Juegos de guerra

La novela de espías o la comprensión del mundo

Por Alejandro Neyra


Cuando la «absoluta transparencia» y la desaparición de la intimidad –cuando no la exposición pública de «la verdad»– se ha vuelto signo de los tiempos, muchos consideran a Julian Assange o a Edward Snowden como héroes modernos que se agitan frente a los secretos del FBI, de la CIA y de cualquier otro sistema cerrado de inteligencia. Los secretos, qué duda cabe, han pasado de moda. Sean personales o de Estado, da casi lo mismo: ya no hay espacio para lo escondido; todo tiene que ser traslúcido en el omnisciente mundo de los realities, las redes sociales e Internet.

Quizá ello tenga que ver con cierta revaloración de un subgénero de la ficción relacionado con lo secreto. Las sentidas y recientes desapariciones de Tom Clancy y Gerard de Villiers, la celebración de los cincuenta años de El espía que vino del frío y las nuevas novelas de John Le Carré, así como la publicación de Solo, la nueva entrega de la saga de James Bond, escrita por William Boyd, hacen pensar que ese reino de la opacidad, muchas veces vilipendiado y menospreciado –la novela de espías– goza aún de muy buena salud.

Prehistoria universal de la infamia
La novela de espías tuvo su auge durante la Guerra Fría, cuando los sistemas de espionaje, entre norteamericanos y soviéticos, podían hacer pensar en estratagemas novedosas, aventuras en países exóticos y luchas de héroes solitarios dispuestos a matar o morir con tal de ganar un espacio en favor de sus divisas. Pero el género nació mucho antes, incluso antes de la Gran Guerra. El prisionero de Zenda, de Anthony Hope, es de 1898; Kim, de Rudyard Kipling, de 1901; y El agente secreto, de Joseph Conrad, fue publicada en 1907. Y ciertamente las intrigas y las traiciones, materia prima de los espías – de verdad y de ficción–, son tan antiguas como los relatos de masones y rosacruces, las obras de Shakespeare, la Biblia, el Código Hammurabi y la humanidad misma.

Sin embargo, la creación de las primeras redes internacionales de inteligencia, que empezaron a consolidarse de manera científica alrededor de la Gran Guerra –pero se remontan, no cabe duda, al establecimiento de consulados y embajadas y a la primera oleada de la globalización– constituye un momento clave para la profusión de lo que ahora conocemos como ficción de espías. La llegada del cine y los medios de comunicación masivos aportaron a su popularidad: pronto destacaron Los 39 escalones –cuyo libro original, de John Buchan, es de 1915, aunque su popularización gracias al genio de Hitchcock llegó veinte años después–, y Las arañas y la prodigiosa Espías (ambas de 1928 y firmadas por Fritz Lang).

Espía versus espía
Pero es la segunda mitad del siglo XX, la época de los avances científicos y del juego de Risk mundial que trae consigo la Guerra Fría, cuando se hace popular la típica novela del género, cuya fórmula es muy parecida y casi siempre da protagonismo a un agente secreto infiltrado, brillante, guapo (en el estilo caucásico, claro), seductor, cruel y, pese a eso, tierno y noble. El agente se vale de su fuerza, pero sobre todo de su inteligencia y astucia para enfrentarse a redes de espías como él, pero sanguinarios, brutales, feos (en el estilo ruso, oriental y hasta cobrizo) y que, evidentemente, defienden ideologías equivocadas, valores inmorales, intereses subalternos y lo único que desean es la ascensión del reino del caos.

La desaparición de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín hacia fines del siglo pasado marcaron una época de crisis en todo aspecto. Pero superado el debate sobre el fin de la Historia e iniciado el nuevo milenio con la caída de las Torres Gemelas, los espías encontraron que su tarea no estaba en absoluto culminada, dando respiro y sustento a los novelistas especializados. Aquellos simplemente mudaron sus intrigas al Medio Oriente o allí donde pudieran seguir luchando por el bien del mundo.

Gerard de Villiers, prolífico escritor francés recientemente fallecido, fue uno de los primeros en adaptar las aventuras de Malko Linge, su noble personaje, a los avatares del terrorismo mundial (incluyendo una entrega que transcurre en 1985 en el Perú). En una entrevista-homenaje aparecido en The New York Times hace apenas unos meses, De Villiers reconoció que su amplia red de contactos de inteligencia y diplomacia le ayudaron a comprender la complejísima situación de facciones fundamentalistas en Medio Oriente y a retratarla muchas veces mejor que los propios reportes de inteligencia oficiales.

Y es que esto es probablemente lo que hace de la novela de espías una ficción doblemente valiosa, más allá del estilo y de la verosimilitud de los relatos y el indudable entretenimiento que desde sus portadas imprimen. La novela de espías, quizá más que otras ficciones –incluidas las seudohistóricas– es capaz de recomponer dos ambientes simultáneos que vivimos sin percibir: el de los vaivenes de la cotidianidad y el de los temores profundos de las sociedades, que incluyen los intereses que cubren nuestras vidas y las curiosas o problemáticas intrigas internacionales que hoy permanecen, aunque quizá sin la evidencia que en el tiempo de la Guerra Fría, ocultas por la ficción de las redes sociales y la hiperconectividad que hoy pensamos que es la realidad.

Solo tres pruebas al canto para demostrar la vigencia de este subgénero. William Boyd, notable y laureado autor británico, descubre el mundo hipócrita de las potencias y sus empresas que dividen países a su propia conveniencia. Y lo hace ciñéndose al canon de Fleming en Solo, última entrega de la saga de James Bond, que sigue produciendo ficciones con el archifamoso personaje. Aunque se trate de un Bond que se siente ya viejo y cansado, y pese a que la intriga se ubica en un ignorado e inexistente país africano, Solo es un notable ejercicio de estilo. Bond, más solo que nunca, abandonado por sus propias fuerzas y por sus propios colegas –como el mismo Alec Leamas en El espía que vino del frío– consigue la estabilidad en un rincón de ese continente que aún sufre los estragos del colonialismo y es escenario de un juego de las potencias por el control de sus recursos.

Ian McEwan, otro brillante escritor británico, hace algo más arriesgado y ciertamente más divertido. Operación Dulce es una atípica novela de espionaje. Como en otras de sus obras, el argumento es también un pretexto para hacer un retrato de época: el de la Albión en los años setenta, desde el rock y la liberación femenina, pasando por el uso y abuso de las drogas, todo enmarcado en una historia de espías. Aquí el rol de inteligencia es más sutil, un juego de filigrana que no busca el control directo de un país pero sí el triunfo de una ideología a través del control de la mente. Mejor aun, es esta también una historia de la literatura y del amor, un combo completo de la mejor ficción.

Finalmente, Le Carré presenta en su última novela, Una verdad delicada, un caso reciente de espionaje vinculado al siempre intrincado y violento terrorismo musulmán, pero teniendo como escenario Gibraltar, un hito geográfico vigente y propicio al gambito de las relaciones internacionales.

Y es que las novelas de espías descubren, a diferencia de los presuntos héroes del antiespionaje actual, las raíces de la historia y de la Historia, los dramas personales y las tragedias de las naciones. Por eso, y porque en su aparente sencillez el relato de los espías no esconde más que el afán de la entretención, se trata de un subgénero que permanecerá vigente. Después de todo, las intrigas entre los países y los intereses geopolíticos son tan permanentes como el sexo y la violencia, condimentos también infaltables en esta profusa literatura.

Una coda latinoamericana: la novela de espías es popular sobre todo en Europa y los Estados Unidos (las versiones prosoviéticas o chinas no llegan a esta parte del mundo), como si solo aquellos países que dominan la inteligencia mundial pudieran albergar escritores que imaginan mundos bipolares e imposibles. Los ejemplos de novelas de espías en la región son escasos. El cosmopolita Carlos Fuentes se atrevió a escribir, una novela para muchos menor en la carrera del mexicano. Tal vez sea porque cuando se habla de conspiraciones peruanas, bolivianas o argentinas –como en la reciente y curiosa El plan Morgana, del chileno Roberto Kruger– la verosimilitud desaparezca y las novelas se parezcan mucho a nuestra pobre inteligencia y a nuestra risible realidad.



Alejandro Neyra (Lima, 1974) es diplomático y escritor. Es autor de tres libros de relatos, de la novela CIA Perú, 1985. Una novela de espías, y de los ensayos de Peruanos de ficción.