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Ficha técnica

Por Yuri Herrera


Gorro traductor-apocalíptico. El artilugio expuesto en esta vitrina fue inventado a mediados del siglo XXI para fungir como una máquina traductora entre los llamados «esquizofrénicos» y la llamada gente «normal» (como es sabido, este oscuro concepto sigue siendo objeto de investigaciones y álgidos debates, al punto de que muchos especialistas se resisten a creer que designara algún sistema estable). El gorro consta de dos capuchas de algodón en uno de cuyos lados hay un juego de electrodos que se introducían profundamente en los cerebros del invitado y del «paciente» (este vocablo ha sido también objeto de controversia, pero se usa aquí por razones de contexto). Una vez que los cerebros del «esquizofrénico» y del «normal» se sincronizaban, este último podía experimentar la vera y rica variedad de estímulos –y el frecuente horror– que el ambiente ofrece, merced a la agudización de los cinco sentidos en el cerebro del «esquizofrénico»; más, por supuesto, el sexto y séptimo sentidos propios de estos individuos.

Casi inmediatamente después de que este artilugio fuera inventado y aceptado por lo que se conocía como «comunidad científica», las sociedades industrializadas comenzaron a colapsar de perplejidad con el descubrimiento de que la realidad era mucho más enmarañada y ambigua de lo que les habían hecho creer. Se comprobó que las voces que escuchaban los «esquizofrénicos» eran rastros de otros tiempos o reflejos de otros lugares: señales lanzadas al vacío en un país remoto, monólogos internos que alguien lograba captar, subproductos de situaciones traumáticas que eran percibidos por alguien más y en una forma que nada tenía que ver con lo que la había originado (por ejemplo: una señorita lloraba por la partida del ser amado y en otra ciudad ese afecto era descifrado por el organismo de alguien más como un zumbido intermitente y enloquecedor, o como la orden de pintar rombos en el techo). Estos hallazgos condujeron a una súbita anomia: todo aquello que estructuraba los propósitos de la gente debía ser reevaluado ante la evidencia que presentaban estas ventanas vivientes, los «esquizofrénicos». Y no es que se hubiera descubierto otro orden, no es que los «esquizofrénicos» entendieran de otra manera lo caótico; simplemente vislumbraban que no podía encontrarse sentido —más que de manera provisional— en la manera anárquica en que el tiempo, el espacio y el deseo (la cuarta dimensión, ahora lo sabemos todos) constituyen nuestros cuerpos.

Es curioso que estas sociedades hayan tardado tanto en darse cuenta de lo absurdo que era reducir la realidad a tres dimensiones y que trataran de anular a los «esquizofrénicos» por medio de químicos o confinándolos donde no perturbaran la ilusión de «normalidad». Es abominable, además, no solo porque desde que se acuñó el nombre de este «trastorno» ya se tenía cierta intuición sobre su naturaleza, cierta sospecha de que era otra forma de inteligencia: una inteligencia dividida; es abominable por eso e inaudito porque la sociedad «normal» era una atravesada por contradicciones tan repugnantes que solo podían ser racionalizadas por una mentalidad igualmente escindida.

Por supuesto, gracias a que pudo rastrearse el origen de los mensajes que los «esquizofrénicos» decían recibir, el gorro traductor (traductor guion apocalíptico a partir de que alguien reparó en que fue su introducción lo que precipitó el advenimiento de la exnormalidad) también confirmó la existencia de Dios. Se trata de un recolector de chatarra avecindado en el barrio La Ladrillera, en Bogotá, cuyo diálogo interno es transmitido a una variedad de individuos. No todas, ni siquiera la mayoría de las voces escuchadas por los «esquizofrénicos» vienen de Dios, pero sí es este el único cuyos impulsos íntimos se convierten en hechos reales. Puede, por ejemplo, cuando alguien de ojos rasgados lo trata descortésmente, pensar: «Qué aburrido me dejan estos chinos», lo cual ocasiona un terremoto de manera casi inmediata en Sichuán, aunque el sujeto no se entere, pues no acostumbra leer periódicos.

Dios responde preguntas y escucha reproches en la sala F de este recinto, los martes y jueves, de 5 a 6 de la tarde.



Yuri Herrera (Actopán, 1970) es autor de las novelas Trabajos del reino, Señales que precederán el fin del mundo y La transmigración de los cuerpos.