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Lo que no hicimos cuando fuimos a París

Por Andrea Jeftanovic


«Creaba las más falsas dificultades para aquella cosa clandestina que era la felicidad. La felicidad siempre iba a ser clandestina para mí. Parece que ya lo presentía. ¡Cuánto tardé! ¿Vivía en el aire? Había orgullo y pudor en mí. Yo era una reina delicada». Clarice Lispector.


Hacer el amor y cocinar huevos fritos, esa era la consigna. Coincidimos en el viaje perfecto: una buhardilla en Montmartre después de la larga escalera. Subir con el último hálito los ciento cincuenta y siete peldaños para luego bordear el camino del Sagrado Corazón y entrar a nuestro refugio. Antes, eludíamos bares y pintores trasnochados demasiado conscientes de su calidad de souvenir. Teníamos un imperio en ese estudio en la calle André Barsacq, dos ambientes, un baño a mal traer, una cocina pequeña. A veces me pregunto: «¿Esta es la próxima vez?», o bien «¿Te acuerdas cuando tener café, queso, fruta y vino era poseer un imperio?». Guardo en la memoria los hilos de un tenue coloquio. Hoy sé que en cada frase pronunciada yacía una pregunta que no supe identificar. Extraño los días en los que escribí esta historia. ¿Es mía la vida que me diste esos días? Sí, del todo mía. Recuerdo el vértigo de encontrarte en la conexión a París, el roce de tus manos en mis hombros cuando te esperaba en el andén número siete. Entonces no lo sabía y la juventud era una de las estaciones a la espera de plenitudes futuras.Durante el día pedaleábamos por el centro de la ciudad hasta el Cementerio en Le Marais, para visitar las tumbas de Vallejo y de Cortázar. Era mi primera vez en la ciudad de la luz, para ti era una de tantas visitas. Me adiestrabas para el mundo como hacían los sueños, tú me mandabas y yo viajaba para recoger aquello que tus ojos ya habían visto. Hacíamos pausas, reanudábamos la marcha, cruzábamos calles, pasábamos juntos mucho tiempo sin hacernos demasiadas preguntas. Se crece callando, cerrando los ojos de vez en cuando, sintiendo distancia con las otras personas. En una conversación que comenzó como un juego, te pregunté: «¿Qué es lo más importante que te ha ocurrido durante este año sin vernos?». Cerraste los ojos y dijiste: «Un hijo». Una broma, pensé. Adivinaste la mueca y repetiste «Tener un hijo». Algo se desplomó dentro de mí. Creo que me diste a entender que no era algo planificado, que la relación con la madre era un desastre, pero ahí estaba un niño de dos meses esperándote en otra ciudad. Había un pacto implícito de no proyectar futuros y vivir esa historia conjugada en presente perfecto, pero sentí un golpe a no sé qué órgano, ni pude dar nombre a ese sentimiento. Solo tenía compasión por mí. Si yo pudiese levantar la nariz como los animalitos de los escaparates de las tiendas de mascotas mendigando una caricia a través de la caja de cristal… En aquel entonces me asombraba que la abundancia de experiencias no produjese personas íntegras, descubría en mí inconsistencias y egoísmos.Llega el momento y la ocasión, cuando dos personas se detienen: entonces se encuentran. Si uno siempre se mueve, impone inclinación, dirección al tiempo. Insistíamos en la caligrafía viviendo una historia de amor en París al borde de una postal naif. Nos sentamos en una taberna junto al río para contemplar las barcas que se mecían y beber vino, pero yo pensaba en el rostro anónimo de un recién nacido. En uno de los recorridos escribimos en un muro de la ribera del Sena: «Me gusta mi vida en tus labios». La hora de la tarde era la más peligrosa. Hacía frío, teníamos poco dinero, era el momento de regresar al apartamento, cruzábamos la puerta acristalada del portero y nos deteníamos en los nombres de los inquilinos: Madame Delpox, Monsieur Gallimard, y más.Ya adentro, la bofetada de moho, de flores marchitas. En ese momento pensaba qué hacía con un hombre que tenía un hijo, o mejor, qué hacía él conmigo. Si lográbamos traspasar esa frontera de languidez y recriminación silenciosa era gracias a los huevos fritos. Entonces tomaba la sartén, pequeña y honda, y la rociaba con aceite. A esas alturas ya había prendido fuego y cascaba los huevos en una taza hasta la primera ráfaga de humo, en ese momento arrojaba la yema y la clara a la superficie de teflón. Cuando iban apareciendo las puntillas, echaba unas gotas de aceite por encima con la espumadera para que la yema se blanqueara.

Comer huevos era la única cena que nos permitía nuestra escuálida economía. Sumábamos un par de frutas, un trozo de queso y una botella de vino en saldo. Con un par de huevos nuestros estómagos quedarían saciados por la noche.

¿Después de los huevos qué viene? Sonreíamos. Nos desnudábamos a tirones buscando explosivos y mapas bajo nuestras ropas. Había que internarse en el secreto, en la humedad de las cosas prohibidas, en el primer descuido, en el susurro de mi vestido, el estudio de la precisa geometría de tu mano. Nuestra convivencia se ribeteaba con ademanes suaves, con cierta morosidad, con lo cual deja uno que se le introduzca dentro, despacio, la energía del otro. Cuando era tu turno, ensayabas una sofisticada receta. Tomabas dos huevos, a uno le quitabas la yema y dejabas la clara en la sartén con el suficiente aceite de oliva hasta que quedaba la aureola blanca. Luego hacías lo contrario con el otro huevo: le quitabas la clara y solo freías la yema hasta que tomara color. Lo importante era lograr la clara a punto de nieve con los bordes tostados. Finalmente añadías la yema y había un huevo al revés. Cenábamos untando pan en esos huevos invertidos. En los silencios de las masticaciones sé que vagaba en ti la necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Detrás de nosotros había una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. Yo te preguntaba en secreto ¿Cómo se llama? Pero me contenía y extendía la mano y me imaginaba el tamaño de tu hijo.

Cada vez que me quitabas el suéter, después de pedalear por la ciudad, me decías: «Caen y caen conejos, de cabellos hirsutos, desarmados no como los conejos franceses de pelaje sedoso y blanco inmaculado». Lapin, lapin, decía yo, ensayando un rudimentario francés, frunciendo los labios y dejando una vibración nasal en la última sílaba.

Yo no los vomitaba como el remitente de la «Señorita en París» de Cortázar, en mi caso salían escondidos entre las hebras de lana. Avanzada la noche escuchaba tu percusión íntima, los latidos de tu corazón cada vez que apoyaba mi cabeza en tu pecho cuidando las horas de tu sueño; conocía el ritmo de tu digestión, siempre de mañana. En las tardes hacíamos citas secretas en el Pont Neuf, a las cinco en punto, y siempre nos encontrábamos como un par de desconocidos que se paran en la misma baldosa. Excuse moi, comment vousappelez-vous?

Leíamos en voz alta fragmentos de Víctor Hugo, de Flaubert, de Colette, de Marguerite Duras, o Marguerite Yourcenar, o de cualquier otro autor francófono. Cuando llegamos al séptimo libro te cubrí los ojos con un paño de cocina y miré hacia el hombre detenido frente a mí con las manos extendidas. Los ciegos tocan por fuera y por dentro. Paseabas por el cuarto, tus mandíbulas rumiando, los brazos a tientas. No quería ver cómo por tus cuencas rodaban verdades. Ahora, vamos a jugar a la gallina ciega, te dije. Subiste los hombros como gesto de entrega, atento a mis órdenes, «a la izquierda, vamos a la ventana».–Où est La Tour Eiffel?

Me sentía cruel, tus manos torpes se mostraban inseguras. Vamos, conocedor de París, solo escuchaba el rumor de las mandíbulas. Tu mano tanteaba, buscaba unas luces en medio de las fibras del paño, «Allá», decías, con tu pronunciación extranjera, con otros sonidos, un acento susurrado, las vocales como puntos en tu boca. Me asomaba al cristal y sí, tenías razón, ahí a los lejos la atalaya de luz y la prueba estaba ganada. Entonces, vamos a la segunda tentativa.
–Où est l’Arche de la Défense?

Un giro de ciento ochenta grados, «Por allá», te reías, pero si es muy lejos, y yo comprobaba la dirección en el mapa. Cierta tranquila vibración entre tu brazo y el mío.

En el día recorríamos la ciudad desdoblando el plano Taride de París, estriado, de esquinas ajadas, con celo en la desgarradura. Buscábamos nombres: Le Condé, Neuilly, el barrio de L’Étoile, la avenida de Rachel, y enfilábamos hacia el bulevar del Petit Palais. Seguíamos avanzando por el terraplén, cada vez más de prisa. París es grande y resulta fácil hacer que alguien se pierda. Eso hacíamos, avanzar sin destino fijo poniendo a prueba nuestra brújula sentimental. Nos topamos con la Gare du Nord: en la estación de trenes nos deteníamos en los ojos abiertos de quienes partían. Subíamos y bajábamos escalones entre el trazado de andenes ensayando nuestra despedida. Así me lo imaginaba, tú escalabas el balcón para mirarme, yo bajaba las escaleras para salir a tu encuentro, tú mirabas el marco de mis lentes, yo atisbaba tu pelo saliendo de la solapas de tu chaqueta, y nos interceptábamos. En ese momento había abierto la puerta no para salir, sino para dejar que entraras y permanecieras. Por mí subías al precipicio y me decías «Ven, polen, obedéceme a mí que soy el viento». El pasado era una escalera que yo volvía a subir.

En el café de Les Deux Magots mirábamos los muros con firmas, ahí estaban los nombres de todos los clientes de los últimos cien años, corazones rotos y fechas de visita, nombres de escritores, de artistas que seguíamos en sus libros e imágenes. Después salíamos a incorporarnos al flujo de mujeres, de hombres, de niños y de perros, que paseaban y se desvanecían calle adelante como si cada uno fuera una postal. Hay electricidad en el aire de París en los atardeceres de octubre, a la hora en que va cayendo la noche, que era cuando comprábamos huevos y enfilábamos al apartamento.

También jugábamos a las pinturas del Louvre. Habíamos visitado el museo tres mañanas seguidas, dividiendo salones y épocas. Succionaba las mejillas para que se trazaran los rasgos angulosos de las figuras de Modigliani, y sí, adivinabas y decías «Amadeo, Amadeo». O ponía mis dos manos, los dedos abiertos sobre mi cara para que me miraras dividida en perspectivas simultáneas de Picasso. Me recostaba en la cama vestida con una mano en la nuca. Ajá, la maja vestida de Goya; cierra los ojos unos minutos, ahora, la maja desnuda, desnuda. Me ponía de pie con una servilleta amarrada a un tenedor y mis pechos desnudos hacia la ventana, sí, Eugene Lacroix, «La Libertad guiando al Pueblo», viva la Liberté, viva.

La última noche no freímos los huevos, los comimos crudos. Yemas amarillas y viscosas se deslizaban entre las manos, por la boca, viscosos los abrazos, amarilla la risa, almíbar de claras pintando las sábanas, besos en círculos que dibujaban los labios aceitosos como la piel de un pez, el beso se zambulle y deja una estela de burbujas.

Te pedí ver una foto del niño. Sacaste la imagen de la billetera y vi el rostro de un bebé cualquiera. La guardaste pronto y yo miré al techo o a la ventana. Se puede viajar hacia un destino, desde un lugar, en alguien, viajar es un estado de gracia, tú lo fuiste por esos días que ahora se pliegan en el calendario como ilusiones ópticas. Yo diré que nunca he estado en París, tú restarás una vez a tu número de visitas. Amarilla, definitivamente amarilla fue la despedida. Estaba oscuro, raspamos un fósforo y nos encandilamos por última vez. Quedamos perplejos antes de apagar la luz.



Andrea Jeftanovic (Santiago, 1970) es autora, entre otros, de las novelas Escenario de guerra y Geografía de la lengua; y de los libros de cuentos Monólogos en fuga y No aceptes caramelos de extraños.