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«En la creación ejerzo mi absoluta libertad y goce estético y sexual»

De frente con Oswaldo Reynoso

Por Jaime Cabrera Junco


Muy pocos reconocen o conservan una imagen de Oswaldo Reynoso joven. Estamos acostumbrados a verlo retratado con su frondosa cabellera blanca y figura redonda, aquella que durante sus años en China hacía creer a los niños que era un tipo de santón. Sin embargo, la mañana de esta entrevista, el autor nos muestra un libro de homenaje recientemente editado en el que se incluyen fotografías en blanco y negro donde se le ve delgado, sonriente, casi un inocente. Ese Reynoso de veintitantos años no era aún «El profe», el maestro que recibe decenas, cientos de relatos de jóvenes aspirantes a escritores que lo visitan para pedirle consejos. El narrador arequipeño de 82 años cuenta que está a punto de publicar un nuevo libro en el que hace una revisión de su vida y trata de descifrar el origen de sus obras. Con Reynoso, la polémica está asegurada.

Usted afirma que el leitmotiv de su obra es la culpa. La pregunta es ¿culpa de qué? ¿Acaso tiene que ver con alguna experiencia traumática?
Sí, con varios episodios traumáticos en mi infancia y juventud. Porque tuve la desgracia de ir a un colegio de hermanos fascistas que me inculcaron el miedo al infierno y me metieron en lo más profundo del espíritu la idea del pecado. Mi vida hubiera sido otra si no hubiera tenido esa herencia judeocristiana del castigo. ¿Y cómo busco liberarme de la culpa? Creo que a través de mi propia vida al borde del abismo, en el disfrute pleno de los cuerpos desnudos y en la creación estética de la palabra y la imagen. En busca de la inocencia, es decir, en la búsqueda de la limpia moral de la piel.

Este sentimiento de culpa, asegura, lo llevó a dejar Arequipa y viajar a Lima en 1952. En su libro En busca de la sonrisa encontrada dice que «el descubrimiento del placer de la piel me hizo comprender que Dios no era más que una fábula de terror».
Exactamente, en Arequipa y en mi infancia Dios era una fábula de terror, y la sociedad arequipeña era una muy hipócrita, racista y clasista.

Su décimo libro, que está a punto de publicar, curiosamente se llama Arequipa, lámpara incandescente, y por lo que ha contado y he podido averiguar es un intercambio epistolar entre un narrador veterano y un aspirante a escritor. Ahí cuenta muchas historias personales como una escena de su niñez en que un abogado se acercó a tocarlo no precisamente con buenas intenciones…
Está escrito, efectivamente, a manera de cartas. A diferencia de lo que cuento en mi novela El escarabajo y el hombre, que se sostiene en lo que le cuenta un joven al Profe en un bar de mala muerte, pretendo en este texto lo contrario: el Profe contándole su vida al joven en diversos lugares de Arequipa. Pero el tono general de esta conversación no tendrá ningún atisbo de un frío y planificado reportaje periodístico: cada respuesta es la elaboración de un texto literario en estético equilibrio entre la realidad real y la realidad ficcional, como todo lo que he escrito.

Es decir, no hay que tomar este libro como sus memorias.
Es un texto en el que, como digo, hay un equilibro entre la realidad ficcional y la realidad real. Por otra parte, al recordar mi infancia voy descubriendo en lo más profundo el origen de los temas que he desarrollado en mis libros. Es un escarbar en mi propia vida para encontrar dónde está la raíz de lo que escribo.

En este intercambio al estilo de Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa, una de las preguntas que le hace el aspirante a escritor es sobre cómo surgen las historias.
Eso no se sabe. Los griegos esperaban la llegada de las musas. Luego, los místicos, la iluminación del Espíritu Santo. Hoy se dice que es la inspiración, pero todavía creo que no se ha llegado a aclarar cuál es la verdadera razón por la que una persona comienza a escribir.

Dice que escribe por impulso y no tiene plan ni mapa. Entonces ¿cómo se da cuenta de que una historia puede ser materia de un libro?
De pronto recuerdo o imagino algo, y lo voy contando en los bares a mis amigos o salgo al parque y se lo narro a una persona. Cada vez que lo cuento, lo voy perfeccionando hasta que llega un momento en que ya está maduro. Y entonces lo escribo.

Hablando de planificación o estructura, su novela Huamanga, Huamanga quedó trunca y explicaba que esto se debe a que no es un arquitecto de la novela como Vargas Llosa. ¿Qué importancia tiene la técnica aquí?
Es que la técnica va saliendo conforme uno escribe, porque en mis novelas hay técnica, pero no es una técnica anterior sino que se va formando en la propia creación.

¿Y por qué se truncó Huamanga, Huamanga?
Porque perdí el interés. Sin embargo, muchos de los textos de esta novela están apareciendo en Arequipa, lámpara incandescente. Los he estado copiando.

¿Cuál es su visión de la narrativa peruana actual?
Creo que no hay una literatura peruana, hay literaturas peruanas. Yo soy marxista, creo en las clases sociales, a pesar de que ahora, a esa realidad que no se puede negar, se le ha puesto el nombre de sectores. Pero en el fondo son clases sociales. Cada clase social tiene una concepción del mundo. La concepción literaria obedece, se quiera o no, a la concepción ideológica que tenga el autor. Hay un filósofo alemán que dice que aún no ha nacido el hombre que pueda saltar sobre su propia sombra. Yo diría que aún no ha nacido el escritor que pueda saltar sobre su propia ideología.

Habla de ideología y que de allí parte la mirada del escritor. ¿Cómo define y qué características encuentra en las novelas de la violencia publicadas en los últimos años?
Yo considero que las mejores novelas que se han escrito en el Perú sobre esta etapa terrible de la historia son Rosa Cuchillo, de Óscar Colchado; Retablo, de Julián Pérez Huarancca, que acaba de ganar el Premio Copé de Novela; y Ese camino existe, de Luis Fernando Cueto. También las novelas y cuentos de Sócrates Zuzunaga y de Félix Huamán Cabrera.

¿Y cuál es el mérito de estos autores?
En primer lugar, hacen literatura, y hacer literatura es utilizar el lenguaje como un instrumento de belleza. Esas novelas son bellas por el lenguaje y son profundas por la estructura, y nos hacen ver el infierno de esa época.

Sus opiniones y convicciones le han valido muchos reproches. ¿A los 82 años sigue sin considerar a Sendero Luminoso como un grupo terrorista?
Creo que esto deberá juzgarse después, que la cosa está muy cercana, no se sabe con exactitud lo que pasó. Los historiadores del futuro tendrán que esclarecerlo. Lo único que sé es que mucha gente que tomó un arma para Sendero o para los emerretistas, o como lo hizo el poeta Javier Heraud, era gente que quería cambiar el Perú. Dejaron su hogar, dejaron todo para cambiar el Perú. Equivocados o no, tenían un norte, mientras otros lo que querían era robar. Por eso muchos de estos están en la cárcel, por ladrones y criminales. Estas cosas hay que verlas con mucha calma, creo que muchos de los jóvenes que a lo largo de la historia del Perú tomaron las armas lo hicieron por buena voluntad.

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El libro clásico de Reynoso se titula Los inocentes, un conjunto de relatos sobre atribulados jóvenes que empiezan a darse cuenta que están dejando de ser niños. Este cuentario, publicado en 1961, era transgresor para su época y el autor siempre recuerda que incluso pidieron que se le anule el título de profesor tras calificar su obra de inmoral. Han pasado más de 50 años y Los inocentes lee actualmente en las escuelas y es considerada una obra tan entrañable que a su autor lo invitan para leer fragmentos de los cuentos ante los estudiantes.

Miguel Gutiérrez dijo que usted es quien podía escribir la gran novela peruana sobre la homosexualidad.
¡Pero si ya la he escrito! Es que la gente cree que hablar de sexo es hablar de sexo explícito. Es decir, caer en lo grotesco, en lo obsceno. Para mí las relaciones sexuales son el regalo más extraordinario que ha recibido el ser humano. Entonces, eso hay que tratarlo con delicadeza, con mucho cuidado. No podemos hablar en forma obscena, pornográfica… hay que respetar.

¿A cuál novela se refiere?
Ya la he escrito porque en todas mis novelas está presente (la homosexualidad). Hay un señor que ha dicho que en mi libro En octubre no hay milagros soy homofóbico… ese señor no sabe leer, porque el problema de allí es el problema del poder, y el poder se da en todo tipo de relación. Y allí hay dos paralelos del tratamiento de la homosexualidad. El tratamiento del dueño de bancos que subyaga a Tito, y el del profesor con el joven Miguel. Pero como la gente está interesada en lo morboso…

Como en No se lo digas a nadie, de Jaime Bayly, por ejemplo…
No, pues, esa es una tontería. Es lo que atrae, el escándalo. No, no…

¿Cuál es la mejor novela peruana?
No, no, no… para mí la literatura no es una carrera de caballos. No es mejor ni peor, solo es o no es.

Pero sí hay un libro de la literatura peruana que lo ha marcado, me refiero a La casa de cartón.
A mí me han marcado Abraham Valdelomar, Ciro Alegría, Martín Adán y José María Arguedas. Con La casa de cartón aprendí a escribir, pero también con Valdelomar y los demás. Creo que todos los escritores en el Perú estamos de alguna forma influidos por ellos.

¿Qué rasgos recuerda de Martín Adán? Miguel Gutiérrez decía que era difícil hablar de literatura con él.
A mí me ha molestado mucho que se hable en esa forma de Martín Adán. Hay una crónica de Gregorio Martínez en la que cuenta que se lo llevan y se emborrachan con él. Hay que respetar a los grandes escritores, y si Martín Adán daba la impresión de ser irónico y no querer hablar es porque él medía a su interlocutor, tenía ojos para ver con quién hablaba y con quién no. Yo me contenté con leer lo que había escrito, lo veía de lejos, siempre lo saludaba con mucho respeto. Nunca tuve el atrevimiento de querer hablar de literatura con él porque respetaba su silencio, respetaba su soledad. Por otra parte, recuerdo perfectamente que él una vez salía del bar Palermo –sería la una o dos de la mañana– y se apoyaba en un poste porque estaba ebrio. Al lado había un joven afro muy hermoso que lo sostenía del brazo. Yo me acerqué y le dije al joven: «Cuídalo»: Y él me dijo: «Sí, yo lo respeto mucho. Es mi maestro». La expresión de ese joven, esa madrugada en Lima, ha sido la mejor opinión que una persona ha tenido sobre Martín Adán.

Cuando le preguntaron hace un año dónde encuentra la inspiración, usted dijo que en la vida intensa y en la cerveza. Ha estado enfermo, tuvo un problema de presión y ya prácticamente no bebe…
Ahora ya no, solo me queda la vida intensa (ríe).

Eso de la inspiración es un problema para algunos al enfrentar la página en blanco…
Para mí no. Cuando llego a la página ya sé lo que voy a escribir porque lo he contado por todo sitio. Además, he llegado a una conclusión: en lo que se refiere a contar historias soy un barril sin fondo, es como una especie de ejercicio. Así como los deportistas corren y saltan para tener fuertes sus músculos, yo cuento y hablo para ejercitar mis neuronas.

¿Cómo define el acto de escribir?
En la creación ejerzo mi absoluta libertad y mi absoluto goce estético y sexual. En el fondo escribir es un orgasmo (ríe)



Jaime Cabrera Junco (Lima, 1979). Periodista cultural y director de la bitácora literaria «Lee por gusto» (www.leeporgusto.com). Es también jefe del Equipo de Promoción Literaria de la Casa de la Literatura Peruana.