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«Margaret Atwood en zombiland»

Un encuentro en Bilbao con la gran autora canadiense

Por Jaime Rodríguez Z.


Margaret Atwood afirma que, de no haber sido escritora, le hubiera gustado dedicarse a modificar la patata europea para hacerla más nutritiva «o más inteligente». Patatas, sí. Papas. Para cualquiera que haya leído a la autora canadiense –hablo de la oscura poesía, la sátira impía y las bestias híbridas que habitan Oryx y Crake; la estructura sin concesiones, el tiempo retorcido y los guiños a la ciencia ficción de El asesino ciego; o la distopía feminista y anticlerical que es El cuento de la criada– esta declaración aparentemente banal y carente de sentido puede contener toda su biografía. Hija de un zoólogo y una nutricionista, en el relato «Momentos significativos en la vida de mi madre», recuerda que de pequeña su cuento favorito era la historia de una niña muy pobre que solo tenía papas para cenar. La papa huía, la niña la perseguía. La narradora no recuerda cómo terminaba el cuento.

Es probable que Margaret Atwood (Ottawa, 1939) lleve toda una vida persiguiendo papas huidizas. Intentando recordar el final de esa historia infantil de pérdidas y hambre. Haciendo de la literatura algo más nutritivo e inteligente.

Hace unas semanas, la ganadora del Booker Prize (2000) estuvo en el país que mereció un reportaje reciente del The New York Times titulado «La austeridad y el hambre en España», que empezaba con el testimonio de una mujer que busca comida en la basura y que algunos consideraron exagerado. El escritor Raúl Argemí, que se fue de Argentina en el año 2000 y está a punto de volver, se atrevió hace poco a pronosticar que los saqueos en España estaban a la vuelta de la esquina.

Margaret Atwood sabe todo esto. Ya casi no hay celebridad que no pise este territorio como un gesto de solidaridad hacia los que viven en medio de un panorama económico poco menos que apocalíptico. Este fin de semana es la estrella del cartel del Festival Internacional de las Letras (Gutun Zuria) de Bilbao y periodistas, escritores, estudiantes y mujeres de su generación nos arremolinamos en torno suyo para comprobar, en vivo y en directo, cómo las fuerzas de todos los universos, reales o ficticios, parecen converger en el cerebro de esta señora para producir un discurso crítico, riquísimo en referentes de la cultura popular, la ciencia y la política, pero cuya característica más relevante quizá siga siendo el sentido de justicia.

La que habla ahora sobre un escenario, esa que se disputa con Alice Munro el título de Gran Dama de las Letras Canadienses, es un ejemplo vivo de esa atípica coherencia entre vida y obra en la que una no interviene en la otra de manera inoportuna sino complementaria. Atwood –que es una matriarca del feminismo, presidenta honoraria del BirdLife International y miembro oficial del Green Party of Canada– es autora de una literatura que poco tiene que ver con el discurso ideológico o el panfleto. Y sin embargo, muchos de sus libros, desde los más intimistas, como Desorden moral, hasta los más especulativos, como la trilogía de ciencia ficción reunida bajo el nombre de «Positron», parecen ser recorridos por una voluntad de denuncia sin concesiones. El resultado es una obra que, en retrospectiva, podría considerarse tan comprometida como experimental.

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El cabello de Mrs. Atwood es casi tan célebre como su irreverencia. Sus característicos rizos han envejecido, sin embargo, y ahora flotan como una nube blanca sobre el auditorio. La irreverencia sigue intacta. Por eso no sorprende que ahora se haya puesto a hablar de zombis: esa materia muerta que se resiste a la inmovilidad de la muerte. Para Atwood los zombis han terminado por desplazar a los vampiros, a los que ve como aristócratas decadentes frente a la masa que conforman los muertos vivientes (todos nosotros). «A mass affliction», dice. Lo importante con respecto a los zombis, según ella, es ser conscientes de que la crisis financiera mundial está en el origen del fenómeno. «Los zombis no tienen casi ropa, se les han caído los dientes, no son atractivos. Vagan por ahí en hordas, destruyendo infraestructuras. Son típicos de periodos de crisis financieras. En parte, el fenómeno responde a la idea de, ok, no voy tener un trabajo, no voy tener una carrera, solo iré por ahí con mis amigos que están en las mismas condiciones que yo, pero tampoco tengo responsabilidad alguna porque no tengo cerebro… Todo eso está conectado con el momento de incertidumbre actual, la sensación de que nada funciona y que por ende ya nada importa». Ante este panorama desolador, Mrs. Atwood opone ese optimismo envuelto en sentido del humor con el que termina la mayoría de sus comentarios: habla de una serie británica, In the flesh, en la que un zombi es reinsertado en la sociedad, y de una película romántica para adolescentes en la que el amor vuelve a un zombi a la vida (se toca el pecho diciendo «how lovely»). «Probablemente este deseo de volverlos a la vida signifique que estamos ad portas de una recuperación económica, tal vez sea una señal».

Atwood recorre el mundo predicando una verdad que no admite objeciones: la necesidad impostergable de evitar que toda la riqueza del mundo sea controlada por el 1% de la población. Pero en cierto sentido, es como si en esa búsqueda de lo justo –ese compromiso ineludible– la escritora hubiera seguido siempre una pulsión casi infantil para nutrirse de materiales como las novelas de aventuras, los policiales, el cómic y, por supuesto, un tenaz interés por la biología heredado directamente de sus padres. Nacida en las postrimerías de la Gran Depresión que afectaba también la industria, el agro y la minería canadienses, sus primeros años transcurrieron entre los bosques de Quebec y Toronto, de modo que no fue a la escuela regular hasta después de los diez años, cuando ya llevaba cuatro escribiendo. Durante el periodo en que las personas empiezan reflexionar sobre conceptos como caos, sociedad o justicia, Atwood devoraba los libros de Stevenson, de los hermanos Grimm o cómics de superhéroes.

Esta dimensión «infantil» en el origen del trabajo de Atwood puede rastrearse no solo en su propia obra –que incluye un puñado de libros para niños– sino también en su ardorosa defensa de, por ejemplo, la libertad que deberían tener los niños para leer todo aquello que quieran. La escucho decir que muchos niños o adolescentes han empezado a leer con libros como Crepúsculo y que por poco relevante que esto nos parezca a partir de eso empezarán cimentar otros intereses, otras lecturas.
Cuando entra en materia, Margaret Atwood es capaz de mencionar Star Wars, Los juegos del hambre y a Lara Croft en el lapso de cinco minutos. Según el escritor argentino Alberto Manguel –otro de los invitados a Bilbao y amigo de la autora por más de treinta años–, Atwood tiene un enorme interés por cada expresión nueva de la cultura popular porque siempre la ha usado como espejo: «es algo que conoce y le ha interesado siempre –dice–. En sus primeros libros la novela rosa ya funcionaba como un transfondo, luego fueron la ciencia ficción o la literatura policial. En ese sentido es un poco como el Quijote y las novelas de caballería».

Fotos que puedes ver en el Twitter de Margaret Atwood mientras la escuchas hablar de, por ejemplo, la importancia del trabajo conjunto de hombres y mujeres para la supervivencia de los pueblos inuit o de la crisis financiera europea: disfrazada de zombi, en Las Vegas junto a un tipo vestido de Kiss y haciendo el saludo metalero, junto a un angry bird gigante, junto a un par de guerreros klingon (y también junto a un par de Jedis) en el Cómic Con. Y hace cosas que podrían resultar más sorprendentes como crear, recientemente, la historia de fondo (de temática zombi) para una app destinada a corredores: la aplicación te va diciendo lo que tienes que hacer (correr, beber agua, acelerar) según las incidencias del relato.

Idishe mame. Así la define, por su parte, Manguel: como una madre judía. «Es una de las personas más generosas y más protectoras que conozco. Conmigo mismo, por ejemplo. Ella está constantemente preocupada por si publico o no publico, por si como, por si me resfrío… pero es una preocupación a la que enfrenta siempre soluciones».

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La mujer que inventó la literatura canadiense –su Survival: A Thematic Guide to Canadian Literature (1972) sigue siendo uno de los libros más consultados sobre el tema– cumplirá 74 años en noviembre. Su último libro editado en castellano es una recopilación de relatos publicada por la editorial Lumen con el título de Un día es un día –en Argentina acaba de aparecer Chicas bailarinas, por el mismo sello–. El prólogo, escrito por la propia Atwood para la ocasión, termina así: «La palabra escrita es el mecanismo más asombroso para viajar por el tiempo. Heme aquí, dirigiéndome a ustedes en estas páginas, en este momento. Aunque cuando lean estas líneas quién sabe dónde y cuándo estaré».

Ahora está en una pequeña sala de prensa del Alhóndiga, una especie mega centro cultural y deportivo emplazado en pleno centro de la ciudad, en el que se celebra el Festival y donde la alcanzamos antes de continuar con su agenda. En las distancias cortas, los ojos de Atwood, de un azul intenso y claro, podrían ser tanto un puente como una pared, eso depende de tu estado de ánimo, no del de ella. Viste con la misma sencillez y austeridad que parecen ser otra marca de la casa, pantalón y blusa negra, chompa y pañuelo.

Quiero saber si sigue leyendo cómics. «Sí, pero sobre todo sigo escribiendo cómics, aunque más es un entretenimiento que una actividad profesional». Después de la charla sobre los zombis, resulta extraño que establezca esta división tan clara entre entretenimiento y trabajo profesional, pero asegura de inmediato que en el arte «obviamente hay formas distintas, y algunas formas más complejas que otras. Tienes por ejemplo alta alta alta cultura, como James Joyce, y baja baja baja cultura, como algunos cómics. Lo del medio es lo problemático». Dice problemático con una sonrisa algo ambigua.

En efecto, la literatura de Atwood se nutre de recursos de género, pero difícilmente podrían ser catalogada solo como novelas de ciencia ficción (ella prefiere «ficción especulativa»), solo como distopías o solo como thrillers. La complejidad estructural, psicológica, política y argumental de sus obras demanda en el lector unos recursos literarios, pero sobre todo unos morales mínimos que exceden con mucho las pretensiones, más modestas, de la literatura de entretenimiento. El cuento de la criada, por ejemplo. Es difícil encontrar una novela que denuncie de manera tan radical la opresión sobre la mujer y que a la vez cree una distopía totalitaria tan cercana al género. La verdad y la ficción, el viejo pacto. Le recuerdo que en El asesino ciego, incluía una cita de Kapuszinzky que me gustaba y hablamos sobre Polonia y los regímenes totalitarios. Cuando hago referencia a la polémica desatada alrededor del célebre cronista y sus supuestos deslices hacia la ficción, me dice que la mayoría de gente no tiene idea de la manera en que uno tiene que escribir en determinados lugares, que no tiene la perspectiva necesaria. Le pregunto si cree que, después de todo, verdad y ficción son dos caras de la misma moneda. «Bueno, en ambos casos hablamos de historias –responde– simplemente no puede existir la una sin la otra». Quizá por eso, por la necesidad de verificar estos límites, estas convergencias, es que ha transitado tantos géneros a lo largo de su carrera. Siempre ha dicho, por ejemplo, que la poesía satisface un aspecto emocional al que su parte racional –la que se ocupa de las novelas– no puede llegar. Pero hay poesía en sus relatos (esos gatos que buscan su mente por las esquinas de la habitación), y leo en Luna nueva, uno de sus libros de poemas de los ochenta, este razonamiento: «¿Sufren en realidad los poetas/ más que otra gente ¿No es solo/ que a ellos les toman fotos y se les ve hacerlo?/ Los manicomios están llenos de aquellos/ que nunca escribieron un poema./ La mayoría de los suicidas no son/ poetas: una buena estadística».

También la poesía y prosa parecen representar dentro de ella un duelo dialéctico. Como la razón y la emoción, la verdad y la ficción, o los zombis y la crisis financiera, son dípticos en los que se proyectan relaciones que parecen habitarla desde siempre, como el deseo de restituir un lejano equilibrio perdido. La niña que no ha dejado de buscar nunca la papa.



Jaime Rodríguez Z. (Lima, 1973) es periodista cultural y poeta (Las ciudades aparentes, Canción de Vic Morrow). En España, fue editor de poesía de la revista Lateral, y director de Quimera.