el expositor de deontología forense—, no debemos aceptarla.

Su concepto de lealtad ratificó mi ancestral creencia: prefiero morir de cáncer a los huesos antes que verme involucrado en asuntos con el Poder Judicial.

Desarrollar una tesina demandaba un esfuerzo menor y menos serio que el de una tesis tradicional. Por lo tanto se podían perdonar algunas imperfecciones. Me sentía más seguro en un terreno de esa naturaleza. Tras una pesquisa por los archivos de la facultad en busca de algo original, resolví que mi estudio versaría sobre la legislación de tratamientos a drogodependientes. Mi profesor consejero confirmó que era un tema poco explorado en materia jurídica, así que dio su aprobación y me deseó éxito. Después de 4 meses recopilando información en centros especializados el resultado fue una monografía de 80 páginas.

—¿Es todo? —preguntó, incrédulo, el presidente del jurado—. ¿Tan escueta la sustentación de su tesina?

—Con todo respeto, señor presidente, que yo sepa la locuacidad no ha sido nunca signo de sabiduría.
Para brillar haciendo ciertas cosas necesito soledad absoluta, pero para otras tener tribuna es lo que me motiva y provee aplomo.

—Muy bien, señor graduando —empezó su interpelación el doctor Chacaltana, famoso por su acidez en los exámenes de grado—, usted nos ha hablado, entre otras instituciones, de las comunidades terapéuticas y especialmente ha hecho énfasis en los grupos de 12 pasos.

—Así es, señor.

—De acuerdo a su opinión, quizás a su propia experiencia…
Un murmullo sordo, combinado con risas reprimidas, provino del auditorio. En él se encontraban, sentadas en primera fila, mi madre, mi esposa y mi amante; las tres mujeres más importantes en mi vida.

—…díganos, ¿cuál de esos métodos cree usted que es el más efectivo?

—Los grupos de 12 pasos, sin duda, señor.

—¿En qué se basa para sostener tal afirmación?

—Su sistema de recuperación se apoya en la libertad individual, lo cual permite y promueve que la persona desde el principio asuma su propia responsabilidad en la búsqueda de una solución a su problema, evitando deliberadamente el uso de la coacción.

—¿Usted cree que la ley no favorece lo suficiente a este tipo de agrupaciones?

—En absoluto, señor. Pero ellos tampoco lo piden ni lo desean, precisamente porque prefieren desenvolverse en un ambiente de autonomía.

—Entonces, ¿qué es lo que propone usted en su tesina? Porque, de lo contrario, todo este discurso no tendría sentido.

—Mi propuesta consiste simplemente en que la legislación facilite los esfuerzos de estos grupos, articulando sus acciones con el de otros organismos como el Poder Judicial, el Ministerio de Salud, el Ministerio de Educación y la Policía Nacional. De ese modo, la sociedad en su conjunto puede empezar a cambiar su enfoque sobre el tema, romper sus prejuicios y dejar de creer que ser adicto es sinónimo de delincuente.

—¿No estima algo ingenua su propuesta?

—De ninguna manera, señor. Los adictos en recuperación son personas extraordinarias, llenas de talento, capaces de logros sorprendentes, precisamente porque aprenden a apreciar el valor de la vida productiva después de haber sufrido años de soledad y destrucción.

—Sabe usted que estos grupos de 12 pasos tienen muchos lemas, ¿verdad?

—Más que lemas, señor, son declaraciones que expresan una filosofía de vida.

—¿Conoce usted algunos de ellos?

—Cómo no, señor. Conozco algunos.

—Pero, ¿sabe usted cuál es el más famoso de todos?

Una duda leve atravesó mi garganta. La pregunta me pareció una trampa oculta entre la maleza de la amabilidad.

—Creo que sí, señor.

—¿Puede decirnos cuál?
Hice una pausa deliberada.

—Sólo por hoy —respondí, con convicción.

—¡Sólo por hoy! —exclamó el doctor Chacaltana, absorbido por el júbilo—. ¡Exacto!

Su rostro, desfigurado tras esos baratos lentes oscuros, remendados con cinta adhesiva, relumbraba de orgullo. El aire luminoso en sus ojos me indicó de forma inequívoca que él mismo era un miembro activo, a lo mejor un dirigente, de uno de aquellos grupos. Inclinó su pecho sobre la mesa:

—Es todo, señor presidente —dijo, con una sonrisa que envolvía la circunferencia de su faz.

El timbre de su voz hizo entender al líder de la mesa que, con esa última intervención mía, el examen estaba finiquitado.

Fue un día de triunfo. Me aprobaron por unanimidad. Aquella tarde memorable, con ese fogoso desempeño, puse fin al monstruo engendrado 22 años antes, que desencadenaría luego en mi vida una espiral incontenible de decadencia, depravación y desaliento generada por una carrera mal elegida en el momento oportuno.