ilustracion1

Princesas

Por Susane Noltenius


Ella se detiene bajo el umbral de la puerta y duda de entrar en aquel cuarto desordenado, duda siquiera en dar el primer paso. Afuera reina el sol de mediodía, pero ahí dentro las cortinas bajas y las ventanas, seguramente cerradas tras ellas, ensombrecen el dormitorio y un olor denso y agridulce, mezcla de comida guardada y sobredosis de perfume, se teje en el ambiente. Sus ojos enganchan primero en la ropa de colores que cubre el piso de losetas, regada al azar, entreverada entre ambos camarotes como en una canasta de remate. A los pies de los mismos se amontonan maletines, zapatos y una toalla verde. Algo le pesa en el pecho, algo la inmoviliza. ¿Realmente debe entrar ahí? ¿Por qué no cerrar la puerta y traer a Antonella para que sea ella quien barra sus propios escombros? ¿Cuál debe ser su rol?

Antonella tiene 16 años y este fin de semana ha invitado a tres amigas a la casa de playa que ella ha alquilado. En verano, las adolescentes asisten a la discoteca o fiesta de turno y necesitan una cama donde aterrizar al amanecer. Luego de que las dos últimas temporadas su hija rebotara de casa en casa, incluyendo la que el padre tiene en una playa cercana, ella decidió ahorrar para alquilar dos meses frente al mar y así pasar más tiempo con Antonella. En muchos momentos ha sentido que la pierde, que desconoce sus pensamientos y emociones y una angustia anida en su corazón, como una brisa fría e inmovilizadora. Sabe que formar a Antonella es su responsabilidad, que debe hacer de ella una buena persona y para eso necesitan tiempo juntas, conversar, compartir.

En la casa hay tres dormitorios. Ella ocupa el principal y asignó el contiguo, el que tiene dos camarotes, a Antonella. El tercer dormitorio solo tiene dos camas y eventualmente podrá alojar a alguna de sus amigas, solteras o, como ella, divorciadas, para así disfrutar de una conversación adulta. Este fin de semana decidió estar sola con su hija y las invitadas de esta, participar de sus diálogos, ser cómplice de la diversión. Pero, en vez de eso, recibió una manada desbocada que la arrincona, cuatro princesas que se multiplican a la hora de las comidas, escupen un lenguaje grotesco e invaden los baños de toda la casa mientras se producen para la noche que enfrentarán con blusas traslúcidas y faldas mínimas, con tacones que ella no usaría ni para un cóctel del banco donde trabaja.

Durante los veranos pasados ella sintió celos del padre de Antonella. Celos de que su hija prefiriese pasar los fines de semana con él, en su casa frente al mar. La nueva esposa le permitía invitar una o dos amigas y Antonella parecía disfrutar mucho ese tiempo, pues llegaba muy alegre y elocuente. Ella entonces le ofrecía salir a comer o ir de compras para no perder territorio, pero la playa fue cobrando cada vez más protagonismo, así que el invierno pasado hizo el esfuerzo de amasar el dinero necesario para ofrecer lo mismo que el exmarido. Recuerda cada par de zapatos que dejó de comprar, el cumpleaños que por primera vez en mucho tiempo no celebró y el viaje al que no fue. Sus amigas le advirtieron que no sería como ella esperaba, que apenas vería la sombra de Antonella desfilar por la casa, pero ella se aferró a la sorda esperanza de enriquecer el tiempo con su hija.

La noche anterior las escuchó llegar mucho después de la hora acordada, pero reprimió el sermón para no maltratar a la muchacha frente a las amigas. Luego, la conversación agitada dentro del dormitorio le impidió conciliar nuevamente el sueño hasta casi el amanecer, cuando por fin las voces se apagaron. Despertó un par de horas más tarde, acalorada, lenta y, cuando se sentó a desayunar sola, Consuelo, le trajo una lista con las provisiones que debería reponer para completar el fin de semana. El cielo despejado anunciaba un buen día de playa, pero ella fue al supermercado donde interminables conversaciones con conocidos y largas colas en las cajas la detuvieron más tiempo del que planeó. Al regresar a la casa, Consuelo le ha anunciado que Antonella y sus amigas han salido a caminar. Una mesa rociada con migajas y empelotadas servilletas de papel le confirma que al menos se alimentaron esta mañana.

Entonces ha venido al cuarto de Antonella y encuentra este desastre. Le es difícil entender que tengan edad suficiente para bailar toda la noche en una discoteca y no sean capaces de ordenar el dormitorio. Las sábanas de las camas están revueltas, una de ellas tiene el cobertor desenfundado y el colchón se expone como en una herida abierta. Al tenderla, ve que la almohada exhibe restos de rímel y lápiz labial, así que retira la funda y la coloca sobre una esquina del dormitorio. Cuando se ocupa de la segunda cama, debe sacudir la arena aferrada a la tela, áspera como una lija. La pared de un costado exhibe huellas de pies. Del piso recoge la ropa y la coloca sobre una de las camas ya tendida; también colecta un colgador, una botella de agua vacía, envolturas de caramelos y tres uvas verdes. Un cargador de celular y un parlante se enredan entre tres zapatos de tacón –hay uno al que le falta el par– y dos carteras cuelgan de las escaleras de los camarotes: una es pequeña y blanca con flecos multicolores, la otra es un gran bolso rojo con diseños de flores y corazones. La toalla verde también está llena de arena, así que la sacude y luego la arrincona junto con las sábanas sucias. Al lado de este montón, junta todo lo que considera basura, incluyendo una página huérfana de la revista sabatina en la que se listan tips de maquillaje. Demora un poco en arreglar las camas superiores de los camarotes, pues es incómodo estirar las sábanas allá arriba, pero al menos desde ahí puede rescatar un frasco de yogurt a medio beber sobre el borde de la teatina y lo asigna al grupo de desechos.

Suspira y da un vistazo a la habitación otra vez. Camas tendidas, basura recogida y aun así no la abandona la sensación de desorden. Se da cuenta de que falta el pie de cama. Entonces, por su memoria desfilan imágenes de Antonella como una recién nacida. Fue una bebé inquieta, que no comía mucho pero se despertaba con frecuencia en las madrugadas y solo lograba quedarse dormida en los brazos de su madre. Los primeros meses desajustaron su vida, sabotearon el tablero, desarmonizaron el control.

Recuerda la ropa amontonada: la suya, la de Antonella y la del padre de esta, la cual, como ahora, se acumulaba en una esquina mientras ella debía alimentar y cambiar los pañales de la bebé. Una vez olvidó retirar del fuego la olla donde hervían los biberones y algunos se derritieron dentro. Recuerda también una de las primeras sonrisas de su hija. Las mejillas de Antonella lucían irritadas por el sarpullido que le causaba el calor de aquel verano y una de sus manitas descansaba sobre el biberón que ella retiró ya vacío. Entonces la bebé abrió los labios, mostró unas encías sin dientes y sus ojos brillaron al reflejo del sol. La satisfacción la invadió aquella vez, porque fue en ese momento, y no en el alumbramiento, en que se inició el vínculo. De pronto, esa suma caótica de tareas domésticas y desvelos encontró un sentido en la sonrisa desdentada de su hija.

El padre de Antonella casi no intervino durante los primeros meses. A él parecían resultarle aun más ajenas aquellas actividades en torno a la crianza de la niña y, aunque algunos fines de semana la acompañaba durante el biberón nocturno, ella sobrevivió aquella época de manera solitaria.

Iza las cortinas y fuerza el seguro, algo oxidado, para abrir la ventana. La reconforta respirar el aire de la calle, el cual, aunque cálido y ligeramente salado, invade y purifica el dormitorio de su hija. Piensa en que ahora debería traer una escoba pero entonces unas risas atraen su atención. Se acerca otra vez a la ventana y ve el desfile de tres niñas de cuatro o cinco años. Dos de ellas van en bicicletas rosadas con listones colgando de los manubrios y canastas a juego precediendo los timones. La tercera llega rezagada sobre un scooter plateado. Parece muy concentrada en lograr deslizarse sobre él pero sus intentos son torpes y no logra rodar más de algunos centímetros antes de atracarse. Es eso lo que desata las carcajadas de sus amigas, quienes la llaman por su nombre al llegar a la esquina. «Ven», le gritan y vuelven a reír. La pequeña se vuelve hacia la ventana desde donde ella la observa y le regala una sonrisa inocente, ajena a los reclamos de sus compañeras. Ella también le sonríe y le hace un gesto para alentarla a seguir. Tras la niña, dos niñeras de uniformes y gorras blancas caminan lentamente, enfrascadas en alguna conversación.

Ella regresó a su trabajo en el banco cuando su hija cumplió dos años. Al principio fue difícil retomar las responsabilidades y sintió cierta envidia de los compañeros de trabajo que entonces ocupaban mejores puestos que el suyo. Se había rezagado. En esa época, el padre de Antonella ya participaba más en la crianza de la niña, así que los fines de semana se centraban en la pequeña y en dividirse las tareas de la casa. Sin embargo, la soledad de los años anteriores había marcado una frontera. Ella no sabría decir si la maternidad vivida tan intensamente la había cambiado o si, en el fondo, ellos siempre habían sido distintos y esa diferencia recién se evidenciaba. Fue así que convivieron algunos años más, anestesiados en sus vidas personales, compartiendo la casa y la hija hasta que el desconocimiento y desinterés mutuos se volvieron irrespirables.

Durante los últimos meses juntos, lograron enseñar a Antonella a montar en bicicleta. Lo hicieron en un parque cercano a la casa cuyo centro es atravesado por una ancha vereda a la sombra de unos altos algarrobos. Primero se turnaron empujar a la niña hasta que esta dominase la sensación de equilibrio luego se separaron algunos metros para que ella rebotase entre ambos. Poco a poco, alargaron la distancia, se colocaron cada vez uno más lejos del otro mientras Antonella disfrutaba ese paseo pendular soltando risas y gritos de alegría que hacían eco bajo las ramas mecidas por el viento y que desprendían unas pocas hojas secas a esa hora de la tarde. Entonces Antonella cayó de la bicicleta y empezó a llorar. Ambos acudieron de inmediato a auxiliarla y así estuvieron los tres sentados sobre la vereda hasta que el susto pasó. Recuerda haber cruzado miradas con él y fue ese uno de los pocos momentos en que dudó de su próxima separación. Ahora le cuesta revivir en su memoria cualquier vestigio de complicidad con el exmarido. Es un sentimiento enterrado bajo capas de discusiones, chismes, papeleos, y desgastantes comunicaciones con abogados.

Como si se despertase en un cuarto extraño, se encuentra de nuevo en el dormitorio de Antonella. Acaba de barrerlo y luce mucho mejor. Entonces se escucha la invasión de pasos en la casa, risas que suben la escalera hacia la terraza, marchas sobre el techo. Las princesas han regresado de su caminata.

Se distingue la voz de Cristina liderando la conversación, sometiendo al resto. Cristina no es muy alta, ni muy delgada, ni muy bonita. Tiene la cara redonda y los ojos algo achinados, el tono de su piel es aceitunado y adquiere visos dorados cuando le cae el sol, el pelo le nace alrededor del rostro en una pelusa casi rubia y luego se oscurece ligeramente en ensortijados rizos hasta los hombros. Su voz ronca y potente siempre se distingue sobre las demás, quienes suelen cosechar las ideas que Cristina planta en una actitud que a ella le parece impositiva. La familia de esta muchacha tiene una situación económica privilegiada y un chofer que con frecuencia moviliza a las chicas entre sus múltiples actividades sociales.

Al guardar los zapatos en el clóset, encuentra el par que faltaba. Son de terciopelo negro que ahora luce muy percudido, con plataformas muy altas y ella se sorprende de cómo las chicas logran caminar equilibradas, aunque ciertamente ridículas, sobre aquellos tacones. Cree habérselos visto puestos anoche a Maia. Maia es la más hábil para andar con armonía sobre estos zapatos de moda. Mientras las demás giban la espalda, curvan sus pasos e incluso tropiezan, Maia se desliza en un andar muy coordinado. Todo su porte es digno de una escuela de modelos: es muy alta y delgada, de piernas larguísimas y caderas estrechas, abdomen plano y pechos pequeños como duraznos. El pelo oscuro y lacio le cubre casi toda la espalda, como una capa. Los ojos de pestañas rizadas miran una y otra vez hacia el techo, como si estuviesen flotando en un pensamiento lejano y quizá por eso su rostro luce una expresión cándida permanente. Las demás ríen de su inocencia y distracción: Maia no entiende los chistes, confunde los nombres de los amigos y suele perder sus pertenencias. Hace dos días, luego de que salieran la primera noche, llegó bastante después que el resto porque siguió caminando dos condominios más allá. Por las mañanas, los ojos de Maia exhiben legañas oscurecidas por los restos de maquillaje y en sus labios aún se distingue alguna coloración artificial. Sus pies arrastran arena a toda hora –seguramente son sus huellas las descubiertas sobre la pared del dormitorio– y ella ha escuchado a las otras chicas burlarse de Maia por ir a dormir con los dientes sin lavar.

–Jimena, pásame la toalla –escucha la potente voz de Cristina.
Jimena es la tercera invitada. Es una muchacha de cara bonita y sonrisa fácil. Sus grandes ojos verdes de tupidas pestañas casi rubias parecen ser los únicos atentos cuando ella trata de conversar con el grupo. Mientras Antonella frunce el ceño y tensa los disgustados labios, y Cristina y Maia intercambian miradas cómplices y risitas burlonas, Jimena responde siempre con buen ánimo y una actitud carente de disfuerzo. Su madre es una de las pocas que trabaja en el grupo de amigas de Antonella –es socia en un importante estudio de abogados– y quizá por eso ella piensa que Jimena es más ordenada y respetuosa que las demás.

El cuadro en el baño es aun peor que el que encontró en el dormitorio. Apoya un hombro sobre el marco de la puerta y suspira. Desde la pequeña ventana sobre la ducha se filtran cálidos rayos de sol y ella piensa en cuánto le gustaría en ese momento estar sentada frente a la orilla del mar con una cerveza helada en la mano. También se escuchan las voces de Antonella, Maia, Cristina, Jimena y dos o tres muchachas más.
–Así no, Jimena, tienes que echártelo en el pelo, no en la mano
–Antonella seguramente habla de aquel líquido decolorante que se compró unos días antes de Navidad.
–Es que no sale, brother. Házmelo tú.
–Ay, Jimena –sigue una pausa en la que se sienten pasos marchantes en la terraza–.
Así es, mira.
–Maia, estás con toda la cara blanca, no te has esparcido bien el bloqueador –la
risa de Cristina repiquetea.
–Oe, alucina que hablas como mi mamá.
–Ay, qué pava. Oe, alucina cuando seamos tías y se nos vea como a nuestras mamás –al parecer, Cristina ensaya una imitación que todas celebran.

Ella se siente muy distinta de las otras madres, quizá por el trabajo o el divorcio, no sabría decirlo. Las otras madres envían a sus hijas a la playa con un postre o una caja de chocolates o una lata de galletas y con un conocido mensaje de agradecimiento por la invitación. Tal vez les resulta un alivio no hacerse cargo de las princesas este fin de semana y así poder dormir de corrido sin tener que esperarlas o recogerlas. Alguna vez ha tratado de conversar sobre los permisos y hábitos caprichosos de estas adolescentes, pero nunca ha conseguido mucho eco, solo repetidas frases que significan «todas son iguales», «es la edad», «cuando crezcan lo van a hacer bien», «mejor pelear por cosas más importantes», «choose your battles, darling, no puedes sacrificar el vínculo con tu hija». Ella ahora piensa que ha sembrado un vínculo permisivo, con demasiadas concesiones para evitar nadar contra la corriente, por haber entablado una absurda competencia con el padre y, en cierta forma también, con las otras madres.

Poco antes de la última Navidad, las madres organizaron un lonche en el que intercambiarían regalos. Ella escribió un correo aceptando, sin mucho entusiasmo, y propuso un monto para el valor de los regalos. Durante varios minutos no recibió respuesta alguna hasta que llegó el mensaje de la mamá de Cristina en el que pedía que el monto mínimo fuese casi un tercio por encima de lo que ella había propuesto, ya que «no se puede conseguir nada bonito por menos de eso». Ella se sintió muy incómoda entonces y no respondió más a los correos hasta el día del evento, en que se disculpó inventando una excusa sobre su trabajo.
–Oigan, ¿y si vamos a la playa?
–Nooo, Maia, ya estamos acá, me da demasiada flojera
ir a la playa.
–Pero alucina que ahí nos broncearemos mejor…
–No, acá está bien. Pásame el agua, porfis, me muero de sed.

El lavadero del baño está invadido por escobillas tupidas de mechones de diferentes tonos y un cepillo de dientes. Hacia un lado están la planchadora y el tubo del dentífrico destapado, pariendo su contenido. Hacia el otro , incontables implementos de maquillaje: sombras en marrones, verdes y grises, labiales rojos y rosados, delineadores y rímel que colorean el tablero. En el espejo se leen los nombres de las chicas en plateado y del toallero cuelga lánguido un sostén.
–Anto, ¿hay que poner música?
En el tacho de basura se abre una sangrienta mimosa y, junto al wáter, yacen dos sucias, y seguramente húmedas, toallas. Dentro de la ducha flota el pie de cama impregnado de arena y, a su lado, nada un frasco de champú.
–Sí, Anto, trae el parlante.
Los pasos de Antonella bajando la escalera la ponen nerviosa. Entrará al dormitorio y ella tendrá que enfrentarla, reclamarle el desorden, increparla por la desconsideración.
–Hola, ma.
Le regala un beso rápido e ingresa al dormitorio, indiferente a la labor de su
madre.
–Hija, esto es imperdonable –levanta el pie de cama, del cual chorrea un grueso
sonido de agua.
–Ma, yo no fui.

Antonella es una muchacha alta, más alta que ella desde que cumplió quince, de tez capulí y grandes ojos color granadilla, el pelo largo es castaño en las raíces y se aclara al llegar a las larguísimas puntas. Tiene las caderas un poco anchas y las piernas gruesas, pero el talle es largo, estilizado, los pechos son breves. El bikini es rosado con diseños geométricos en tonos pastel y ella no recuerda habérselo visto antes, por lo que supone que lo compró con el padre. Lleva las uñas de los pies pintadas de celeste al igual que las de las manos, medio entrelazadas ahora mientras la enfrenta.
–Yo sé que tú no fuiste, pero igual es tu responsabilidad.
–Es que, ma, no me hacen caso.
–Deberían venir ustedes a limpiar esto…
–Pucha… ahora no, pues –Antonella entorna los ojos y suspira mientras ella cree escuchar un murmullo distinto desde la terraza.
–Ya, ¿sabes qué? Anda nomás. Por esta vez lo arreglo yo, pero vamos a poner reglas claras para las próximas invitaciones.
–Ya, ma, sorry –es una disculpa enlatada, carente de sinceridad.

La chiquilla va por el parlante y, al verla salir, nota que la expresión de su rostro ha vuelto a relajarse. Es inmune a sus indicaciones. Está molesta con su hija pero, sobre todo, está molesta con ella misma. Siente algo parecido a la culpa. Siente que quizá ha sido ella quien ocasionó este desastre al no establecer límites a tiempo, al no ser más firme por falta de tiempo y de energía. Quisiera desandar las veces en que la consintió, en que le dio demasiado muy pronto, en que evitó discutir con el padre sobre cómo deberían educar a su hija. ¿Acaso ha sido ella quien la ha malogrado, quien ha criado un monstruo egoísta y frívolo? ¿Qué clase de persona será esta chica en la adultez?
–Anto, ¿qué pasó? – pregunta Maia, y de inmediato Cristina la calla bruscamente para dar paso a una conversación inaudible.
Después de recoger todo el maquillaje y limpiar los restos sobre el tablero y el espejo, mira con asco hacia el basurero. Recuerda la primera vez en que Antonella menstruó. Entonces un episodio de cólicos la postró toda una tarde sobre la cama de su madre y ella recurrió a una bolsa con agua caliente para aliviarla. Hacía tiempo que no cuidaba de su hija de esa forma y luego no se ha repetido una oportunidad como aquella. Esa tarde, Antonella se recuperó y sobre sus sábanas quedó una mancha roja.

Las chicas mencionan un nombre masculino, estallan en carcajadas y luego empieza la voz disforzada de un cantante de moda. Es duro para una mujer sola criar adolescentes. Sus amigas casadas con frecuencia le dicen que también sienten que libran una batalla solitaria, pero ella está segura de que sería un alivio tener un refuerzo masculino, alguien que, aunque sea desde un aislado sofá, las manos ocupadas con un vaso y el control remoto del televisor, se vuelva hacia su hija y le escupa un firme «Haz caso a tu madre». Ella está segura de que eso significaría un apoyo importante, amortiguaría el desgaste emocional, haría una diferencia.

Hace un par de años, se enamoró de un hombre mayor. Le gustaba mucho conversar con él, era inteligente y sensible, dos cualidades que ella considera escasas en una misma persona. Intercambiaban libros, iban seguido al cine y algunos fines de semana viajaron fuera de Lima. Pensó que le había llegado el turno de rehacer su vida también, de llegar a un final de cuento de hadas. Sin embargo, fue entonces cuando empezó el hermetismo de Antonella. Fue entonces cuando la puerta del dormitorio casi siempre estaba cerrada para ella, cuando su hija respondía con toscos monosílabos a sus interrogantes y –esto es lo que más le dolió– cuando el tiempo libre con el padre se hizo cada vez más largo. Antonella apenas dirigía la palabra al pretendiente de su madre, con frecuencia pasaba de largo y balbuceaba un saludo o se enclaustraba en el cuarto y no salía ni siquiera para comer. Él al principio trató de ganarse su cariño, pero al ver lo infructuoso que esto resultaba dejó de esforzarse y le decía a ella que era mejor no insistir por el momento, que Antonella iniciaba la adolescencia y rechazaría cualquier cambio que viniese de la madre y que ellos no debían tomárselo como una afrenta personal. Sin embargo, ella sintió que había herido a su hija y que él no lograba comprender eso, así que terminó aquella relación. Luego trató de compensar a Antonella con ropa y salidas a comer caras con las amigas, lo cual pareció agradar a la muchacha y así volvió a pasar más tiempo con ella. Le volvió a sonreír. Pero entonces empezó la efervescencia de los veranos en la playa y quizá fue ese el inicio de la competencia material con el exmarido, una absurda competencia en la que la única ganadora ha sido Antonella. O, quizá, la gran perdedora.

Consuelo llega y empieza a preguntarle algo sobre el almuerzo, pero corta la frase medio dicha y posa sus ojos asustados en el desastre del baño. Ella siente vergüenza por la mugre y el desorden, por la desconsideración de las chicas, por la tiranía de su hija. ¿Cómo retroceder el tiempo a esa mañana en que volvieron de la discoteca y destruyeron el dormitorio? ¿Cómo regresar a la semana anterior en que accedió recibir a toda la manada, a los días en los que su afán por ser preferida le impidió formar con límites, enseñar el respeto y la consideración que ahora tal vez sea tarde inculcar?
–No te preocupes, Consuelo, yo lo arreglo. Por favor, tráeme las cosas de limpieza.

Consuelo regresa luego con un balde amarillo en el que se agrupan paños, botellas con líquidos limpiadores verde y rosado, una escobilla y una esponja. Desde la ventana llega una música sincopada que ha escuchado ya varias veces este fin de semana, mientras que las risas y los rítmicos pasos sobre la terraza le sugieren algún baile. Recoge el frasco de champú, lo coloca hacia un lado de la ducha y luego exprime el pie de cama. Debe hacerlo con fuerza una y otra vez hasta que el chorro adelgaza y ella percibe la aspereza de la arena adherida a la tela. Tal vez sería mejor echarlo a la basura y comprar uno nuevo.
–Maia, estás haciendo todo al revés…–alguien apaga la música y Cristina pone
orden a la tropa.
–No, brother, te estoy siguiendo perfecto…
–¿Qué hablas? Estás demasiado descoordinada…
–Te estoy siguiendo igualito…
–Te estoy siguiendo igualito… –Cristina remeda a Maia.

Antonella ríe. Ríe con ganas. Ríe ajena a la labor de quienes cuidan de ella. Ríe como cada vez que está rodeada de sus amigas princesas, gozadoras del bienestar y opulencia que reciben gratuitamente, herederas de la culpa y actitud permisiva de sus padres cómplices del vandalismo doméstico por no corregirlas y acaso temer su desprecio. Quizá se puede rescatar el pie de cama después de todo, quizá si lo remoja en agua jabonosa logre que la arena se desprenda de él. No debe darlo por perdido, todavía lo puede salvar.

Antonella baila, Antonella ríe. Antonella es una muchacha más de 16 años. Será todo lo egoísta y frívola que sus padres divididos le permitan. Desordenará su cuarto, la casa y la vida de ella una y otra vez. Pedirá una bolsa de agua caliente en cada cólico, maquillará su rostro en tonos pastel y pintará sus uñas con colores estridentes, rociará sobre sí el perfume de ella tomado sin permiso. Rechazará a los pretendientes de su madre y pasará tiempo libre con el padre. Algunas veces le sonreirá. Irá de un extremo a otro, como aquel paseo en bicicleta bajo los árboles del parque, un paseo pendular. No debe darse por vencida. Todavía se puede salvar.



Susanne Noltenius (Lima, 1972). Además de haber participado en diversas antologías nacionales y extranjeras, es autora del libro de cuentos Respiración.