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«Matar al intermediario es nuestro deber como creadores de nuestro tiempo»

Hernán Casciari, Bonsai y la reinvención perpetua

Por Luis Pacora


Son las 3 a.m. en un apacible pueblo de Barcelona. Un escritor, de espíritu noctámbulo, se dispone a trabajar. Han pasado tres años desde que, junto a su mejor amigo, decidiera emprender una travesía editorial en forma de revista (principalmente) literaria. La misma que, aun antes de publicarse, ya era un objeto de culto, con seguidores en todo el mundo y colaboradores de lujo; que tendría, además, un bar, una universidad e incluso unas sesiones gastronómicas con su nombre. Sin embargo, sería su consistente actitud innovadora e iconoclasta la que los haría triunfar, al margen de la dominante industria editorial.

Dieciséis números después, Hernán Casciari y Christian «Chiri» Basilis le pusieron punto final a Orsai mientras abrían la primera página de su nuevo proyecto: Bonsai, una fascinante revista bimestral de 88 páginas dirigida al público infantil, cuyo primer número invadirá el mundo –con un sistema de distribución similar al de su predecesora– en febrero próximo. Desde el otro lado del Atlántico, Casciari (Buenos Aires, 1971) es una voz que viaja por Internet y habla con entusiasmo de su nueva revista, de la experiencia con la anterior, de lo fantástico que es conversar con su hija, de lo aburridos que son los adultos (y los académicos), de la nueva literatura televisiva, de la crisis editorial, de sus próximos proyectos… de lo único constante en su vida: el cambio.

¿Cómo se organiza un proyecto editorial tan complejo basándose, principalmente, en la amistad?
Pues Orsai como proyecto editorial se dio básicamente porque Chiri se mudó aquí, a España. Durante casi ocho años nuestra comunicación había sido por teléfono o por Skype, pero no fue hasta que estuvimos sentados en la misma mesa que surgió la idea de la revista. Nosotros siempre decimos que Internet solo sirve para ejecutar ideas porque es muy complicado cuando se trata de generar contenido, para eso es mucho mejor estar sentados tomando un vino, en una noche tranquila, cumpliendo una serie de rituales que son necesarios y que Internet no suple. Con Chiri nunca tuvimos ninguna discusión laboral en estos tres años, básicamente porque la revista fue una continuación de nuestras conversaciones de siempre, somos los mismos que éramos antes de empezar el proyecto y eso, además de ser un alivio, me parece alucinante.

¿De algún modo ese espíritu de sobremesa fue lo que se trasladó a la revista?
Sí. El otro día recibí el último número, lo coloque junto a los otros 15 y por primera vez vi la revista desde la distancia. Esta última entrega la hicimos pensando más en Bonsai y no le dimos mucha bola a Orsai porque no lo sentíamos como un fin de ciclo. Tal vez la única conmemoración ocurrió en casa, de modo muy íntimo, mientras miraba los 16 números juntos. Allí los empecé a hojear y me di cuenta que, de cierto modo, la revista fue un homenaje a nuestras sobremesas, a nuestras charlas de amigos a lo largo de 35 años.

¿Cuándo sintieron la necesidad de cerrar Orsai?
A nosotros nos ocurrió lo que les sucede a las parejas: hubo un momento en que nos dimos cuenta que estábamos usando nuestras charlas virtuales y las sobremesas para hablar más de Bonsai que de nuestro trabajo con la revista. De hecho, en un principio la idea fue que ambos proyectos se editaran en paralelo, sin embargo nos divertíamos más con la revista infantil que con Orsai, así que decidimos que era mejor cerrar ese capítulo. Supongo que aburrirse de algo es simplemente encontrar otra cosa que te gusta más… como con las chicas.

A pesar de los enormes logros de la revista, ¿en algún momento tuvieron alguna crisis?
Te doy dos respuestas. Una es económica y la otra conceptual. En la primera, tuvimos palos en las ruedas desde el inicio, nunca fue un camino fácil ni nos fue bien económicamente. Orsai fue una revista muy costosa que hicimos porque tuvimos ganas de hacerla. En cuanto a lo segundo, fue un poco parecido: cuando nos acercábamos al primer año de la revista nos dimos cuenta que nos costaba un enorme esfuerzo intentar ser regionalistas, notábamos una necesidad de ser argentinos, y fue lo que hicimos en el segundo año, además de algunas acciones fijas que, al finalizar ese periodo, no se pudieron sostener más. Siempre tuvimos escollos, eso nos obligaba a buscar nuevas salidas; sin embargo, a diferencia del entusiasmo de los dos primeros años, el tercero fue simplemente de aburrimiento porque ya teníamos en mente a Bonsai que, además, se rige por los mismos principios que su predecesora: no publicidad, no subsidios, no intermediarios, etc. Seguramente nos va a ir para el orto pero esta vez, como yo no tengo más plata que poner, estamos tomando ciertas precauciones.

¿Cuánto influyó tu experiencia como periodista y escritor de prestigiosas editoriales para subvertir ese orden?
Orsai nació producto de un hartazgo absoluto sobre determinadas formas de trabajar que me resultaban aburridas y tediosas. Entonces creamos la revista para ver si era posible hacerlo de otra manera y, durante tres años, lo hicimos de ese modo, sin preocuparnos por la publicidad o por tener que tranzar con este o con aquel. Hicimos lo que quisimos y lo dejamos de hacer por el mismo motivo, no por problemas de publicidad ni de suscripciones. La verdad es que nos aburrió la temática adulta, ser inteligentes, la crónica narrativa… a mí me aburrió muchísimo la crónica este año, no vi nada nuevo, entonces editar se hizo más tedioso. Ahora nuestros hijos tienen 10 años y nos gusta más hablar con ellos que con escritores consagrados. Por eso creamos Bonsai.

Alguna vez mencionaste que la verdadera crisis editorial tiene que ver más con lo moral que con lo económico. ¿Cómo se hace frente a eso?
A mí me ocurrió que, cuando empecé a editar mis libros con editoriales como Mondadori, Plaza&Janes, Sudamericana, etc., me di cuenta que esa forma de trabajo me alejaba de la gente, que me divertía mucho más contestando los comentarios de los lectores después de subir un cuento al blog: la única salida era crear un medio de comunicación, y fue lo que hicimos. El cierre de Orsai es solo el fin de uno de los productos de nuestra editorial: nosotros seguiremos trabajando de la misma forma, tomando las decisiones creativas sin estar atados a ningún contrato, sin tener que entregar el listado de correos de nuestros lectores a una corporación… matar al intermediario es nuestro deber como creadores de nuestro tiempo. Al final, te das cuenta que lo alternativo no se trata de dinero sino de calidad de vida.

Sospecho que es eso lo que tratarás de trasmitir a los más chicos desde Bonsai.
Respecto a eso me ocurrió algo muy loco: estábamos haciendo la Orsai número 12 ó 13 y se me ocurrió escribir un cuento sobre el sistema financiero mundial, pero no para explicárselo a un adulto sino para que lo entienda un pibe. Entonces escribí un cuento que se llama «Papelitos», que trata de un tipo que vive en un pueblo muy tranquilo y quiere construir un bar porque se da cuenta de que en todo el pueblo no hay ninguno y todos quieren beber. Pero no tiene dinero, entonces arma 100 papelitos y los vende por 10 monedas cada uno, aseverando que les devolverá 12 monedas cuando el bar obtenga ganancias. El tipo logra su objetivo y todo el mundo empieza a hacer lo mismo: entonces nace la codicia y el caos se instala en el pueblo. Todo esto está contado para que lo entienda Nina, mi hija. Mientras lo escribía se lo contaba a ella. Fue en ese momento que tuve la necesidad absoluta de hacer más cuentos como ese, es decir, preguntarme sobre el mundo desde la comprensión de un chico de 10 años: hablar de sexo, religión, de la codicia, de las ideologías políticas, como si fuera un nativo digital… para a escribir de esta manera necesitas conversar con gente sabia y la gente sabia de hoy son los que nacieron con el iPad.

¿Crees que uno de los grandes errores de la literatura infantil es haber subestimado a sus propios lectores?
Claro, la mayor parte de la literatura infantil que se edita es del siglo XX, hecha por gente que no siente la necesidad de aprender de un niño, que sospecha de la utilidad de los videojuegos, que piensa que es mejor un millón de libros antes que una buena serie de televisión. Me pasó muchas veces durante las sobremesas de Orsai, que vi a mi hija dibujando algo con Horacio Altuna, o conversando con un escritor que le narraba una historia muy buena. En ese momento pensé «qué bueno que Nina tenga estos recuerdos de infancia, con esta gente copada, en un lugar donde nadie habla de cuánto subió el dólar, de los Kirchner o de alguno de esos temas faranduleros». Recuerdo también que, en una de las primeras reuniones de Bonsai, Julia, la hija de Chiri, se subió a un tapialcito y nos sacó una foto a todos, antes de irse al concierto de Ringo Starr en Buenos Aires, y yo le dije a Chiri, medio en joda medio en serio: «Che, cuando esta nena tenga 20 años va a estar refuerte, va a poder decir que, un día, a los 10 años, estuvo sacándole fotos a Josefina Licitra, a Poly Bernatene, y que a la noche se fue a ver a uno de los Beatles al Luna Park». Darle todas esas herramientas a un pibe es más importante que toda la plata del mundo, más importante que un auto, que una escolaridad en un colegio privado… le estás dando algo de corazón, y eso dura para siempre.

Desde hace años se debate en el Perú la problemática de la comprensión lectora en los niños. ¿Cuánta responsabilidad tienen también los productores de literatura en este asunto?
Es un poco la filosofía de las grandes editoriales, venderle a la gente lo que sea más fácil de digerir, porque creen que la gente no va a entender un texto muy elaborado. También tiene que ver con lo multinacional, es decir, con las necesidades corporativas que buscan el lucro antes que una verdadera formación humanística. Ahora, este problema no es exclusividad de nuestros países, porque también está ocurriendo lo mismo en lugares con mejores niveles de educación. Aquí en España, en Europa en general, se habla muchísimo de que los chicos tienen baja comprensión lectora, pero no se escucha la crítica inversa: los chicos creen que los grandes son incapaces de utilizar bien un iPhone o de hacer su trabajo usando las nuevas tecnologías. El mismo tipo que se pone una corbata y dice públicamente que los chicos no tienen capacidad lectora, no sabe cómo programar su lector de DVD. Entonces estamos en lo mismo, pero en dos puntos distintos. Es parte de vivir una transición.

Al final, todo se reduce a tomar decisiones responsables.
Sí, todo lo que puedes hacer desde tu pequeña baldosa. A mí lo que puntualmente me interesa es darle a mis hijos una infancia buenísima y mi trabajo tiene que ver con eso porque quiero tener yo también una vida buena, divertida… Y no me importa más nada y sé que se puede hacer, hay herramientas para hacerlo y las trato de utilizar, pero sin ninguna intención de cambiar nada. Mi pequeña baldosa tiene que estar como a mí me gusta.

Y ese biorritmo en el que andas ahora, ¿también ha influido tus proyectos literarios más personales?
Estoy escribiendo casi en exclusividad para Bonsai. Hago historieta, poesía, trabajo junto a un grupo de ilustradores alucinantes… ese es mi trabajo actual. Me levanto a la mañana para escribir, no para abrir el Excel y ver cosas de aduanas como el año pasado.

¿Te animarías a publicar un libro de poesía?
No, no. Cuando tenía 13 años escribía unas décimas gauchescas en chiste para hacer reír a mis amigos de la primaria. Ya de grande se las leí a mi hija, a los hijos de mis amigos… son unos versos que en mi círculo íntimo son como muy conocidos y los estamos publicando en Bonsai. Obviamente es un guiño cómplice porque lo que no menciono es que los escribí cuando era niño.

¿Cómo ves todo este dilema que se abre respecto de la literatura 2.0?
Nosotros hicimos, en estos tres años, una versión de Orsai para iPad, que con los pocos recursos que teníamos, intentamos que no fuera solo un PDF de la versión impresa sino que tuviera audio y video, que las ilustraciones se vieran desde las versiones bocetadas, etc. Incluso antes de editar la revista, yo ya trabajaba en un cuento para tablets con finales variables. Me interesa más que nada la estructura, es decir, qué me permiten estas nuevas herramientas para mi trabajo como escritor. La idea no es escanear y colocar lo mismo que pondrías en papel porque es algo nuevo y hay gente que lo está haciendo maravillosamente, sobre todo con literatura infantil. Alicia en el país de las maravillas, en su versión inglesa, es alucinante, casi como una película. Yo creo que los formatos van a ir variando y los generadores de contenido van a estar trabajando mucho más en equipo que antes. Me parece que hoy en día se está haciendo una excelente literatura en las series de televisión, por ejemplo. Eso también es literatura, esos son los nuevos libros.

¿Has visto Black Mirror?
Sí, claro, hablo puntualmente de eso. Hay novelas de 700 páginas que pueden servir, pero también hay unos cuentos impresionantes como los capítulos de Black Mirror.

Respecto a la crónica, ¿piensas que su éxito está desgastando el formato?
Pues, cuando dejen de nombrarla así se llamará simplemente periodismo, y ese día tendrá sentido nuevamente. Es un poco lo que pasó con los blogs, aparecieron millones y ahora nadie los lee. Yo creo que es absolutamente necesario dejar de hablar de la crónica y empezar a hablar de las temáticas. Me parece que desde hace algunos años el trabajo de los cronistas ha evolucionado mucho desde las partes marginales de la industria. Revistas como Etiqueta negra, Soho, Gatopardo o El malpensante hicieron magia. Lo que no me gusta es ver todo eso convertido en una especie de mainstream. No me gusta que el diario El País hable bien de eso: tiene que hablar mal porque es la contra. Si rusos y yanquis se dan besos, se acabó la guerra.

Es curioso que nunca haya ocurrido eso con la poesía, ¿no?
Claro, pero tampoco ha ocurrido nada con la poesía y la tecnología. Habrá que ver el día que se le de la oportunidad a ver qué sucede.



Luis Pacora (Lima, 1981) es crítico y periodista cultural.