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Reseñas

El perenne diletante

La infancia de Jesús ■ J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) ■ Mondadori (2013) ■ 271 páginas ■ 79 soles


Novela. ¿Podría suceder que, alcanzada la celebridad, el creador se proponga jugar una broma pesada a los admiradores de una obra indiscutida? Más aún, ¿podría pasar que el creador busque –de manera no tan evidente, acaso bajo el pretexto de una propuesta lúdica incomprensible para el resto de los mortales– echar por tierra su casi unánime aceptación? Me recuerdo a mí mismo, en un tiempo ya bastante lejano (para mi pesar), viajando de mochilero a través de ciudades europeas y aprovechándome de la inmotivada hospitalidad de estudiantes amigos de amigos. En una ocasión ingresé a algún museo para observar la colección de uno de mis pintores favoritos, y dentro de ella me encontré con un lienzo cuya monótona neutralidad solo era violentada por un par de puntos como lunares distantes y otra figura que parecía una araña extraviada. Que mi recuerdo sea exacto, o que el título de la obra haya sido «Paisaje» o «Pintura», es lo de menos aquí. Recuerdo sí que me dije algo como: «Esto no puede ser verdad, este artista merecidamente célebre tiene que estar burlándose de todos los que venimos hasta aquí para admirar su obra…».

No diré que aquella experiencia me hiciera desconfiar de uno de mis pintores predilectos (todavía lo es), pero sí puedo afirmar que, al menos durante unos minutos que por lo visto me marcaron para siempre, logró despertar en mí un sentimiento de amargura, confusión y lejanía, que bien podría definirse como crispación.

He escrito crispación, no decepción. La diferencia entre ambas palabras será importante.

De esto me acordaba mientras, sin demasiado entusiasmo, avanzaba por las páginas de La infancia de Jesús, la última publicación del Nobel surafricano J.M. Coetzee; una novela en clave de parábola, que parece escrita para probar la paciencia de sus lectores, habitada por personajes que desconocen su pasado e inmigran a un país remoto en el que aprenderán una nueva lengua y donde cualquier tentación de diferenciarse o trascender será opacada por el peso de un pragmatismo exasperante. Que el título de este libro sea La infancia de
Jesús –y que, además, coincida con el que los traductores del alemán adjudicaron al último del Papa Ratzinger– es un misterio añadido al hecho mismo de su existencia. Pero tal
vez eso no sea algo importante a estas alturas.

La infancia de Jesús me hizo pensar bastante en Verano (2009), la notable novela con la que Coetzee cierra su ciclo autobiográfico. Y esta asociación tal vez no tenga solo que ver con que ambos libros sean del mismo autor. De hecho, no pensé especialmente en Desgracia –la que para muchos es la obra cumbre de Coetzee, y sin duda sigue siendo la más popular–, El maestro de Petersburgo o Elizabeth Costello, por citar algunos de los títulos más conocidos de una obra literaria cuya solidez difícilmente alguien podría poner en tela de juicio. Pero, en cambio, sí evoqué aquel tono despojado y carente de indulgencia que es recurrente en los que dan testimonio de quien en vida fue el escritor John Maxwell Coetzee. Y es que en Verano Coetzee, haciendo uso de un registro polifónico, se arriesga a hablar de un Coetzee muerto en la ficción, como quien lo hace de un pobre diablo que carece de los rasgos que hacen de alguien una persona exitosa, según los mandatos de esa dictadura del mainstream en que se ha convertido la vida global. El Coetzee de Verano es un personaje que no ha logrado dejar ninguna huella profunda en quienes lo conocieron de cerca –incluyendo colegas y amantes–, pero sí varias dudas y, sobre todo, un sentimiento de crispación que con el tiempo se convertirá en el combustible que alimentará esos testimonios nada afectuosos. Se trata de un solterón huraño, que vive con su padre y parece capaz de hablar sobre varios temas, aunque sea imposible considerarle un
especialista en materia alguna. Un diletante. Y esto último es dicho con un
marcado sesgo descalificatorio.

De nuevo aparece la crispación.

Sus biógrafos cuentan que durante los años sesenta, siendo aún bastante joven, J.M. Coetzee decidió abandonar su trabajo de programador en la IBM porque la rutina del trabajo le resultaba insoportable. Esto podría haber representado toda una declaración de intenciones para alguien de la generación del escritor surafricano. La vida corporativa –ese amasijo de relaciones económicas, de identidades y códigos de conducta, que hoy en día parece ocupar el lugar de las relaciones de fidelidad de la época feudal– genera seguridad y prestigio social, pero no era el ideal de un joven cuya vocación totalizadora le llevaría a hacer de la literatura su oficio principal. Podría ser también un pretexto para emprender una reflexión –en clave de metáfora– sobre los grandes temas de la existencia humana. Una reflexión que incluso podía hacerse en silencio. Como dentro de uno de los pasajes de Desgracia, en el que el lector infiere que los violadores de una granjera blanca son de raza negra, sin que sea necesario que se mencione de manera explícita. Estamos en plena caída del Apartheid y un veterano profesor universitario realiza una especie de peregrinaje expiatorio –el hombre está muy crispado–, en el que busca encontrarse con su hija granjera y un país interior con el que jamás podrá sentirse identificado del todo. Las contradicciones de una época son puestas de manifiesto. En silencio.

¿Qué es lo que busca J.M. Coetzee con un texto como La infancia de Jesús? ¿Es que el Nobel indiscutible juega con sus lectores, o acaso se mofa de la arrogante estupidez de los grandes grupos editoriales? Me niego a concluir que se trate simplemente de una novela mala. Convengo en que no es el libro a recomendarse a quien busque iniciarse en la obra de Coetzee. Se trata más bien de un texto que crispa, que no es lo mismo que decir que decepciona. Por Octavio Vinces


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