pasajero

«Pasajero en trance»

Paz Soldán y su nueva novela: encuentros cercanos

Entrevista de Carolyn Wolfenzon y Gustavo Faverón Patriau


Edmundo Paz Soldán vive en Estados Unidos sin perder su esencia boliviana, latinoamericana: su obra se alimenta del encuentro cultural como un espectador atento del tiempo que le ha tocado vivir. Ello, más su tendencia a probar nuevos caminos, lo ha llevado esta vez a la ciencia ficción. Autor, sobre todo, de estupendas novelas, luego de la exitosa Norte vuelve pronto a las librerías con Iris, fantasía distópica de la que publicamos un breve adelanto.

La perpetua transformación de su obra narrativa hace de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967) uno de los escritores más proteicos de la literatura hispana contemporánea. Su ficción ha ido de los breves relatos borgeanos a la novela realista de largo aliento, de los temas sociales y políticos bolivianos a los fantasmas y los demonios de la vida contemporánea en Estados Unidos, de las trampas del deseo a las trampas de la tecnología, y de la memoria juvenil a la reflexión sobre la violencia, el autoritarismo, el totalitarismo, el control de las consciencias y los desbordes del mal en la vida cotidiana. Su novela más reciente, próxima a publicarse en todo el mundo iberoamericano, es Iris, un libro notable que marca su ingreso de lleno en el género de la ciencia ficción, al que otras veces se ha aproximado. Iris es una novela apasionante, original, insólita en las letras hispanas, una pesadilla orwelliana, hija de los sueños digitales de Philip K. Dick, pero transformada, en las manos de Paz Soldán, en una original reflexión sobre las fronteras y las zonas de contacto imperial, un libro que evoca la imbricación de los mundos culturales norteamericano y latinoamericano que al mismo tiempo juega a imaginarles posibilidades paralelas. La novela de Paz Soldán viaja a otro planeta (y su autor con ella: ¿el primer astronauta boliviano?) pero la constante preocupación política permanece siempre con los pies sobre la tierra. Escritor disidente, que escribe a contrapelo de las modas, más político que la mayoría de sus compañeros de generación, ni encantado ni espantado por la tecnología, sino atento a sus transformaciones y a la manera en que ellas influirán nuestro futuro, Edmundo Paz Soldán ha escrito esta excelente novela sobre el porvenir en la que se adivina una crítica y una reflexión sobre momentos y estructuras claves de nuestro pasado y nuestro presente.

Otras novelas tuyas han tenido elementos futuristas, pero ninguna había ido tan lejos como Iris en el camino de la ciencia ficción. Eres admirador de Philip K. Dick y esa afinidad la encuentra rápidamente el lector en tu nueva novela. ¿Cómo empezó y cómo es ahora tu relación con el género?
Comencé en mi adolescencia leyendo de la forma más clásica posible, autores como Verne, Bradbury, H.G. Wells. Luego dejé el género, por lo menos en la literatura, porque seguía consumiéndolo en el cine. Un cierto cansancio con el realismo y sus formas me llevó de regreso a la ciencia ficción, pero ya con otra mirada. Como dice la crítica Anindita Banerjee, la ciencia ficción no es tanto un género como una forma de percibir las cosas. Todo el tiempo hablamos de simulacro, distopía, ciborg, lo posthumano, y esos conceptos han salido de la ciencia ficción. A mí me interesa por su constante preocupación política, por su amplia mirada sobre el ser humano y su lugar en el mundo, y porque, más que estar obsesionada con el futuro, su interés primordial está en registrar los deseos, los miedos, las ansiedades del presente. Ballard, James Tiptree Jr., Ursula LeGuin, Dick, Paolo Bacigalupi, me permiten entender el mundo en el que vivimos hoy mucho más que tantos reputados escritores realistas.

En la literatura latinoamericana hay joyas de la ciencia ficción, como La invención de Morel, y aunque no son pocas, la mayoría son vistas como obras laterales, excepciones. Los autores que mencionas (Ballard, Bacigalupi, etc.) son todos anglosajones. ¿Cómo sientes que se ha transformado tu relación con la literatura latinoamericana o hispana en general y la de lengua inglesa después de veinticinco años viviendo en Estados Unidos?
Cada tres años enseño un curso de ciencia ficción latinoamericana en Cornell. Comenzando con Holmberg, tenemos una tradición fantasma, que está ahí aunque nos neguemos a verla y sigamos minimizando la importancia de la ciencia ficción en el continente. La invención de Morel está entre los libros que yo considero perfectos, aunque, para Iris, la novela con la que dialogué, que es otra joya del género, es Plop, de Rafael Pinedo. Plop es una obra maestra de la ficción postapocalíptica; es una lástima que Pinedo haya muerto tan pronto, cuando su talento comenzaba a explotar. Yo enseño literatura latinoamericana todos los semestres y trato de estar al día con lo que se publica; es una literatura muy viva para mí, muy presente. Con respecto a la norteamericana, me viene en épocas, ahora estoy un poco distanciado de su tradición realista más mainstream (no me interesan los Franzen y compañía), pero me siguen interesando los escritores catalogados como de género. Ahora, para mi escritura, creo que recién en mis últimos libros he logrado fusionar de algunas maneras esas dos tradiciones centrales para mí. En cuanto al lenguaje, yo comencé de forma muy purista, con un español que no quería que estuviera contaminado por el inglés. Por suerte me di cuenta de lo ridículo de esta postura.

En Iris uno encuentra referentes coloniales (los Naufragios de Cabeza de Vaca resuenan por todas partes), alusiones al discurso de la transculturación y eventos de violencia futura que evocan otros del presente. ¿Dirías que la novela es, de cierta manera, una reflexión sobre la historia de América Latina?
Ojalá que la novela permita muchas lecturas, entre ellas la que ustedes mencionan. En todo caso, yo comencé escribiendo una novela sobre aventuras imperiales, una novela más bien relacionada con los Estados Unidos post 11 de setiembre. Luego, cuando apareció Iris en mi cabeza, pensé en la tradición minera de mi país, y me puse a leer textos coloniales y libros de antropología para armar la cosmovisión de la gente que vive en ahí. Así que yo veo la novela como un intento de fundir mi presente en los Estados Unidos con mi condición boliviana y latinoamericana. De hecho, creo que con Iris me di cuenta que ya no puedo pensar los Estados Unidos sin pensar en Bolivia y América Latina y viceversa. Nuestras historias están muy imbricadas.

Iris es un lugar de exiliados descrito como una isla de la que no hay escapatoria. Es una visión bastante nihilista del mundo, ¿no? Pero, al mismo tiempo, la religión ha cobrado mucha importancia, muchas acciones se toman por mandatos del Dios Xlot.
Creo que sí, puede que sea más nihilista de lo que yo originalmente pensaba. Se trataba de jugar con la idea de que todos somos extraños en este planeta y todos tenemos los minutos contados. La religión ahí termina siendo uno de nuestros grandes consuelos.

Cuéntanos un poco cómo fuiste inventando el lenguaje de Iris. Transformando el español para eso.
Pensé que así como el español de fines del XIX fue influido por el francés, y el del XX y el de hoy por el inglés, el del futuro estaría también influido por el chino. Me divertí con esa cosa infantil que también tiene la literatura, inventando palabras y buscando un término medio que pudiera mostrar la extrañeza de este mundo pero que también permitiera la entrada del lector a la historia. Busqué modelos. Al principio intenté con Burgess, pero lo encontré muy cerrado. Al final, el que me sirvió más fue Roa Bastos, la forma en que, en sus cuentos, el español estaba salpicado por el guaraní. Nuestro español se ha desarrollado siempre en zonas de contacto con otros lenguajes, al final el lenguaje «futurista» de la novela es solo un reconocimiento de aquello que es bien obvio en la literatura de autores transculturadores como Roa Bastos, Arguedas o Rosario Castellanos.

Están los pieloscura y también los artificiales y los irisinos. ¿Cómo se da la jerarquía social en Iris?
Todos los colonizadores son llamados «pieloscuras», sean humanos o artificiales o shanz. Los artificiales están en el tope de la pirámide pielsocura y los shanz (soldados) en la base. Del otro lado se encuentran los irisinos, que son los pobladores del lugar y son explotados por los pieloscuras. Y en el medio están los kreols, que son la mezcla de pieloscuras con irisinos. La novela se concentra en los pieloscuras y los irisinos; en los cuentos que estoy escribiendo ahora me enfoco más en los kreols.

Iris es un nuevo mundo alterno en la obra de alguien que ya ha creado otros, como la ciudad de Río Fugitivo, que es escenario de varias de tus novelas. ¿Cómo concebiste Río Fugitivo y cómo apareció y fue creciendo Iris en tu mente?
Río Fugitivo salió de una preocupación más pedestre. Yo notaba que, con quince años viviendo afuera, la Cochabamba de mi infancia y mi adolescencia se iba difuminando, y me costaba escribir sobre ella en tiempo presente. Entonces pensé que si trasladaba mi ficción a un lugar imaginario –llamado Río Fugitivo–, podía ser más libre creativamente. Creo, sin embargo, que ese Río Fugitivo nunca terminó de romper el cordón umbilical que lo ataba a Cochabamba. Era una Cochabamba desplazada, en la que se exageraban sus virtudes y sus defectos. Con Iris me propuse otra cosa: crear verdaderamente un mundo imaginario autónomo, conectado con cosas de la vida real pero capaz de funcionar de manera independiente. Yo había leído en la revista Rolling Stone un artículo sobre soldados norteamericanos psicópatas en Afganistán y pensé que eso podía dar para una novela, pero no quería escribir una novela realista. ¿Por qué no la ambientas en Marte?, me dijo un amigo, bromeando. Y a mí me pareció una excelente idea, solo que en vez de Marte me puse a crear mi propia región. Cuando apareció Iris, me di cuenta que tenía que dotar a sus habitantes de una forma de ver el mundo (su mundo), un lenguaje, una religión, una cosmovisión, y al lugar de su flora, su fauna, etc. Así, casi sin querer, un día descubrí que estaba metidísimo en ese mundo. Tan metido, que estoy escribiendo ahora un libro de cuentos ambientados en Iris y he comenzado una novela que también transcurrirá allí. Así que me quedaré a vivir allá un buen rato.

En tus ficciones suele haber una postura política implícita sobre Bolivia y América Latina, casi siempre una crítica del neoliberalismo y un desencanto ante una modernidad frustrada o colapsada. ¿Cómo te gustaría que fuera el futuro de Bolivia?
Personalmente yo creo en una economía de mercado en la que el Estado tenga un papel importante para equilibrar desigualdades y repartir beneficios. No creo ni en el neoliberalismo salvaje que deja todo al supuesto juego transparente de la oferta y la demanda, ni en una economía en la que en la que el Estado es un actor monopólico. Soy liberal en cuestiones sociales y más centrista en cuestiones económicas. Creo que Evo ha hecho mucho en Bolivia por luchar contra el racismo (aunque todavía sigue siendo muy reaccionario en relación con el tema de la equidad de género y de derechos de los homosexuales), y está tratando de distribuir mejor los beneficios del crecimiento económico de los últimos años, aunque para mi gusto está haciendo crecer demasiado el Estado. Mi sueño es que podamos pensar que nuestra verdadera modernidad solo será dada no a través de una limitada concepción economicista del progreso, sino a partir de una verdadera superación de nuestros prejuicios. Está bien construir carreteras y mejorar la red de comunicaciones, pero eso necesita estar acompañado por una forma de ver a los que son diferentes a nosotros como nuestros iguales. Es la parte más difícil de la modernidad, acaso una utopía.

Parte del desencanto al que aludíamos tiene que ver con que, en tu ficción, hay chicos buenos que se vuelven incendiarios, periodistas decentes que se transforman en ventrílocuos del poder, hombres comunes que se tornan autoritarios o dictatoriales, pequeños funcionarios que se venden al sistema y colaboran con él. ¿Qué cosa conduce a tus personajes a la maldad, la desviación o la derrota?
Al principio me interesaba explorar la culpa de los sin culpa, ese mal que parece menor, esas pequeñas transgresiones que poco a poco nos van llevando a un lugar sin retorno. De una forma u otra, creo que todos cometemos esas transgresiones y no nos las cuestionamos. Muchas veces ese coqueteo con el mal menor nos lleva al delito, a la crueldad, al gran mal. Me interesaba ver en la ficción cómo un camino coherente, aparentemente inocente, podía terminar enredándonos. En los últimos años, sin embargo, me ha interesado otro tipo de mal, el del psicópata, el de aquel que tiene una compulsión psicológica, una atracción, una fascinación por el mal. Tiene que ver con mi deseo de explorar estados alterados de conciencia; pocos estados tan alterados como los del psicópata. Así que hay muchas formas de llevar a mis personajes a esa maldad. Estamos siempre en la cuerda floja, atraídos por el abismo, por el horror.

Hablando de chicos malos, muchos consideran Norte una de tus mejores novelas. Otros objetan a uno de los personajes: el mexicano ilegal que, en Estados Unidos, se convierte en asesino en serie. Por suerte nadie lo tomó como una confesión autobiográfica, salvo que nos quieras sorprender con una revelación… ¿Cuáles son, digamos, las ventajas y los riesgos prácticos de jugar con estereotipos? (Full disclosure: nuestra ficción favorita de frontera, Breaking Bad, es por completo un juego de transgresiones sobre estereotipos).
Para serles sincero, no se me ocurrió plantearlo así. Simplemente, cuando llegué a Estados Unidos, en agosto de 1988, CNN estaba todo el día con la búsqueda de un asesino serial en Texas y Nuevo México. La historia de ese asesino quedó así conectada con mi vida en los Estados Unidos. Un par de décadas después, pensé en escribir una suerte de trilogía de la violencia norteamericana; comencé con Los vivos y los muertos y luego la historia de Maturino Resendiz –así se llamaba el mexicano– volvió a mí. Me puse a investigar el tema, leer una biografía, reportajes periodísticos, etc. Por supuesto, a medida que escribía la novela pensé que me podía meter en problemas con cierta crítica que busca en la literatura imágenes positivas de la identidad latina en los Estados Unidos. Pero creo que la literatura funciona a partir de la incorrección. Todos de una forma u otra trabajamos con estereotipos, el desafío es trascenderlos. Si el personaje se queda como un estereotipo, entonces he fracasado.

No se queda como estereotipo; más bien, es uno de los personajes más apasionantes de tu obra en general. Y hablando de esa obra: respecto a la nueva novela, que también transcurrirá en Iris: ¿nos puedes contar algo sobre ese proyecto?
El jefe de la unidad de soldados psicópatas en Iris se llama Reynolds. En la novela lo encontramos ya formado. Me interesa explorar su infancia y su juventud, cómo es que llega a ese lugar, cómo es que se convierte en lo que es. En cierta forma, entonces, la nueva novela será una suerte de precuela de Iris, aunque las novelas son autónomas.



Carolyn Wolfenzon (Lima, 1975) es ensayista y profesora en Bowdoin College (Maine).
Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966) es escritor y profesor asociado también en Bowdoin College. Autor de la novela El anticuario, de dos libros de teoría, y, con Edmundo Paz Soldán, coeditor del libro de ensayos Bolaño salvaje.

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«Iris»

Primer capítulo: Xavier


Una voz metálica en la radio del jipu les informó de una emergencia en el templo de Xlött en el anillo exterior. Song enfiló hacia allá. Xavier levantó la vista y lo golpeó la luz del día, rojiza como en un atardecer constante. Nubes harinosas inmóviles sobre la planicie. Se le vino la imagen plácida de Soji tirada en la cama mientras dormía, los aros de colores refulgiendo fosforescentes en los tobillos y el cuello; quiso perderse en ella pero no pudo. No le gustaba ir al anillo exterior, plagado de seguidores de Orlewen, el irisino que con sus arengas y su impermeabilidad a la muerte había logrado convertir una pequeña molestia para SaintRei en una fatigosa insurrección.

Los soldados en la parte trasera hablaban en un lenguaje desconocido. Pakis, decidió Xavier, sin mucho interés en que el Instructor le tradujera lo que decían, y malayos los del jipu que los seguía. Cada vez más shanz asiáticos y también centroamericanos y de las republiquetas mexicanas. A SaintRei le costaba reclutar en otras partes.
Song condujo por calles angostas. El fengli soplaba con fuerza; la sha golpeaba los cristales del jipu, entorpecía la visibilidad. Xavier había creído que con el tiempo se acostumbraría al color de la luz, a la presencia constante del fengli, al clima seco. Podía vivir con ellos, pero era como si a un habitante del trópico lo trasladaran a una zona polar. Su bodi reaccionaba de otra forma, vivía aletargado.En el pod debía encender las lámparas flotantes que aplacaban la intensidad de la luz y replicaban el color de Afuera.

Una oleada de aire frío recorrió su pecho; tosió y le dolió la garganta. Hacía tiempo que se ponía así cada vez que le tocaba salir. Debía luchar contra un ataque de pánico cuando llegaba a una de las puertas del Perímetro y esperaba su turno. Era como si una dushe de piel helada fuera despertándose en la boca del estómago y se extendiera a través de la cavidad torácica para asomar la lengua entre sus labios. La tensión se acumulaba en los músculos de la frente. Los shanz dejaban atrás la seguridad —las altas murallas de concreto reforzado, los rollos de alambre electrificado—, ingresaban a las calles de una ciudad que no los quería. Se exponían a las bombas sembradas en el camino, a los irisinos que en nombre de sus dioses se acercaban a inmolarse junto a ellos.
Jóvenes de rostros hostiles escupían al paso de los jipus. En las paredes de las casas se desplegaban consignas de Orlewen. Xavier sonrió al encontrarse una vez más con Nos prometieron jetpacks. Le llamaron la atención Quiero tomar el Perímetro y Desocupemos a los que nos ocupan. Si uno de los shanz se quejaba de algo, él respondía A mí me prometieron un jetpack tu.

No debía relajarse. En esas frases se encontraba el poder letal de Orlewen, el trabajo sin descanso de la insurgencia. Se persignó: los atavismos no lo abandonaban.

Edificios que por milagro no se habían derrumbado, manchas de moho en las paredes, hierba negruzca en la entrada. Vivían irisinos ahí, entre las ruinas. Llegaban en busca de un lugar para hacer suyo, se apoderaban de terrazas, pasillos, piscinas vacías. Hombres y mujeres en las galerías hexagonales del Centro de la Memoria, durmiendo al lado de anaqueles abrumados por el polvo; en las oficinas semidestruidas de la Corte Superior; en los balcones y en la platea del Hologramón.

Callado, di.

No hay mucho que contar.
El humor de Song era cambiante, Xavier se había acostumbrado a que a veces lo tratara como si fuera un desconocido. Era de rango inferior y dormía en el cuartel. Se le había caído casi todo el pelo y no cesaba de lamentarse: sus rizos negros atraían a las chicas. Xavier tocaba la suave pelusa que seguía ahí como un resto del naufragio, qué quieres di, al menos neso todos somos iguales ki. Compartían la pasión por juegos de estrategia como Yuefei; Song era más agresivo que él, que prefería ganar territorios de a poco, avanzar con cautela, utilizar maniobras envolventes como las de su padre cuando luchaba en el cuadrilátero, allá en la infancia, y se proclamaba campeón nacional de muaytai en Munro, antes de que otras cosas lo distrajeran.

Al cruzar por un mercado los golpeó el olor a vómito de la basura acumulada en las esquinas (en el Perímetro casi todo carecía de olor; una pátina aséptica invadía hasta los rincones más alejados). Sabía por el Instructor que el protectorado de Iris tuvo días mejores. Que las pruebas nucleares de mediados del siglo pasado habían convertido a los irisinos en lo que eran y a la región en un campo radiactivo donde pocos seres humanos que llegaban de Afuera sobrevivían más de veinte años. Que a fines del siglo pasado el descubrimiento del X503, un mineral liviano y resistente con múltiples aplicaciones industriales, hizo que Munro, a cargo del protectorado, aprobara las concesiones de explotación del X503 para SaintRei. Que el dinero fácil hizo que inmigrantes desesperados y aventureros de toda condición aceptaran el contrato vitalicio, con todo lo que ello conllevaba: la imposibilidad del retorno a Afuera, el acortamiento en las expectativas de vida. Que cuando algunas variantes del X503 fueron descubiertas Afuera, las principales ciudades de Iris decayeron. Sabía todo lo que debía saber de Iris gracias al Instructor.

Song disminuyó la velocidad al ingresar a la plaza. Xavier observó las casas que la rodeaban. Los primeros días de patrullaje le había llamado la atención la forma en que las construían. El segundo piso de una de ellas carecía de techo y disponía de escaleras que subían a ninguna parte, puertas que se abrían al vacío. Razones económicas los llevaban a hacerlo de esa manera. Una casa se levantaba a medida que disponían de recursos; una familia podía vivir en un cuarto durante un tiempo, hasta que un poco de geld ahorrado les permitía construir otro; luego, quizás en uno o cinco años, pasaban al segundo piso.

Pedimos refuerzos.

No todavía, di.

Tres lánsès de ojos desorbitados hurgaban en la basura en una esquina, sus picos agresivos buscando comida entre la chatarra. Un perro desnutrido los observaba sin animarse a seguir su ejemplo. Xavier sintió la inminencia del peligro: la tranquilidad lo asustaba más que el bullicio. Quiso un swit para tranquilizarse. Había abusado de ellos, quizás por eso algunos ya no le hacían efecto. Tomaba uno para dormir y otro para estar alerta; uno para los ataques de pánico y otro para la ansiedad; cuando le faltaba aire se metía uno a la boca y cuando le subía la presión, otro; para divertirse necesitaba tres y cuando estaba melancólico, dos; quería ver estrellas y escuchar explosiones en el sexo con Soji y buscaba swits en la cajita de metal que tenía en el cuello. Quería olvidarse de Luann y Fer allá Afuera pero para eso no se habían inventado swits todavía. Debía entonces dejar que apareciera delante de él el piso en la cuadra de altos sauces, cerca del estadio de fut12. Los domingos por la tarde se podían escuchar los cánticos de las hinchadas, los gritos eufóricos cuando uno de los equipos anotaba. Al principio a Luann no le interesaba ir pero Xavier la había convencido con el argumento de que con tanto ruido no podrían hacer nada si se quedaban. Luann había terminado siendo más fanática que él y no se perdía ningún partido y los llevaba a él y a Fer a la tribuna más peligrosa, donde circulaba alcohol y rugían los cohetes, vestida con una camiseta blanquiazul como la de los River Boys, banderines y pitos en la mano y una petaquera de whisky escondida en su bolsón. Fer en cambio miraba sin mirar, preguntando impaciente cuánto faltaba para que todo acabara. El cerquillo le cubría la frente, mechones indóciles hacían piruetas por sus sienes. No se separaba de su hoodie color carbón y se ponía la capucha incluso bajo el sol más agresivo. Xavier debía haber sospechado que para entonces ya lo habían perdido.

Song detuvo el jipu junto a un rikshò abandonado. Un anciano irisino yacía en los escalones que daban a la puerta principal del templo. Xavier bajó junto a Song e hizo una seña a los shanz para que les cubrieran las espaldas. El otro jipu estacionó al lado y Xavier les indicó que no bajaran.

No me gusta nada, di.

Xavier apretó la culata del riflarpón: lo abrumaba el miedo. En los ejercicios con holos todo era fácil o al menos manejable; otra cosa era encontrarse en la soledad de una plaza, en la puerta de un templo en el que se rezaba a dioses extraños –no aceptaba al Dios de los suyos pero al menos le era familiar–, sabiéndose acechado por el enemigo.

Un chillido lo sobresaltó. Un lánsè levantaba vuelo. Estuvo a punto de disparar.

Song se fue acercando al irisino. Xavier lo observaba por el rabillo del ojo: la ropa sucia en jirones, un mendigo de los tantos que pululaban por las calles peleando por la comida con los perros y los lánsès. Cómo habría llegado a esa edad. A veces era cuestión de suerte, un irisino podía estar muy sano mientras sus hermanos desarrollaban todo tipo de enfermedades y dolencias desde niños

El anciano no llevaba nada adherido al bodi. Eso hizo que Xavier bajara la guardia. Una falsa alarma. Tácticas de Orlewen que parecían sin sentido pero que al final se revelaban como parte de un método sistemático para que los pieloscuras vivieran con miedo. Ese terror se colaba en los sueños, producía episodios saico durante el día, agobiaba.

Xavier iba a decirle a Song que no había peligro cuando una ráfaga de fengli lo golpeó. Un instante después escuchó el ruido atronador. Perdió estabilidad, voló por los aires. La espalda hizo impacto contra algo duro y punzante. Sintió que lo pisoteaban caballos en una estampida.

Los párpados se le cerraron.

Cuando los entreabrió estaba en mitad de la calle.

Quiso incorporarse y no pudo. El dolor le hizo volver a cerrar los ojos.