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Reseñas

La fiebre por decir

A propósito de Contarlo todo, de Jeremías Gamboa

Jeremías Gamboa (Lima, 1975) ■ Mondadori (2013) ■ 508 páginas ■ 65 soles


Es el libro del que más se ha hablado en los últimos meses. Antes de publicarse; incluso antes de terminar de escribirse. Un día el libro ya estaba listo y tiempo después lo había leído Vargas Llosa. A los pocos meses estaba fichado ya por Carmen Balcells. Todos estos milagros envolvían en un aura de irrealidad la aparición de un libro que empezaba a generar expectativas muy altas. La publicación en simultáneo en varios países, así como la presentación de la Feria de Guadalajara, terminaron de dar forma al cuento de hadas literario.

Para los que seguimos el proceso de cerca todo nos pareció materia de ensueño. La repercusión en medios parecía justo premio a un esfuerzo de años de escritura y privaciones. Y ahora que la marea ha bajado, puedo analizar con más calma los eventos, consecuencias, reacciones y desequilibrios que ha causado la aparición de este libro singular, y cuya salida y recepción han sido también únicos, aparatosos, desbordantes y, creo yo, excesivas. Contarlo todo, de Jeremías Gamboa, me apasiona y envuelve como hace mucho no lo lograba un libro en nuestro medio. Tiene muchos aciertos, así como problemas, hay que decirlo. No es la novela que la campaña de la editorial ha pretendido que leamos, pero tampoco ese libro vapuleado y reducido con necedad a una lista de errores. Lo cierto es que en el balance algunos aspectos de su energía y vitalidad terminan por brillar sobre aquellas trabas. Desde esa perspectiva, y tomando en cuenta que Gamboa es mi amigo, aclaro que mi punto de vista busca ser imparcial con las virtudes y defectos del libro, lo que a fin de cuentas es el mejor tributo que se le puede hacer a una amistad valiosa.

Si hay algo deslumbrante en Contarlo todo, esta novela de aprendizaje y autodescubrimiento, algo que la mayoría de lectores agradecemos, es la intensidad y energía de su voz narrativa. Es uno de los aspectos más positivos del libro: la voz de Gabriel Lisboa, alter ego en versión dramática e intensificada del autor, quien escribe por fin el libro que soñó y que ahora tenemos entre manos. Las dificultades, penurias, dilemas y carencias que debe superar son muchas: raciales, sociales, económicas, emocionales. Lisboa, embebido en esta fiebre por contar todo aquello que durante años ha querido narrar, pero que hasta entonces no había podido, escoge contar su historia de manera lineal y trepidante, con excesivo detalle. Sin embargo, en buena parte del libro, el ritmo en cada escena no solo no decae, sino que se intensifica en las dosis adecuadas en momentos duros y amargos (las dificultades económicas, los primeros trabajos, la desesperanza vocacional), así como en las descripciones memorables de los momentos de gracia y plenitud (cada amigo del Conciliábulo, el descubrimiento, conquista y éxtasis ante la figura de Fernanda). Creo que los mejores momentos de la primera parte, en general algo floja y por momentos excesiva en detalles periodísticos, es sin duda aquella íntima en la que Lisboa debe luchar contra las múltiples limitaciones que se le imponen en diversos niveles (sociales y económicos, así como profesionales); pero en especial corporales. Las escenas en que se narra la lucha de Lisboa contra ese cuerpo sometido por el acné, episodios en que, a fuerza de utilizar los remedios químicos más radicales para atacar una enfermedad igual de radical, brindan páginas llenas de angustia y desolación, donde además de la ciudad y sus iniquidades el cuerpo se convierte también en obstáculo, en jaula, en símbolo de represión. Aquí están las mejores páginas para conocer al personaje: un adolescente tardío, monstruoso por fuera y puro por dentro, con sus sueños contenidos y que luchan por encontrar un lugar en el mundo.

Personalmente, creo que allí radica la problemática central de ese primer Lisboa: un individuo con un rostro aún por formarse, sin identidad, que todavía no sabe «escribir», y que va civilizando su cuerpo y mente para enfrentarse a los próximos desafíos de la segunda parte del libro, los desafíos emocionales. Creo que una mayor concentración en estos detalles que construyen la red emocional y psicológica del personaje, así como la eliminación de algunos otros, como las «lecciones» periodísticas (lecciones, por cierto, sumamente serviles, en algunos casos), habrían dado mayor potencia al relato.

Sobre esta primera parte, y visto ya a la distancia, me pregunto ahora qué tan útil termina siendo esa estrategia inicial de la novela. ¿Era necesario ese recurso de circularidad, de «estoy escribiendo el libro que estás leyendo y que 500 páginas después seguirás sabiendo que es el mismo, y que sí, lo logré»? Algo me dice que esa argucia se terminó convirtiendo en un corsé que ha sujetado al personaje en un mismo plano. Pues si el lector ya sabe que el libro entre manos lo está escribiendo Lisboa, ¿acaso no sabemos ya entonces que triunfará «sin remedio» en su objetivo? ¿Cuándo estuvo en peligro la escritura? ¿Cuándo sobrevino la crisis? Quizá aquella elección (una apuesta, al fin y al cabo) es la que ha generado críticas sobre ese carácter de «predestinación» del escritor en ciernes. Porque en Contarlo todo nunca se indaga en los porqués, sino en los múltiples cómos: cómo Lisboa logra practicar en una revista, cómo accede a una vida universitaria soñada, cómo triunfa en el periodismo, cómo aprende a amar y a recibir los golpes producto de esos amores. Ese «llamado» incuestionable se vuelve ya no un dilema complejo por resolver, sino un punto de llegada del cual nunca se dudó, como comprobamos desde la primera página del libro. No hay, como en otras novelas de aprendizaje, un acto rebelde ante una estructura social que lo detiene, segrega y minimiza; más bien lo que hay es aceptación de las reglas del juego y complacencia y bienestar cuando progresivamente se va ascendiendo en la escala social y de prestigio intelectual: cuando Lisboa ya es finalmente un escritor con 500 páginas que lo atestiguan. Creo que al margen de las escenas entrañables, de los personajes singulares y divertidos, del espíritu enérgico e intenso de su narrador, es válido el reclamo de un enfrentamiento con la sociedad retratada y sus imposiciones, pues finalmente la literatura es un territorio de exploración y conflicto ante nuestra circunstancia.

La segunda parte de la novela es sin duda la mejor del libro. Allí, los problemas de enfoque y concentración se resuelven con eficacia. Ello, básicamente porque el nuevo foco apunta sobre la figura de Fernanda, el personaje femenino más logrado y quizá el más complejo después de Lisboa. Creo que la lectura de Contarlo todo es válida por muchos motivos, pero en especial por las escenas de enamoramiento, pasión y conflicto de estos dos personajes. Los encuentros excesivos entre una chica proveniente de la clase alta, supuestamente con los enclaves de su condición pudiente fijados al suelo, con un sujeto que apenas ha empezado a descubrir un resquicio en el mundo y solo se apoya en su fe en su talento para la escritura, contagian una ternura especial y hacen cómplice al lector de estos amantes dispares. Por ello se tornan tan injustos los maltratos que recibe Lisboa por parte del padre de la chica. Pero más todavía la inacción de Fernanda frente a dichos maltratos. De esta forma, Lisboa, un individuo recién formado física y mentalmente para la socialización (después de su metamorfosis), armado solo con su propia ingenuidad y su deseo de ser aceptado, parece exigir respuestas emocionales a una Fernanda sin mayores motivaciones, salvo las íntimas e incomprensibles. Estoy seguro de que Contarlo todo, como experiencia de lectura para el ojo entrenado, revela errores de concepción y ejecución. Ya está dicho. Pero uno de sus principales hallazgos descansa en estas páginas de amor, de deslumbramiento, aprendizaje emocional y sexual, dolor y crecimiento, como en ningún otro libro publicado recientemente.

Por otro lado, algunas reseñas valiosas han rescatado aspectos importantes de esta segunda parte, como el viaje de Lisboa a Ayacucho, el sueño donde con una máscara «habita» a su amigo Montero, con todo lo que ello implica simbólicamente, así como el desvirgamiento de una joven propia de la zona (también con la implicancia simbólica que ello contiene).

En suma, Contarlo todo es un itinerario pormenorizado de rituales de angustia, dolor, crecimiento, aceptación y alegría. Señala un camino arduo y tortuoso, el de la búsqueda de la propia voz literaria. Esta novela coloca a la palabra como un destino, ritualiza su búsqueda y la torna en un acto de fe. De allí que el libro genere (y exija) lectores fervorosos, ávidos de fe literaria. Sin embargo, los problemas de exceso de páginas, de temáticas poco desarrolladas, así como personajes esquemáticos en la primera parte; y los señalados sobre la conceptualización de la novela, impiden que cobre el vuelo que podría haber alcanzado.
Estoy seguro de que en los futuros libros de Gamboa todas estas exploraciones tendrán cada vez mayor presencia, que sabrá capitalizar a su favor todas estas críticas. Y cuando esto ocurra habremos ganado a un escritor complejo y con una habilidad narrativa singular.

Mención breve y aparte merece la, creo yo, errada estrategia de posicionamiento del libro. Como alguien que ha trabajado en un puesto con una visión privilegiada en una editorial transnacional, sé que existe un afán de encontrar la mezcla perfecta entre un libro comercial con dosis literarias; o mejor aún, que esté avalado por un Nobel. Esto ocurre cada año en otros países, con resultados casi nunca favorables para esos autores «descubiertos». Aquí no hace mucho sucedió algo similar, con resultados decepcionantes. Y no es que necesariamente sea culpa de los libros, sino de los rótulos impuestos, las comparaciones odiosas. Este tipo de campañas vuelven a los ojos lectores ya no en cómplices, sino en inquisidores, a la espera ya no de la promesa de un libro que hasta ese momento, por lo que se sabía en el círculo literario, bien podía sostenerse solo, y con mucha prestancia, sino de sus errores y carencias. Creo que antes de haber anunciado a Gamboa como un sucesor de Vargas Llosa (¿hasta cuándo seguiremos buscando reemplazar a esos lejanos dioses?) o como «Nuevo Boom» se debió, en primer lugar, trabajar intensamente en la corrección del libro (lo que toma tiempo, pero es algo posible y está completamente en las manos de la editorial responsable), y segundo, anunciar el libro como lo que es: una primera novela de aprendizaje, abundante, dolorosa, nostálgica y vital. A estas alturas, queda claro que Jeremías Gamboa no es Mario Vargas Llosa, ni tiene por qué serlo. Es Jeremías Gamboa, escritor con talento que abrirá su propio camino con pasión y sensibilidad ya demostradas.

Finalmente, los efectos de Contarlo todo han sido muchos. Ha dinamizado el terreno de una manera excepcional. Los escritores «mayores» y los jóvenes dan opiniones, argumentan, el diálogo ha crecido. Otros, espíritus menores, exigen reseñas a críticos y hablan de «silencios elocuentes». Las lecciones de la novela: no dejar de creer, canalizar energías, guardarlas; someterlas cinco años, como hizo Gamboa, trabajando en empleos difíciles, casi al límite de la desesperanza, para luego, presa de esa fiebre por decir que nos enferma a quienes escribimos, expulsar de ti este grito gutural y desafinado (pero sostenido) que dice estoy vivo, y amo escribir. Por Johann Page



Johann Page (Lima, 1979) ha sido editor en el Fondo editorial de la PUCP y director editorial del Grupo Planeta en el Perú. Escribió el libro de cuentos Los puertos extremos.

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